Leyendo (creativamente) a Hölderlin
El reconocido historiador de la ciencia de la Universidad de Harvard Gerald Holton expone en "Ciencia y anti-ciencia" (63) un ejemplo revelador de la importancia de la participación ciudadana en asuntos de política de la ciencia. En un experimento piloto iniciado en 1980 por la Public Agenda Foundation de EE.UU., fueron convocados seis grupos, de entre 9 y 14 personas, representativos del conjunto de la ciudadanía estadounidense, con la finalidad de que mediante documentados y adecuados debates tomaran decisiones fundamentadas sobre asuntos ético-políticos cuya evaluación parecía en principio requerir sofisticados conocimientos científico-técnicos tan sólo accesibles a una reducidísima minoría de miembros prominentes de determinadas comunidades académicas. Los dos ejemplos citados por Holton, como temas propuestos para su discusión, fueron la pertinencia o no de fomentar la producción de isótopos de material fisionable y, en un orden distinto, la de primar o no la investigación agresiva del proceso de envejecimiento. Al inicio de cada sesión, cada uno de los grupos participantes, sin preparación ni discusión previa, ofrecía una respuesta bastante previsible que solía reflejar el grado habitual de desconocimiento o de imprecisión en asuntos tecno-científicos que suele traslucirse en la mayoría de los estudios realizados. Sin embargo, al final de cada sesión, después de que se hubiera señalado a cada grupo la necesidad de informarse, de estudiar y discutir sobre todos los aspectos científico-técnicos del tema debatido con la ayuda de materiales explicativos (y asequibles) puestos a su disposición y, tras haber dialogado unos con otros sin urgencias ni precipitaciones, todos los componentes del grupo se volvían a pronunciar sobre el tema discutido. Pudo entonces observarse que el resultado de esta segunda votación, la realizada después de sus prolongadas y, en ocasiones, nada triviales discusiones, era muy diferente de la primera valoración y que, además, se aproximaba en gran medida al obtenido independientemente por destacados grupos de científicos profesionales que habían abordado las mismas cuestiones. Cabía entonces concluir, apunta Holton, que con suficientes recursos y con condiciones socioculturales que posibiliten la intervención informada de la ciudadanía, aspectos nada marginales de cuestiones científico-tecnológicas con decisivas aplicaciones económico-políticas podrían ser dilucidados con racionalidad y mesura, incluso en plazos relativamente breves, con la activa participación de personas no necesariamente experimentadas en las materias objeto de discusión.
Caminando por sendero afín, durante el coloquio de una conferencia impartida en enero de 1981 (64), se le preguntó a Sacristán por la posibilidad de que la filosofía o la ciencia "salieran más a la calle", de que se situaran al alcance del ciudadano medio, generando de este modo una situación que favoreciese la difusión de una mayor y más completa racionalidad entre la población. En su opinión, no había duda posible: "a eso no se le puede contestar más que afirmativamente, sin ocultarse los grandes problemas que tiene". Dar a conocer la filosofía, hacer público los supuestos saberes filosóficos, era relativamente fácil, pero difundir una información de calidad acerca de la física nuclear o de la ingeniería genética resultaba bastante más complicado, dado que incluso "las personas con estudios, pero con otro tipo de estudios, no tenemos muchas veces buena información acerca de esas cosas; (...) No hay ninguna duda de que eso les da un poder muy especial a determinados científicos, con independencia de la mayor o menor situación del conocimiento popular". Esta (realista) consideración, este tocar suelo sin reducirse a él, no restaba un ápice de verdad a la sugerencia del interlocutor: en estos asuntos existía un importante problema de información, que sin duda no lo resolvía todo porque había además un componente de orden moral, pero sólo así, con adecuada información, era posible plantear en sus justos términos el debate sobre los valores.
De hecho, un aspecto decisivo en las propuestas programáticas de Sacristán -muy inusual y escasamente compartido en aquellos años- radicaba en su insistencia en el necesario control democrático de la empresa tecnocientífica. Control, sin duda, no ideológico sino de conocimiento público, social de los temas investigados y de sus posibles aplicaciones y repercusiones en la colectividad. No parecía razonable, en primera y última instancia, que tal como señalaba el informe del Club de Roma sobre el aprendizaje de 1979 la mitad de los recursos mundiales en investigación estén relacionados directamente con asuntos militares mientras que apenas un 17% de esa cuota esté dedicada a asuntos de alimentación (65) .
Contraponiéndose matizadamente a posiciones como las mantenidas por Jesús Mosterín (66), Sacristán no aceptará la conveniencia de que sean los técnicos quienes tengan el poder de decisión exclusivo sobre los denominados "problemas técnicos".
Defender esa posibilidad es ignorar que también ellos y los científicos son grupos humanos con intereses particulares que también están predispuestos a reaccionar según sus propios intereses. Es poco verosímil la creencia que sostiene que un ciudadano técnico va a decidir siempre y en cualquier circunstancia según los intereses generales de la comunidad. Sacristán recordaba, a este respecto, la estrecha relación de miembros de las comunidades científicas con la industria armamentística, nuclear o no, y no parece, señalaba, que la producción de armamento fuera de interés para las poblaciones. Igualmente, una racionalidad de estricto marchamo tecnológico puede defender la conveniencia de una informatización rápida y acelerada por razones de productividad o de eficacia; en cambio, una visión más amplia debería considerar más razonable una vía que, operando por ensayo y error, marque ritmos más lentos, observando los negativos efectos de paro estructural y de marginación y pobreza que pude conllevar una línea tecnocrática a ultranza y sin impurezas sociales.
Así pues, la solución criticada no tenía en cuenta, en su opinión, que los problemas sobre la técnica no son puramente técnicos sino (fundamentalmente) políticos. De ahí que los versos de Hölderlin reiteradamente citados por él ("De donde nace el peligro / nace la salvación también" -67-), exigían un importante matiz: la contradictoriedad en la que nos hallábamos inmersos sólo podía superarse a partir del uso de más razón, pero -éste es un punto central de su propuesta- de razón en su totalidad, no de una racionalidad meramente tecnológica o estrechamente cientificista (68). La tecnología, la razón técnico-científica, no tiene ni puede tener la última palabra en asuntos de valores. Como Einstein había señalado, y Sacristán gustaba de repetir, no puede ser objeto de demostración una afirmación como "no es justo exterminar a toda la Humanidad". Un físico, en cuanto físico, no tiene nada que opinar acerca de la bondad o maldad de las conductas prácticas, acerca de la bondad o maldad de ciertas decisiones, pero nuestra razón completa de seres humanos sí tiene mucho que decir sobre asuntos de finalidades.
Por ello, Sacristán defenderá una concepción de la racionalidad, probablemente en la línea del último Lukács (69), que supere la incompleta razón tecnológica, una racionalidad social que opere de acuerdo con criterios de equilibrio, de homeostasis social, y no con criterios de maximización irrestricta del beneficio privado. En su defensa de la racionalidad completada, Sacristán incluía el control democrático, social, sobre el desarrollo de la ciencia. Si se construyera una fracción, una razón que arrojara la tasa de dominio en nuestras sociedades de la ciudadanía sobre la ciencia, su valor sería mínimo. No siempre había sido así. En otras culturas, en la cultura oriental, por ejemplo, en la antigua civilización china, se habría obtenido un buena resultado. Entre otras cosas, justo es reconocerlo, apuntaba Sacristán, porque el denominador, la potencia científica de esa cultura, era bajo y el poder social sobre la ciencia era intenso. En la actualidad, señalaba, incrementar la fracción ya no iba a ser posible reduciendo el denominador, disminuyendo el poder científico, la fuerza de los saberes tecno-científicos.
La única solución razonable pasaba por aumentar el numerador de la fracción, la fuerza de la ciudadanía, el poder social sobre (pero amigo de) la ciencia (70). De ahí, la importancia de la función educativa y del primado de la asignación de recursos a este ámbito en la propuesta programática por él defendida, sin negar que esa tarea no era un camino fácil dada la creciente complejidad y especialización de los saberes científicos contemporáneos, y admitiendo que no hay ningún tipo de control externo que pueda suplir el autocontrol de los científicos y tecnólogos conscientes de su responsabilidad moral y social (71). No hay duda, pues, del papel de los valores en la empresa científica, sin que eso conlleve sostener en coincidencia con algunas líneas de la reciente sociología de la ciencia, que una teoría científica sea simplemente una valoración teórica entre otras posibles, sin mayor valor epistémico que cualquier otra aproximación (72). La ciencia es más bien una construcción deductiva, que pretende alcanzar rigor y exactitud, a partir de ciertos valores no estrictamente demostrables aunque plausiblemente justificados. De ahí la importancia, enfatizada por Sacristán, del poder social, de la participación democrática en la empresa científica, al mismo nivel que los valores que guíen su intervención. Para quien menosprecie el valor libertad (73), una solución tecnocrática-autoritaria puede ser convincente; para quien, por el contrario, como es el caso de Sacristán, ponga los valores de libertad y comunidad por encima de cualesquier otros de orden técnico o de maximización del beneficio, la solución a las contraposiciones o conflictos sociales no puede dirimirse por esa vía.
Notas
(63) Gerald Holton, Ciencia y anticiencia, op. cit. El capítulo sexto, probablemente el ensayo más importante de los recogidos en el volumen, se centra en el fenómeno de la anticiencia. Los motivos de la preocupación de Holton tienen una componente netamente política: "(...) Como voy a demostrar la historia nos ha enseñado ya repetidas veces que el descontento con la ciencia y con la imagen del mundo a ella asociada pueden convertirse en un odio visceral que sintoniza con movimientos mucho más siniestros" (p.170), e, igualmente: "(...) En resumen, la prudencia aconseja considerar los sectores comprometidos y con ambiciones políticas del fenómeno de la anticiencia como un recordatorio de la bestia que dormita en el subsuelo de nuestra civilización. Cuando despierte, como lo ha hecho una y otra vez durante los siglos pasados y como sin duda volverá a hacerlo algún día, nos hará saber cuál es su verdadero poder" (p.205).
(64) El área de Ciencias Sociales (Historia, Filosofía) del I. N. B. Boscán de Barcelona organizó entre enero y febrero de 1981 un ciclo de conferencias y actividades para alumnos de C.O.U, con el título de "El mundo actual" (debates, música, cine, teatro). Inició las actividades Bernat Muniesa con una conferencia que llevaba por título "Problemática general del mundo actual" y, en fechas posteriores, se proyectó Orfeo de J. Cocteau. El 27 de enero intervino Sacristán dictando una conferencia que llevaba por título "La función de la ciencia en la sociedad contemporánea". Prosiguió el ciclo con un concierto de música contemporánea y una conferencia de J. F. Ivars sobre "Algunos aspectos de la Estética actual", finalizando con una lectura de la obra de Ionesco, La cantante calva. Sin duda no fue casual que M. Rosa Borrás, una de las primeras discípulas de Sacristán, fuera en aquel entonces directora del Instituto así como responsable del departamento de Filosofía.
(65) Sacristán publicó un espléndido balance de este informe en la revista estudiantil Zona Universitaria (Universidad de Barcelona), diciembre 1979-enero 1980; ahora en Pacifismo, ecología y política alternativa, op. cit, pp. 24-47. En sus notas de lectura (RUB-FMSL), señalaba Sacristán: 1."(...) se requiere un tipo de aprendizaje que ponga en primer plano la creación de valores en lugar de su conservación" (pp. 32-33). MSL: Esa es una cháchara superficial y peligrosa. Innecesaria, además, pues los valores para hacer frente a la situación están ya ahí: son los tradicionales de las religiones más la superación del individualismo. Lo que pasa es que es más posible el bla-bla que la concreción. 2. "Pese a la atención prestada por todo el mundo a su reducción, el analfabetismo es una plaga social que va en aumento año tras año a medida que el crecimiento demográfico de los países en vías de desarrollo deja atrás los avances que van produciéndose en la alfabetización. La UNESCO estima que para 1980 habrá 820 millones de analfabetos adultos, lo que equivale a un quinta parte de la población mundial" (p.108). MSL: Un ejemplo concreto de la vieja idea de que el avance tecnológico y científico-cosmológico procede con retraso sociológico. 3. "Quienes piensan que la ciencia, o incluso la tecnología, pueden transferirse o comprarse, sólo se fijan en sus productos finales, en el impacto que se sustrae a su control. La ciencia es, por su misma naturaleza, un proceso endógeno, intransferible por definición. Su función, orientación y distribución depende de nuestras capacidades de aprendizaje, de nuestros sistemas de valores y de nuestra cultura " (p.154). MSL: La política de la ciencia es buena.
(66) J. Racionalidad y acción humana. Madrid: Alianza, 1978. Sacristán escribió una reseña sobre este ensayo de Mosterín para el Mundo científico, nº 1, marzo 1981, pp. 106-107. En sus notas de lectura (RUB-FMSL), Sacristán señalaba: 1. "Las palabras "racional" y "racionalidad" gozan actualmente de buena salud y se usan más que... nunca" (p. 11). MSL: Al revés de te lo digo. 2. "(...) sólo en nuestra actual cultura universal se ha desarrollado una cosmovisión de este tipo (MSL: científico, racional). Sólo en esta cultura puede uno plantearse la racionalidad creencial y, por tanto, también la práctica, que viene condicionada por la anterior" (pp. 57-58). MSL: Eso es demasiado, no está contenido en su definición de creencia racional más que si se toma absolutamente la ciencia de hoy y se desprecia el esfuerzo por ser sensato en otras culturas. Si la definición es consecuente, no es conveniente, porque hace irracional la conducta sensata en otras culturas. 3. "Nuestro sistema sociocultural, nuestro mundo, ha entrado en crisis. Y los aspectos más visibles de esa crisis son el resultado de la aplicación tecnológica (basada en la ciencia) a unos campos sí y a otros no, son el resultado -en definitiva- de la desigual aplicación del método racional a parcelas sectoriales de la actividad humana" (pp. 64-65). MSL: También se puede admitir esa descripción clásica, que siempre sale cuando se habla, p.e., del atraso de las ciencias sociales. Pero tal vez habría que decir más claramente que hay aplicación irracional de técnicas racionales, p.e., el armamento. Mosterín puede recoger esto en su esquema, pero innaturalmente. En general, se olvida mucho de que la razón técnica es instrumental.
(67) F. Hölderlin, "Patmos", en Poesía completa. Madrid: Hiperión 1979, tomo II, pp. 140-141. Sobre este lema del Sacristán tardío, Francisco Fernández Buey, "El marxismo crítico de Manuel Sacristán", mientras tanto nº 63, otoño 1995, pp. 131-154.
(68) Salvador López Arnal, "Ciencia y racionalidad en la obra de Manuel Sacristán", en Josep Batlló Ortiz, Pasqual Bernat López i Roser Puig Aguilar (coords), Actes de la VII Trobada d´Història de la Ciència i de la Tècnica. Societat Catalana d´Història de la Ciència i de la Tècnica, filial de l´Institut d´Estudis Catalans, Barcelona 2003, pp. 467-472.
(69) La penúltima de las conferencias impartidas por Sacristán versó sobre el Lukács de las Conversaciones. Se conserva una grabación de la misma. El guión de esta intervención puede verse en Albert Domingo Curto, "A modo de presentación". En: Manuel Sacristán, El Orden y el Tiempo. Madrid: Trotta 1998, pp. 30-32.
(70) A mediados de los años setenta, Sacristán, junto con Jaume Botey, Neus Porta y Francisco Fernández Buey, participó durante dos años en una experiencia de culturización de adultos en Can Serra, un centro cultural de l´Hospitalet de Llobregat (Barcelona). Sobre este tema: Jaume Botey, "Aproximación a la figura de Manuel Sacristán y su experiencia en la formación de personas adultas". En: Salvador López Arnal (ed), Homenaje a Manuel Sacristán. Barcelona: EUB 1997, pp. 44-48.
(71) Sobre la ética de la responsabilidad en sus diversos registros, Jorge Riechmann, Un mundo vulnerable. Ensayos sobre ecología, ética y tecnología. Madrid: Los libros de la Catarata 2000, pp. 159-178 y 179-204.
(72) En el cap.VII de El sueño de una teoría Final, Steven Weinberg señala: "Es simplemente una falacia lógica pasar de la observación de que la ciencia es un proceso social a la conclusión de que el producto final, nuestras teorías científicas, es como es debido a las fuerzas sociales e históricas que actúan en el proceso. Un equipo de escaladores puede discutir sobre el mejor camino para llegar a la cima de la montaña, y estos argumentos pueden estar condicionados por la historia y la estructura social de la expedición; pero al final, o encuentran un buen camino hasta la cima o no lo encuentran, y cuando llegan allí saben que han llegado (Nadie titularía un libro sobre montañismo Construyendo el Everest).". No creo que Sacristán tuviera muchas objeciones que presentar a este paso del Premio Nobel Weinberg. Sobre este punto: Manuel Sacristán: "Consideraciones sobre un proyecto de Escuela de Sociología" (1968). En: De la dialéctica y sus perversiones. Barcelona: Los libros del Viejo Topo (en prensa).
(73) Sobre esta clásica categoría filosófica, véase la voz "Libertad". En: Manuel Sacristán Luzón, Lecturas de filosofía clásica y contemporánea. Madrid: Trotta (en prensa). Edición de Albert Domingo Curto. En el coloquio de su conferencia "Sobre el estalinismo", impartida en 1978, señalaba Sacristán: "(...) De todos modos (...) una tercera cuestión me parece que queda coleando, que es que el desprecio a las libertades formales, creer que eso es una cosa de izquierda y revolucionaria, es una de tantas deformaciones ideológicas estalinianas (...). En el período de Stalin se han recortado las libertades individuales de los ciudadanos soviéticos no por izquierdismo sino por derechismo abierto (...) La identificación de recorte de libertades con izquierda es una falsedad histórica en el movimiento comunista. Esto para empezar. Y la verdad el poso de ideología estaliniana hasta donde tiene que haber calado para que sea posible hablar de la palabra "libertad" despectivamente. Eso es monstruoso [...], eso es llamar mal al bien, tratar despectivamente la libertad. La libertad, primero, ni es derechas ni se puede despreciar."