Orientaciones en tiempos coléricos
La superación del utopismo milenarista exigía, pues, revisiones profundas en las usuales hipótesis sobre el papel de los procesos sociales objetivos en la consecución de perspectivas reales de cambio comunitario. Entre esos procesos, Sacristán hacía referencia al papel de la lucha de clases o al de la ciencia como fuerza productiva. Ya no era suficiente el reconocimiento de que las fuerzas productivas fueras, al mismo tiempo, instancias de destrucción en el sistema de producción capitalista sino que había que percibir la novedad de totalitarismo integral que posibilitaban tanto el estado atómico como la ingeniería genética. Era necesario intervenir en el desarrollo, en la orientación, de una de las fuerzas decisivas de nuestras sociedades: el complejo tecno-científico, una de las aristas más apreciadas por los defensores de un desarrollismo ilimitado, que, en ocasiones, proponía transcender incluso el mismo marco terráqueo. Adrian Berry y su distopía para los próximos 10.000 años era ejemplo de este expansionismo desaforado e irresponsable (41).
Sin embargo, el antiprogresismo de izquierda, sobre todo el marxista, tenía ante sí un problema muy serio, aparentemente circular: para cambiar el carácter de ciertas fuerzas productivas (entre ellas, la ciencia), y el sentido del progreso, hacía falta un cambio social y cultural radical, pero el esquema revolucionario clásico presuponía las "viejas" fuerzas productivas. Alternativa: o esperar, dejando actuar las fuerzas en las que ya no se cree, recordando acaso como consuelo aquel confiado principio sobre la racionalidad de lo real o bien considerar a la orden del día una solución política. Si nos tomábamos en serio la urgencia del cambio, la solución había de ser política y urgente: de la disyuntiva "barbarie o socialismo" de Rosa Luxemburg habíamos pasado, paradójicamente, a "progreso o revolución". Sacristán añadía, por otra parte, que el replanteamiento de una política de la ciencia que no se basara en el simple y optimista progresismo filosófico-burgués del siglo XIX era un cambio social de tal envergadura que requería, para su consecución, una revolución social en serio, no sólo un cambio de poder político.
Es decir, un cambio de sociedad que incluyera un cambio de cultura, una transformación civilizatoria, dado que precisamente, en aquel entonces, la política de la ciencia de los países del llamado "socialismo real", por convicción propia o por política de defensa ante las orientaciones marcadas por el campo adversario, no había cambiado tan radicalmente como acaso podría suponerse. ¿Cómo enmarcar las líneas programáticas propuestas? Para Sacristán, la política de la ciencia era parte del problema más amplio del modo o modelo de desarrollo histórico. Por lo tanto, exigía para su realización un cambio sustantivo en la naturaleza de clase del poder político-social. Si se consideraba inactual esta perspectiva, si se creía que esta asunto central no estaba ni iba a estar en un futuro próximo en la orden del día, entonces, sus orientaciones sobre política de la ciencia deberían interpretarse como un programa de acción, de agitación o de culturización. En definitiva, como otro frente de lucha que no debería ser descuidado ni subvalorado por los movimientos sociales resistentes (42).
La política científica (43) por él propuesta tenía, en primer lugar, carácter provisional: no tenía ni podía ni debía tener vocación de eternidad. No presuponía presuponer duración previa alguna y, en su opinión, debía estar sometida, en curiosa formulación popperiano-trotskista, a revisión permanente. La política de la ciencia, que era vista fundamentalmente como política de investigación, se situaba en relación dialéctica con la política educativa -y ambas como partes de la política cultural- y con la política económica, como miembro integrante, junto con la cultural, de la política sin más. Se parte en la propuesta normativa de Sacristán de la primacía del valor igualdad (44) sobre cualquier otra arista ética, de lo que, obviamente, no puede inferirse anulación ni menosprecio alguno de otras consideraciones morales, además, de la necesaria revisión de concepciones mayoritariamente aceptadas en aquellos años en varias tradiciones marxistas. Por ejemplo, la entonces usual posición poblacionista y la simple crítica defensiva de las políticas demográficas restrictivas por maltusianas o, peor aún por su sesgo dogmático, por tratarse de "posiciones antimarxistas".
El tema debatido, en su opinión, afectaba indudablemente a la libertad de investigación pero no forzosamente más que las actuales restricciones, implícitas o explícitas (45). Admitiendo una corrección matizada a la elección ilimitada e individual de los investigadores, supuesto que en la tecno-ciencia contemporánea era más bien una formulación desiderativa o acaso publicitaria y encubridora formulación de ideología (neo)liberal que una conquista alcanzada, aceptada e indiscutida, Sacristán sostenía que ese límite debía ser instrumentado de la forma más liberal y libertaria posible. Era muy probable pues, que las restricciones defendidas no fueran muy distintas de las realmente existentes, concretadas en una falta o en una disminución sustancial en la asignación de recursos a determinadas líneas de investigación o, por el contrario, primando ciertos programas en detrimento de otros, pero, y éste era la matriz libertaria de su perspectiva, con una diferencia esencial: Sacristán defendía que estas limitaciones, fueran sólo distributivas o incluso político-culturales, para ser tolerables y admisibles ética y políticamente, tenían que estar controladas y discutidas por la propia comunidad, con presencia del investigador afectado o del colectivo científico al que perteneciese.
Había en su propuesta una politización reconocida del concepto de práctica pero, señalaba Sacristán con énfasis, no en el sentido de primar o potenciar, en línea (neo)lysenkista-zdanovista, determinados programas de investigación por supuestas coincidencias ideológicas o político-filosóficas con un credo-marco indiscutido por tratarse de "única y verdadera concepción del mundo" (46), sino en el sentido de apoyar, de orientar la investigación hacia determinadas áreas por sus probables aplicaciones prácticas, sociales o comunitarias, convirtiendo, por ejemplo, la salud, los riesgos laborales o la conservación del medio ambiente en tareas prioritarias, de esta búsqueda sin término pero no forzosamente sin finalidad que es la ciencia. La orientación, sin duda, advertía Sacristán, no significaba la total eliminación de las áreas clásicas de investigación. Primar no es anular.
Su posición no cuestionaba forzosamente la visión, tal vez idílica pero sin duda sentida como tal por determinados sectores de las comunidades investigadoras y parcialmente compartida por Sacristán, que seguía sosteniendo que la ciencia era una limpia aventura, una de las grandes empresas de toda la humanidad ilustrada, cuya finalidad básica era la verdad, el descubrimiento de leyes y teorías que describen y explican las estructuras o regularidades del cosmos, del mundo y de las sociedades humana, y no, en cambio, una mera prolongación práctico-técnica de los poderes existentes cuya finalidad básica, cuando no única, es el dominio, el control, la manipulación y la explotación del entorno natural y social en beneficio exclusivo, y excluyente, de una minoría de magnates rebosante de privilegios acumulados que se sienten y actúan como intendentes generales de pobladas sociedades cuya mayoría de miembros son condenados sin consulta a una plétora miserable (47).
En sus propuestas programáticas Sacristán plantea, pues, una reorientación de los temas de investigación que ni siquiera pretende la anulación de otras líneas de búsqueda vindicadas por determinados grupos científicos, sino que simplemente no los prima, añadiendo además, como criterio diferenciador, la autoexigencia libertaria de una explicación clara, justificada y socialmente controlada de las líneas propuestas (48).
Justificado el principio general de su política científica, norma que él mismo caracterizaba como defensa de una "ética revolucionaria de la cordura"49, Sacristán concretaba su formulación programática en los siguientes puntos: En primer lugar, había que admitir la preeminencia de la educación de la ciudadanía sobre la investigación durante un cierto largo período de imposible concreción, cuya variabilidad dependería de las circunstancias sociales, históricas y culturales de las diferentes poblaciones. Esta primacía en la instrucción estaba orientada a evitar malas reacciones, por ineducación de las poblaciones, a las consecuencias que la línea defendida iba a conllevar inexorablemente. Entre ellas, una importante reducción del consumo compulsivo, amén de una adecuada y mucho más justa redistribución del mismo (50). La reducción del consumo no debía entenderse en el sentido de una simple anulación de las necesidades (51).
Inspirándose en el viejo Marx, y en coincidencia con las tesis de Lafargue, Sacristán sostenía que las necesidades que siente un individuo son índice de su maduración, de su desarrollo vital, pero que cabía distinguir entre necesidades básicas y las que no lo eran. Puede aceptarse prima facie la conveniencia de la expansión de estas segundas, pero, adecuadamente aquietadas, su multiplicación sin límite, finalidad económico-cultural masivamente anhelada en las sociedades del capitalismo posmoderno, era fruto no tanto de una ilimitada, natural y, por tanto, inexorable expansividad de esas necesidades sino más bien del objetivo indiscutido de conseguir mayores y crecientes cuotas de plusvalor y beneficio. Su incesante desarrollo no era debido, pues, a un aumento inevitable, según nuestra misma naturaleza, de la necesidad de artefactos, de la diversificación ad nauseam de productos, sino, más bien, a un incremento guiado y orientado por la pulsión económica descontrolada de producir, vender y obtener plusvalía. De ahí, como se señaló, la importancia decisiva, cuando no su mera condición de posibilidad, de las transformaciones culturales y morales. Si la mayoría de la ciudadanía seguía sintiendo y deseando, como punto básico de su ideario existencial, la necesidad de adquirir cada pocos años un nuevo modelo sofisticado de automóvil, no había posibilidad alguna de alcanzar cambios reales.
Por ello, el punto nodal de su propuesta político-cultural: la previa, profunda y sincera conversión (52), usando el clásico vocabulario religioso, de los sujetos de la transformación social: sin transformación real del individuo, sin desear vivir, y viviendo ya en parte, de otra forma, no era posible cambio social alguno. De esta asignación de recursos que primaría la educación sobre la investigación no se colige, como se señalaba, prohibición alguna. Primar la educación no es eliminar la investigación. Cualquier consideración de ese tipo no sólo sería indeseable sino que, además, iría en contraposición con el principio general de defensa del equilibrio, de la mesura, del que se partía. La finalidad de este primado de la educación de las poblaciones no era otro que el de conseguir una sociedad capaz de vivir, de tener y de alimentarse de valores que no se resumieran en un motor de explosión (y afines) para cada miembro de la unidad familiar. Se trataba, además, en la línea de lo defendido por W. Harich (53), de bienes esencialmente antiigualitaristas y de imposible universalidad. No era pensable, no era imaginable un planeta, no sólo su primer y privilegiado mundo, en el que todo grupo familiar que se preciara fuera permanentemente a lomos de varios jinetes motorizados.
De lo anterior se desprendía un corolario institucional: la acentuación de la función educativa, formativa, de la enseñanza superior (54). Las facultades universitarias, todas ellas, deberían convertirse en centros donde básicamente se educase, en sentido no activista, en el sentido de dar posibilidades de autoeducación, en los valores de una nueva sociedad. Esta medida significaría una menor "producción" de profesionales y un incremento en la producción de "hombres cultos", retomando la expresión de Ortega y Gasset, y con ello, infería Sacristán, se produciría también un descenso del consumo, por lo menos en una primera fase, a través de la posible disminución de la productividad de bienes.
En segundo lugar, Sacristán proponía una línea de asignación de recursos que primase la investigación básica respecto a la aplicada, en oposición a las políticas científicas seguidas por la mayoría de los gobiernos occidentales y, en algunos casos, reclamadas por importantes y poderosos colectivos de la sociedad civil (y de las mismas comunidades científicas -55-). Su justificación era básicamente la misma que la del punto anterior: la repercusión negativa inmediata en el consumo y en la producción de determinado tipo de productos.
El tercer punto señala la conveniencia de primar, en el trabajo de los colectivos científicos, los aspectos contemplativos respecto de los instrumentales, sin que ello implicara, como se dijo, una vuelta imposible (y no deseable sin matices) a una concepción estrictamente contemplativa de la actividad científica, por lo demás siempre recordada por Sacristán con cierta nostalgia. Se trataría, por ejemplo, de contratar a muchos más físicos teóricos que a ingenieros físicos. Por idénticas razones: reducción del producto final consumible.
En cuarto lugar, Sacristán proponía primar la investigación en el ámbito del conocimiento directo, descriptivo, no forzosamente teórico. Disciplinas ciertamente subvaloradas en las Universidades contemporáneas como la Geografía o la Botánica, eran magnífico saber para la época que se acercaba. Más aún: no sólo eran buen saber sino que, en algunos casos y en estricto sentido epistémico, podían ser mejor saber que el conocimiento teórico en su vertiente operativa. Desde luego, no había aquí justificación alguna de la esquilmación del saber de las poblaciones indígenas, como reiteradamente han denunciado Vandana Shiva (56) o Martin Khor. Este tipo de conocimiento al que llamamos, con inadmisible soberbia y aire altivo, saber tradicional no es sólo conocimiento de interés sino que ha tenido y sigue teniendo un papel crucial en la vida y el desarrollo económico, cultural y social tanto de las sociedades tradicionales como de las modernas. Hoy sabemos, señala Khor, "que el conocimiento de las comunidades locales, agricultores y los pueblos indígenas acerca del uso de varias formas y tipos de recursos biológicos, así como sobre el modo de conservarlos, es esencial para el desarrollo futuro, e incluso la supervivencia, de la humanidad" (57), conocimientos, técnicas y prácticas que, además, son ambientalmente inocuas. Prosigue Khor señalando que, según datos de 1997 de la Fundación Internacional para el Progreso Rural, el 80% de la población mundial depende del conocimiento indígena para sus necesidades de salud y más de la mitad de la población del planeta se alimenta gracias al conocimiento indígena sobre plantas, animales, insectos, microbios y sistemas de cultivo, además de que 2/3 de las especies de plantas del planeta -35.000 de las cuales tienen valor medicinal y son usadas por la medicina occidental- proceden de países llamados por nosotros "no desarrollados".
Aun cuando la finalidad perseguida sea la misma -la reducción del producto final consumible-, ni siquiera se podía decir, apuntaba Sacristán, que en su primera fase el efecto del primado de estas líneas de investigación fuera a ser éste inexorablemente: botánicos y geógrafos descriptivos podían permitir con su trabajo el surgimiento de nuevas producciones que fueran compatibles con el entorno natural, producciones que o bien se despreciaban o bien se desconocían al estar guiada la investigación de punta por presupuestos tecnológicos que llevaban a sus espaldas ciencias teóricas tremendamente operativas como la física, la química o la biotecnología.
En quinto lugar, Sacristán defendía la disminución de los recursos dedicados a tecnología pesada y la preeminencia de la inversión en tecnologías ligeras, más intensivas en fuerza de trabajo y menos en capital, más limpias ecológicamente y, por tanto, más soportables por el medio. Investigación tecnológica que, por sus menores costes tanto en el sentido económico tradicional y como en sentido social, estaría justificada aunque su ámbito de aplicación fuera más reducido que el de las usuales tecnologías pesadas.
En este último caso, el objetivo perseguido no sería tanto la disminución del producto final sino el aumento del tiempo colectivo de trabajo que evitara el creciente paro estructural, la exclusión social creciente de numerosas poblaciones, con sus sangrientas secuelas vitales, sociales y culturales58. Este aumento del tiempo de trabajo, con toda seguridad, quedaría paliado si se eliminara la producción peligrosa, nociva y la enorme producción inútil existente en nuestras sociedades industrializadas, y si, según el presupuesto político inicial defendido por Sacristán, ya antes se hubiera alcanzado la condición previa y básica de toda su propuesta: la sustitución de los antiguos y dominantes poderes por otros de motivación igualitaria y de participación fraternal (59) y democrática que intentaran, esta vez en serio, la superación de la vieja división social del trabajo y de la misma desarmonía clasista de las sociedades.
En último lugar, Sacristán se refería sucintamente a la problemática de las poblaciones del Tercer Mundo. Era obvio, en su opinión, que temas como el control demográfico había que tratarlos singularmente. Parecía innegable su justificación en el caso de países como China o India, pero era sin duda monstruosa la política maltusiana seguida por poderes y agencias norteamericanas entre la población amerindia en los años sesenta y setenta. Había que proteger, por ejemplo, a los quechuas o a los apaches. Apenas eran 1.000 los apaches chiricahuas en todo el continente americano, denunciaba Sacristán a finales de los años setenta. Hablar de restricción de población en el caso de estos grupos humanos era, simplemente, barbarie cuando no "limpieza étnica" o genocidio encubierto (60).
Tampoco defendió Sacristán que fuera necesaria una reducción del consumo per cápita en estas sociedades empobrecidas. No había duda en este punto: tenía que aumentar pero no tal como se estaba produciendo. En algunos de estos países, la actuación de las multinacionales era simple y llanamente criminal: la calidad de vida de sus poblaciones no pasaba, por ejemplo, por el aumento del consumo de leche en polvo que provocaba una disminución en la capacidad de amamantar de las mujeres y disminuía la resistencia a las epidemias infantiles, aumentando a un tiempo los desajustes intestinales al mezclar esa leche con agua poco salubre.
No había, pues, que intervenir con recetas preconcebidas y sin reflexión concreta ni tampoco pensando y defendiendo que determinadas industrias, ampliamente rechazadas en las sociedades "desarrolladas" por motivos compartidos por todos, fueran, en cambio, convenientes económicamente para países empobrecidos del sur, del este o del oeste (61). Tampoco allí la contaminación, el peligro atómico o muchas de las actividades de alto riesgo relacionadas con la biotecnología podían ser admitidos. Ésta era y es la tendencia de algunas empresas del norte civilizado. El Wistar Institute, por ejemplo, un laboratorio privado de Philadelphia, ha realizado en Argentina peligrosos experimentos con el virus de la rabia, saltándose así la restrictiva legislación estadounidense y sin informar de sus propósitos a las autoridades argentinas. Resultado: algunos trabajadores se infectaron con el virus recombinante que se quería emplear como vacuna para el ganado.
Estos eran básicamente los puntos del programa de política científica de orientación socialista propuesto por Sacristán. No hay en todo este esquema llamamiento alguno a la pasividad o a la apatía o a la marginación de la necesaria pasión razonada, motor de toda empresa política y cognoscitiva. La pasión, en su propuesta poliética (62), se centraría en mantener la inevitable tensión entre la negatividad y la positividad de las propuestas, con la máxima cordura posible, con la mínima coacción y con el más amplio libertarismo social.
¿Podemos inferir de lo dicho la conveniencia de bloquear o prohibir sin más la investigación científica o tecnológica? En absoluto. Como se apuntó, la política de la ciencia propuesta por Sacristán, y que podría resumirse en un primado de la educación sobre la investigación, y de la ciencia contemplativa y descriptiva sobre la operativa, y de las tecnologías ligeras sobre las pesadas, no perseguía ni presuponía ese objetivo. Tema distinto es la posible conveniencia de moratorias en determinadas campos de investigación, como, por ejemplo, en el ámbito de las biotecnologías. Pero, en este caso, Sacristán estaba, en aquel entonces, bien acompañado: en ocasiones, en infrecuentes ocasiones, la misma comunidad científica había pedido moratorias de duración diversa hasta que la situación, desde una perspectiva moral o práctica, estuviera más clara, hasta que supiéramos, con las mejores razones posibles, cuáles eran los caminos por los que transitar y cuáles, por el contrario, los senderos que evitar. Ya no todo lo que era posible hacer era conveniente hacerlo. La situación surgida básicamente al final de la II Guerra Mundial nos planteaba un nuevo conjunto de problemas, una relación más compleja entre lo posible y la normativamente deseable.
Resaltemos, por último, que no hay tampoco en la propuesta defendida por Sacristán ninguna apuesta por el bloqueo ideológico. Los argumentos esgrimidos son siempre razones de práctica y de conveniencia sociales. No se trata de creer o defender que una determinada investigación es mala, pecaminosa en sí o inconsistente con aceptadas e indiscutibles concepciones filosóficas sino de sostener con buenas y públicas razones que tal programa o tal línea de investigación no se quiere subvencionar o no se quiere apoyar institucionalmente por sus posibles consecuencias sociales, lo que no implica prohibirla por tales o cuales motivaciones políticas o ideológicas o por su inconsistencia con determinado credo filosófico considerado verdad absoluta y, por lo demás, indiscutible.
Vistas estas orientaciones, ¿qué papel se reserva a la ciudadanía en su propuesta? ¿Es simple receptora pasiva de unos planteamientos ideados y construidos en ilustradas y distanciadas instancias? ¿Cuál es su verdadero papel? ¿Puede hablarse también aquí de participación democrática? ¿Queda aquí algo más que votar o apoyar a una opción electoral que incorpore alguno de estos puntos en su programa político? ¿Cabe seguir en estos sofisticados asuntos la estela de Porto Alegre?
Notas
(41) Sacristán se manifestó críticamente, en diversas y repetidas circunstancias, sobre dos trabajos de Adrian Berry: Los próximos diez mil años y La máquina superinteligente. Una odisea electrónica. En sus notas de lectura (RUB-FMSL) sobre el primero de estos ensayos, observaba:
"1. Desde el primer momento está claro el principio o la hipótesis básica: progreso técnico, científico, económico, sin evolución cultural, con persistencia de las viejas necesidades.
2. Lo característico de su sistema de valores es que no cuentan el dolor y la muerte individuales de millones, sino la posibilidad de supervivencia de "la especie", que significa ante todo el grupo de listos y poderosos.
3. AB: "Una guerra nuclear sería un desastre horrible, pero cuando se considera en la escala de la historia futura de la Tierra, no importaría para nada" (p.43). MSL: Y esa escala finge ser su punto de vista".
4. AB: "Para establecer un paralelismo en una escala mucho menor, vimos cómo Coventry, Varsovia y Dresde se rehicieron después de un intenso bombardeo convencional, y cómo parecen haberse rehecho completamente Nagasaki e Hiroshima de los ataques atómicos que en su época parecieron haberlas destruido totalmente" (p. 43).
MSL: Y ¿quiénes son Varsovia, Coventry, Dresden, Hiroshima y Nagasaki?". Sobre la distopía de Berry, véase igualmente Jorge Riechmann, Gente que no quiere ir a Marte, op.cit. En la contraportada del ensayo, se ironiza sobre "la nueva invasión marciana" en los términos siguientes: "Ya están aquí. En los consejos de administración de las empresas, en los ministerios y oficinas gubernamentales, en los centros de enseñanza e investigación, en los medios de comunicación masivos... A primera vista pueden parecer humanos normales, pero son marcianos venidos del espacio exterior. Los reconocerás por su convicción profunda de que nos somos "seres de esta Tierra" sino másters del universo..."
(42) De hecho este es otro, entre muchos más, de los campos abiertos. Sobre este punto, Francisco Fernández Buey, Guía para una globalización alternativa. Barcelona: Ediciones B 2004. Especial y destacadamente, su magnífica Introducción: "Génesis posmoderno", pp. 9-21.
(43) Las propuestas programáticas están extraídos, básicamente, de las conferencias ya citadas: "De la filosofía a la política de la ciencia" (RUB-FMSL) y "Reflexión sobre una política socialista de la ciencia" (realista, nº 24,1991,pp. 5-13).
(44) Sobre la noción de igualdad defendida por Sacristán, pueden verse: "La Universidad y la división del trabajo" (Intervenciones políticas. Panfletos y materiales III. Barcelona, Icaria 1985, pp. 98-152) y "El fondo de la política de selectividad", Jove Guàrdia, any 5, nº 6, pp. 6-7 (firmado como GJ). (45) Una documentada aproximación al tema de la libertad de investigación realmente existente, desde la primera fila del concierto, puede verse en Carlo Rubbia, El dilema nuclear. Barcelona. Crítica 1989.
(46) Sobre la noción de concepción del mundo en Sacristán, y rectificaciones posteriores, pueden verse. ""La tarea de Engels en el Anti-Dühring " y "Sobre el uso de las nociones de razón e irracionalismo por G. Lukács" (Sobre Marx y marxismo. Panfletos y materiales I, op. cit, pp. 24-51 y pp. 85-114, respectivamente).
(47) Martin Khor, El saqueo del conocimiento. Barcelona: Icaria-Intermón Oxfam 2003. 48 Sobre el marxismo libertario de Sacristán puede verse "Contestación a la carta de J. Martínez Alier", Materiales nº 8, 1978, pp. 123-124. Igualmente, "Entrevista con Argumentos", en: Francisco Fernández Buey y Salvador López Arnal (eds), De la primavera de Praga al marxismo ecologista. Entrevistas con Manuel Sacristán Luzón, op. cit, pp. 199-209. Sacristán, junto con Fernández Buey, dirigió la colección Hipótesis de la editorial Grijalbo. En el número 7 de esta colección se publicó la Antología ácrata española de Vladimiro Muñoz. La breve pero significativa nota de presentación de V. Muñoz de la página 4 es de Sacristán.
(49) Sobre esta propuesta normativa de Sacristán, "Comunicación a las jornadas de ecología y política", Pacifismo, ecología y política alter nativa, op. cit, pp. 9-17 y De la primavera de Praga al marxismo ecologista. Entrevistas con Manuel Sacristán Luzón, op. cit, pp. 99-105.
(50) Son de enorme interés para este tema algunos ensayos recogidos en Gerald Holton, Ciencia y anticiencia. Nivola Libros ediciones, Madrid 2002. Jay Gould señaló sobre ensayo: "Gerald Holton estudia con pasión y autoridad el papel de la ciencia en la cultura occidental, así como la necesidad de la razón y el conocimiento para que la humanidad tenga futuro". Un debate en las páginas de las "Cartas al director" de El País durante el mes de mayo muestra que tampoco Sacristán iba muy errado en el punto de la instrucción y formación científicas. El 3 de mayo, un lector del diario denunciaba las posiciones ecologistas estrictas apuntando que la prohibición del uso indiscriminado del DDT era causa directa del aumento del número de muertos por malaria. Feli Ibañez y Jordi Sacristá (El País,19/5/2004), miembros de Médicos sin Fronteras, señalaban, en cambio, que la causa principal del incremento del número de casos de malaria en los últimos años se debía a la aparición de numerosas resistencias en la especie Plasmodium falciparum frente a los antimaláricos de uso generalizado y no a la prohibición del uso del DDT. Y añadían "(...) el mero hecho de la recomendación de no usar el DDT en los países en desarrollo (que no la prohibición, como sí lo están en los países desarrollados) -por sus efectos ambientales, su incorporación en la cadena alimentaria y su capacidad de acumulación en el cuerpo humano, con los riesgos que eso entraña- no cierra la posibilidad a la utilización de otros productos de menor riesgo (deltametrina, permetrina, etc) con igual eficacia demostrada en su aplicación en programas de control vectorial, enfocados en la reducción de la transmisión de la malaria". Como es sabido, la elección entre el DDT u otro producto no viene regida, en la mayoría de los casos, por su eficacia sino por su coste inmediato y por las escasas posibilidades de financiación que tienen numerosos países.
(51) En los momentos finales de su conferencia de 1983 "Algunos atisbos político-ecológicos de Marx " -no recogidos en el texto publicado en Pacifismo, ecología y política alternativa, op. cit, pp. 139-150-, señalaba Sacristán sobre el capítulo de las necesidades: "(...) En esa tradición [marxista], debe saberse que seguramente es fundamental abandonar ese esquema dialéctico hegeliano de filosofía de la historia que, por lo demás, el más viejo Marx -bueno no tan viejo, el del año [18] 77-, en una célebre carta a un periódico ruso declaró abandonada la comprensión de su pensamiento como filosofía de la historia y, en cambio, mantener el espíritu crítico y alternativo que anima esos conatos de ecología política que hemos visto muy brevemente porque no quería convertir en esencial lo que es secundario en este acto que está dedicado a honrar a tantas personas merecedoras de ello. Sin embargo, aunque no sea posible encontrar en la obra de Marx un desarrollo sistemático al respecto, en cuanto a este espíritu crítico y alternativo que digo que es lo que hay que continuar de él, sí que es posible encontrar también algún apunte. Y en el mismo Capital. Tampoco en textos recónditos. Por ejemplo, y principalmente, la idea de que en una sociedad en la que predomine el valor de uso de los productos y no el valor de cambio, no hay ninguna necesidad dinámico-estructural, ninguna necesidad interna para que se produzca una necesidad ilimitada de plustrabajo. Marx quería decir con eso lo siguiente: él no está negando la conveniencia y la positividad del aumento de las necesidades del individuo. Tanto él como uno de sus yernos, Lafargue, precisamente consideraban que las necesidades que siente un individuo son un índice de su maduración, de su progreso, de su desarrollo, pero Marx piensa que necesidades las hay de dos tipos: elementales y lo que con una palabra alemana -überlegen- podríamos llamar superiores. Y es claro que Marx está refiriéndose a una expansión de las necesidades superiores y respecto de las elementales piensa que su multiplicación, o como a veces dice, su producción a puño, es fruto no de una expansividad ilimitada natural de esas necesidades sino de la necesidad de conseguir constantemente plustrabajo..."
(52) "Tradición marxista y nuevos problemas". Sacristán impartió una conferencia con este título el 3 de noviembre de 1983 en un ciclo organizado por la Escuela Universitaria d´Estudis Empresarials de Sabadell con ocasión del centenario de Marx. Se conserva el guión y las fichas de la intervención, así como la grabación de la misma (RUB-FMSL). Sobre este punto de la conversión del sujeto y sobre el vivir de otro modo hay magníficas y numerosas reflexiones, en consistente línea sacristaniana, en el imprescindible ensayo de Jorge Riechmann, Cuidar la T(t)ierra. Barcelona: Icaria 2003. Una reseña de Fernández Buey del volumen de Riechmann puede verse en:
http.www.lainsignia.org/2003/septiembre/dial_001.htm
(53) W. Harich, ¿Comunismo sin crecimiento?. Barcelona: Materiales 1978. Sacristán escribió una reconocida presentación para este ensayo: "En la edición castellana del libro de Wolfgang Harich ¿Comunismo sin crecimiento?" (Intervenciones políticas. Panfletos y materiales III, op. cit, pp. 211-231). En los pasos finales de su conferencia "De la filosofía de la ciencia a la política de la ciencia" (1976), señalaba Sacristán: "aunque no es un hombre [W. Harich] muy filólogo, aunque sí paradójicamente dogmático a pesar del temible atrevimiento con el que aquí ha roto con la tradición suya, la marxista, no es nada teólogo, no es un hombre al que le guste citar mucho a los clásicos; sin embargo, aduce algunas citas de clásicos socialistas, por motivos de retórica, por motivos persuasorios, que tiene cierto interés repasar para rectificar sucesivamente la rectificación que he hecho. Quiero decir lo siguiente: he dicho que actitudes así, de cautela en la política de la ciencia y de la tecnología, son minoritarias, sin embargo es verdad que tampoco son tan nuevas y tan sin precedentes como parece. Lo que ocurre es que las principales corrientes, las corrientes dominantes en el público, han ignorado un precedente durante bastante tiempo".
(54) Significativamente, Sacristán elogió destacadamente, sin ocultar críticas a la aparición de peligrosas informaciones pseudocientíficas, la sección de divulgación científica de un diario de izquierdas -Liberación- que apareció, y feneció, durante los primeros años ochenta. El poeta, ensayista, profesor, traductor e investigador de ISTAS Jorge Riechmann, que ha reconocido en Sacristán a uno de sus maestros básicos, ha realizado, y sigue realizando, una admirable tarea de crítica, formación e información científico- moral en el crucial ámbito de los alimentos transgénicos (Entre otras publicaciones, Jorge Riechmann, Qué son los alimentos transgénicos. Barcelona: RBA Libros 2002). Este admirable movimiento racionalista pero anticientificista cosecha éxitos: la poderosa Monsanto se ha visto obligada a aceptar una moratoria en la comercialización del trigo transgénico.
(55) Basta realizar un seguimiento de las declaraciones y propuestas de destacados científicos españoles en las páginas de El País en el primer semestre de 2004 para corroborar la veracidad de esta apreciación.
(56) Vandana Shiva. ¿Proteger o expoliar? Los derechos de propiedad intelectual. Barcelona. Icaria-Intermón Oxfam 2003, y Cosecha robada. El secuestro del suministro mundial de alimentos. Barcelona. Paidós 2003.
(57) Martin Khor, El saqueo del conocimiento. Propiedad intelectual, biodiversidad, tecnología y desarrollo sostenible, op. cit, p.15.
(58) Sobre las condiciones sociales y psicológicas del trabajo mayoritario en las sociedades del capitalismo tardío (muy tardío) y dominador (sin bozal), véanse: Richard Sennett, El respeto. Sobre la dignidad del hombre en un mundo de desigualdad. Barcelona: Anagrama 2003, y La corrosión del carácter. Barcelona. Anagrama 2001.
(59) Sacristán solía finalizar sus cartas a próximos con "abrazos fraternales" o "Con un abrazo y todos los que te hagan falta". Sobre los avatares del tercer elemento de la tríada de Robespierre, Antoni Domènech, El eclipse de la fraternidad, op. cit.
(60) Sob re choques culturales, etnocidios y genocidios puede verse la nota 9 de Sacristán a su traducción de S. M. Barret (ed), Gerónimo . Historia de su vida. Barcelona: Grijalbo 1975, pp. 161-165. La editorial Montesinos, en su colección Biblioteca de divulgación temática, ha anunciado la edición para el segundo semestre de 2004 de todos los escritos de Sacristán sobre el rebelde Gerónimo , con el título (provisional) Sobre Gerónimo.
(61) Por ejemplo: sobre la actuación de la empresa multinacional Delta&Pine en Paraguay, véase Carlos Amorín, Las semillas de la muerte. Madrid: Los libros de la Catarata 2000, con prólogo de Augusto Roa Bastos. Paraguay, como otros países del Tercer Mundo, fue objeto de una invasión de agrotóxicos -creados originariamente para la guerra del Vietnam pero que, posteriormente, a raíz de la revolución verde, fueron usados para combatir plagas-, invasión que contó con el beneplácito implícito de importantes grupos económicos y de poderosas instancias gubernamentales. De los doce agrotóxicos más peligrosos (la "docena sucia"), tres de ellos (Parathion, Paraquat, Pentaclorofenol) se utilizan en este país. Los proveedores de estas sustancias son Brasil y Argentina, "bases operativas" desde donde las transnacionales realizan sus incursiones comerciales. Delta&Pine Land, la empresa responsable, logró introducir semillas prohibidas en Paraguay en agosto de 1997 gracias a diversas irregularidades, con los consabidos socios locales tan ávidos de dinero como carentes de escrúpulos. La tragedia de Rincon-í no es el único caso. Como apunta Gustavo Duch, director de Veterinarios sin Fronteras, fue en el basurero de la ciudad de Goiania (Brasil) en 1987, donde dos recuperadores de basura encontraron un tubo de metal abandonado en un solar. Lo rompieron a martillazos y descubrieron una piedra con luz blanca que ofrecieron en pequeños fragmentos a sus vecinos. Se trataba de cesio 137, material radiactivo. Se contaminaron 120 personas, de las que siete murieron. La clínica que arrojó el tubo de metal sigue funcionando sin problemas. Recordemos que en 1984, en Bhopal (India), se produjo la fuga de metil-isocianato, substancia usada en la fabricación de plaguicidas. Resultado: 3.000 muertos y 400.000 víctimas que aún no han recibido compensación alguna de Unión Carbide, empresa propietaria de la planta.
(62) Sobre la polisemia (e interés) de este afortunado término, véase Francisco Fernández Buey, Poliética. Madrid: Losada 2003.