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De caricias y manipulaciones - Senderos no frecuentados

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CopyLeft Artículo de Salvador López Arnal - 19 de Septiembre de 2005
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8. Senderos no frecuentados
Senderos no frecuentados

No hay sombra de cientificismo en las posiciones defendidas por Sacristán. No sólo porque, como él indicó en repetidas ocasiones, motivaciones ideológico-políticas se inmiscuyan frecuentemente en el papel social de la ciencia sino porque él se mantuvo siempre muy crítico respecto a lo que él mismo llamó "pieza inevitable de la "filosofía cientificista perenne" que es el criterio de los competentes"75, atender al cual, supuestamente, sería condición de racionalidad creencial. Las necesarias revisiones, los cambios frecuentes de concepción que irrumpen en determinadas áreas de investigación y conocimiento sugieren que, junto al criterio de los competentes, haya que sumar, tanto en la racionalidad creencial como en la práctica, un criterio de docta ignorancia que autorice a prescindir en determinadas ocasiones (ocasiones que el creyente y agente racional logrará vislumbrar) de las opiniones de la comunidad científica. Tampoco parece que pueda defenderse que en las propuestas comentadas haya una creencia ingenua en el poder omnímodo de las instituciones estatales.

Cuando Sacristán usa "poder" no sólo está pensando en los poderes gubernamentales. No hay duda de que para él eran, tenían más poder ciertos directores y gerentes de empresas transnacionales que algunos ministros y presidentes de repúblicas. No hay comparación posible entre el poder de los gobiernos de un pequeño o mediano país en materia de política científica y el poder del conjunto de la dirección de CIBA, BAYER y MERCK (o el resultado de sus fusiones), por ejemplo. El Estado Mayor de estas sociedades era, sin duda, mucho más potente que el del gobierno del Reino de España en lo tocante a la materia analizada, pero tampoco cabe dudar del importante papel de las instituciones públicas en materias de financiación, hasta el punto de que, como es sabido, determinadas investigaciones básicas en campos como el de la física de partículas exigen la colaboración de varios Estados.

Hay, sin embargo, en las propuestas concretas de Sacristán, algunos puntos que merecen comentario. Admitamos, en general, con los matices introducidos, la conveniencia de políticas restrictivas en asuntos de población y aceptemos, aun reconociendo potenciales conflictos, la prioridad otorgada a los valores igualdad y comunidad, sin menosprecio alguno de la libertad de elección e investigación. ¿Qué decir de las líneas propuestas, de los puntos defendidos?

La problemática ecológica parece empujar, sin duda, a una nueva concepción del desarrollo social, de la buena sociedad, alejada de cualquier simple desarrollismo insostenible. Consiguientemente, Sacristán apunta buenas razones para aconsejar unas políticas de asignación de recursos que no sitúen el incremento productivista en el puesto de mando indiscutido. De ahí, que el punto central de su propuesta, a no ser que uno siga cegado por una optimista e incorregible tecnofilia no matizada, parece plausible: hay que corregir a la baja la tendencia a la producción y consumo de bienes, si bien eso presupone, o exige, una más justa redistribución de los productos y medios existentes, reorganización que no sitúe a la cuarta parte de la humanidad más allá, mucho más allá, de los límites de la más ignominiosa de las pobrezas.

No hay duda, por tanto, de la conveniencia de la asignación de medios a tareas formativas y educativas. No sólo por las razones esgrimidas inicialmente por Sacristán, por la educación de la población ante los posibles efectos negativos de la disminución de la producción y por la necesidad y conveniencia de la educación en nuevos valores que nos alejen de un consumismo ilimitado, sino por uno de los puntos centrales de su propuesta: el necesario control democrático, social, ciudadano, sobre las líneas de investigación seguidas y sobre los debates éticos y políticos que determinados descubrimientos pueden plantearnos. La tarea de instrucción, de formación científica de la ciudadanía, no es fácil pero parece absolutamente necesaria si queremos construir una sociedad auténticamente democrática donde las grandes decisiones, los grandes asuntos que afectan a las comunidades se tomen con la aquiescencia de poblaciones informadas. En este punto, existen líneas y antecedentes en las tradiciones emancipatorias que no deben ser olvidadas y que, desde luego, merecen reconocimiento explícito. Así, la tenaz tarea formativa de la tradición anarquista en nuestro país.

Hay, sin embargo, un problema en la propuesta sacristaniana de priorización de las líneas de investigación escasamente operativas. La denominada ciencia básica, tal vez ejemplo de ciencia contemplativa, puede conllevar aplicaciones de enorme alcance tecnológico, industrial y militar. Detrás del armamento nuclear, hay teorías físicas tan fundamentales como la mecánica cuántica; detrás de los potenciales peligros de la biotecnología actual, se sitúan investigaciones básicas como la de la estructura del ADN. Y así sucesivamente. Admitida esta dificultad, cabe la defensa de un principio general, en la línea defendida por Sacristán, que puede formularse sucintamente así: la planificación pública de la investigación tiene que definir sus centros de gravedad y sus prioridades, no al servicio de los grandes poderes económicos y sus deseos de maximización inmediata de beneficio, estos sí irrestrictos y seguramente incorregibles, sino en función de las necesidades sociales básicas y en la perspectiva de reforzar aquellas investigaciones que contribuyan a configurar una futuro plenamente humano para nuestras sociedades. Aquí se encuentran los ámbitos de las ciencias sociales (ciencia del trabajo, medicina del trabajo, salud y accidentes laborales), la polemología, la investigación ecológica territorial y humanística, así como los varios estudios sobre educación y formación humanística-profesional, refuerzo que, insistimos, no conlleva ni el olvido ni el menosprecio de otros temas y de otras líneas de investigación.

Comentando un paso de un ensayo de Gerard Leclerc, y en consistente línea con los citados versos de Hólderlin, Sacristán observaba:

"(...) La contraposición entre "theoria" y "techne" que hace el autor a propósito de las ciencias sociales ignora toda la realidad de la ciencia que existe. Transpone con un objetivismo característico de esta caricatura del marxismo que es el funcionalismo, una necesidad vital de la humanidad de hoy -el no intervenir tan destructivamente- en supuestos rasgos de lo analizado. No hay theoria que no se prolongue en techné, si es buena teoría. Pero eso es una cosa, y otra (es) que hay que manipular menos y acariciar más la naturaleza. Lo esencial es que la técnica de acariciar no puede basarse sino en la misma teoría que posibilita la técnica del violar y destruir" [la cursiva es mía]

Que la técnica de acariciar deba ser la misma que aquella que permite violar, destruir y manipular incontroladamente la naturaleza y sus habitantes, parece obligarnos a extremar nuestra sensibilidad y pulsión moral al aproximarnos a asuntos supuestamente tecno-científicos puros. También aquí, (manipular) menos es (acariciar) más. La moral, la preocupación por los otros, y esos otros incluyen las futuras generaciones, la humanidad toda y otros seres vivos, debe estar aquí, y esta vez en serio, en puesto destacado de nuestras preocupaciones más sentidas. No podemos seguir estando ciegos ante el mal, la desgracia y el sufrimiento. Seguramente por ello, Sacristán estimaba mucho y solía citar este paso de De Morbis Artificium Diatriba de Bernardino Ramazzini, aquel catedrático de medicina y pionero de la medicina social del XVII que ha sido considerado como el fundador del estudio de las enfermedades laborales y que, no por causalidad, incluyó entre las voces que escribió, junto con MªÁngeles Lizón, para "Temps de gent 1986", un calendario del Centro de Análisis y Programas Sanitarios de Barcelona:

"[...] En esta ciudad que, para su extensión, es bastante populosa, existe la costumbre en todas las casas de limpiar cada tres años las cloacas que hay a lo largo de las calles. Cuando estaban haciendo ese trabajo en mi casa, me di cuenta de que uno de esos vaciadores trabajaba muy apresuradamente en aquel antro infernal. Compadecido de una fatiga tan ingrata, le pregunté que por qué trabajaba con tanta prisa y por qué no se lo tomaba con más calma, evitando cansarse demasiado. El pobrecillo levantó la mirada de aquel antro y dijo mirándome: "Nadie que no lo pruebe puede imaginarse lo que es quedarse en este sitio más de cuatro horas: puede uno quedarse ciego". Cuando el hombre salió de la cloaca le examiné atentamente los ojos, y vi que estaban muy enrojecidos y velados. Le pregunté entonces qué hacen los poceros de cloacas para curarse esos daños. Contestó: "Vuelven enseguida a casa, como haré yo ahora mismo; se encierran en una habitación a oscuras y se quedan en ella hasta el día siguiente, lavándose de vez en cuando los ojos con agua tibia; es la única manera de conseguir un poco de alivio". Le pregunté si le ardía la garganta, tenía dificultad para respirar o dolor de cabeza, y si aquel olor le provocaba náuseas. "Nada de eso, me contestó, el único órgano que sufre consecuencias de este trabajo es el ojo; si me empeñara en seguir trabajando, al día siguiente estaría ciego, como les ha ocurrido a otros". Me saludó y se fue a casa, protegiéndose los ojos con las manos."

A esto solía llamársele antiguamente, muy antiguamente, compromiso moral del científico. Pero como tal vez pueda sonar a lenguaje de trasnochado marxismo, obviamente anclado en el paleolítico inferior, podemos ponernos modernos o posmodernos y llamarle: profundizar con ojos y corazón abiertos en la alteridad. Como se prefiera. Como es sabido, la Internacional no es sólo "La Internacional".
Autor y licencia de 'De caricias y manipulaciones - Senderos no frecuentados'
Salvador López Arnal Extraído de: http://www.lainsignia.org CopyLeft
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