



El Leviatán hobbesiano expresa la antítesis del optimismo marxista: el hombre vive originariamente, dejado a su precivilizada naturaleza individual, en un estado de permanente «guerra de todos contra todos» («bellum omnium contra omnes»). Quizá se ha destacado en exceso el sentido pesimista de este supuesto en lo que podía significar respecto del problema de la guerra. Al parecer, naturaleza humana individual y guerra van de la mano. Los instintos humanos rezuman agresividad, lo que nos convierte en el peor de los animales, puesto que ninguno otro busca el conflicto, incluso en los momentos en que no es atacado ni necesita obtener alimento. De ser así, cabría poca esperanza de superar este miserable estado, puesto que la solución que, efectivamente, ofrece el propio Hobbes -y junto a él mayor parte de los teóricos que no confian en exceso en la bondad innata del hombre-, consistente en la aceptación de la vida social como renuncia al poder de la violencia, no supondría otra cosa que el ocultamiento provisional de unos impulsos agresivos, que no dejarían de poder aflorar en cualquier momento.
No obstante, habría que insistir la otra cara de la moneda: junto al instinto de destrucción, aparece en el ser humano otra pasión; el temor, que sirve de contrapeso a aquél. Agresividad y temor son los dos polos de la cuestión: el primero conduce a la guerra, el segundo busca refugio en la búsqueda de la paz. La creación de la sociedad civil, la institución de un Poder Soberano, que imponga su fuerza sobre la de los contendientes, son el resultado del triunfo del temor sobre la agresividad. La paz es fruto del miedo; tal es el resultado negativo que parece deducirse de esta tesis, por lo demás, casi universalmente reconocida. Con ello, la esperanza de mejorar el estado de cosas se esfuma, prácticamente, puesto que un temor sólo parece ser vencido por otro temor más fuerte. El precio a pagar por la paz seria la aceptación de la tiranía de un Poder omnímodo, capaz de imponer el Terror universal y abstracto, para superar así el miedo particular a lo concreto.
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