De la guerra a la violencia - La guerra, como fuente de valor ético
2 - La guerra, como fuente de valor ético
Desde que fuera acuñado en Grecia, el término «virtud» (areté, virtus) hace siempre referencia a las cualidades varoniles del guerrero. El hombre sólo puede demostrar la verdadera condición de su carácter moral en el campo de batalla. Cuando en la Iliada, Tersites, el modelo del nuevo hombre demócrata y pacifista, pretende alzar su voz para reclamar el fin de la lucha, los héroes griegos le golpean y le recriminan su comportamiento feminil. Pero esta actitud no se limita al mundo heroico de las epopeyas homéricas, y el valor guerrero se convertirá en el modelo de la virtud ética por excelencia, de modo que el hombre lo es sólo en la medida en que demuestra su valentía en el combate.
Ni siquiera el cristianismo supone un cambio radical en esta actitud pese a las declaraciones pacifistas de su fundador. Así, ya a partir de san Agustín, la guerra se considera como algo indiferente en sí, y su valor moral pasa a depender del cumplimiento de las condiciones de una guerra justa. No pensaban los teólogos católicos que la guerra debiera desaparecer, sin más, por causa de una transformación radical del hombre, cuya posibilidad limitaron al campo del hombre interior. La integración de la Fe y la Naturaleza, condujo a la Escolástica a proponer la paz como el fin último, pero, también, a apreciar la guerra como una circunstancia en que podían mostrarse las virtudes humanas, con tal que en la lucha se dieran determinadas condiciones. La consecuencia de esta concepción fue la elaboración de una doctrina que incluía los requisitos de una guerra justa: ser declarada por la autoridad legítima, buscar un fin justo, y utilizar medios moralmente correctos3. Todos estos requisitos hacen referencia a los medios de la guerra -aunque, aparentemente, hablen de los fines-, puesto que en ningún momento se pone en cuestión su moralidad. La guerra tiene un valor positivo, pues abre la posibilidad de que en ella se ponga de manifiesto la fortaleza, una de las principales virtudes del cristiano.
Paradójicamente, habrá que esperar a una época en que el paganismo retorna a Europa para encontrarnos ante un verdadero cambio en la valoración moral de la guerra. El Renacimiento acuña el concepto de virtú, que ya no pone el acento sobre la virilidad guerrera, sino sobre el dominio de todas las artes que hacen del hombre un ser social, un cortesano, un ciudadano capaz de triunfar socialmente por la dulzura de su carácter, la multiplicidad de sus habilidades, y su dominio de las técnicas que pueden alzarle al poder político4. Por vez primera -al contrario de lo que apunta el célebre aforismo- la política pasa a ser una guerra que utiliza otros medios para manifestarse. Los esfuerzos renacentistas por lograr una moderación de las, en muchas ocasiones, bárbaras costumbres medievales, se aprecia en ámbitos diversos, que van desde la afloración de tratados sobre las normas de urbanidad hasta la ritualización de los enfrentamientos armados. Los instintos agresivos son desplazados a otros espacios de la actividad social, como la lucha por el poder, o el ansia de fama, de modo que la guerra pierde gran parte de la trascendencia que aún conservaba en el medievo, puesto que ya no es el lugar de demostración de la virtud, sino tan sólo un medio para alcanzar el poder. Los manuales sobre estrategia militar sustituyen, pues, a los tratados morales sobre la virtud de la fortaleza5. Con ello nace una concepción moderna de la guerra, cuyo desarrollo conduce hasta las ideologías pacifistas de nuestros días.
|
Opiniona sobre 'De la guerra a la violencia - La guerra, como fuente de valor ético' (0)
Opina sobre este artículo |


