



A menudo se identifica como progresista a quien se preocupan por la democracia, por su salud, por su pervivencia. Es muestra de progresismo, por tanto, la defensa de este bien, aunque lo que efectivamente se defienda no sea más que la palabra democracia o una versión de democracia que puede ser la negación incluso de sus modelos ideales más pobres y pervertidos.[1]
No en vano para muchos progresistas el viejo círculo de Frankfurt, (esto es, Adorno, Horkheimer, Marcuse, etc.) resulta sospechoso por su ninguna preocupación por la democracia. Otros, afortunadamente, dieron ejemplo de progresismo al imponer a cañonazos la democracia a la gentuza incapaz de valorar este sumo bien.
"Sin una «amenaza soviética», Woodrow Wilson invadió Haití (y la República Dominicana), desmantelando el sistema parlamentario, porque se negó a adoptar una constitución "progresista" que permitiera a los norteamericanos apropiarse de las tierras de Haití, matando a miles de campesinos, restaurando virtualmente la esclavitud y dejando al país en manos de un ejército terrorista, como plantación estadounidense y posteriormente como una plataforma de exportación para empresas de ensamblaje bajo condiciones miserables."[2]
[1] No olvidemos que entre nosotros existió una Ley de Defensa de la Democracia, impulsada y promulgada por un presidente militante de un partido político progresista de la época.
[2] Noam Chomsky, Democracia y Mercados en el Nuevo Orden Mundial, en filosofía.net