Quien buscara hoy bajo la denominación de progresismo perfilar con claridad y precisión su identidad política, huyendo de la ambigüedad de la topología heredada de la Revolución Francesa, esa de las izquierdas y las derechas, encontrará que, si bien accede a un contexto con distinta carga histórica, lejos de abandonar la esfera de lo inasible, entrará de lleno en un plano de mayor confusión, provocada por la pluralidad de usos y significados actuales de progresismo, pluralidad que es superior a la que se manifiesta en el uso de izquierda que está claramente en retroceso.
Es cierto que la clasificación lineal dice poco y mal de las posiciones políticas reales, más aún hoy. Que es esta una forma de establecer posición siempre relativa a otros, al contexto general político, que se resuelve tantas veces en lo meramente coyuntural. Que pretende representar en forma euclidiana una situación compleja, desnaturalizándola, empobreciéndola, haciendo abstracción extrema de las semejanzas y las diferencias.
Pero, no es menos cierto, que progresismo es igualmente término de valor relativo (excepto en su origen, ligado al concepto de progreso, de progreso cuantitativo), extremadamente generalizante, y que además, por ser de uso del espectro político en toda su extensión, no da siquiera una mínima seña cierta de identidad, como tampoco otorga certificado de asepsia.
Por otra parte, si de lo que se trata es de poner distancia de tradiciones indeseables, de significados peyorativos o reminiscentes de un pasado y un presente no compartidos, izquierda y progresismo no son, cualquiera de ellos, nociones, nombres, marcas, que cumplan ese objetivo, sino que por el contrario ambos términos evocan imágenes y situaciones no elegidas, que no son más que su propia historia y que quien pudo hizo de ellos..
Izquierda y progresismo son nociones con pasado y presente, que naufragan en la relatividad de sus múltiples sentidos e interpretaciones, hasta casi no significar nada, excepto aquello que los amos de la información quieran que signifique.
Cambiar un término acuñado en la Asamblea de París por otro originado más o menos en la misma época, dentro del ideario de la Iluminismo, no parece ofrecer ventaja alguna, ni permitir posicionamiento, en un contexto de signos y símbolos manoseados, estandarizados, que se han convertido en vacío lugar común, en instrumento de ocultamiento de las verdaderas posturas y, sobre todo, de la acción política real.