



En otras palabras, pienso que el aire de cercanías del cambio social que la propaganda marxista hacía respirar por el mundo en la década de los setenta, va a determinar que el discurso de Espinosa desarrolle cierto optimismo, cierta utopía de triunfo, sin importar que esté novelando hechos acaecidos doscientos o más años atrás. Al fin y al cabo, toda obra sobre el pasado es una visión sobre el presente, o mejor, toda novela sobre el pasado es un pretexto para expresar la utopía del presente.
En relación con la novela de García Márquez y aplicable también a la de Espinosa, dice acertadamente julio Ortega: “Esta escéptica parábola sobre la autoridad es también una reflexión íntimamente desencantada sobre nuestro tiempo presente, hecho de nuevos fundamentalismos y más víctimas”9.
La novela de García Márquez, escrita y publicada en 1994, en pleno derrumbe y desprestigio del modelo marxista, se construye con un discurso mesurado en cuanto a la actitud de darles la voz a los grupos que no la tienen. No quiero decir que se trate de un discurso monológico y monofónico en el sentido de sentirse solo la ideología y la voz del Santo Oficio, por que en García Márquez, el discurso inquisitorial se deconstruye y erosiona permanentemente pero sobre todo a través de la ironía y no desde la posición triunfal de los negros como grupo social. Mientras que en Espinosa, el final de la novela muestra un mundo invadido por el aquelarre cimarrón llevando al infierno a Mañozga, en García Márquez, el final muestra a la heroína Sierva María de Todos los Angeles muerta no solo de amor sino por la tortura de los exorcismos, y al héroe Cayetano Delaura degradado a enfermero de leprosos: “Cayetano llegó al final de sus fuerzas. Fue puesto a disposición del Santo Oficio, y condenado en un juicio de plaza pública que arrojó sobre él sospechas de herejía y provocó disturbios populares y controversias en el seno de la iglesia. Por una gracia especial cumplió la condena como enfermero en el hospital del Amor de Dios, donde vivió muchos años en contubernio con sus enfermos, comiendo y durmiendo con ellos por los suelos, y lavándose en sus artesas aun con aguas usadas, pero no consiguió su anhelo confesado de contraer la lepra” (p. 196).
De un modo menos ostensible, en la novela de García Márquez también se percibe la demonización que sufren los agentes de la autoridad: la abadesa, el obispo, el marqués y su esposa. De la abadesa dice el propio obispo: “Si alguien está poseído por todos los demonios es Josefa Miranda”, dijo. “Demonios de rencor, de intolerancia, de imbecilidad. ¡Es detestable!” (p. 128). Del obispo dice el narrador que estaba “corroído por un asma maligna” y “su respiración era grande y pedregosa” (p. 72 y 74). El marqués de Casalduero, padre de Sierva María, siente que se está pudriendo, lo mismo que su esposa Bernarda, a quien el médico Abrenuncio encuentra “en carne viva, desnuda y abierta en cruz en el suelo, y envuelta en el fulgor de sus flatos letales” (p. 67). Y el mismo lenguaje construye muchas de sus referencias al demonio a partir de animales tomados por la tradición como encarnaciones diabólicas: cerdo, gallo, chivo, iguana, araña, comején, serpiente, tigre.
Al final, queda la imagen del crecimiento del cabello de Sierva María, un centímetro por mes durante doscientos años, como una metáfora hiperbólica de la continuidad del amor y la vida.
El narrador dominante que orienta el foco o los puntos de vista de la historia, deja escuchar la voz o la ideología del grupo social de la iglesia inquisidora, la concepción del mundo de una clase feudal que apoyada en la Contrarreforma se oponía al contenido de la palabra libertad: el amor, la ciencia, los libros de imaginación como el Amadís de Gaula, El quijote, Voltaire con sus Cartas filosóficas, la poesía de Garcilaso de la Vega.
Esta ideología autoritaria representada principalmente en la figura del obispo De Cáceres y Virtudes aparece horadada por la ironía de una mirada que seguramente viene de la clase víctima compuesta por los negros, mestizos, el médico Abrenuncio, Sierva María y finalmente el padre Cayetano Delaura, quienes a pesar de provenir respectivamente de distintos estamentos -esclavos, servidumbre, ciencia, nobleza criolla y clero-, conforman el grupo que sufre la violencia. Esta ironía que desacraliza desde lo demoníaco, aparece ya expresada en el título de la novela en el que late el señalamiento de que alguien concibe al amor como demonio. En realidad, todo el discurso aparece atravesado por la isotopía de lo demoníaco. El nombre Sierva María de Todos los Ángeles es un apelativo que resulta irónico pues la sobreabundancia de sus términos religiosos no corresponde con el alma indomable de la jovencita. Sierva María, abandonada por el desamor de sus padres a la educación que le impartieron los negros esclavos sirvientes en la casa del marqués, fue rebautizada con el nombre de María Mandinga, alias que en su contradicción expresa la pugna de dos ideologías religiosas, de dos culturas, de lo sagrado y lo demoníaco, de lo judeo-cristiano y lo africano.
Hija del marqués de Casalduero y de Bernarda Cabrera, es decir, hija de la nobleza criolla, Sierva María fue criada por los esclavos negros de la casa, quienes le inculcaron toda su rebeldía agazapada, todos sus anhelos de libertad, sus costumbres, su fe y hasta sus gustos gastronómicos. Sierva María es entonces una blanca de piel pero con el alma de negra. “La niña, hija de noble y plebeya, tuvo una infancia de expósita. La madre la odió desde que le dio de mamar por la única vez, y se negó a tenerla con ella por temor de matarla. Dominga de Adviento la amamantó, la bautizó en Cristo y la consagró a Olokun, una deidad yoruba de sexo incierto, cuyo rostro se presume tan temible que solo se deja ver en sueños, y siempre con una máscara. Traspuesta en el patio de los esclavos, Sierva María aprendió a bailar desde antes de hablar, aprendió tres lenguas africanas al mismo tiempo, a beber sangre de gallo en ayunas y a deslizarse por entre los cristianos sin ser vista ni sentida, como un ser inmaterial. Dominga de Adviento la circundó de una corte jubilosa de esclavas negras, criadas mestizas, mandaderas indias, que la bañaban con aguas propicias, la purificaban con la verbena de Yemayá y le cuidaban como un rosal la rauda cabellera que a los cinco años le daba a la cintura. Poco a poco, las esclavas le habían ido colgando los collares de distintos dioses, hasta el número de dieciseis” (p. 60).
Desde su iniciación de negra, Sierva María aprendió a mentir sin el menor sentido de estarlo haciendo contra una ética sino como el feliz subterfugio de una experiencia lúdica. Los negros esclavos debían mentir siempre ante el amo para burlar la autoridad y el castigo y poder sobrevivir. Mentir era para ellos una forma de mantener sus sueños de libertad.
Como se puede ver, en las lenguas africanas que aprendió (yoruba, congo y mandinga), en la fe africana que iluminó su rebeldía (Yemayá, Olokun), en los alimentos que consumió (sangre de gallo, escabeche de iguana, guiso de armadillo, criadillas y ojos de chivo preparados “en manteca de cerdo y sazonados con especias ardientes” (p. 89), Sierva María de Todos los Ángeles expresó y practicó su alma de negra transmitida por la educación impartida en el patio de los esclavos, donde recibía el amor que sus padres no le daban.
Ya Julio Ortega, señaló tangencialmente el contacto entre Sierva María y Cenicienta. Aunque con los padres vivos, la marquesita recibe en su propia casa un trato de huérfana. También puede señalarse el contacto transtextual (intertextual) de Sierva María con Segismundo, el príncipe de La vida es sueño, de Calderón de la Barca, uno de los ingenios del Siglo de oro español. Sabemos, por sus declaraciones y su narrativa, que García Márquez ha dado suficientes pruebas de su deuda con los autores de este periodo.
En la obra de Calderón10, para que no se cumplieran las predicciones nefastas de los horóscopos y oráculos de que Segismundo sería un mal hijo y un mal gobernante, el padre del príncipe, el rey Basilio, lo recluyó desde pequeño en una cueva bajo la vigilancia de Clotaldo. Así que Segismundo, obligado a no socializar su vida, no sabía comportarse entre sus semejantes y cuando su padre, para probar la verdad de los horóscopos, lo trajo al palacio, aquel mató a un criado, peleó con su primo, el duque Astolfo, e intentó abusar de Rosaura.
Del mismo modo que Segismundo y guardadas las proporciones entre teatro barroco español y novela latinoamericana, Sierva María, socializada entre negros y no entre blancos, cuando fue llevada al Convento de Santa Clara -que tenía en sus claustros ochenta y seis monjas españolas y treinta y seis criollas de las grandes familias- para que se le practicara el exorcismo, se comportó como negra, es decir, mintió, mordió la mano a una novicia que intentó quitarle los collares de santería africana que llevaba al cuello, decía llamarse María Mandinga, bebía el agua con gusarapos del estanque, consumía alimentos considerados ofrendas de demonio (sangre de gallo, ojos y criadillas de chivo), cantaba en lenguas extrañas (las aprendidas a los negros), jugaba al diábolo y les ganaba a niños y adultos, hechos que solo fueron comprendidos en su real tamaño por la servidumbre esclava del convento pero interpretados por la abadesa como signos inequívocos de posesión demoníaca. Y así como el rey Basilio, al ver el comportamiento violento de su hijo, lo recluyó de nuevo en la cueva donde lo había tenido, haciéndole creer que su momentánea vida palaciega había sido un sueño, Sierva María fue encerrada en su celda y sometida al suplicio del exorcismo.
Otro Contacto entre la obra de García Márquez y la de Calderón es la ocurrencia en ambas de un eclipse de sol. Al nacer Segismundo, “el sol, en su sangre tinto,/ entraba sañudamente/ con la luna en desafío”11 y la madre murió al dar a luz, hecho que en la mente de Basilio, el necio padre, confirmaba que el hijo sería un déspota si se le criaba en sociedad. Del mismo modo, en Del amor y otros demonios se produjo un eclipse que en el discurso de la inquisición y en el ánimo agorero de las gentes confirmaba la presencia del diablo en el cuerpo de Sierva María.
Sin lugar a dudas, con esta novela que toma como motivo narrativo los antiguos hechos del Santo Oficio (amor como posesión demoníaca, exorcismo, oposición a la ciencia, a la imaginación de la literatura y a las ideas libertarias), García Márquez tiende una mirada despiadada y tierna a la vez al presente, valiéndose del mejor instrumento crítico: el lenguaje irónico, que va haciendo trizas todas las “certezas complacientes” y poniendo en jaque todos los autoritarismos, al tiempo que siembra la convicción de que en el mundo todos necesitamos la utopía del amor.
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