Deseo referirme ahora, con el lector interesado que me resista, a las necesidades, las expectativas y los perfiles de los usuarios, en el marco de sus empresas. Al aludir a estas últimas, podemos pensar en sus actividades, posibilidades, presupuestos, tamaño... Las pymes constituyen un foco de atención para los poderes públicos, pero no parecen haber preocupado excesivamente a muchas consultoras de formación o proveedores de teleformación, más tradicionalmente vinculados a grandes empresas. Sin embargo, hay necesidades de formación y desarrollo profesional que demandan soluciones similares, con cierta independencia del tamaño de la empresa, e incluso con cierta independencia del sector a que pertenece.
Pero es que hay sectores en que soluciones específicas podrían llegar a miles y miles de trabajadores de miles y miles de pymes. Ésta es sin duda una asignatura pendiente de la teleformación, pero es que a veces uno piensa que el aprendizaje con apoyo de las TIC no ha aprobado todavía muchas asignaturas: apenas “las marías”. Tampoco los usuarios de grandes empresas se declaran satisfechos del e-learning. Las empresas que habían implantado estas soluciones se precipitaron en proclamar el éxito, pero ahora, al ir profundizando, sabemos que los usuarios no se sienten suficientemente satisfechos de sus experiencias al respecto.
Pero no es que no nos entendamos al hablar de los usuarios: lo que pasa es que quizá no los hemos tenido suficientemente en cuenta: que apenas hemos pensado en ellos. En la formación tradicional en sala, no había distancia entre el docente y el discente; ahora, como les recordaba párrafos atrás, hay toda una serie de profesionales involucrados que parecen cubrir sin suficiente éxito la distancia entre el aprendedor y el enseñante (cuando no se diluye del todo esta última figura). Si no somos capaces de conseguir que todos estos profesionales alineen sus esfuerzos hacia el objetivo de materializar el aprendizaje y satisfacer a los usuarios, entonces habría que quitar el banco.
Me permití, sí, decir que en esto del e-learning había que “herrar o quitar el banco” (como también hablé en algún artículo anterior de la opción entre metamorfosis o metempsicosis...). Si con los productos y servicios de e-learning no facilitamos el aprendizaje, dejemos que lo hagan otros, o dejemos que lo haga el propio individuo buscando en las fuentes a que pueda acceder. El e-learning deficiente no sólo ha frustrado expectativas de aprendizaje: también ha generado rechazo al método. En cambio, hay muchos usuarios de Internet complacidos por la información que encuentran en sus procesos de búsqueda (ya saben que yo mismo soy uno).
Con fe, cabe mantener la esperanza en la calidad de los contenidos, porque esto suena teologal. Habrán de hacerse mejores contenidos, ya sean lineales o interactivos, ya sean textuales o multimedia; habrán de hacerse contenidos que contribuyan a una aprendizaje eficaz (según niveles de Kirkpatrick), siendo a la vez gratificantes. También existe la satisfacción de aprender, aunque parezca un poco olvidada y muchos la hayamos conocido ya de mayores. En efecto, en el colegio y la universidad aprendíamos para aprobar (aprendizaje generalmente exotélico), y en la empresa aprendemos para saber (aprendizaje autotélico, catálisis de la satisfacción).
Son, en suma, dos grandes cosas las que se me ocurren al pensar en los usuarios de la teleformación:
? Asegurarnos de que sean conscientes de la necesidad de adquirir nuevos conocimientos y desarrollar nuevas habilidades y fortalezas profesionales.
? Dar satisfacción a las necesidades y expectativas de todos los usuarios, mediante productos y servicios más ajustados, que faciliten el aprendizaje deseado.