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Diálogo y Lenguaje - Notas de aclaración y fundamentación (I)

Artículo creado por Antonio Manzanares Pascual. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero28/dialogo.html
09 de Octubre de 2006
Historia de la literatura

1 - Notas de aclaración y fundamentación (I)

La relación de conocimiento está constituida por estos tres términos: los dos sujetos y el ente al cual reconocen como realidad común
  E. Nicol, Metafísica de la expresión, pág. 116.

 

Vivimos cercados y asediados por las modas. Modas de todo tipo. En el vestir, que suele ser tenida por la moda de las modas, modas en el viajar, en el comer, en las diversiones, en los espectáculos, pero también y notablemente en el hablar, también modas artísticas, religiosas, filosóficas, políticas, sanitarias, educativas ¿Quién lo duda? Ante ellas ¿a quién no le parece legítimo y hasta inexcusable esbozar una irónica sonrisa? Pero ¿qué hacer con las que son relativas a aspectos y ámbitos de la vida poco concordes con la alegre trivialidad y futilidad que son consustanciales a todas las cosas de la moda según la opinión común? ¿Qué decir de un amplísimo movimiento que postula un concepto de incuestionable valor y que sin embargo lo postula de una forma y con unos aires que sin duda son típicos y propios de la superficialidad de las modas? ¿No es eso lo que ocurre en nuestros días con conceptos y valores como los de diálogo, democracia, solidaridad, antidogmatismo, igualdad de hombres y mujeres, multiculturalidad, ecologismo, antitabaquismo? Si nos reímos de estas modas, porque en cuanto tales realmente tienen no poco de risible, parece que nos riéramos de las cosas mismas, de los serios y delicados valores a que se refieren. Además, de tales modas sobre realidades de capital importancia ¿no serán en definitiva algunas -con todo eso y su superficialidad y hasta extrema cursilería- argucias de que se vale la razón ética para imponerse a trancas y barrancas en la historia? ¿No convendría advertir de ello a ciertos espíritus selectos que por su misma condición refinada y exigente son a veces tan poco comprensivos y tolerantes para con esas cosas del melindre, el interés mezquino disfrazado de ética, la afectación, la papanatería, tan desdeñables, tan risibles, sí, pero tan humanas, tan propias de nuestra humana condición? Pues ¿no será que hasta en ciertos espíritus que tenemos en justicia por superiores descubrimos también al cabo graves fallas, graves defectos de arrogancia y rigidez como este de no querer percatarse de que a veces bajo su aspecto vano y sentimentaloide se oculta algo en esos movimientos más serio y complejo, como por ejemplo una nueva sensibilidad que tal vez supone una positiva conquista?

Y he aquí, pues, el concepto de diálogo como valor ético a la moda, continuamente en boca de políticos en campaña, de comunicantes y tertulianos radiofónicos y periodistas de todo medio de comunicación. Y aun así ¿es que cabe reírse del diálogo como valor ético, cabe no secundar toda demanda de los valores que encierra? En este caso, como en todos los análogos, al pensamiento serio y responsable una tarea se le impone: la aclaración intelectual de los valores, la dilucidación de su verdad más allá de los movimientos y aspavientos de las modas, el desbroce de la maleza y la hojarasca, meramente superficiales y emocionales que se adhieren al noble tronco ocultándolo, desvirtuándolo, amenazándolo, si no ahogándolo. En definitiva: la fundamentación -teórica y filosófica- de los valores ha de ser el deber del pensamiento responsable. Y no es otra cosa la que pretenden estas líneas que unas notas para una modesta contribución a la fundamentación teórica del concepto de diálogo. Fundamentación filosófica, que quiere decir científica, o lo que es lo mismo, de ciencia del lenguaje, lingüística.

Sorprende comprobar cómo el concepto de diálogo, en tanto que concepto científico de primer rango en la ciencia del lenguaje, no figure reconocido como tal en los más ilustres tratados de la materia -y no sólo en los más usuales-, ni en los más extendidos y tópicos programas docentes y notablemente en los universitarios. Pues sobre lo que sea el diálogo, sobre su esencia y carácter, sobre su lugar en la realidad del lenguaje, y por tanto de todo lo humano, la lingüística dice tan poco que apenas es algo más que nada. Y no es el único de los conceptos de primera importancia que ha sufrido tal suerte. Y en ello se revela el carácter y naturaleza de la lingüística de nuestra época, muy similar al de la gramática, la gramática tradicional tan denostada sin embargo -desde que el mismo Curso de Lingüística General saussuriano la vapuleara sin piedad en sus primeras páginas- por la lingüística moderna, inconsciente del enorme parecido, del innegable parentesco que las une indisolublemente, a la lingüística del último siglo y a la gramática secular, como hijas que son ambas de un mismo espíritu. Pues ambas, lingüística y gramática, respiran la misma atmósfera confinada movidas por los mismos limitados intereses toscamente empíricos. Tanto que apenas sobrepasan la mera letra como indica la etimología del término gramática: y nunca llegan al espíritu. Conocida es la justa inquina de tantos nobles espíritus de todas las épocas contra los secos y muchas veces hueros formalismos la gramática -y la lógica-, desde los autores del humanismo renacentistas que se levantaban contra los Donatos, hasta Unamuno, Vossler y Croce en nuestra época. «Habría que volver -dice G. Steiner-, con ese asombro radical ausente por lo general en el estudio académico, al hecho de que el lenguaje es el misterio que define al hombre, de que en éste su identidad y su presencia histórica se hacen explícitas de manera única»1. Gramática tradicional refinada y no otra cosa son los distintos movimientos que se han sucedido desde el estructuralismo al presente en la tradición académica. Y como tal de innegable valor, no lo vamos a dudar, mas siempre dentro de lo que son: gramática tradicional refinada, no la última y decisiva palabra sobre el lenguaje humano, ni la más exacta y comedida, sino solo una pequeña palabra, no carente ciertamente de agudeza, sobre aspectos que con ser notables son siempre parciales y limitados. En esos aspectos de que se ocupan gramática tradicional y lingüística, los conceptos fundamentales son, como todo el mundo sabe, dichos con uno de los ropajes terminológicos más exitosos, los de fonema, grafema -la letra de siempre-, semema, lexema, morfema, palabra, oración, y las disciplinas básicas la gramática, la sintaxis y morfología como partes suyas, la lexicología... Pero no son esas las disciplinas realmente fundamentales ni aquellos los conceptos básicos, porque no son unos y otras fundamento primario, sino derivados, sustentados y no sustentantes. Lingüística moderna y gramática tradicional se ocupan de lo estático y material: del texto en una manera de entenderlo. Pero el texto, aunque lo implica necesariamente, no es el todo ni el centro único del lenguaje, menos aún en la concepción usual hipostática, cosificadora. Cierto que en virtud de esta implicación podemos llegar al todo a partir del texto. Por todos los caminos se llega a Roma, menos cuando no se quiere llegar. Y en su cárcel textual, encerradas en sus estrechos caminos y entretenidas en sus jugueteos formalistas, en sus disputas tantas veces bizantinas, en sus siempre innúmeras y mudadas clasificaciones y terminologías, gramática y lingüística se desentienden de Roma, dejando para otros en el mejor de los casos -porque hay casos en que también a los otros se les pone el veto- el emprender ese viaje. Y así en la ceñuda gravedad cientificista que gustan de ostentar, la gramática y la lingüística relegan a la «caprichosa» filosofía y al vario y ligero ensayismo los problemas centrales del lenguaje, en la idea de que las cuestiones últimas o primeras no le competen, por no ser cosas que queden en la esfera de lo comprobable, que es la de la ciencia verdadera, sino que en todo caso pertenecen al terreno de lo ilusorio de lo subjetivo y vano, aunque sea interesante y bello, es decir, a la especulación filosófica. Pero las cosas no son así entre la ciencia y la filosofía: «Ciencia y filosofía, aunque distintas, no son independientes. Es menester no olvidarlo. Toda filosofía necesita de las ciencias; toda ciencia necesita una filosofía. Son dos momentos unitarios de la investigación»2 ha dicho X. Zubiri. Y un lingüista y gramático eminente, y por ello no desdeñoso de la filosofía y del pensamiento teórico, Eugenio Coseriu, ha advertido que «toda investigación de una lengua determinada se funda necesariamente y desde el principio en alguna teoría del lenguaje». Necesariamente y desde el principio quiere decir que cuando alguien afirma hacer ciencia desembarazado de toda idea teórica o filosófica lo que ocurre es que de manera oculta, y tácita e inconsciente, sustenta alguna, que es la peor manera de sustentar una idea teórica porque es la más acrítica. Por supuesto que sustentar una idea filosófica no es necesariamente apriorismo, prejuicio teórico, pues precisamente el mejor modo de combatir tales apriorismos y prejuicios es la plena conciencia del sustento teórico de nuestro trabajo científico, su carácter plenamente expreso, porque con ello nos sometemos a la crítica de los demás y sobre todo a lo más importante, a la autocrítica de nosotros mismos.

No, el texto hipostático y cosificado y las clasificaciones empíricas de él extraídas no son el centro y el todo del lenguaje. Antes, con anterioridad lógica, está el hablar, el hablar entendido como actividad, que es idéntico al lenguaje, el hablar, que es, como término, sinónimo de lenguaje, pues decir lenguaje es decir hablar, consistiendo la diferencia sinonímica en que lenguaje, como palabra sustantiva sugiere lo sustancial y estático, mientras que hablar evoca, por ser gramaticalmente un verbo, la actividad y el dinamismo. No es la lengua, como quería Saussure, bien gramático tradicional en esto como en tantos otros aspectos, la manifestación suprema y privilegiada, el centro del lenguaje, sino el hablar, como quiere Coseriu, pues la lengua y el texto son partes y factores del hablar y no a la inversa (la langue es parte de la parole y no a la inversa), de la misma manera que el vehículo y la cuchara son respectivamente partes del viajar y del comer, y no a la inversa. Pues la lengua es solo el instrumento del hablar, su inexcusable instrumento histórico de incalculable valor cultural, pero solo su instrumento imprescindible, y el texto es el producto del hablar, lo creado en la actividad creativa que es el hablar, es decir, un momento fundamental del lenguaje, o lo que es lo mismo, del hablar, pero solo uno de sus momentos, el del resultado creativo, que tampoco es por cierto una cosa. Fue el carácter «visible» -fundamentalmente en lo escrito-, falazmente visible o audible del texto, fue su carácter engañosamente abarcable y estático, con sus límites aparentemente bien y fácilmente discernibles, su ilusorio aspecto estático -la página escrita- y mensurable lo que favoreció al texto como objeto del estudio escolar. En el lenguaje hay una sola categoría fundamental, la del lenguaje mismo, es decir, la del hablar. Las demás son conceptos empíricos, subsidiarios y parciales. Parciales son conceptos como los de hablante, texto, referencialidad, lengua, finalidad. Y no digamos morfema o fonema u oración, que son parciales a su vez con relación a la lengua, y por ellos meros conceptos operativos. En cambio nociones como la de diálogo son verdaderos conceptos. El diálogo es un concepto fundamental porque en el fondo diálogo no es otra cosa que otra manera de llamar al lenguaje, un término sinónimo. Sabido es la gran importancia de la sinonimia para la teoría, pues aun cuando los sinónimos designen la misma realidad su significado teórico es distinto, cada sinónimo aporta su propia contribución en su propio y diferente significado al conocimiento de la realidad designada. Por eso no es indiferente denominar al lenguaje con este término o con el de hablar, con este último o con el de diálogo. Pues diálogo significa la razón  en cuanto que transmigra  , la palabra, el logos en tanto que se halla en perpetuo ir y venir de una mente a otra, de un hombre a otro hombre, de un pueblo a otro pueblo, de una a otra cultura, de una a otra época histórica. Y solo en este ir y venir entre los hombres tiene el logos su lugar y fuera de esta residencia no tiene ninguna. Diálogo supone un concepto dinámico del lenguaje. Continuamente se ha postulado una concepción dinámica de éste, de manera singular desde Humboldt, y perpetuamente los gramáticos se refieren a esta idea dinámica para que no se les tache de poco eruditos, pero perpetuamente la ignoran y dejan de lado en sus estudios gramaticales. No es el momento de insistir en el dinamismo del lenguaje y en todas sus consecuencias, digamos por ahora que diálogo implica una especial manera de entendimiento de tal dinamismo. Diálogo es dinamismo dialéctico, y en este sentido, el más amplio sentido del término, diálogo es sinónimo de dialéctica. Dialéctica heracliteana postergada por la tradición filosófica, triunfante la concepción del ser de Parménides. No obstante nunca aniquilada pues la vemos reaparecer aquí y allá como en nuestro Fernando de Rojas en las primeras palabras del Prólogo de la Celestina («Todas las cosas ser criadas a manera de contienda o batalla, dize aquel gran sabio Eráclito...»). Dialéctica rescatada y reformulada con enorme vigor por Hegel y tomada de Hegel por Marx y Engels. Esta dialéctica, como es muy frecuente en los fragmentos de Heráclito, es en una de sus formas dialéctica de guerra y confrontación: «Todo sucede según discordia»; «la guerra es el padre de todos y el rey de todos»; «la guerra une y la justicia es discordia»3. Como es sabido, frente a la lógica formal y abstracta triunfante desde Aristóteles por largos siglos y resucitada y recompuesta en el presente por los neopositivistas de la logística y la analítica, la lógica de la contradicción, es esta dialéctica una verdadera lógica real y concreta, por tanto viva, donde los contrarios (tesis y antítesis) no se excluyen sino que se integran en un momento superior o síntesis que se constituye a su vez en nueva tesis frente a una nueva antítesis que dará lugar en un movimiento siempre ascendente e inacabado a una nueva síntesis. Tal lógica dialéctica no es abstracta y muerta porque representa el movimiento mismo -y no su mero esquema- del pensamiento y la realidad, siendo así, no solo lógica del logos en su actividad, del pensar, sino también del ser en su devenir. Pues bien, según decíamos, en una de las modalidades más común y literaria de esta lógica -ya en Heráclito-, la contradicción entre los contrarios es contradicción de guerra. La contrariedad es al modo bélico y los contrarios lo son al modo de los enemigos. Es la dialéctica a ultranza, a muerte. Y frente a esta dialéctica de la confrontación se alza la dialéctica del diálogo: donde hay un firme punto de apoyo de carácter ético. Pues si la interacción humana, la lógica dialéctica de lo humano representa por ello las acciones de los hombres, ha de tratarse de una dialéctica de la libertad y de la creatividad, es decir, del espíritu, no una mera mecánica de las cosas y el ciego acontecer, ni tampoco mera silogística o cálculo veritativo. Y la libertad implica el bien y el mal, el acierto y el desacierto. Porque toda acción humana es más o menos acertada, más o menos eficaz, más o menos exitosa, alcanza en mayor o menor grado el fin al que aspira cayendo así de lleno en el terreno de la ética, que es saber acerca del deber ser. La dialéctica del diálogo es pues dialéctica del espíritu libre y creativo en el deber ser -ética- de sus acciones y creaciones. Frente a ella la dialéctica de la confrontación es una dialéctica resignada al mal, donde no es posible salir del mal porque ya es el mal, la guerra, la contradicción entre los contrarios: es dialéctica del pesimismo existencial, tan típica del existencialismo, desde Nietzschte a Heidegger, a Camus, a Sartre.

Puede parecer este sentido en que diálogo es sinónimo de dialéctica un sentido demasiado amplio para lo que aquí interesa. Mas había que empezar por este sentido porque la misma idea de dialéctica se constituye desde sus orígenes por inspiración dialógica, es el diálogo, la diánoia, la palabra y razón en movimiento lo que inspira la idea de dialéctica. Y porque esta dialéctica del dialógico, esta dialéctica-dialógica, o simplemente esta dialógica, se manifiesta en todos los aspectos del lenguaje. Dialógico es el aprendizaje de la lengua, porque es en diálogo con quienes la poseen como la aprendemos y es en diálogo con quienes la aprenden como la transmitimos. Dialógicas son con ello y de la misma manera la constitución histórica de la lengua y su transformación. Y como la conciencia se constituye sólo en y por el lenguaje, dialógica es la constitución de la conciencia: es en diálogo con los demás y de ellos de quien recibimos la capacidad de pensar: el pensar de cada uno no es sino su participación en el pensamiento que va y viene. Y no es que exista algo así como un espíritu universal por encima o aparte de los individuales del que los individuos extrajeran el suyo, pues, que sepamos, ciertamente no hay otra cosa que los espíritus que somos cada uno de nosotros: el espíritu no es transcendente, sino inmanente a los espíritus. Mas estos no son compartimentos estancos, sustancias delimitadas y estables previas a la comunicación, sino que es por y en la comunicación con los otros como se constituye el nuestro, el de cada uno: el espíritu es ciertamente dialógico. De ahí que para esta manera de pensar la comunicación -al revés de lo que ocurre en casi todas la metafísicas dualistas- no es un problema, no puede ser un problema. Pues la comunicación es ya un hecho primario, un punto de partida, algo dado que en su carácter apodíctico no se puede sino aceptar.

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Antonio Manzanares Pascual Extraído de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero28/dialogo.html CopyLeft
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