



La evolución del movimiento feminista en el último tercio del siglo XX se encuadra en el contexto de la paulatina descomposición del orden simbólico ilustrado, occidental y androcéntrico inspirador de las sociedades modernas. La diversidad y heterogeneidad que caracteriza en la actualidad a este fenómeno social, situado entre los postulados de la igualdad y de la diferencia, para culminar en el cuestionamiento postmetafísico del propio principio de identidad, sólo es interpretable en el marco de la crisis postmoderna de la idea de Historia Universal y del progreso unilineal. Por tanto, las condiciones de posibilidad de una específica conciencia femenina pasan, de forma necesaria, por el discernimiento de los horizontes temporales en los que se inscriben las distintas modalidades del discurso sobre la identidad. Podemos entender por identidad «el proceso de construcción del sentido atendiendo a un atributo cultural, o un conjunto relacionado de atributos culturales, al que se da prioridad sobre el resto de fuentes de sentido» [Castells, 1998: 28]. Este proceso, que en el caso del fenómeno feminista está conectado al género como construcción socio-cultural del sexo biológico, remite directamente a esa experiencia radical del tiempo que constituye la raíz simbólica no sólo del mero autorreconocimiento identitario, sino también de las formas de sociabilidad y de las relaciones de poder ligadas a ellas, así como del modo de conocimiento de la realidad que todo colectivo social se da a sí mismo. Desde nuestra racionalidad «histórico-narrativa-interpretativa» [Vattimo, 1996: 59], la temporalidad, fenomenológicamente definida como «la interpretación de la realidad con respecto a la diferencia entre el pasado y el futuro» [Luhmann, 1992: 166], es el medio fundamental desde el que los individuos dan cuenta de manera intersubjetiva de lo que son y/o de lo que quieren llegar a ser. Es el espacio discursivo desde el que se formulan las identidades ideológicas como proyectos sociales concretos.
Los desarrollos recientes del fenómeno feminista desde «las políticas de la inclusión a las políticas de la redefinición» [De Miguel, 2001], desde «la emancipación a la insubordinación», esto es, desde «la igualdad a la diferencia» [Luna, 2001], nos introducen en un juego cambiante y dinámico de re-apropiaciones y auto-definiciones simbólicas que, desde un punto de vista teórico, requieren la consideración de nociones elementales como las de sistema de género y relaciones de poder. Como pone de manifiesto Silvia Tubert, el concepto de sistemas de género responde a la necesidad esencial de la deconstrucción crítica de las relaciones sociales que representan a las mujeres como problema. Constituye el instrumento metodológico desde el que ha de ser posible la renuncia femenina a su emplazamiento tradicional como alteridad masculina [Tubert, 2001]. Sitúa, por tanto, a hombres y mujeres en el plano relacional de unas identidades permanentemente reconstruidas y remodeladas desde una reciprocidad, no obstante, asimétrica y diferencial. La inclusión de ambos en los espacios clasificatorios de los géneros construidos históricamente se aborda, así, desde el establecimiento de esas líneas de segmentariedad que refuerzan la posición dominante relativa masculina dentro de un proceso continuo de producción y retroalimentación de los modelos de subjetivización sexuada hegemónicos. Esta perspectiva de las relaciones de género como campo de fuerzas diferenciales situadas entra la norma y la transgresión, entre la adaptación y la oposición, dentro de su propia disimetría, remite a la noción foucaultiana de las relaciones de poder como conjunto de acciones conducentes a la modificación de otras acciones. Desde su concepción microfísica del poder, Michel Foucault analizó en su Historia de la sexualidad el proceso de construcción de la subjetividad a partir de la penetración disciplinaria de los dispositivos del poder en los cuerpos sexualmente aprehendidos [Foucault, 1984]1. Los discursos subjetivizadores del poder sobre la sexualidad, en tanto afectan a la regulación política del deseo como elemento de sostenimiento del cuerpo social presuntamente normalizado, devienen en un proceso de interiorización y objetivización indefinida de cada uno en relación consigo mismo, que está sujeto, en mi opinión, a decisivas determinaciones simbólicas espacio-temporales.
Históricamente, en el marco del orden simbólico patriarcal, la delimitación de las férreas fronteras de género cristalizó, en un sentido espacial, mediante la constitución de dos esferas de acción pública-masculina y privada-femenina. Esto supuso el confinamiento físico tradicional de la mujer en el territorio protegido de lo doméstico. Como señala Dolores Juliano, la institución de esas «fronteras vigiladas», dentro del dominio del estado moderno ilustrado, derivó en una extranjerización de la mujer respecto de los derechos políticos de ciudadanía, al margen de las oportunidades propiciadas por el propio marco territorial del estado frente al antiguo entorno de pertenencia vinculado al linaje [Juliano, 1997]. Celia Amorós, ha rastreado los orígenes históricos del feminismo de la igualdad situándose en el contexto de la Revolución Francesa. El análisis de la obra de autoras como Olympe de Gouges y Mary Wollstonecraf, desde la óptica de la doble reivindicación práctica-política y ética-educativa, arroja como resultado una radicalización feminista de la razón ilustrada. En nombre del buen sentido, se procedió a una irracionalización y deslegitimación de un poder patriarcal que había desterrado a la mujer de los beneficios de la abstracción del sujeto universal, una vez excluida de dicha generalización la diferencia sexual ontologizada. Esta denuncia feminista de las incoherencias lógicas del propio proyecto ilustrado entrañó el rearme simbólico-estratégico patriarcal en el plano de la misoginia romántica. La reconstrucción del orden simbólico que surgió como respuesta terminó condenando a la mujer a la otredad respecto de lo humano-masculino. Es así como se consuma la fractura territorial entre los ámbitos de lo privado-femenino y lo público-masculino, base del desencadenamiento consecuente de una serie de dualismos jerarquizados entre los que la oposición naturaleza-cultura es crucial. La asimilación de la mujer a la Naturaleza relega a aquélla a la estabilidad del «ser del no-ser» ontológico y ético. La asociación de lo femenino con la figura mítica de la gran madre cívica convierte a la mujer -quedando por ello mismo fuera del pacto político masculino- en garante de ese nuevo orden social masculino que «ha de nutrirse real y simbólicamente de la eficacia regeneradora y legitimadora del nuevo pacto que representa la leche materna» [Amorós, 1992: 125].
Esa atribución patriarcal de una esencia exclusivamente natural de la mujer, que responde a una identidad indiferenciada, y evita la posibilidad de una individualización práctica al interior del género, se complementa con la vinculación de la comunidad civil masculina individualizada al territorio cultural de la racionalidad, del espíritu como entidad que es y se hace continuamente en el tiempo. Por consiguiente, el mismo acotamiento espacial que se concreta en los distintos pares dialécticos asimétricos de lo público-privado, lo cultural-natural, lo activo/racional-pasivo/afectivo, lo mental-corporal, lo productivo-conservador, etc.2, conduce, desde el prisma de la idea androcéntrica de progreso, a la demarcación de unas identidades específicamente espacial-femenina y temporal-masculina. Esta temporalización simbólica del predominio masculino implica que el principio de legitimación de la identidad ideológica de la comunidad política de los hombres, libres e iguales, se basa en la proyección temporal de la Idea. Ésta se funda, no en un mítico lo que se es, sino en un racional lo que se pretende llegar a ser desplegado en el horizonte futuro de la meta final de la Historia Universal. De este modo, la mujer queda des-temporalizada, arrojada simbólicamente del Tiempo y de la Historia, de ese “espacio” temporal irreversible del ser masculino que es haciéndose, para vivir eternamente en la indiferenciación espacial-natural hegeliana del ser fuera de sí. El hombre, en tanto encuentra justificación para la monopolización plena de los derechos civiles, jurídicos y políticos constitutivos del sujeto universal, acaba configurándose en el discurso como la verdad de la mujer, porque el tiempo -exterioridad y negación excluyente del ahora que se afirma en lo que es negándose- es la verdad del espacio como mera coexistencia indefinida. Se trata, en definitiva, de un patrón concreto de subjetivación de los hombres y las mujeres que, en su fundamento temporal moderno, conecta con una hermenéutica de sí de base racionalista, con unas formas de gubernamentalidad ligadas al triunfo del Estado nacional, patriarcal y burgués, y con un modelo de conocimiento referido a la filosofía de lo Mismo. Así, la oposición discernible entre la esencia y la apariencia conduce a un principio de jerarquía determinado por el grado de aproximación al modelo constituido por la finalidad superior histórica; deriva en una lógica excluyente de lo divergente-diferente, en virtud de la primacía de lo idéntico-masculino sobre lo negativo-femenino. Todo ello, como analiza Ana María Fernández, ligado a esa estrategia de poder, deconstruible y genealogizable, que asimila el deseo a la carencia-castración [Fernández, 2001].
Pero esta extrapolación de la filosofía de la naturaleza y de la filosofía del espíritu hegeliana al orden simbólico patriarcal a la que me he referido3, ese paso de la mujer-naturaleza al hombre-espíritu consciente de sí, como hemos visto, sólo es desarrollable en el marco del predominio de una forma de temporalidad concreta como la articulada en torno a la idea de progreso: el principio mediador entre las tesis de la repetición atemporal de lo mismo y la sucesión histórica de las diferencias.4 La propia disolución de esta idea, unida a las profundas transformaciones socio-culturales, políticas y económicas que venimos sufriendo en relación estrecha con la difusión de las nuevas tecnologías informáticas-comunicacionales, está comportando un trastocamiento agudo de las representaciones temporales predominantes de la modernidad. Como quiera que ellas conformaban el soporte simbólico primordial sobre el que se asentaban el sistema de género patriarcal y las relaciones de poder adheridas a él, ello ha dado pie a la formulación de nuevas modalidades del discurso feminista que no se agotan en la segunda oleada tardomoderna del feminismo ilustrado de la igualdad iniciada en los años sesenta. Como ha estudiado la psicoanalista Elina Carril, estamos asistiendo a una desintegración paulatina de los modelos clásicos de identidad rígida masculina y femenina, y de los ideales del yo vinculados a los mismos. Esto está deviniendo en el desarrollo de una patología, que podríamos denominar propiamente de género -de la que son partícipes, de manera relacional, los hombres y las mujeres-, expresada a través de reacciones emocionales frente a una pérdida: el duelo [Carril, 2001]. Es ahí donde hay que inscribir la aplicación de las nuevas estrategias práctico-discursivas de signo feminista. Y para ello propongo, como instrumento teórico de análisis, la identificación de las distintas tendencias que hoy informan el movimiento de mujeres, a las que me referiré después, con los diversos modelos de temporalidad que configuran lo que denomino complejo temporal-simbólico informacional.
Asumiendo la complejidad del momento histórico actual, lo cual se resuelve en la yuxtaposición dinámica de universos socio-culturales muy distintos que remiten tanto a lo viejo como a lo nuevo, esta amalgama de experiencias temporales superpuestas puede simplificarse, en mi particular consideración, en torno a tres modelos básicos. En primer lugar, el relativo a cierta pervivencia de la idea liberal de progreso que, en algunos casos, tras una estrategia discursiva re-ontologizadora y re-mitificadora, deviene en una sustitución de la finalidad como horizonte por el fin como culminación del proceso histórico. Esto tiene su más clara plasmación en el “fin de la historia”, no como fin de los acontecimientos, sino como disolución de las alternativas ideológicas. Presupone, en síntesis, la consecución del proyecto universalizador del Mercado y la Democracia en tanto la expresión más perfecta de la acomodación de la sociedad humana a la Idea: la confirmación de la inevitabilidad histórica del progreso tecno-económico liberal como marco único de referencia de la disolución de las diferencias [Fukuyama, 1990]. En segundo lugar, el que atañe a la re-actualización histórica explícita de la experiencia temporal premoderna centrada en la tesis de la repetición eterna de lo idéntico. Esta revitalización actual del mito del “eterno retorno” supone un regreso a esa concepción negativa-circular del tiempo que, en forma de horror por la historia, entraña la abolición de toda diferencia del presente con respecto al pasado y al futuro. En referencia a la ejemplaridad celeste de los arquetipos, se sobreentiende la permanente renovación a-histórica de una identidad constituida en el momento sagrado fundacional de lo dado desde y para siempre [Eliade, 1994]. En el contexto actual de la decepción producida por el incumplimiento de las promesas de la modernidad, y de la consecuente reactivación de la cultura de lo religioso, ese modelo temporal representa el elemento articulador de unas identidades reactivas esencializadoras de las diferencias. Constituye el vehículo temporal del despliegue de una estrategia discursiva defensiva de base local frente a las amenazas uniformizadoras/excluyentes de los flujos globales hegemónicos de capital, tecnología, símbolos, ideas, imágenes y estilos de vida consumistas que definen nuestra actual sociedad de la información. Entraña, en suma, la modulación temporal de esas nuevas formas de subjetivación que se vuelcan hacia la comunidad como espacio cerrado de producción y conservación del sentido dentro de un ciclo de «exclusión de los exclusores por los excluidos» [Castells, 1998: 31]. Esto se concreta en el despliegue de esa autoafirmación identitaria que cristaliza en movimientos sociales actuales como los nuevos nacionalismos, los integrismos religiosos y el resto de fundamentalismos de cualquier signo, entre los que también se encuentran los relativos a la sexualidad y al género, como en seguida se comprobará. En tercer y último lugar, hay que constatar el desenvolvimiento de una nueva aprehensión simbólica del tiempo genuinamente postmoderna. Ésta se organiza en torno a las tesis de la variación y de la repetición de las diferencias. En su calidad de superación postmodernista de la idea de progreso, esta nueva experiencia temporal, una vez que niega la presunción de un proceso unilineal histórico universal, se define desde una perspectiva ambigua, plural y multidireccional de la historia. Apunta a cada momento histórico como mera actualización de virtualidades no derivadas de las predeterminaciones del ser [Deleuze, 1988]. Abandonando los dualismos jerárquicos de la esencia-apariencia y de lo idéntico-negativo propios de una epistemología de lo Mismo, es consecuente con el enfoque posthumanista y postmetafísico de la reconstrucción continua, abierta y relacional de una identidad inestable. Ajena a cualquier discurso de la fijación del objeto, responde a un paradigma interpretativo-comprensivo de la realidad, en oposición a la perspectiva moderna de un conocimiento objetivo-explicativo. Adopta una óptica infinitamente constituyente de la sociedad frente a la visiones totalizadoras y constituidas de lo social que expresan los modelos anteriores, cada uno a su manera. Desestimando, por consiguiente, la existencia de universales antropológicos, re-ubica genealógica y deconstructivamente al sujeto en el plano contingente de la «superficie de subjetivación» deleuziana, la cual se inserta en el triple proceso selectivo, diferencial e intersubjetivo de la «impresión-pliegue-expresión» [Aragüés, 1996]. En consonancia con un nihilismo afirmativo de raíz nietzschena, este modelo de temporalidad alude, en fin, al modo en que el sujeto pliega de forma cambiante e indeterminada los acontecimientos, dentro de un choque interpretativo continuo entre el diagrama normalizador y homogeneizador de los poderes dominantes, y las líneas de fuga -o de resistencia- respecto de su absorción por parte de la identidad.
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