Es sensato apelar al ejemplo de la existencia de la forma y sentir que, en parte, la realidad del entorno nos acoge. Pero como es fácil advertir, no podemos decir más que esto sobre el asunto. Encontrar forma es la evidencia del reconocimiento del mundo físico hacia una parte fundamental de nuestra naturaleza humana, pero no es en absoluto una muestra de compatibilidad de esencias. Detrás de este embrollo de palabras se encuentra la más palpable y angustiosa de las verdades.
Allí donde los espacios y operadores viven y sienten, donde no se viven ni se sienten las cosas que ellos significan, donde el color puede ya no verse y seguir siendo color, allí, el hombre encontró forma. Cada interpretación del mundo, cada imagen que nos formamos de él, está formada por nosotros. Pero es para advertir que no vale lo recíproco. Esto es, no cabe apresurarse a interpretar estas creaciones como lo que conforma o define a nuestra esencia.
La angustiosa soledad que sintió el hombre moderno frente a la fría concepción del mundo, cuando lo humano no apareció más que como un adjetivo de clasificación permitiendo su exclusión, ha sido manifestada por grandes pensadores contemporáneos y algunos otros hombres de sorprendente poder de predicción. Se manifestó en la angustia de los que, como Lenoble, reconocieron la carencia del espíritu moderno. Nietzsche5 no habló de razones sino de errores, y encontró tres.
Se pretendía un lugar en el entorno, y todo concluyó con el más cruel e irónico de los divorcios. Lenoble, Husserl, Jaspers, Heidegger, Schrödinger, cada uno a su manera, sintieron la soledad que la visión mecanicista del mundo propone, y la interpretaron como una ruptura entre el hombre y la naturaleza. André Compte Sponville advirtió “que las ciencias humanas son incapaces de responder a las cuestiones relativas al sentido de la existencia, a los valores y al arte de vivir”. Jacques Monod nos dice6 del hombre: “Él sabe ahora que, como un zíngaro, está al margen del universo donde debe vivir. Universo sordo a su música, indiferente a sus esperanzas, a sus sufrimientos y a sus crímenes.”
Mucho se ha dicho acerca de este asunto, desde Pascal hasta los tiempos del XX. Hubo quien se sintió desesperanzado por el oscuro horizonte promovido por “la ciencia positivista y su filosofía tecnocrática”. En la historia de este siglo, existen decenas de ejemplos de reacciones sociales engendradas por la amenaza a los valores verdaderamente humanos que dicha filosofía representaba. Basta para ilustrar esto la descripción que Edmund Husserl7 hizo de la postura de las jóvenes generaciones de la posguerra: “esta ciencia nada tiene que decirnos. Justamente las cuestiones que excluye por principio son los problemas candentes para los hombres entregados a conmociones que ponen en juego su destino en nuestros tiempos infortunados: las cuestiones acerca del sentido o del sinsentido de toda la existencia humana”.
La sensación de foraneidad, manifiesta de hecho en la obra filosófica contemporánea, llevó al hombre de ciencia al estado de desesperanza; la conclusión era el destierro de nuestra imagen. Schrödinger propone8 que “el mundo material se ha construido sólo a costa de extraer de él el yo”, y reconoce esto como el “alto precio que se debió pagar para obtener una imagen moderadamente satisfactoria del mundo”.
En vez de esa viva Naturaleza que Dios creó ahí para los hombres, sólo te rodean a ti por todas partes humo y polilla y costillas de animales y fémures de muertos... ¡Huye! ¡Arriba! ¡Allá a ese ancho mundo!
J. W. Von Goethe.
Personalmente, concibo a “la búsqueda del reconocimiento de nuestro papel en el entorno” como único motor de la búsqueda del saber. La búsqueda de nuestro lugar es primordial, los alejamientos con el mundo, delatan incompletitud, sugieren incompatibilidad. Luego, la ciencia no debería ser condenada por su amoralidad ni la belleza por resistirse a ser cuantificada. No es digno de nuestra empresa científica someter a nuestra naturaleza, ni lo es el pretenderlo.
Irónico resulta el hecho de que la existencia de la forma lleve al alejamiento del mundo. Aquella forma que representaría la unión de esencias se habría convertido en el augurio de una nueva soledad.
Se abrieron paso en el enturbio quienes, a pesar de reconocer la crisis que la concepción fría del mundo determinó, concibieron el fin de aquellos tiempos oscuros cuando el advenimiento de la nueva filosofía natural. Para ellos, la física clásica9 “inició un fructífero dialogo con la naturaleza, pero éste reveló al hombre una naturaleza muerta y pasiva, [...] En este sentido el diálogo con la naturaleza aisló al hombre de ésta en lugar de acercarlo más a ella”. No obstante, reconocieron en la Nueva Física su nexo con la realidad, una suerte de reencuentro feliz y glorioso.
Tal vez lo que se conoce ahora mejor de la ciencia es su facultad de privar a los hombres del placer y de tornarlos más fríos, más insensibles, más estoicos. Pero también podrían descubrirse en ella facultades de gran dispensadora de dolores. Y entonces se descubriría a la vez su fuerza contraria, su facultad inmensa de ofrecer al placer un nuevo cielo estrellado.
F. Nietzsche.
La opinión, en extremo optimista, acerca de la visión actual del mundo físico, apoya en el hecho de que dicha visión comprende elementos reconocibles, propios, humanos, vivos, no más aquella gris imagen. Esto queda claro en otro párrafo del texto citado recién: “La ciencia iba a ser mirada como algo que desencanta todo lo que toca. Pero la ciencia de hoy en día ya no es esta ciencia clásica. La esperanza de recoger todos los procesos naturales en el marco de un pequeño número de leyes eternas ha sido totalmente abandonada: Las ciencias de la naturaleza describen ahora un universo fragmentado rico en diferencias cualitativas y sorpresas potenciales”.
La idea de un nuevo acercamiento a nuestro entorno natural nos tienta. La concepción moderna del mundo físico, con su complejidad y esa aparente completitud -completitud de intención, tal vez-, está tupida en atributos mucho más ricos que aquella despreciable frialdad clásica.
Es verdad que pueden reconocerse en la nueva filosofía natural caracteres mucho más seductores, cuanto más humanos. Sin embargo, no es posible concluir que esta vez, y por fin, nos encontramos entrañablemente conciliados con la realidad física. El solo hecho de sugerirlo ya es ridículo. No obstante, es cierto que reconocemos hoy en la física nuestra imagen reflejada más que ayer, se percibe familiaridad en lo vivo de la nueva imagen de la naturaleza. Nada puede hablar más claramente de este hecho que este párrafo extraído de un texto de Ilya Prigogine10: “En un universo en el que el mañana no está contenido en el hoy, el tiempo tiene que construirse. La frase de Valéry11 expresa nuestra responsabilidad en esta construcción del futuro de la humanidad. Con esta conclusión, el problema de los valores humanos, de la ética, del arte incluso, cobra nueva dimensión. Podemos considerar la música, con sus elementos de expectación, de improvisación, con su flecha temporal, como una alegoría del devenir, de la física en su significado etimológico griego.”
Este punto de vista es interesante, Prigogine advierte que el hombre encuentra un lugar en su entorno. Sería éste el más grande logro del hombre sobre su foraneidad, encontrar un rol en la escena; y con él, la responsabilidad y la viva incertidumbre.
Y nuevamente alguien12 nos dice: “Son las imposibilidades inherentes a la teoría de la relatividad y la mecánica cuántica las que las señalaron como novedades capitales. [...] Esta evolución convergente nos enfrenta con los límites de nuestro poder de manipulación: nos devuelve un lugar de actividad en el seno de la naturaleza.”
Es afortunado y cierto que tales conceptos echan luz sobre los tormentosos problemas inherentes a nuestro rol “demoníaco” en la naturaleza y presentan una alegre visión del tema. Es realmente sensato este análisis y no merece ser injustamente mal interpretado.
Por mi parte, considero desmedido el optimismo de aquellos que proponen al nuevo edificio conceptual como lo que libera a nuestro espíritu de la rigidez de las matrices clásicas; libertad que nuevamente se ve coartada al enfrentarnos con un mundo más permisivo, variado y variante, pero tan alejado de nosotros como cualquier otro que se nos haya presentado. A su manera, pero aún alejado.
No quiero que se entienda con esto la imposibilidad de ver en la nueva física más que un retorno al comienzo, ni nada por el estilo. Muy por el contrario, podemos reconocer en ella uno de los pasos más grandes hacia el fin de nuestra empresa kepleriana. Lo que sí creo es que no debemos equivocarnos con lo que los nuevos y reconocibles atributos vivos de la nueva visión del mundo natural nos muestran. Probablemente, no se nos estará permitido nunca emprender nuestra misión concientizados de que debemos pretender de nuestro entorno simplemente el reconocimiento de aquello que es inherente a él. Entonces, no buscaríamos fuera lo que nos conforma y define. Y debemos a esta separación nuestra existencia como individuos, a la que a su vez, debemos nuestra foraneidad.
La más notable aproximación del mundo físico y lo humano viene de la mano de aquello que, curiosamente, se ubica en lo más remoto e inalcanzable por nuestro espíritu. La exclusión de nuestra imagen del cuadro como un precio a pagar por una visión humanizada de éste. Como si la condena a nuestro desarraigo del mundo, de nuestro entorno, fuese perpetua. Nuestra conciencia prisionera en un mundo al que no parece pertenecer, al que quizá no pertenece.
El Hombre debe a su aislamiento su condición de ser, entendido como ser científico. Al igual que existe la necesidad de individualizarlo como organismo para concebirlo vivo, el Hombre debe a su aislamiento su condición de ser. Será, entonces, eterno nuestro desarraigo; pero, a la vez, garantizada la fecundidad de nuestro espíritu científico.