



Ya lo sabíamos, pero hace poco lo leíamos en El País: según un estudio de Santillana Formación, el 60% de los usuarios declara que la formación on line aporta poco o nada a la mejora del desempeño. Tras los problemas técnicos de acceso y la falta de tiempo, los usuarios apuntan, como obstáculos, a la calidad de los contenidos y al seguimiento tutelar. El artículo concluía refiriéndose tanto a las empresas, “que no están siendo capaces de integrar estos sistemas”, como a los proveedores, “que no acaban de acertar con los programas que satisfagan a los usuarios”. Es un hecho que, a pesar de frecuentes declaraciones optimistas, el crecimiento del sector está siendo muy sensiblemente inferior al que se preveía hace tres años; pero el hecho más preocupante es la falta de eficacia de los cursos on line. Diríase que el e-learning necesita una metamorfosis..., o tal vez habría que pensar en la metempsicosis: volver a empezar desde cero en esto del e-learning.
Hace tres años, en España las grandes empresas ponían a punto sus plataformas y lanzaban sus campañas de marketing interno. Paralelamente, los proveedores de e-learning se asociaban en defensa de sus intereses, y hacían optimistas previsiones de crecimiento. En estos años, algunas empresas lucían sus inversiones en e-learning y se mostraban satisfechas de los éxitos alcanzados; por ejemplo, Telefónica anunciaba una inversión de 10 millones de euros en 2004. Entre los proveedores y también por ejemplo, un destacado miembro de APeL (Asociación de Proveedores de e-Learning) anunciaba en notas de prensa una facturación de 30 millones de euros para 2003 (el 70% en e-learning), aunque luego parece haberse quedado en la quinta parte: unos 6 millones. Ciertamente, las previsiones del sector no se han visto satisfechas, y cabría preguntarse por qué.
En los últimos meses, leíamos a menudo que, en realidad, el e-learning necesita complementarse con formación presencial para conseguir sus objetivos, y que, por lo tanto, lo mejor es el blended learning. Los propios proveedores postulaban la combinación de métodos, obviamente siempre con presencia de e-learning. Pero también leíamos sobre la googlelización del e-learning, que, si lo entendíamos bien, consistía en buscar en Internet lo que necesitáramos. Yo creo que, en efecto, los contenidos ofrecidos por los proveedores (al precio que establece el mercado, o que fuerzan los grandes clientes) no son, en general, satisfactorios y que, refiriéndome a los cursos para directivos, puede a menudo encontrarse en Internet algún documento más enriquecedor (en español o en otro idioma) que la típica píldora on line, multimedia e interactiva, sobre liderazgo, reuniones, presentaciones, trabajo en equipo, solución de problemas, negociación, etc.
Ya me he referido a ello en artículos anteriores, pero hay que volver sobre los contenidos. Cuando, salvados los problemas técnicos y de tiempo a dedicar, los usuarios se aproximan al contenido de los cursos ofrecidos, los encuentran poco o nada enriquecedores: eso dice el estudio a que me refería. De hecho, en la introducción del libro “e-Learning: Las mejores prácticas en España” (editado por AEDIPE-Pearson y coordinado por Carlos Pelegrín, de Telefónica de España), se mide el éxito del e-learning en las empresas por el volumen que supone (en número de horas de formación o en número de personas participantes), y no por la eficacia que postulara Kirkpatrick: algo que me resultó sorprendente.
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