El descubrimiento de Ebla fue un hito revolucionario. Durante casi dos siglos los arqueólogos habían imaginado el Tercer Milenio a.C. dominado por dos potencias civilizadoras, la egipcia junto al Nilo y la sumeria entre los ríos Tigris y Éufrates. Entre ellas y la prehistoria europea sólo existían pequeñas aldeas agrícolas diseminadas por aquí y por allá, de escasa importancia e incapaces de influir en el equilibrio político del mundo antiguo. En este marco, el norte de Siria era considerado una tierra poco o nada interesante, habitada únicamente por pastores nómadas hasta fechas muy tardías. El hallazgo del archivo real de Ebla cambió por completo este panorama.
En 1963 llegó a Tell Mardikh Paolo Matthiae, en aquella época un joven profesor de arqueología de la Universidad La Sapienza de Roma, que había trasladado su interés por el mundo antiguo desde Egipto a Oriente Medio. Visionario al estilo de Heinrich Schliemann, exploraba aquel tell convencido de poder demostrar la existencia de ese reino fabuloso que llegó a dominar Siria y Mesopotamia durante algunos siglos del Tercer Milenio, para desaparecer después misteriosamente sin dejar rastro y quedar completamente olvidado hasta nuestros días. Sus únicas pistas eran algunos antiguos pasajes de textos acadios, hititas y egipcios que apenas daban unas escasas indicaciones, sumidas casi más en la leyenda que en la realidad histórica.
Cuando las autoridades sirias invitaron a especialistas de todo el mundo a realizar excavaciones arqueológicas en los centenares de tell que había diseminados por el norte del país, los italianos tuvieron serias dudas sobre el interés que podía tener emprender excavaciones en un lugar tan remoto y desolado. Después de todo, Italia no tenía una tradición investigadora en Oriente y el dinero escaseaba incluso para las propias excavaciones italianas. La mayoría de los catedráticos no querían ni oír hablar del asunto. En cierto modo se sentían fuera de lugar, acostumbrados a investigar tumbas etruscas y villas romanas en un marco de relativa comodidad. No es de extrañar entonces que el joven Paolo Matthiae fuese el único dispuesto a emprender una empresa que le llevaría lejos de su casa dos meses cada año durante el resto de su vida, para vivir en unos incómodos barracones y trabajar con escasos medios, bajo un sol abrasador, a cuarenta grados de temperatura.