En las mismas fechas en las que caía el Imperio Antiguo en Egipto, dando paso al Primer Periodo Intermedio, en el norte de Siria se levantaba una importante ciudad circundada por cinco kilómetros de murallas y coronada de templos y palacios.
Un curioso cartel con el anuncio del yacimiento arqueológico llama la atención del visitante hacia la aldea de Tell Mardikh, una pequeña población de apenas quinientas personas que viven de la agricultura y el pastoreo, junto a la cual se encuentran los restos de la antigua ciudad de Ebla.
La palabra tell es muy frecuente en arqueología. Designa en árabe una colina artificial formada por la acumulación durante siglos de los escombros de antiguas construcciones que han quedado sepultadas por sus propios derrubios y por la acumulación de posteriores sedimentaciones. La abundancia de ladrillos de adobe y paja en el subsuelo convierten este tipo de terrenos en tierras muy fértiles, por lo que la mayoría han sido utilizados durante generaciones como campos de cultivo por los aldeanos del lugar. El aspecto exterior de un tell, por tanto, no difiere mucho del resto de las tierras cultivadas que suelen rodearlos, salvo por estar más elevado. Sólo la mirada experta del arqueólogo logra descubrir que bajo esa tierra arada hay enterrada toda una ciudad.
Eso es Ebla, un tell de enormes dimensiones. Cincuenta y seis hectáreas de superficie formando un gigantesco terraplén artificial, más o menos circular, de quince metros de altura, con una colina en el centro que se eleva otros diez metros más. Bajo esta gigantesca pila de escombros se encontró hace casi cuarenta años uno de los más importantes centros urbanos de la antigüedad, protagonista indiscutible en la región durante ochocientos años, en los albores mismos de la historia. Aquí se ha realizado uno de los más grandes descubrimientos de la arqueología de este siglo. El archivo del palacio real eblaíta es una de las mayores y más antiguas bibliotecas de la historia de la humanidad. En su interior se encontraron diecisiete mil tablillas de textos económicos, políticos y religiosos. Documentos de un valor incalculable que han permitido conocer la vida, usos y costumbres del pueblo que vivió en Ebla hace cuatro mil trescientos años.