Echándole los perros a Carolina Sanín Paz - La dama del perrito y este hueso de conjeturas (I)
Todo se encadena perfectamente si a uno se le da realmente la gana. Lo único falso en esto es el análisis [1].
Todo el saber, la totalidad de las preguntas y respuestas está contenida en los perros [2].
(...) el símbolo genérico perro abarca tantos individuos dispares de diversos tamaños y diversa forma... [3]
Qué oscura es la sangre del perro
y qué oscura la ceniza del poema [4].
A unos metros de mí -al otro lado del espejo- un perro busca algo en un paralelismo asombroso… [5]
Haré discursos con mis rebuznos (...) les ladraré a los coches [6].
(…) cantaré de nuevo el triunfo de los perros [7].
Salud, por los perros [8].
A Zuca, Tito, Filpo 1 y 2, Nico y Chomsky (donde quiera que estén).
Propongo, de entrada, una práctica textual de cadáver exquisito. Quizá, no tenga mucho que decir y, en esa medida me asumo como una especie de Dj que mezcla diferentes textos para gestar una “reflexión” alrededor de una novelista que (me parece a mí) al “igual” que Bayardo San Román tiene una manera de hablar que más bien le sirve para ocultar que para decir [9]. En las entrevistas que he leído de Sanín, ella más que informar, sugiere… y sugiere desde un “uso” de la palabra que articula el claroscuro de la complejidad con la errancia anfibológica del lenguaje que difiere la llegada a la estabilidad del puerto. Es en este sentido que Carolina Sanín Paz, al escribir, hace un uso menor de nuestra propia lengua, pues habla y escribe en su propia lengua como un extranjero [10]. Sanín no escribe desde lugares comunes o a partir de formatos y fórmulas convencionales que le aseguren al lector la comodidad de ser transportado sobre rieles de la estación A a la Z. En la novela Todo en otra parte, el lenguaje [está] cargado de significados. Significados de mucho caudal [11]... En este texto, la escritura no tan sólo es un vehículo o un instrumento para contar una historia, sino que además, es el territorio para que lenguaje se cuente a sí mismo. Aquí, en esta ficción, la gran protagonista es la escritura. A propósito de esto, Sanín declara: El único compromiso es con la escritura. Éste es un texto sobre la escritura y la oralidad, la textura de los discursos y los rumores, pero también sobre el lenguaje y sus paradojas [12].
Antes de continuar quisiera citar una síntesis que se ha hecho de la trama de esta novela (publicada en El Espectador), con el propósito de orientar mínimamente al lector que no haya pasado por la lectura del libro:
La historia es la de una subtituladora de cine, Carlota, que tras el cierre del teatro para el que trabajaba, decide emprender un viaje por el mundo: París, Samarcanda, Hong Kong, Sacramento (California) y San Juan de Puerto Rico. Por esta misma época da por terminada su relación con Julio, y cada vez que Carlota regresa de un viaje, entra a la casa de Julio y se roba un objeto, entre los que hay una falda roja y un par de cortinas. A cambio, Carlota deja un regalo. Aparte, en una calle cercana, vive un señor que está haciendo un perro, y su particular historia queda registrada en el poderoso diario Los Mundos. En fin. La trama va por allí, pero no es muy importante. No pasa nada grande, no hay una aventura reseñable ni una desventura digna. No hay malvados ni vicios, no hay reflexiones encumbradas, no hay accidentes significativos. No hay nada de eso [13].
Si Todo en otra parte, es para la autora una novela de mentiras (Yo sabía que no iba a hacer una novela de verdad, sino sólo una de mentiras [14], escribe Sanín), este “ensayo” o mejor sería decir este diario de lectura, no pretende instalarse en la supuesta verdad del crítico que cree tener el sartén por el mango; entre otras razones porque, número uno, no soy crítico, y número dos, porque lo que busco con este texto es anotar y desarrollar ciertas impresiones que registré en los bordes de las páginas.
Quiero comenzar citando: corrió la voz de que por el malecón [de la literatura] se había visto pasear a un “nuevo” personaje: La dama del perrito [15]. Tal vez, esta alusión no sea pertinente y temo que todo lo que consignaré a continuación será de índole impertinente. Pero me gusta pensar a Carolina Sanín Paz en relación con dos mujeres; la primera de ellas, como ya lo he anotado, es la dama del perrito, ya que en su novela se hace énfasis en la espectral historia del tácito hombre que está haciendo un perro. La segunda es Lady Sutton-Smith, por los Cut-ups. Desde hace muchos años (nos dice esta Lady) yo soy partidaria de ellos, y además, ¿por qué no hacerlos? Las palabras saben mucho mejor que uno a qué sitio pertenecen. Para mí las palabras son algo tan vivo como los animales. No quieren permanecer prisioneras en columnas [16]. Esto creo percibirlo en la novela cuando leo: Cuéntame un cuento, así nos distraemos y dejamos sitio para que la palabra pueda entrar [17]; los Cut-ups son una estrategia de escritura que “utiliza” Sanín quien, comentando su novela, explica: “En Todo en otra parte las frases tienen un ritmo, tienen casi las sílabas contadas, y las palabras están ahí por lo que son, como objetos decorativos de enorme belleza más que por lo que significan” [18].
De otro lado, en la novela de Sanín, un espectro recorre-asedia a Todo en otra parte; ese espectro, para mí, es el del perro, del cual el lector nunca sabrá nada, más allá de los imprecisos y parcos rumores que se tejen en el texto.
Tengamos en cuenta que un fragmento del óleo Perro enterrado en la arena, de Goya, es la imagen que hace parte de la portada del libro. En el texto, el perro estará acompañado por las arenas movedizas de la narración [19]; por el material plástico de las imágenes [20]; por la coherencia onírica de las secuencias (La noche previa, antes de dormirse, Julio había contado con que la palabra saliera al escenario del sueño iluminada por un foco [21]); por la maleabilidad del texto (Ya no era María. Según Pedro, un día había salido a tomar leche de vaca y había vuelto convertida en una persona diferente. Ahora era Alvira y creía ser como los demás creían que era [22]); por los deslizamientos, desplazamientos y movilidades de la novela, que comienzan desde el exergo, cuando Sanín Paz cita a Vicente Aleixandre en Adolescencia: Vinieras y te fueras dulcemente, / de otro camino / a otro camino. Verte, / y ya otra vez no verte. / Pasar por un puente a otro puente. /-El pie breve, / la luz vencida alegre.- / Muchacho que sería yo mirando / aguas abajo la corriente, / y en el espejo tu pasaje / fluir, desvanecerse [23]. Todo esto, me permite vincular esta novela con Un chien andalou y con Gosht Dog. Precisamente, Jarmush, en una entrevista declara: Es necesario estar abierto a todo, ser receptivo a la belleza, sin importar de dónde provenga [24]. Las imágenes de estos textos, tanto el de Sanín como el de Buñuel y Jim Jarmush, exploran y amplían la realidad. Normalmente visualizamos todo según los estrechos límites de nuestras creencias condicionadas. De la realidad tan vasta e imprevisible, no percibimos más que lo que se filtra a través de nuestro reducido punto de vista. La imaginación activa es la clave de una visión amplia: permite enfocar la vida desde ángulos que no son los nuestros, imaginando otros niveles de conciencia, superiores al nuestro [25]. Eso es lo que logra Sanín con Todo en otra parte, hacer de la realidad un complejo puzzle en el que las rutinas y los lugares comunes le ceden el paso al extrañamiento.
A la pregunta: ¿“Un hombre que está haciendo un perro”?, la autora responde: Es una frase, antes que nada [26]. Sí, es posible que “antes que nada” se trate de una frase, pero esa frase reiterada tantas veces a lo largo del texto se constituye en una “presencia” que nunca está y que seguramente estará en otra parte, aunque no sepamos en cuál. Esa insistencia en el hombre que está haciendo un perro, me permite relacionar de manera oblicua y por sobre todo arbitraria a Carolina Sanín con Anna Sergueevna (protagonista de La dama del perrito). Sanín escribe sobre ese hombre que vive en un ático y que está haciendo un perro; según la vecina del sexto piso, por la siguiente razón:
Un día quiso hacer una sopa, y metió en agua caliente una pata de perdiz. Al día siguiente se comió la carne de la pata. Al otro día hizo un caldo con el hueso. Al día siguiente, se dio cuenta de que el hueso ya no podía untar el agua. No tenía nada que hacer con él, así que decidió hacer un perro para dárselo. Pero no ponga esa cara. Parece como si no entendiera lo que digo [27].
Además, si se trata sólo de una frase, me parece curioso que frente a la pregunta: ¿Cuál fue el primer libro que leyó?, la escritora haya respondido así: Un libro infantil sobre las razas de perros y sus utilidades: para los esquimales, para los cazadores, para los ciegos, para los pastores [28]... Esa es una interesante hipótesis, pero infiero que así como existen perros para “indigentes”, porteros, damas, también “deben” existir canes para escritores [(...) perro, perro, sombra, que alevoso crece / (...) y me empuja como una sombra moribunda a la luz, / en el que ha escarbado en silencio con su ladrido [29]...], y en particular para relatos intrincados en los que se necesiten de éstos fieles amigos que ayuden a olfatear, perseguir y cazar palabras e imágenes que posibiliten tejer una narración: Dime, Musa, que azuzas mi mano / con el temblor de los proscritos / mientras los perros persiguen al poema [30].
Pero bueno, si se trata de una frase, se podría relacionar ese “hacer” (un perro) con un devenir animal; en términos de Deleuze y Guattari: Los devenires animales no son sueños ni fantasmas [31]. También se podría vincular con ciertas prácticas chamánicas de los indígenas americanos:
Hay una cantidad de historias sobre la gente jaguar. Las historias de los famosos tigres mojanos, y otra cantidad de mitos que, al mismo tiempo, corresponden a prácticas concretas (132-133) (…). El chamanismo tiende a romper esas barreras [geoculturales]. Es por ello que uno encuentra la experiencia del devenir jaguar en México, en los mayas, en los aztecas, también en los kogi de la Sierra Nevada, o en los Llanos Orientales y en la Amazonía. Sin mencionar casos como los de África, donde no existe el jaguar como tal, pero existe el leopardo, o algo que genéricamente se podría considerar como un tigre (139). (…) Hay dos tipos de gente que se hacen tigre. Unos se hacen tigre para hacer daño, para comerse a los animales del vecino, las vacas, las gallinas, los marranitos, y terminan comiéndose a los vecinos. Terminan convertidos en caníbales. Esa gente utiliza para transformarse en animal una flauta hecha de canilla de un ser humano que se hayan comido. Pero hay otros que podemos hacernos tigres no para hacer daño sino para hacer cosas positivas y aprovechar la energía del animal para ir más rápido dentro de la selva, o para tener la fuerza del animal, para sacar una enfermedad del cuerpo. Entonces ya no es la fuerza humana sino la energía muy fuerte de un felino, y esas personas utilizamos canilla de venado (141-142) [32]. (…) Ese es el hombre chamán, el hombre que se vuelve tigre, que convierte las fuerzas invisibles en puras materias [33].
Podríamos hablar legítimamente entonces de un hacer(se)-perro en los niños que juegan no a imitar a los perros, sino a devenir perro en la experiencia lúdica de la desterritorialización de la identidad (Cuando niños, / mis hermanos y yo / jamás tuvimos perro. / Éramos nosotros nuestro perro / y amarilla su sombra [34]); esto es lo que ha logrado el ruso Oleg Kulik [35], quien explora diferentes devenires perro desde el arte [36], o también desde la música podríamos mencionar a la poeta siberiana Sainkho Namtchylak [37] quien, en su trabajo Out of Tuva (1993) deviene en diferentes animales con su voz [38], igualmente podemos referirnos al músico holandés Jaap Blonk con su trabajo BABA-OEMF [39] donde ladra en el tema Katzen und Pfauen (Cats and Peacocks). El poema es el ladrido de un perro [40]... Kulik, a su vez, me remite a la maravillosa novela Albina y los hombres-perro en la que Amado Dellarosa le dice (entre ladridos) a Albina: “¿Ve, Albina?... Un humano… puede… hacerse… perro… Usted… y la luna… son la causa…” [41]. Otra novela que explora el cuerpo sin órganos y el devenir animal, es Marranadas:
Era más fácil abandonarse, comer, dormir; eso no requería ningún esfuerzo, únicamente energía vital y la había en mis músculos de cerda, en mi vulva de cerda, en mi cerebro de cerda, había la suficiente para vivir en un revolcadero. Me dejé caer de nuevo en él. Con todo mi cuerpo giré de nuevo siguiendo la rotación del planeta, respiré con el cruce de los vientos, mi corazón latió con la masa de las mareas chocando contra las orillas, y mi sangre fluyó con el peso de las nieves. El contacto con los árboles, los perfumes, los humus, los musgos y los helechos puso en movimiento mis músculos. Sentí latir en mis arterias la llamada de los demás animales, el enfrentamiento y el acoplamiento, el atrayente perfume de mi raza en celo. El ansia de vivir levantaba olas bajo mi piel, me venía de todas partes, como un galopar de jabalíes en mi cerebro, como un estallar de rayos en los músculos, me venía de lo más profundo del viento, de lo más remoto de las razas. Notaba en lo más hondo de mis venas la zozobra de los dinosaurios, la saña de los celacantos, me impulsaba hacia delante el saber que esos enormes peces estaban vivos, no sé como explicarlo ahora ni siquiera sé ya cómo sé todo eso [42].
Ahora quisiera articular dos instancias textuales que, si bien están alejadas, me permiten pensar la posibilidad de “hacer un perro” desde dimensiones diferentes, pero, que en todo caso, piensan ese “hacer” como una posibilidad real y no como una imposibilidad, que es lo que plantea Carolina Sanín. Por ejemplo, Borges anota: No quería componer otro Quijote -lo cual es fácil-, sino el Quijote [43]. Pierre Menard cuestiona, así el argumento de Sanín, cuando ella dice que no se puede crear algo que ya está creado. Cortázar comentando este cuento, cita a Gide quien dice que: Todo ha sido ya dicho, pero como nadie escucha, hay que volver a empezar [44]. Es así que parece ser que no hay plagio sino eterno retorno de lo mismo, y otra vez será la misma luna y el mismo sol, la misma silla y la misma mesa [45]... Además si le creemos al Eclesiastés cuando afirma que: ¿Qué es lo que fue? Lo mismo que será. ¿Qué es lo que ha sido hecho? Lo mismo que se hará, pues nada hay nuevo debajo del sol. ¿Acaso hay algo de que se pueda decir: “He aquí esto es nuevo”? Ya aconteció en los siglos que nos han precedido [46]. Entonces si esto es así, el hombre siempre va a estar creando algo que con anterioridad ya ha sido elaborado. (A propósito, Francisco Candel escribió un divertido cuento titulado: El perro que nunca existió y el anciano que tampoco, en el que el locutor Rodolfo Iglesias al encontrarse con un disco lleno de ladridos de perro, aprovecha ese feliz hallazgo para crear un personaje al que le da vida llamándolo Jonás. Los noctámbulos radioescuchas creen en la existencia del perro, que el locutor después de cierto tiempo “lo manda” a la Sociedad Protectora de Animales para librarse del asedio de aquellos que querían conocer al tan apreciado animal [47]). Por la otra, involucro a Eduardo Kac, quien con su arte transgénico pone la cuestión de la creación real de la vida en el centro del debate [48]. Kac desarrolló el proyecto llamado “GFP Bunny” que consistió en la creación de una conejita verde fluorescente (Green Fluorescent Protein), llamada Alba, a la cual se le integró a su genoma la proteína verde fluorescente a través de una microinyección en el cigoto. Ahora bien, científicos surcoreanos del Colegio de Medicina Veterinaria de la Universidad Nacional de Seul, dirigidos por el profesor Woo-Suk Hwang, consiguieron clonar a Snuppy (sigla en inglés de Seoul Nacional University) [49], mediante transferencia nuclear de células somáticas [50]; Snuppy es el primer perro clonado en la historia; la revelación se hizo el día miércoles 3 de agosto de 2005, aunque el perro había nacido tres meses atrás.
Según los investigadores, producir al ejemplar de raza afgana les tomó dos años y aseguran que este avance “ayudará a curar enfermedades hasta ahora incurables, no sólo de seres humanos, sino también en animales”. Así mismo, se espera investigar las diferencias genéticas entre las razas de perros y los efectos de la cría entre distintas especies [51].
Ahora bien, “volviendo” a la novela, lo que me llama la atención es la respuesta que Sanín da, a la siguiente pregunta:
¿Cómo construye los personajes que, en cierta forma, son extraños?
Yo no quería hacer personajes que representaran individuos porque quería que fueran solo eso: personajes. Pero estos son creaciones literarias, no existen y yo no quería inventarles una historia porque precisamente el libro habla acerca de cómo un hombre no puede crear algo que ya está creado. Por ejemplo, no puede crear un perro [52].
Existen perros literarios tan o más reales que aquellos que vemos a diario por las calles de nuestras inhóspitas ciudades. Por algo estos amigos se han ganado un lugar tan especial en la literatura; no creo que por joda Homero haya escrito:
(...) Y un perro, que estaba echado, alzó la cabeza y las orejas: era Argos, el can del paciente Odiseo (...). Al advertir que Odiseo se aproximaba, le halagó con la cola y dejó caer ambas orejas, mas ya no pudo salir al encuentro de su amo; y éste, cuando lo vio, enjugóse una lágrima que con felicidad logró ocultar a Eumeo... [53]
Recordemos a Veltro y Cerbero en la Divina Comedia [54]; Galgo, el fiel perro de Don Quijote; a Cipión y Berganza en El coloquio de los perros de Cervantes; Belcan en El amo y el perro de Thomas Mann; Dos en Un perro que se llamaba Dos de Adolfo Bioy Casares; Globito en Corazón de perro de Mijail Bulgakov; Colmillo Blanco, o Buck (en La llamada de la selva de Jack London); Nana en Peter Pan de J.M. Barrie; Rover en Roverandom de J.R.R. Tolkien; Casanova en Perro Regalado (que hace parte de la colección de cuentos La vida es una opereta) de Peter Ustinov; Sandy en Perro Blanco de Roman Gary; Faraón en Un perro amarillo de Walter Mosley; Míster Bones en Tombuctú de Paul Auster; Colette, Presidente, Forastero y Cactus en Alford de Luis Fernando Charry; “Perro” en Perro, perrito de Daniel Pennac; Bobó en ¿Hasta dónde tenemos que llegar? (en Un mundo secreto) de Juan Manuel Villalba; Annubis en Perros héroes de Mario Bellatin, (sin olvidar el poema de José Manuel Marroquín, La Perrilla [55], o El perro de a bordo [56] del poeta santanderino José del Río Sáinz); Zambo, Wanka, Güeso y Pellejo en Los perros hambrientos de Ciro Alegría; El perro rabioso de Horacio Quiroga o Aceite de perro de Ambrose Bierce; los perros que habitan en los conmocionadores diarios de El zorro de arriba, el zorro de debajo de José María Arguedas: Muchas veces he conseguido jugar con los perros de los pueblos, como perro con perro. Y así la vida es más vida para uno [57] … o, pensemos en la fuerza poética de Pastor de perros de Domingo de Ramos; más todos esos perros que invoca Gerald Durrell en Las mejores historias sobre perros, etc. Todos ellos son tan reales que sus ladridos se continuarán escuchando a lo largo de los años. Esos canes son personajes inmortales; no entiendo, entonces, el porqué su condición literaria implique necesariamente su inexistencia. Precisamente hay personajes que adquieren una vida independiente por fuera de las páginas del libro que “originalmente” los hospedó. Recuerdo a ese perrito anónimo que recoge Bruno, en Sobre héroes y tumbas, y que se constituye para él en un compañero de ruta que le devuelve el sentido a su existencia.
Y un día más terminó en Buenos Aires: algo irrecuperable para siempre, algo que inexorablemente lo acercaba un paso más a su propia muerte. ¡Y tan rápido, al fin, tan rápido! Antes los años corrían con mayor lentitud y todo parecía posible, en un tiempo que se extendía ante él como un camino abierto hacia el horizonte. Pero ahora los años corrían con creciente rapidez hacia el ocaso, y a cada instante se sorprendía diciendo: “hace veinte años, cuando lo vi por última vez”, o alguna otra cosa trivial pero tan trágica como ésa; y pensando en seguida, como ante un abismo, qué poco, qué miserablemente poco resta de aquella marcha hacia la nada. Y entonces ¿para qué?
Y cuando llegaba a ese punto y cuando parecía que ya nada tenía sentido, se tropezaba acaso con uno de esos perritos callejeros, hambriento y ansioso de cariño, con su pequeño destino (tan pequeño como su cuerpo y su pequeño corazón que valientemente resistirá hasta el final, defendiendo aquella vida chiquita y humilde como desde una fortaleza diminuta), y entonces, recogiéndolo, llevándolo hasta una cucha improvisada donde al menos no pase frío, dándole algo de comer, convirtiéndose en sentido de la existencia de aquel pobre bicho, algo más enigmático pero más poderoso que la filosofía parecía volverle a dar sentido a su propia existencia. Como dos desamparados en medio de la soledad que se acuestan juntos para darse mutuamente calor [58].
¿Cómo había dicho Bruno una vez? La guerra podía ser absurda o equivocada, pero el pelotón al que uno pertenecía era algo absoluto.
Estaba D´Arcángelo, por ejemplo. Estaba la misma Hortensia.
Un perro, basta [59].
Precisamente este fragmento de Sobre héroes y tumbas, es el que recuerda Nacho (en Abbadón, El Exterminador), poco antes de acostarse sobre los rieles para ponerle punto final a su vida; de esa trágica decisión lo persuade Milord, un perro viejo que con su lealtad y ternura lo insta a la vida:
Nacho volvió a treparse entre papeles sucios y basuras, y volvió a sentarse sobre el durmiente, entre los rieles. A través de sus lágrimas volvió a mirar por última vez los árboles del baldío, el farol a mercurio, la calle Conde: fragmentos de una realidad sin ningún sentido, los últimos fragmentos que vería.
Entonces se acostó cruzado sobre las vías, cerró los ojos y ya aislado por la oscuridad de esa fantasmagoría, los pequeños ruidos empezaron a cobrar importancia. Hasta que creyó oír un rumor que pensó podía ser una rata. Al abrir los ojos, advirtió que era de nuevo Milord. Sus ojos penosos le parecieron un nuevo chantaje y volvió a enfurecerse y a golpearlo, gritándole insultos y amenazas. Hasta que se fue calmando, cansado, ya derrotado por el perro, justamente cuando ya oía el ruido del tren. Entonces comenzó a bajar lentamente el terraplén y a caminar hacia la casa, seguido de cerca por Milord [60].
A propósito de esto, Abel Posse escribe: Todo perro podía ser nahual, continente de una desdichada alma humana [61]. Ese perro es tan real como todos los perros que en él se convocan; gracias a ese pequeño perro que “recoge” Bruno, por ejemplo, yo como lector veo en los perros vagabundos a seres maravillosos que le pueden regalar un poco de cariño a un hombre que lo ha perdido todo (tú, vagabundo, eres -privilegio de pocos- / amigo de los niños y los locos [62]).
-Un perro, sí -decía sonriente en el escenario el hombre que iba a hacer el perro-. Uno de esos animales de pelo amarillento, liso y corto, que no sienten la sarna y tienen la cola tiesa en un bucle y cruzan cojeando el centro de Bogotá. Suben suspicaces por la avenida Jiménez, toman la carrera Séptima, cruzan la Quinta y desembocan en pandillas de otros perros sin hombre en el barrio de La Perseverancia [63].
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