Para comprender de mejor manera la metamorfosis económica y social que provoca la dolarización, habría que analizar la conformación y recomposición de los bloques a favor y en contra de este esquema monetario y por cierto del modelo. Hay que identificar a perdedores y ganadores. Esto implica ubicar especialmente a aquellos segmentos que difícilmente puedan dar un salto cualitativo en términos de competitividad, pues, como es obvio, ésta se construye pausada y sacrificadamente, no se improvisa. Igualmente hay que identificar a aquellos segmentos del empresariado que empiezan a renegar de la dolarización, aunque todavía son amplios los grupos que a pesar de haberse frustrado por los resultados reales de la economía dolarizada, todavía creen que no hay como superar la dolarización.
En la lista de ganadores, por lo pronto, asoman muy bien posicionados los importadores (a la cabeza los contrabandistas). Otros beneficiarios son el negocio inmobiliario de alta plusvalía y la construcción de vivienda para clase media, por la posibilidad de realizar operaciones financieras con plazos más largos; el gran comercio con capacidad para crear también sistemas de financiamiento con plazos relativamente extensos para sus clientes; parte de la industria mayor, protegida de alguna manera por el Estado, que pueda mantener su competitividad en mercados externos en base a importaciones de insumos y piezas, utilizando poca mano de obra y no muy cara: ensamblaje (¿sector automotor?); la banca nacional, especialmente mientras pueda sacar tajada de los elevados diferenciales cambiarios; en esta lista asoman como potenciales beneficiarias aquellas empresas que quieren lucrar de las privatizaciones, particularmente las empresas de teléfonos y electricidad, a las cuales se les quiere vender con precios muy bajos y con tarifas más altas que las del mercado internacional. Los grupos de clase media que se mantengan como tales, esto es vinculados a los sectores ganadores, podrán obtener alguna ventaja de esta nueva situación económica en un ambiente atractivo para el consumo, en particular de aquellos bienes susceptibles de ser comercializados vía crédito, por supuesto accesibles sólo para quienes tienen ingresos suficientes como para atender su repago.
Mientras que los perdedores están en gran parte en el lado de los productores de bienes transables; en aquellos segmentos del sector exportador que no logran mejorar su competitividad en base a una mayor explotación de la naturaleza y de la mano de obra, o que no tienen capacidad de reacción frente a los choques externos; en el comercio mediano y pequeño, en especial el tradicional; en un enorme sector de industrias medianas y pequeñas, así como en unidades productivas campesinas y agrícolas, que resultan incompetentes ante el ingreso de bienes importados o aún por una disminución de la demanda de importantes capas de la población o por la consolidación de las grandes cadenas comerciales que controlan sus propias líneas de producción o por los elevados costos financieros; en el turismo de clase media sobre todo de aquel orientado a atender la demanda de Colombia y Perú por el incremento del costo de la vida en el Ecuador; en los asalariados y especialmente en los jubilados.
Y no es extraño que, en estas circunstancias, se esté procesando un recambio de actividades de ciertos empresarios: un creciente número de industriales ha optado por transformar sus empresas manufactureras en unidades importadoras, ciertos fabricantes han dejado de comprar materia prima en el interior para adquirirla en el exterior con el fin de mantener su posición en el mercado, más de un exportador se transforma en importador y otros han empezado a trasladar sus inversiones al exterior...
Estas tendencias sociopolíticas repercutirán más temprano que tarde en la sociedad ecuatoriana. Este país andino, que experimentó con un -7,3% la peor caída de su economía en 1999, como consecuencia de un largo proceso de ajuste estructural (desde 1982), presenta un escenario de empobrecimiento explosivo. Entre el año 1995 y el año 2000, el número de pobres creció de 3,9 a 9,1 millones, en términos porcentuales de 34% al 71%; la pobreza extrema dobló su número de 2,1 a 4,5 millones, el salto fue de 12% a un 31%. Lo anterior vino acompañado de una mayor concentración de la riqueza. Así, mientras en 1990 el 20% más pobre recibía el 4,6% de los ingresos, en el 2000 captaba menos de 2,5%; entre tanto el 20% más rico incrementó su participación del 52% a más del 61%.
Entonces, si la rigidez cambiaria es intrínsecamente insostenible, sobre todo en un ambiente internacional de tipos de cambio flexibles, no cabe sentarse a especular simplemente sobre la duración de la dolarización. La receta para un fracaso programado, tal como se manifestó antes, se completa con una amplia apertura comercial y financiera, así como con un muy bajo nivel de competitividad. Con mucha razón en la revista ecuatoriana GESTIÓN de febrero del 2002, cercana a círculos empresariales y bancarios, se pregunta "¿es la dolarización una bomba de tiempo? La respuesta, lamentablemente es sí".
Por tanto, a la sociedad ecuatoriana le urge preparar y procesar una salida ordenada de la trampa cambiaria, sin creer que con eso se van a resolver todos los problemas. Sería una irresponsabilidad histórica esperar a que explote la dolarización, para recién entonces intentar salvar desesperadamente los restos del aparato productivo y tratar de pacificar a un país en llamas, como sucede en la Argentina, cuyos esfuerzos por salir de la convertibilidad podrían ser aleccionadores para discutir las posibles alternativas que eviten los destrozos de una crisis anunciada. De la dolarización se sale programadamente o la dolarización nos saca atropelladamente. Y que quede claro: SÍ SE PUEDE salir en forma ordenada de esta trampa cambiaria.
Sin embargo, el asunto, visto desde una perspectiva integral del desarrollo, no se reduce a una simple resolución del tema monetario y cambiario. ¡Dolarización o desdolarización, esa no es la cuestión!