La emigración presenta una oportunidad de formación que puede convertirse en un importante incentivo para el pequeño y mediano sector empresarial. Para subsistir y prosperar en sociedades más organizadas como la estadounidense o las europeas, el emigrante tiene que integrarse al modo de vida de dichas sociedades, lo que implica la asimilación de todo un cúmulo de nuevos conocimientos. Entre éstos debe destacarse el aprendizaje de un nuevo idioma, por ejemplo inglés o italiano, según el país de destino.
Asimismo, varias normas de educación y urbanidad que no suelen ser priorizadas en las sociedades subdesarrolladas, son adquiridas en los países desarrollados. Por ejemplo, la puntualidad. Si un emigrante desea ser tomado en cuenta como mano de obra capaz y eficiente, entre otras cosas, debe expulsar de su psiquis la tristemente célebre "hora ecuatoriana", o sea la costumbre de llegar tarde a todo compromiso. De igual manera, aspectos menos trascendentales (aunque nada despreciables) como el tratamiento adecuado de la basura, también se adquieren en los países del "primer mundo", pues el arrojar basura en la ciudad se considera un acto tan desagradable como si fuese hecho en casa propia (13).
El emigrante no suele estar en posición de decidir qué tipo de trabajo ejercer, sino que debe sujetarse a la opción que se le presente. Esto, debido a la dificultad de obtener trabajo en calidad de emigrante (más aún para el caso de los indocumentados). De ello, el emigrante obtiene un doble aprendizaje. Por un lado, amplía su nivel de calificación, al asimilar conocimientos y destrezas en áreas de trabajo ajenas a la propia. Por otro lado, aprende a romper con un obstáculo psicológico muy común en Ecuador: la vergüenza de aceptar ciertos trabajos, por considerarlos "poco dignos". Quizás aquí radique uno de los potenciales más interesantes del hecho migratorio, en tanto se aprende a valorar el trabajo sin mayores distinciones y sin que una determinada actividad tenga que conducir a formas de marginación e incluso desprecio; también el hecho de que trabajadores manuales, un albañil, por ejemplo, comience a ganar más en el Ecuador, por la escasez relativa de albañiles, podría provocar un efecto benéfico dentro de la sociedad.
Por último, al trabajar en países altamente competitivos del primer mundo, el emigrante asume los niveles de exigencia allí solicitados, y tiene la oportunidad de empaparse de los procedimientos y estrategias tanto administrativas como productivas, que permiten alcanzar tales niveles de competitividad. Además, de su experiencia, el emigrante aprende la importancia del riesgo (así como de una buena evaluación del mismo) a la hora de tomar decisiones, elemento infaltable para una buena formación empresarial.
Como puede verse, gracias a la emigración, un elevado número de ecuatorianos tiene la oportunidad de mejorar y ampliar su nivel de calificación, alcanzar una formación bilingüe, asimilar esquemas organizativos más eficientes y altamente competitivos. De este modo, en algunos años, si los emigrantes deciden regresar, el Ecuador podría asistir a un fenómeno de enriquecimiento socio-laboral sin precedentes: la mano de obra calificada y no calificada que salió al exterior, regresaría con un potencial productivo mucho mayor. Turismo, servicios, agricultura, industrias y comercio tendrían nuevas y mejores opciones de crecimiento, siempre que a su retorno, las personas que emigraron contribuyan a alterar las estructuras y prácticas rentistas existentes en el Ecuador. ¡He aquí el problema! Contradictoriamente, la experiencia en las provincias australes nos dice que muchas veces, al regresar, los emigrantes, que adquirieron nuevas destrezas laborales o empresariales en el exterior, vuelven a reproducir las viejas y tradicionales formas de un rentismo acendrado en el país.
En suma, habría que considerar con detenimiento el potencial real de este nuevo tipo de remesas laborales, empresariales y culturales que pueden derivarse de la emigración.