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Las cifras expuestas demuestran la gravedad de una situación dramática, explicable por una serie de factores coyunturales y también estructurales que se potenciaron mutuamente. Los detonantes de la mencionada crisis se los puede encontrar en diversos ámbitos:
- De orden natural: el fenómeno de El Niño
- De orden económico: la caída de los precios del petróleo, la desestabilización financiera internacional, el salvataje bancario
- De orden político: cinco gobiernos en cinco años
En este contexto, la ya de por sí crítica situación explosionó con el congelamiento de los depósitos bancarios en marzo de 1999. A esto se sumó la reducción de las inversiones sociales con el fin de financiar el servicio de la deuda externa. Así, mientras la sociedad, por un lado, era literalmente esquilmada para sanear la banca, concretamente para entregar recursos a los banqueros corruptos, por otro, el gobierno suspendió, en el año 1999, por varios meses, el pago de sueldos y salarios a maestros, enfermeras, médicos, policías y militares tratando de sostener el servicio de la deuda externa. Este esfuerzo colapsó en agosto del año 1999 cuando el gobierno tuvo que suspender el servicio de dicha deuda. Fue una decisión inútil al no ser parte de un estrategia activa para enfrentar el tema del sobreendeudamiento externo y al no estar enmarcada en una propuesta económica diferente a la seguida desde inicios de los años ochenta. Además, fue una decisión tardía, pues el país había entrado ya en la mayor crisis del siglo XX. Así las cosas, en 1999, el peor año de la crisis, el servicio de la deuda externa consumió más de las tres cuartas partes de los ingresos corrientes del Estado, es decir, de los impuestos recaudados y de los ingresos del petróleo.
Algunas cifras permiten comprender de mejor manera la magnitud de la sangría experimentada por efecto del servicio de la deuda externa. El Ecuador, desde 1982 al 2003, pagó por concepto de capital e intereses 97.069 millones de dólares y en el mismo lapso recibió como nuevos desembolsos 86.330 millones. Lo cual generó una transferencia neta negativa de -10.737 millones, a pesar de lo cual la deuda creció en 9.962 millones, pues pasó de 6.633 millones en 1982 a 16.595 millones en 2003. Al haber definido como prioritario el servicio de la deuda se marginó a la inversión social, tal como se puede apreciar en el cuadro 1, en el que además, se introduce la evolución de las remesas enviadas por los emigrantes, como un adelanto que permite entrever su importancia para la economía del país.
Aquí cabe recordar la acertada afirmación de UNICEF en medio de la crisis, cuando señaló que Ecuador deberá escoger entre "pagar la deuda externa o realizar inversión social". Y con razón sentenció que "se equivocan quienes dicen que deben arreglarse primero los problemas de la deuda para luego atender las necesidades sociales". Justamente el haber priorizado el servicio de la deuda desató esta ola emigratoria sin precedentes en Ecuador.
A la sangría crónica de recursos provocada por la deuda externa se podría añadir la transferencia de recursos por el deterioro de los términos de intercambio, la fuga de capitales, el pago de regalías, la remisión de utilidades y la transferencia de capitales por concepto de inversiones extranjeras.
Todo este esfuerzo no pasó desapercibido. La sociedad se resintió. La deuda estranguló la economía. El gasto social se redujo de manera alarmante y las cuentas externas experimentaron presiones cada vez mayores. La pobreza se incrementó en forma continuada, sin que deje de aumentar la inequidad. La seguridad humana sufrió un severo golpe. Y la emigración, por otro lado, se convirtió en una válvula de escape para evitar una explosión mayor.
Por cierto, uno de los factores que explican la gravedad de la crisis, y que merece ser resaltado por separado, radica en el ajuste estructural y en las políticas de estabilización de inspiración fondomonetarista aplicadas desde inicios de los años ochenta. Aunque hay quienes sostienen lo contrario, la economía ecuatoriana, como la de otros países de la región, ejecutó y sufrió el recetario del ajuste. Así, con diversos grados de coherencia e intensidad, en el Ecuador se adoptó una concepción aperturista y liberalizadora tanto comercial como financiera de inspiración fondomonetarista/bancomundialista, impuesta a través de múltiples mecanismos (por ejemplo las "cartas de intención" del FMI) y hasta recurriendo a diversos chantajes externos e internos. Según John Williamson, quien acuñó el término de Consenso de Washington a inicios de los años 90, salvo los Estados Unidos y Cuba, todos los países del hemisferio ejecutan dicho Consenso.
Tampoco pueden quedar al margen los efectos nocivos de la dolarización. A los más de cuatro años de su imposición, sus resultados son preocupantes, por decir lo menos. Si nos atenemos a las promesas iniciales, la dolarización no cumplió lo ofrecido. Basta recordar que la inflación y las tasas de interés en dólares se mantienen en niveles elevados, la recuperación económica se desvanece, la competitividad decrece cada vez más, los desequilibrios externos podrían volverse insoportables, las remuneraciones reales se deterioran, el país sigue desindustrializándose, la pobreza continúa en aumento, la concentración del ingreso y la riqueza en pocas manos no deja de crecer, el poder económico mantiene su tendencia concentradora (al tiempo que se desnacionaliza), el sistemático deterioro ambiental no se detiene... En este entorno, asoma la emigración como una alternativa para salir de este círculo vicioso.
Para concluir este punto, es importante entender cada decisión tomada por un ser humano como un acto consciente, determinado, entre otras cosas, por su percepción de la realidad, su estabilidad emocional y sus expectativas. Es decir, el ser humano tiene muchas maneras de enfrentar su realidad, dependiendo en gran medida de la forma como percibe los hechos a su alrededor, de la interpretación que les da y de las conclusiones que saca para sí. Estos elementos forman en las personas un conjunto de ideas que, junto con sus expectativas, determinan sus estrategias para alcanzar el bienestar económico y social, tanto individual como colectivo.
Este conjunto de percepciones y expectativas, entorno a la crisis desatada en 1999, conformó una visión negativa del país, como un escenario sin oportunidades para el desarrollo de un proyecto de vida. Y aunque el factor económico es -no hay duda- un elemento esencial en la explicación del proceso migratorio, no deben dejarse de lado otras variables determinantes para la comprensión de cualquier proceso social.
Al transformarse la decisión migratoria, de un deseo individual de superación, en una estrategia familiar de subsistencia, se estableció una característica clave del proceso emigratorio ecuatoriano, en tanto la unidad primaria del proceso migratorio no es simplemente el individuo, sino la familia. Ante la idea de ausencia de oportunidades, la migración -externa y también interna- pasó a ser una opción racional para alcanzar el bienestar. Se puede afirmar que los ecuatorianos entendieron la crisis de dos maneras: Primero, como una drástica reducción del marco de oportunidades para la producción de los planes de vida en Ecuador. Y segundo, como un espacio para la innovación de estrategias familiares para la reproducción social y subsistencia, que podían ser cristalizadas fuera del país.
El factor psicológico en la toma de decisiones es esencial. Éste se complementa con los llamados "imaginarios sociales", que son ideas, verdaderas o no, que un grupo determinado tiene sobre un hecho, en este caso la emigración. Tales ideas están basadas en elementos racionales e irracionales, objetivos y subjetivos, reales o ficticios.
A partir de las redes, sobre todo familiares, la migración se convierte en un movimiento circular y continuo, generado y alentado por la acción efectiva de dichas redes que facilitan el desplazamiento de la población y refuerzan lazos económicos y sociales entre el país de origen y de destino. Esto hace que el proceso se facilite y se incremente.
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