Ecuador: Oportunidades y amenazas económicas de la emigración - Otras amenazas y oportunidades de la emigración
Artículo creado por Alberto Acosta, Susana López Olivares y David Villamar. Extraido de: http://www.lainsignia.org
19 de Septiembre de 2005
Economía internacional, Teoría económica
14 - Otras amenazas y oportunidades de la emigración
Por cierto que el hecho migratorio no se explica exclusivamente por razones económicas. Tampoco se agota el análisis de oportunidades y amenazas del mismo por las consecuencias económicas. Sin tratar de abordar toda la problemática, simplemente para englobar el tema, se menciona muy rápidamente otros puntos que deberán ser comprendidos adecuadamente.
Para empezar, la emigración ofrece una serie de ventajas por los diversos aportes culturales que implica, sea por el aprendizaje laboral y empresarial, como por la apropiación de diversos patrones y valores culturales de otras naciones y pueblos. Esto permitirá enriquecer y potenciar las culturas existentes en el Ecuador. Sin embargo, estas opciones podrían verse de alguna manera minimizadas por una posible desocialización del ser humano, como producto de la marginación y discriminación, así como por efecto de la ruptura de sus vínculos familiares. El problema para los emigrantes se evidencia al comprender que son justamente dos elementos básicos los que pierde el individuo al emigrar: cariño y reconocimiento. A esto se debe agregar otros dilemas psicosociales, como el que podría provocar el hecho de asumir trabajos "inferiores", creando heridas narcisistas dentro de un panorama de depresión.
La emigración, como proceso social, gira en torno al ser humano y la familia. Es entonces allí donde se presentarán los primeros efectos de dicho proceso. Es evidente que la emigración implica la separación física del núcleo familiar, pero no necesariamente significa la ruptura de las relaciones familiares de dependencia, ni mucho menos afectivas. Las familias afectadas por el proceso migratorio, se ven obligadas a aceptar su nueva realidad y a buscar nuevas alternativas. En efecto, un amplio número de emigrantes mantiene lazos permanentes con sus familiares en el país de origen (posibilitados por los avances en telecomunicaciones), creando un nuevo tipo de vínculo social: las familias transnacionales.
Cuando un miembro de una familia emigra, además del costo económico, ésta debe asumir los costos afectivos, como la separación de los cónyuges; los costos emocionales de los hijos, y en casos extremos, la destrucción de hogares. Si bien el primer tipo de inversión es recuperable con el tiempo, los costos afectivos y emocionales son más difíciles de cubrir.
Como resulta evidente, las marginaciones de diversa índole entorpecen el proceso de aprendizaje de los inmigrantes al obstaculizar su plena integración en la sociedad de acogida. Situaciones similares se encuentran en el ámbito laboral, donde se vio que los ecuatorianos ocupan los escaños inferiores; o incluso en el ámbito residencial, ya que en muchos barrios, los moradores se niegan a aceptar la presencia de los inmigrantes evitando asociarse con ellos. El desarrollo de movimientos y comportamientos segregacionistas como éstos es entonces uno de los principales obstáculos para el proceso de integración de la comunidad de ecuatorianos en los países de acogida, como un primer paso hacia la inserción en el sistema internacional.
Al ser un fenómeno social de gran importancia, la emigración tiene también sus repercusiones políticas. Recuérdese que la reciente ola emigratoria comenzó y se desarrolló en medio de una creciente inestabilidad política.
Desde una óptica concertadora, debe considerarse a la emigración como una importante oportunidad para mantener la estabilidad interna y mejorar la confianza empresarial, tanto nacional como extranjera. Esto debido en gran parte a la aceleración inicial del flujo emigratorio, que expulsó a una porción considerable de los desempleados fuera del país, reduciendo su peso relativo en la población activa. Aunque de hecho la cantidad de empleos no se incrementó sustancialmente, la presión social de los desempleados sí disminuyó.
Por otro lado, debido a las remesas de los emigrantes, muchos ciudadanos de estratos medios y bajos vieron mejorada su situación económica, por lo que su participación en las protestas sociales decayó. Además, ya que las remesas son recibidas directamente por los habitantes de recursos bajos, éstas cumplen un cierto papel de atenuadoras de las diferencias socioeconómicas, papel que le correspondería al Estado ecuatoriano a través, por ejemplo, de las políticas sociales. Así, gracias a las remesas, el Estado puede aplicar con algo más de libertad sus programas económicos (muchas veces en detrimento de las inversiones sociales), sin temor a enfrentar un recrudecimiento de las protestas populares.
Esta relativa estabilidad, que se espera sea bien recibida por el sector privado, permitiría un incremento de las inversiones tanto internas como externas, facilitaría el cumplimiento de las expectativas empresariales, favoreciendo la reactivación del aparato productivo. Este esperado aumento de las inversiones nacionales y extranjeras, como se comprueba en la práctica, no se da simplemente porque disminuyen los riesgos de inestabilidad política o de continuadas protestas sociales. Hay otras razones que se deben incorporar en el análisis para comprender el comportamiento de los inversionistas.
Lo que si es cierto es que la emigración, al reducir las tensiones políticas, se convierte en una amenaza para la fuerza política de los movimientos sociales e incluso de partidos políticos que presionan por conseguir las transformaciones estructurales que requiere el país para salir adelante. A través del flujo emigratorio, los movimientos sindicales, feministas, indígenas, ambientalistas, entre otros, poco a poco han ido perdiendo miembros y adeptos. Al debilitarse las bases, dichos movimientos han visto disminuida parte de su fortaleza política. No es coincidencia que el levantamiento que derrocó al gobierno de Jamil Mahuad, en enero del 2000, haya estado constituido casi exclusivamente por indígenas, grupo al que el fenómeno emigratorio ha tocado sólo marginalmente. A diferencia de la población mestiza, la mayoría de indígenas aún persigue el bienestar en su propia tierra, por lo que no incluyen a la emigración dentro de sus estrategias de reproducción y supervivencia (con excepción quizá de la comunidad otavaleña y algunas fracciones de otras comunidades).
Quedan, por cierto, otras cuestiones pendientes. Por ejemplo, cabría preguntarse cuál puede ser el aporte organizativo y democrático que puede provocar la emigración por efecto del contacto con prácticas políticas sustentadas en un mayor respeto a la participación ciudadana, existentes en los países del "primer mundo". Este potencial podría verse a su vez limitado en la medida que los y las compatriotas que retornan, al escalar posiciones en la estructura social gracias los bienes materiales y no materiales acumulados en el exterior, no sólo que pueden ser susceptibles de prácticas rentísticas en lo económico, si no que también pueden asumir posiciones y actitudes propias de sectores de clase media timoratos frente al cambio, lo que les transformaría en factores conservadores.
Antes de concluir conviene reubicar el hecho migratorio en el ámbito global, otro de los aspectos que debería ser estudiado teniendo en mente la realidad ecuatoriana. Como es bien conocido, el proceso de globalización lejos de ser homogéneo, adolece de un desequilibrio geopolítico enorme. Mientras algunas naciones se globalizan y se integran en los procesos internacionales, otras se ven cada vez más marginadas de dichos procesos. De este último caso el Ecuador es un buen ejemplo. A pesar de haber abierto sus mercados comercial y financiero, a pesar de haber eliminado cualquier restricción cambiaria a través de la dolarización, el Ecuador se mantiene al margen de los beneficios de la globalización y no logra superar su exclusión internacional. Sin embargo, en el flujo emigratorio se encuentra oculta la oportunidad de un proceso de integración internacional distinto, que podría funcionar relativamente independiente de las lógicas comerciales y financieras. Para empezar, el fenómeno emigratorio pone en marcha el funcionamiento de la familia transnacional, como unidad elemental del proceso. Esta última se desarrolla y actúa tanto en Ecuador como en las sociedades de destino, que por lo general son sociedades desarrolladas. Esto crea con los países de destino un vínculo social directo mucho más profundo que aquellos fundados en intercambios comerciales y financieros.
En la ya analizada fusión de identidades opera un proceso de intercambio y enriquecimiento cultural tanto para los ecuatorianos como para los ciudadanos de los países de acogida: unos y otros aprenden e integran en sí elementos de una nueva cultura. Empieza a tener sentido la idea de un ciudadano global, liberado de consideraciones territoriales, que muestra semejanzas y afinidades con miembros de las culturas y sociedades más diversas. Este aprendizaje se vuelve más profundo con la integración laboral, que permite asimilar nuevos procesos organizativos, comportamientos productivos y laborales más eficientes y competitivos, etc.
Por último, la fuerte presencia numérica de los emigrantes ecuatorianos, tanto en Europa como en Estados Unidos, así como la organización y cohesión que alcanzan como comunidad de inmigrantes, les da a los ecuatorianos una ventaja primordial: representatividad y peso político. El papel que cumplen dentro del aparato productivo y en general como parte de la sociedad de acogida les brinda la oportunidad de participar o por lo menos de influir en el rumbo político de dichas naciones; esta aseveración hay que relativizarla en tanto en muchos casos los colectivos de ecuatorianos y ecuatorianas sufren diversas formas de marginación o no han logrado adecuados niveles de organización política para exigir sus derechos. Como se puede ver, el proceso emigratorio podría posibilitar una integración internacional más profunda, tanto a nivel cultural como económica, social y política, en la que un actor importante es la familia en su dimensión transnacional. Y si este potencial llegara a ser comprendido por los gobernantes, las posibilidades de la emigración podrían ser mucho mayores de lo que se aprecia a primera vista.
Para empezar, la emigración ofrece una serie de ventajas por los diversos aportes culturales que implica, sea por el aprendizaje laboral y empresarial, como por la apropiación de diversos patrones y valores culturales de otras naciones y pueblos. Esto permitirá enriquecer y potenciar las culturas existentes en el Ecuador. Sin embargo, estas opciones podrían verse de alguna manera minimizadas por una posible desocialización del ser humano, como producto de la marginación y discriminación, así como por efecto de la ruptura de sus vínculos familiares. El problema para los emigrantes se evidencia al comprender que son justamente dos elementos básicos los que pierde el individuo al emigrar: cariño y reconocimiento. A esto se debe agregar otros dilemas psicosociales, como el que podría provocar el hecho de asumir trabajos "inferiores", creando heridas narcisistas dentro de un panorama de depresión.
La emigración, como proceso social, gira en torno al ser humano y la familia. Es entonces allí donde se presentarán los primeros efectos de dicho proceso. Es evidente que la emigración implica la separación física del núcleo familiar, pero no necesariamente significa la ruptura de las relaciones familiares de dependencia, ni mucho menos afectivas. Las familias afectadas por el proceso migratorio, se ven obligadas a aceptar su nueva realidad y a buscar nuevas alternativas. En efecto, un amplio número de emigrantes mantiene lazos permanentes con sus familiares en el país de origen (posibilitados por los avances en telecomunicaciones), creando un nuevo tipo de vínculo social: las familias transnacionales.
Cuando un miembro de una familia emigra, además del costo económico, ésta debe asumir los costos afectivos, como la separación de los cónyuges; los costos emocionales de los hijos, y en casos extremos, la destrucción de hogares. Si bien el primer tipo de inversión es recuperable con el tiempo, los costos afectivos y emocionales son más difíciles de cubrir.
Como resulta evidente, las marginaciones de diversa índole entorpecen el proceso de aprendizaje de los inmigrantes al obstaculizar su plena integración en la sociedad de acogida. Situaciones similares se encuentran en el ámbito laboral, donde se vio que los ecuatorianos ocupan los escaños inferiores; o incluso en el ámbito residencial, ya que en muchos barrios, los moradores se niegan a aceptar la presencia de los inmigrantes evitando asociarse con ellos. El desarrollo de movimientos y comportamientos segregacionistas como éstos es entonces uno de los principales obstáculos para el proceso de integración de la comunidad de ecuatorianos en los países de acogida, como un primer paso hacia la inserción en el sistema internacional.
Al ser un fenómeno social de gran importancia, la emigración tiene también sus repercusiones políticas. Recuérdese que la reciente ola emigratoria comenzó y se desarrolló en medio de una creciente inestabilidad política.
Desde una óptica concertadora, debe considerarse a la emigración como una importante oportunidad para mantener la estabilidad interna y mejorar la confianza empresarial, tanto nacional como extranjera. Esto debido en gran parte a la aceleración inicial del flujo emigratorio, que expulsó a una porción considerable de los desempleados fuera del país, reduciendo su peso relativo en la población activa. Aunque de hecho la cantidad de empleos no se incrementó sustancialmente, la presión social de los desempleados sí disminuyó.
Por otro lado, debido a las remesas de los emigrantes, muchos ciudadanos de estratos medios y bajos vieron mejorada su situación económica, por lo que su participación en las protestas sociales decayó. Además, ya que las remesas son recibidas directamente por los habitantes de recursos bajos, éstas cumplen un cierto papel de atenuadoras de las diferencias socioeconómicas, papel que le correspondería al Estado ecuatoriano a través, por ejemplo, de las políticas sociales. Así, gracias a las remesas, el Estado puede aplicar con algo más de libertad sus programas económicos (muchas veces en detrimento de las inversiones sociales), sin temor a enfrentar un recrudecimiento de las protestas populares.
Esta relativa estabilidad, que se espera sea bien recibida por el sector privado, permitiría un incremento de las inversiones tanto internas como externas, facilitaría el cumplimiento de las expectativas empresariales, favoreciendo la reactivación del aparato productivo. Este esperado aumento de las inversiones nacionales y extranjeras, como se comprueba en la práctica, no se da simplemente porque disminuyen los riesgos de inestabilidad política o de continuadas protestas sociales. Hay otras razones que se deben incorporar en el análisis para comprender el comportamiento de los inversionistas.
Lo que si es cierto es que la emigración, al reducir las tensiones políticas, se convierte en una amenaza para la fuerza política de los movimientos sociales e incluso de partidos políticos que presionan por conseguir las transformaciones estructurales que requiere el país para salir adelante. A través del flujo emigratorio, los movimientos sindicales, feministas, indígenas, ambientalistas, entre otros, poco a poco han ido perdiendo miembros y adeptos. Al debilitarse las bases, dichos movimientos han visto disminuida parte de su fortaleza política. No es coincidencia que el levantamiento que derrocó al gobierno de Jamil Mahuad, en enero del 2000, haya estado constituido casi exclusivamente por indígenas, grupo al que el fenómeno emigratorio ha tocado sólo marginalmente. A diferencia de la población mestiza, la mayoría de indígenas aún persigue el bienestar en su propia tierra, por lo que no incluyen a la emigración dentro de sus estrategias de reproducción y supervivencia (con excepción quizá de la comunidad otavaleña y algunas fracciones de otras comunidades).
Quedan, por cierto, otras cuestiones pendientes. Por ejemplo, cabría preguntarse cuál puede ser el aporte organizativo y democrático que puede provocar la emigración por efecto del contacto con prácticas políticas sustentadas en un mayor respeto a la participación ciudadana, existentes en los países del "primer mundo". Este potencial podría verse a su vez limitado en la medida que los y las compatriotas que retornan, al escalar posiciones en la estructura social gracias los bienes materiales y no materiales acumulados en el exterior, no sólo que pueden ser susceptibles de prácticas rentísticas en lo económico, si no que también pueden asumir posiciones y actitudes propias de sectores de clase media timoratos frente al cambio, lo que les transformaría en factores conservadores.
Antes de concluir conviene reubicar el hecho migratorio en el ámbito global, otro de los aspectos que debería ser estudiado teniendo en mente la realidad ecuatoriana. Como es bien conocido, el proceso de globalización lejos de ser homogéneo, adolece de un desequilibrio geopolítico enorme. Mientras algunas naciones se globalizan y se integran en los procesos internacionales, otras se ven cada vez más marginadas de dichos procesos. De este último caso el Ecuador es un buen ejemplo. A pesar de haber abierto sus mercados comercial y financiero, a pesar de haber eliminado cualquier restricción cambiaria a través de la dolarización, el Ecuador se mantiene al margen de los beneficios de la globalización y no logra superar su exclusión internacional. Sin embargo, en el flujo emigratorio se encuentra oculta la oportunidad de un proceso de integración internacional distinto, que podría funcionar relativamente independiente de las lógicas comerciales y financieras. Para empezar, el fenómeno emigratorio pone en marcha el funcionamiento de la familia transnacional, como unidad elemental del proceso. Esta última se desarrolla y actúa tanto en Ecuador como en las sociedades de destino, que por lo general son sociedades desarrolladas. Esto crea con los países de destino un vínculo social directo mucho más profundo que aquellos fundados en intercambios comerciales y financieros.
En la ya analizada fusión de identidades opera un proceso de intercambio y enriquecimiento cultural tanto para los ecuatorianos como para los ciudadanos de los países de acogida: unos y otros aprenden e integran en sí elementos de una nueva cultura. Empieza a tener sentido la idea de un ciudadano global, liberado de consideraciones territoriales, que muestra semejanzas y afinidades con miembros de las culturas y sociedades más diversas. Este aprendizaje se vuelve más profundo con la integración laboral, que permite asimilar nuevos procesos organizativos, comportamientos productivos y laborales más eficientes y competitivos, etc.
Por último, la fuerte presencia numérica de los emigrantes ecuatorianos, tanto en Europa como en Estados Unidos, así como la organización y cohesión que alcanzan como comunidad de inmigrantes, les da a los ecuatorianos una ventaja primordial: representatividad y peso político. El papel que cumplen dentro del aparato productivo y en general como parte de la sociedad de acogida les brinda la oportunidad de participar o por lo menos de influir en el rumbo político de dichas naciones; esta aseveración hay que relativizarla en tanto en muchos casos los colectivos de ecuatorianos y ecuatorianas sufren diversas formas de marginación o no han logrado adecuados niveles de organización política para exigir sus derechos. Como se puede ver, el proceso emigratorio podría posibilitar una integración internacional más profunda, tanto a nivel cultural como económica, social y política, en la que un actor importante es la familia en su dimensión transnacional. Y si este potencial llegara a ser comprendido por los gobernantes, las posibilidades de la emigración podrían ser mucho mayores de lo que se aprecia a primera vista.
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