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Educación moral: Un estudio crítico de la Clarificación de valores - Analisis crítico (II)

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Artículo creado por Juan Ramón Medina. Extraido de: http://serbal.pntic.mec.es/~cmunoz11/contenidos.html
08 de Junio de 2006
FilosofíaPensamiento y política

4 - Analisis crítico (II)

h) Escepticismo ético.

Como venimos señalando, para el movimiento educativo moral de la clarificación de valores no es posible que la ley natural sea cognoscible por todos los hombres. La demostración, a su juicio incontrovertible, es la palpable disparidad de criterios, opiniones, formas de vida y códigos éticos en muchos casos contrapuestos que se observan en una sociedad democrática y libre. Del efecto extraen una causa que estiman absolutamente evidente. Pero, ¿es esto así? ¿no cabe otra explicación más positiva que permita la edificación de una moral abierta, pero a la vez firme y sólidamente cimentada? A nuestro juicio, la

explicación es muy otra y, por supuesto, las conclusiones van a ser muy diferentes. Veámoslo con un cierto detalle dada la enjundia que tiene el problema.

La ley moral puede ser conocida naturalmente por todos los hombres51.

El conocimiento moral natural se adecua al modo general de proceder de nuestro conocimiento: a partir de la experiencia ordinaria se llega a unos primeros principios, y después a sus aplicaciones concretas. Así como el ente es lo primero que aprehende la inteligencia en su vertiente especulativa, el bien -la bondad real de las cosas- es lo que primeramente conoce el entendimiento en su función práctica.

Del conocimiento del bien se sigue un primer principio evidente: hay que hacer el bien y evitar el mal. Tenemos un hábito natural de los primeros principios morales. Los principales preceptos de la ley moral los conocemos naturalmente por el hábito de la sindéresis, luz inextingible que nos impulsa a aprehender los bienes reales como fines que se deben conseguir, y los males como algo que hay que evitar: es un principio permanente e inmutable de rectitud. La sindéresis es un hábito del intelecto, operativo y natural, pero no un conjunto de ideas innatas. Procede en parte de la naturaleza y en parte de la experiencia: es como una disposición natural para juzgar con acierto la bondad y obligatoriedad de las cosas conocidas, que no podría actuarse sin una previa experiencia de las cosas y de la naturaleza.

Así pues, el conocimiento natural se extiende a toda la ley moral de la naturaleza. El conocimiento natural del bien no se limita a los principios primeros y más generales de la ley moral, sino que se extiende a todas sus aplicaciones. Esto no quiere decir que todos los preceptos se alcancen de modo inmediato: conocimiento natural significa conocimiento al que naturalmente somos llevados, y que podemos adquirir con facilidad según la naturaleza de cada precepto, unas veces de modo más inmediato, y otras mediante el discurso racional. Por consiguiente, todo hombre rectamente dispuesto puede llegar a conocer los preceptos de la ley moral, y a saber en todas las situaciones de su vida lo que la ley natural preceptúa.

La experiencia corrobora que ninguna persona con rectas disposiciones carece del conocimiento moral necesario para su conducta. Muchas veces no lo obtendrá por vía de riguroso razonamiento, pero sí por una reducción espontánea del contenido de la acción a los primeros principios, que muestra su coherencia o contradicción con ellos. Por eso, a pesar de las dificultades inherentes a la real condición humana, quien se empeña sinceramente en conocer los mandatos de la ley moral, saliendo al encuentro de la norma con la rectitud de su vida, resuelve rectamente lo que se ha de hacer en cada caso

particular52.

Sin embargo, si ello es así ¿por qué esa disparidad tan palmaria en los comportamientos y opiniones, más o menos razonadas, de los hombres? La respuesta es que las disposiciones morales influyen, muchas veces de forma casi decisiva, en el conocimiento de la ley natural. En efecto, el conocimiento moral está fuertemente influenciado por el orden o desorden de la libertad humana con respecto a sus fines naturales. No es difícil advertir que el conocimiento de la ley natural se da desigualmente entre los hombres: todos la pueden conocer, pero de hecho no todos la conocen con la misma extensión y claridad. La razón de esto es que la voluntad mueve al intelecto al fin que quiere, y por eso es necesario que la recta vida moral consolide la idoneidad para conocer la ley natural. Se explica así que los hombres rectos la conozcan con mayor amplitud e intensidad y reconozcan los planes divinos aún en lo aparentemente malo53. La vida moral desordenada es expresión de una

voluntad que libremente decide apartarse del bien, y lleva necesariamente a un oscurecimiento de las verdades que hacen referencia al fin último y, por eso, a las de la ley moral, que manifiestan la relación del acto humano a Dios54.

El oscurecimiento del orden divino no es, por tanto, nunca natural al hombre: ha de ser obtenido como violentando o burlando esta originaria apertura hacia la luz55. Se precisa una opción, inclinando a la inteligencia en contra de su natural tendencia a la verdad, para negar la luz que deriva de las normas universales o desfigurar las circunstancias que concurren en el acto56.

Por tanto, la persistencia en la mala conducta tiende a obnubilar el conocimiento prudencial, es decir, el conocimiento moral concreto, pues cuando no se quiere rectificar el desorden de una acción singular, una y otra vez, la voluntad inclina a la prudencia a que juzgue sin atender a la ley moral.

Una persona que roba advierte las primeras veces que esas acciones son malas, pero si el robo se convierte en un hábito estable, la conciencia puede llega a cauterizarse, y terminar no discerniendo la malicia de los actos. Si la voluntad persiste en esta conducta, sobreviene un afán de justificar las malas acciones a nivel de conocimiento universal y la consiguiente pérdida de la propia libertad57. De esta forma, el hombre puede corromper la misma ciencia

moral, convirtiéndose en autor de una nueva norma que, en realidad, es un proyecto subjetivo de autojustificación extensible a toda su vida58.

Podemos decir que la corrupción del conocimiento moral puede extenderse de algún modo hasta los primeros principios morales. La sindéresis puede perder fuerza de orientación, haciéndose menos operativa en las elecciones particulares, aunque propiamente no pueda extinguirse en cuanto al conocimiento universal: nadie puede juzgar de modo absoluto y general que hay que hacer el bien y evitar el bien. El posible deterioro de la sindéresis a

nivel práctico es la forma más grave en que puede corromperse el conocimiento moral, porque en este caso ya no existe un conocimiento anterior que pueda servir de punto de referencia para una posible rectificación59.

Así pues, el oscurecimiento de la ley moral no es algo natural, sino que es debido al desorden de la voluntad que, por otra parte, hace al hombre fácilmente manipulable60. Aunque el influjo del ambiente, de la educación, la difusión del error, etc., pueden contribuir a este oscurecimiento, disminuyendo a veces la culpabilidad, nadie puede excusarse por ignorar los principios de la ley natural61. Respecto a la posibilidad de ignorar sin culpa los primeros principios morales, debe señalarse que, según demuestra la experiencia, estos

preceptos pueden ignorarse sin culpa alguna en circunstancias particulares, al menos por un tiempo, pero no durante toda la vida. Como decimos, la experiencia muestra que, con frecuencia, una ignorancia inculpable sobre alguno de estos primeros principios (respeto a la vida, a los padres, a la propiedad y resto de derechos humanos), tarde o temprano desaparece, ya sea como ignorancia, ya sea como inculpable. Es imposible que, tratándose de exigencias tan profundamente enraizadas en la naturaleza humana y de tanta

importancia para la felicidad de la persona, puedan desaparecer por completo; permanecen al menos como duda o remordimiento. Puede darse, en cambio, un desconocimiento inculpable de aplicaciones remotas de la ley natural a problemas complejos o de reciente aparición, o en materias no ligadas esencial y directamente a los fines de las tendencias fundamentales de la naturaleza humana.

 

i) Cercanía a los errores de la ética de situación.

La educación como clarificación de valores va a sostener postulados muy cercanos a lo que se ha dado en llamar “moral de situación”.

Tal ética, en clara concordancia con afirmaciones sostenidas por esta escuela filosófica-educativa, va a afirmar que la conducta moral no puede fundamentarse sobre leyes universalmente válidas -para todo hombre, tiempo y lugar-, sino sobre las condiciones o circunstancias concretas en que se realiza cada acción62. Esta “situación” es única e irrepetible para cada individuo y para cada momento de la vida, y no puede entenderse o clasificarse bajo una categoría universal. En cada caso, la conciencia ha de decidir, creando así una propia moralidad individual y concreta63.

Existen varios tipos de éticas de la situación. Sin ánimo de exahustividad para no apartarnos demasiado de la crítica que pretendemos a la clarificación de valores, vamos a señalar las principales. La moral de situación “intuicionista” sostendrá que el conocimiento moral se reduce a una comprensión intuitiva del deber moral en cada caso concreto. La “existencialista” pretenderá que el ser propio del hombre es vivir en libertad, y se encuentra por ello ligado al proyecto que él mismo elabora, excluyéndose todo orden de validez general. La “positiva” negará la posibilidad de encontrar leyes de validez general, incluso

en el ámbito de las leyes físicas y naturales. Finalmente, la llamada “teológica” mantendrá que Dios no es un Legislador, autor de leyes universales, sino una Persona que llama a cada uno en cada momento y de modo irrepetible.

Sin embargo, la ética de situación olvida que la misma inteligencia que formula el juicio actual de conciencia conoce también verdades y principios morales de naturaleza general y valederos para toda situación64. No puede justificarse que haya que hacer caso a la razón que dictamina sobre la moralidad de un acto concreto y no a la razón que conoce la moralidad general y universal del homicidio o del robo65

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