



j) Autonomía de la voluntad y libertad de conciencia.
De todo lo dicho hasta aquí, resulta fácil deducir que la clarificación de valores señala que la voluntad del individuo es autónoma, pero entiende esta autonomía no en el sentido de aceptación libre, inteligente y personal de la ley moral, sino en un sentido ciertamente diferente. Para la clarificación de valores la voluntad humana de cada sujeto es creadora de
normas morales. Por eso, la educación debe perseguir un deseable neutralismo66, como si tal utopía fuese posible67. Cada individuo va a establecer subjetivamente su código de conducta moral válido exclusivamente para él. Es decir, la conciencia va a ser, en efecto, un juicio del intelecto práctico que va a dictaminar sobre la bondad o malicia de los actos concretos personales, pero sin referencia ninguna a norma objetiva concreta68. Cada uno deberá crear su propia norma moral sin pretender generalizarla. Asimismo, esa libertad de
conciencia, heredera del representacionismo y, en última instancia del inmanentismo gnoseológico69, conducirá, pretenden, a un respeto absoluto a las decisiones ajenas y a una deseable tolerancia. En fin, un relativismo ético que lo abarcará todo, excepto su propia máxima relativa, que deviene, paradójicamente, absoluta e indiscutible. Una tolerancia que, por otra parte, se mostrará beligerante e intolerante contra todo intento de sostener una moral objetiva. Es decir, una tolerancia intolerante ante cualquier posible discusión
del sacrosanto dogma de la autonomía de la voluntad y de la libertad de conciencia, reduciendo al que pretende cuando menos matizar tan sagradas afirmaciones a un ser intolerante y retrógrado extraído de la noche de los tiempos, ligados a obscurantistas concepciones religiosas, que imponen una moral heterónoma70.
En realidad, parecen criticar lo que desconocen. ¿Acaso no dota la concepción cristiana de trascendencia moral a la conciencia subjetiva personal? ¿No es esto indicador del respeto que le profesa? Comenta LAUN: ”Ninguna autoridad creada puede pretender ponerse por encima de la conciencia. Como SANTO TOMÁS ha enseñado expressis verbis, esto significa que quien esté convencido de la falsedad de la Iglesia católica, no sólo puede,
sino que debe abandonarla para seguir siendo fiel a su conciencia71. Como NEWMAN ha demostrado, no es ésta la tesis de un teólogo cualquiera, sino un elemento permanente de la doctrina católica. NEWMAN llega incluso a llamar a la voz de la conciencia autoridad divina, sobre la que en verdad la Iglesia está construida. De ahí saca la conclusión de que si el Papa hablase contra la conciencia en el sentido estricto del término, equivaldría a un suicidio; (...) Sobre la conciencia y su santidad se fundamenta tanto su autoridad teórica
como su poder de hecho (...). La lucha en favor de la ley moral y de la conciencia constituye su razón de ser”72. El propio RATIZGER escribe, completando lo apuntado por LAUN, “¿A quién no le viene a la memoria al tratar de NEWMAN y la conciencia la famosa frase de la carta al duque de Norfolk? Dice así: si yo tuviera que brindar por la religión, lo cual es altamente improbable, lo haría por el Papa. Pero en primer lugar por la conciencia. Sólo
después lo haría por el Papa. NEWMAN se proponía que su respuesta fuera una adhesión clara al Papado frente a la contestación de GLADSTONE, pero también quería que fuera, frente a las formas erróneas de ultramontanismo, una interpretación del Papado que sólo es concebido adecuadamente cuando es visto de forma conjunta con el primado de la conciencia, como no opuesto a ella, sino como algo que la funda y le da garantía. Al hombre moderno, que piensa desde la oposición entre autoridad y subjetividad, le resulta difícil
entender este problema. Para él la conciencia está del lado de la subjetividad y es expresión de la libertad del sujeto, mientras que la autoridad aparece como su limitación, e incluso, como su amenaza y negación. Es preciso profundizar más en todo esto para entender de nuevo la perspectiva en que se rige esta oposición. El concepto central del que se sirve NEWMAN para enlazar autoridad y subjetividad es la verdad. No tengo reparo en decir que la verdad es la idea central de su lucha espiritual (...) En NEWMAN la importancia del
concepto de conciencia está unida a la excelencia del concepto de verdad y se ha de entender exclusivamente a partir de él”73. En suma, el cristianismo respeta la libertad de las conciencias, como Dios mismo respeta la libertad humana74, pero no esa mal entendida autonomía moral rayana en el escepticismo ético a la que se ha dado en llamar “autonomía de conciencia”. El cristianismo ensalza al “hombre de conciencia”75, pero no a aquel que convierte su propio pensamiento en norma moral y pretende erigir su subjetividad en ley76.
Bueno es recordar de vez en cuando que la autonomía de la voluntad puede tener sentidos menos monocordes y que la ley moral no se opone a la libertad ni mucho menos, sino que la perfecciona como vamos a ver. Oponer libertad a norma es ciertamente simplista y se opone a nuestra experiencia diaria. Por otra parte, pretender que el individuo es feliz en sí mismo según su “propia e intransferible verdad”, fruto de una inviolable conciencia a la que sólo tiene acceso él mismo, es concebir la ética desde un inaceptable individualismo
cerrado77 en el propio yo que parece ir muy en contra de la cada vez más enraizada solidaridad humana78. El que sólo sabe mirar “lo suyo” nunca descubrirá la riqueza de “lo nuestro”. Qué difícil es convencer a determinados tuertos de que con dos ojos se ve mejor. Vamos a intentarlo79.
La ley moral tiene, en la inteligencia humana, las características de un conocimiento universal; se trata de un conjunto de verdades que indican el orden general que deben seguir las acciones humanas. Pero como las acciones son siempre singulares, el hombre, para conocer la moralidad concreta de sus actos, necesita aplicar la ley moral a cada una de sus
acciones, atendiendo a sus peculiares circunstancias80. Así, por ejemplo, “decir siempre la verdad” es un principio general que debe aplicarse a lo que cada uno debe decir o hacer en el momento concreto. Esta aplicación de la ciencia al acto se llama conciencia moral81. Ya señalaba el Filósofo, que introdujo la deliberación prudencial en la definición misma de virtud, que el sujeto moral ha de deliberar en cada caso lo correcto82.
Por tanto, la conciencia moral puede definirse como el juicio del intelecto práctico que, a partir de la ley moral, dictamina acerca de la bondad o malicia de un acto concreto. Con el nombre de conciencia se designa un juicio, un acto de la inteligencia, y no un hábito o una potencia. Por referirse a acciones singulares, se trata de un juicio particular, que aprueba o prohibe una acción singular realizada por un sujeto determinado en unas circunstancias
concretas83. Por consiguiente, y no se nos caen los anillos al decirlo, el juicio de conciencia no es autónomo. Expliquémonos. La conciencia no pone en tela de juicio el valor de la ley moral, sino la adecuación de los actos a esa ley, que debe conocer84; de ahí que necesariamente la deba suponer, y juzgar a partir de ella85. La conciencia, pues, no es autónoma, no crea la norma, sino que la aplica a cada caso, a través del ejercicio de la virtud de la prudencia86; por eso, se suele decir que sin ciencia no hay conciencia, de ahí la necesidad de conocer y profundizar adecuadamente en el conocimiento de la moralidad87.
Como diría el viejo ARISTÓTELES “la voluntad humana tiene como objeto el bien, pero este objeto, para cada uno en particular, es el bien tal como le aparece (...). El hombre virtuoso sabe siempre juzgar las cosas como es debido, y conoce la verdad respecto de cada una de ellas, porque según son las disposiciones morales del hombre, así las cosas varían (...). Quizá la gran superioridad del hombre virtuoso consiste en que ve la verdad en todas las
cosas, porque él es como su regla y medida, mientras que para el vulgo en general el error procede del placer, el cual parece ser el bien, sin serlo realmente. El vulgo escoge el placer, que toma por el bien; y huye del dolor, que confunde con el mal”88. Ya el Estagirita advertía esa necesidad de formar la propia conciencia89.
Por otra parte debe señalarse que la esencia de libertad consiste en la autodeterminación al bien. Si bien la libertad supone un cierto grado de indeterminación, ya que todos los bienes que la inteligencia presenta a la voluntad son finitos e incapaces de por sí de producir una adhesión necesaria. Esta indeterminación -y la consiguiente posibilidad de elegir lo que en realidad no es bueno- es una característica de la libertad humana90.
No obstante, la esencia de la libertad no consiste en la posibilidad de elegir entre el bien y el mal, ni mucho menos en la elección del mal, porque la libertad es una facultad intrínsecamente moral que se arraiga en última instancia en el ser91. Se debe decir por eso que la naturaleza íntima de la libertad es la autodeterminación hacia el bien. Quien obra el mal realiza un acto libre, es psicológicamente libre, pero la elección del mal es un acto defectuoso moralmente, e incluso defectuoso sin más, porque carece de la perfección más
propia y específica de la libertad. Es más, la libertad humana tiene su último sentido en la vida moral.
Así pues, la determinación en materia moral por parte de la conciencia subjetiva, que ciertamente ha de formarse para ser buena conciencia en la apreciación del bien objetivo, pero que, ante todo, ha de mirar bien la situación, debe orientarse en el plano de los principios morales positivos. Éstos ofrecen un amplio campo para la flexibilidad, la generosidad y la inventiva, tanto en la manera de determinarlos como en el modo de vivirlos92. Lo que hace necesario concretar los principios morales de carácter general en máximas que orientan la conducta individual aquí y ahora, y en este terreno la conciencia debe tener la autonomía suficiente para poder “crear” la respuesta adecuada a cada caso
concreto93.
En definitiva, es posible encontrar un término medio entre autonomía y heteronomía, algo que nunca alcanzó a ver KANT94. Como señala LAUN, “la obligación es, a la vez, autónoma y heterónoma. Autónoma, porque sólo la ley conocida es obligatoria y porque ésta se halla ligada esencialmente con la condición humana; heterónoma, porque esta ley está inserta en el corazón de los hombres, pero no ha sido creada por ellos ni depende en modo alguno de
su voluntad95. Así pues, en palabras de AYLLÓN, “ninguna autonomía moral pude entenderse sin la heteronomía que introduce el respecto a la realidad tal como ha salido de la mano creadora de Dios”96.
Barcelona, 11 de abril de 2000
|