



Hoy, en el año 2000, se vuelve a pasar revista a los principales sistemas educativos, intentando señalar sus aportaciones más valiosas y, a la vez, sus errores más notables.
En estas páginas se pretende realizar un breve estudio sobre la llamada “Clarificación de valores”, que con raíces en el evolucionismo de SPENCER y el naturalismo de ROUSSEAU, presenta una formulación empirista en COMPAYRÉ , positivista en RUSSELL y conductista en SKINNER encuentra su formulación más radical y libertaria en el Summerhill de NEILL, en el liberalismo sexual de REICH, de marcado acento freudiano, y en las exposiciones de RATHS, HARMIN y SIMON.
Si bien no puede dejar de reconocerse las indudables aportaciones positivas que aporta esta escuela moral, especialmente en su acertada crítica al rigorismo educativo, en estas páginas se va a insistir más en sus insuficiencias y contradicciones.
De todos modos, no puede dejar de señalarse el interés que, aún desde posiciones filosóficas tan distantes, presenta la ética pedagógica. Y es que es cada vez más patente, a nivel personal y social, la necesidad de unas reglas de conducta objetivas que permitan anclar con firmeza un sistema plural de convivencia social.
Planteamiento básico
Concebida como reacción frente a la afirmación de la existencia de valores absolutos y de una moral rígida y represiva1, la educación moral que propone el llamado movimiento de clarificación de valores va a suponer, en el fondo, una concepción relativista de las mismas normas morales, aunque la intención sea muy otra2.
Las soluciones frente a los conflictos de valores no son posibles de forma general, sino a través de decisiones meramente personales de los sujetos. No existe norma moral general, tan sólo criterios particulares y subjetivos. Pretender lo contrario sería incurrir en un dogmatismo3 inaceptable para una sociedad libre, que no acepta la imposición de paradigmas de conducta indiscutidos y heterónomos4.
La labor del educador, por tanto, se va a centrar en situar a los alumnos ante situaciones que les lleven a descubrir sus propios sistemas valorativos5.
Evitará, por tanto, con absoluto cuidado adoctrinar o inculcar los propios valores a los educandos, respetando de forma absoluta sus propias decisiones, pareceres, opiniones y preferencias6. La labor educativa queda limitada a un proceso de descubrimiento o clarificación personal y subjetivo. Se recomienda el uso del autoanálisis, del examen personal7.
b) Relativismo tolerante.
Fácil es comprender el relativismo en que desemboca tal concepción moral. Los acuerdos sobre valores van a ser meramente casuales.
No hay opiniones superiores a otras en el terreno moral. Los criterios morales que el sujeto adopte van a estar determinados por su situación personal, social, cultural y económica. No hay criterios objetivos que permitan sostener que las opiniones personales son o no correctas8.
Existen, por supuesto, los conflictos morales, pero no pueden defenderse soluciones generales universalmente válidas. La emotividad del sujeto va a ser la que, en definitiva, va a resolver los problemas morales privados. Los avances científicos y técnicos van a ser la pauta para resolver los problemas morales públicos o sociales. La confianza en la ciencia y la técnica siguen presentes en estos autores herederos de las clásicas concepciones
empiristas de HUME, que el kantismo, en cierta forma, va a hacer propias9.
Cada sujeto es responsable de construir su propia concepción moral y, por ende, su propia vida10. Este individualismo, dimanente del contractualismo liberal clásico de LOCKE, presenta un ideal moral cerrado y reducido al sujeto personal11. Madurar será lo mismo que ser autosuficiente, no depender de nadie para sostener los propios valores12. La sociedad es una necesidad penosa que la persona, feliz en su propia individualidad, debe soportar o tolerar para alcanzar determinados bienes que en su idílica soledad no podría alcanzar.
Esta ausencia de valores objetivos y universales conducirá a una deseable tolerancia ante las conductas ajenas, puesto que nadie puede hablar de construcciones morales erróneas o verdaderas13. Cada hombre debe realizarse a sí mismo según su propio proyecto de vida y debe tolerar los proyectos de vida diferentes al suyo. Esto garantiza un sano pluralismo y una pacífica convivencia14.
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