



RATHS, HARMIN y SIMON15 quizás sean los autores más conocidos de esta posición pedagógica moral. Basados en la dificultad que detectan en no pocos alumnos para determinar sus propios valores y su confusión respecto a su papel en la sociedad concluyen en la imposibilidad de determinar actualmente lo que “es bueno” y lo que “es malo”16. Han pasado ya las épocas en que una autoridad heterónoma dictaba unos contenidos de
obligado cumplimiento. En la época democrática se multiplican los puntos de vista, las alternativas, las costumbres, los hábitos, las diversas formas de vida en un entorno de libertad que dificulta, por no decir hace imposible, la determinación de valores objetivos universalizables17.
Resulta, por tanto, lógica la eliminación de los programas de estudios de la enseñanza de valores morales éticos. La incomodidad que en una sociedad democrática siente el educador para aplaudir o recriminar diversos comportamientos lleva a liberarlo de tan pesada responsabilidad que resulta de todo punto inasumible. ¿Quiere decir que debemos conformarnos con no educar? Ciertamente no, contestarán estos autores, simplemente debemos enfocar la educación moral desde un punto de vista distinto al tradicional. En
vez de modelar la conducta del educando con criterios autoritarios será necesario clarificar ante él los diversos valores para que aborde la tarea personal de asumir los que considere adecuados a su forma de ser. Tener valores sí, pero los que dimanan de una reflexión personal seria y consecuente, sin pretender que las conclusiones subjetivas a las que se lleguen sean necesariamente asumibles por los demás.
La finalidad: ayudar a que el alumno supere la crisis de sentido que tienen los valores tradicionales en sus vidas18. De esta forma, se superará la volubilidad que demuestran los jóvenes en su conducta personal y social, su desesperanzada apatía, su inseguridad e inconsistencia racional, que en no pocas ocasiones conduce a un cómodo conformismo o a una agresiva rebeldía sin causa.
Los valores, por consiguiente, no son realidad estáticas, permanentes que deben ser inculcados y conservados de forma inmutable, sino realidades cambiantes, subjetivas, inmanentes. Requerirá su clarificación un proceso largo y complejo de maduración que suelen calificarse en fases y suponen ciertas condiciones. Las condiciones van a ser la posibilidad de elegir libremente los propios valores, la presentación de diversas alternativas y la debida presentación de las consecuencias de la elección. Elegidos los propios valores
deben ser interiorizados y asumidos como parte de la propia existencia, deben ser defendidos públicamente, deben vivirse y, finalmente, deben incorporarse a la regularidad de la propia vida cotidiana. Este proceso garantiza el arraigo definitivo de esos valores personales y subjetivos en la persona.
¿Cómo interviene el educador en este proceso? Una actuación orientadora encaminada a colocar al alumno ante su responsabilidad personal.
Nunca convencerá, ni persuadirá, ni colocará una determinada opción en lugar preeminente. Su labor es fomentar la libre decisión incondicionada del alumno en la formación de su propio y personal código moral19.
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