4 - Puros indios

Artículo creado por Jairo Valderrama V.. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/cajetin/lenpubli.html
19 de Agosto de 2006

La dirigente indígena boliviana Domitila Chungará cuenta la experiencia de dos estadounidenses en La Paz. Ellos llegaron con el entusiasmo de conocer la cultura de ese país suramericano —dice ella—, y encontraron a un grupo de adolescentes bailando y cantando música norteamericana; como los muchachos autóctonos ignoraban el idioma inglés, soltaban cualquier serie de sílabas, atropelladas, incoherentes; la cadencia de sus movimientos tampoco superaría jamás el ritmo de un negro de Nueva York. ¿Qué tipo de reflexiones se asentaría en las mentes de aquellos desilusionados visitantes?

La TV no sólo narra unos sucesos y esconde otros de forma intencionada, con la eficiencia de quien sabe que su silencio es una precisa forma de narrar -sólo existe para muchos lo que "sale" en TV-; también los crea, fingiendo realidades inexistentes que condicionan, cuando no modifican, el mundo en que vivimos, banalizando la realidad al convertirla en espectáculo. Incluso cuando algún programa concreto pretende constituirse en excepción, se trivializa al incluirse en el conjunto de la parrilla televisiva. Se trata de la banalización de la realidad al alcance de todos, unificando las conciencias, igualándonos en la precariedad intelectual.

Para mí, no existe apenas diferencia entre los programas de TV y la publicidad. La televisión- mueble nos convierte (especialmente a los niños y adolescentes, que ofrecen menos defensas) en personajes de una ficción que se corresponde con el mercado, invalidando el mundo real e impidiendo que se establezca con respecto a él algún género de compromiso. (revista.consumer.es/web/es)

En los buses públicos de Bogotá, los usuarios se asombran del avanzado bilingüismo de los renovados conductores, representado en la música que ameniza el viaje. Y también el fashion y lo light los ataca, como a una adolescente soñadora. Ellos tararean canciones completas del inglés y rascan sus estómagos imitando el movimiento de algún guitarrista famoso de rock; pero también cierran apenas los ojos al estallar la trompeta de una ranchera mexicana. Tales melodías se combinan con el gusto de los tatuajes que lucen en su hombro o el metal atravesado en sus narices. Aquí no viene al caso la delicadeza con que conducen el vehículo en las horas de mayor congestión y en los sectores más comerciales. Como se notará, la identidad cultural resulta inequívoca.

La palabra, en su condición de reflejo del pensamiento, prueba las ideas y, por tanto, las inclinaciones de quienes las profieren. Las informaciones publicitarias encierran datos de culturas distintas a la nuestra, como imitación rápida de esta época. Urge un pensamiento centrado en las características de nuestros pueblos, en la riqueza ancestral, para contraponer la insistencia de la globalización (Beltrán y Cruces, 6). Sin embargo, buena parte de las nuevas generaciones rechaza las expresiones de su propia identidad, porque las imagina ridículas, y la opinión ajena de sus actitudes la ruboriza. Intentando ser únicas e irrepetibles, muchas personas se convierten en unos consumidores más de una cultura extraña. Rafael Hernández Urigüen, profesor de la Universidad de Navarra, dice que existe “una publicidad incitadora al consumo entre los más vulnerables a la cultura de plástico” (Hernández, 2004).

La publicidad, de esta manera, aparte de cumplir con su objetivo primario (convencer para el consumo), crea, por igual, condiciones de vida; incita con modos de ser; encausa por líneas y estilos nunca antes asumidos. Toda una atmósfera se dispone para la moda, para la acción y el cambio constante, lo cual altera el curso natural de la cultura. “El espíritu de los muchachos se configura en buena parte como receptáculo de influjos ajenos (familia, amigos, cine, televisión), no siempre cultural y lingüísticamente respetables” (Carreter, 86).

Como en otras oportunidades, resultaría útil descubrir que “la sencillez llevada al extremo se convierte en elegancia”. Las réplicas del ser humano, el moldeamiento de criterio y el sometimiento apresurado a pautas ajenas manifestadas en el lenguaje, en el pensamiento y, por ende, en la conducta, prueban que algunas personas “se calzan un lenguaje pretencioso o extranjero para exhibir una estatura mental que no tienen” (Carreter, 286).

Con vuestro permiso.

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