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El antropólogo deflorado - El antropólogo deflorado (IV)

Artículo creado por Daniel Alberto Alegrett Salazar, Daniel Rodríguez Galán, Gabriel Ernesto José Torrealba. Extraido de: http://www.anthroblogs.org/antropologia/archives/antropologia/
08 de Mayo de 2006
AntropologíaHistoria

4 - El antropólogo deflorado (IV)

En nuestro sistema cultural, la virginidad establece relación simbólica con la pureza, la inocencia. Se puede decir que el antropólogo inocente ha perdido su inocencia en cuanto al sexo tras la reflexión que le exige su encuentro con los dowayos. El antropólogo virgen ha sido deflorado.

Barley se distingue de los dowayos, pero ve borrarse su distinción de los australianos, los misioneros norteamericanos, los sacerdotes, monjas y turistas franceses, los viajeros libaneses e incluso de los trabajadores cameruneses negros de lengua francesa. Entre aquellos con los que puede identificarse, Barley asume la posición “varonil” que ya se le ha fijado en relación al sexo. Sin embargo, al estar entre los dowayos, suspende el juicio sexual (si tal cosa existe), pone entre paréntesis su “virilidad”, y es un ser asexual, honoríficamente circuncidado y por lo tanto sólo honoríficamente asimilado al varón dowayo. Con respecto al sexo, nuevos puntos de vista se los ofrecerían los cameruneses del sur, generalmente de profesión maestros, hablantes de francés, plenamente distintos de los los fulanis y los dowayos que habitan Kongle y Poli, pero perfectamente dispuestos al intercambio sexual con sus mujeres.

Es el caso de Augustin, un ex contable sureño e “individualista a ultranza en un Estado que valoraba el conformismo servil” y que ahora se dedicaba a ser profesor de francés bajo amenaza «desaparecer» por sus convicciones políticas “o bien debido a sus actividades con las esposas de los fulanis de Poli”, que hace amistad con Barley.

“En una ocasión en que vino a verme a la aldea se puso a fornicar descaradamente con una mujer [dowayo] casada. Los dowayos esperan que las mujeres casadas practiquen el adulterio y seducir a las mujeres de los demás se considera un divertido deporte. No obstante, Augustin copuló con ella en la choza del marido, lo cual constituía una grave afrenta. El ofendido se enteró en seguida y, con la lógica de la responsabilidad compartida, decidió que yo debía compensarlo, a lo cual, tras consultar con el jefe y otros «asesores legales», me negué cortésmente. El marido se presentó entonces ante mi choza acompañado de sus hermanos. Cogería a Augustin la próxima vez que viniera a verme y, lo que era peor, le destrozarían la moto a garrotazos… Me pareció aconsejable advertir a Augustin que no apareciera por la aldea durante un tiempo… En un gesto muy propio de él, se presentó al día siguiente e incluso estacionó la motocicleta delante de la choza del marido agraviado… El marido apareció con sus hermanos. Augustin sacó la cereza que traía y todos bebimos en silencio… Yo repartí tabaco. De pronto, el marido, que había estado reflexionando inmerso en el silencio tenso que suele asociarse a los borrachos de Glasgow, comenzó a canturrear desafinadamente. Los demás hombres se unieron a él con deleite. Al poco rato, el marido se marchó… La letra de la canción era: «Oh, ¿quién copularía con una vagina amarga?», cantada en son de burla de las mujeres…. El marido, apaciguado por la cerveza, había llegado a la conclusión de que la solidaridad entre los hombres era más importante que la fidelidad de una simple esposa.” (Barley, 1989: 93-94).

Es notorio aquí que lo que Augustin había violado, en última instancia, no era el honroso matrimonio de un dowayo, pues además de practicar la poligina, los dowayos se divierten con el adulterio. Augustin habría violado más bien un principio de reciprocidad y redistribución de los bienes (por esto es que Barley comparte la responsabilidad del adulterio). La afrenta de Augustin, un extraño, toma mujeres dowayo sin dar nada a cambio. La cuestión se resuelve cuando Augustin y Barley comparten cerveza, tabaco y canciones con los agraviados (el plural es importante). Así, se borran las distinciones, y se exalta una identificación y una solidaridad más valiosa entre los dowayos que la de los esposos: la que hay entre varones (generalmente compañeros de circuncisión, y la cerveza, después de todo, participa en los rituales de circuncisión).

Visitando una aldea en el “Valle de las Palmeras Borassa” en ocasión de un festival de las calaveras, Barley se encuentra con Augustin:

“había conseguido llevar la motocicleta hasta allí, pero llegó tarde y tuvo que pasar la noche con otra complaciente mujer dowayo que resultó una esposa díscola del Viejo de Kpan [jefe de todos los brujos de la lluvia, habitante en las montañas]. Parecía que aquélla era su [de ella] aldea natal y había regresado para las fiestas. El hermano de ella había acompañado a Augustin a su puerta y le había advertido que si se enteraba el brujo un rayo los fulminaría a todos. El archivo mental que había abierto el día anterior sobre él [el brujo] se estaba llenando rápidamente.” [Barley, 1989: 111]

Los pecadillos de Augustin serán una veta que Barley explotará productivamente, pues “demostró ser una rica fuente de información sobre costumbres sexuales y pudo confirmar la extraña mezcla de libertinaje y pudibundez exhibida por los dowayos.” (Barley, 1989: 96). Ante todo, no aparece en ellos esa barrera a la sexualidad que consiste en la mistificación de identificarlo con el afecto, el cariño y el amor. Sobre todo, y contra el Edipo, aparecerá separado el sexo del amor maternal. Quizá esto explique para Zuuldibo la despreocupación por no sospechar de su tercera esposa Mariyo y su hermano menor, a quien Mariyo ha criado de pequeño:

“Yo me senté con él [el jefe Zuuldibo] y mantuvimos una larga charla sobre los puntos más oscuros del adulterio. «Mira Mariyo —dijo—. La gente siempre ha dicho que se acuesta con mi hermano pequeño. Pero ya viste lo triste que estaba cuando se puso enfermo. Eso me demostró que no hay nada entre ellos». Para los dowayos el sexo y el afecto son cosas tan distintas que una excluye a la otra. Yo asentí con la cabeza; no hubiera servido de nada tratar de explicarle que había otro modo de ver las cosas” (Barley, 1989: 169).

Barley tendrá que usar zapatos de la misma talla que un Malinowski al describir las costumbres de “su” pueblo:

“El objeto de mi estudio es un pueblo sexualmente activo desde una edad relativamente temprana… Parece que inician la exploración hacia los ocho años. La actividad sexual no es desaconsejada, pero la promiscuidad desenfrenada no está bien vista. Aunque se permite que un chico pase la noche con una chica en su choza, se espera que la madre esté al tanto. Las relaciones sexuales empeoran con la pubertad. El embarazo prematrimonial no constituye deshonra, al contrario, se considera una prueba de que la muchacha es fértil; sin embargo, la menstruación es causa de imbecilidad si un hombre entra en contacto con ella. La circuncisión añade nuevas complicaciones. Esta puede realizarse a cualquier edad entre los diez y veinte años, sometiendo simultáneamente a dicha operación a todos los jóvenes de la localidad” (Barley, 1989: 97).

Sin embargo, se comprobará que los dowayos responden a un modelo muy similar a los de otros pueblos de África donde impera como principio de parentesco el de los grupos de edad y por lo tanto, los varones, en particular los “mayores”, son casi dueños de la sexualidad y de la vida de los menores y de las mujeres, como la explotación que Meillassoux denunciaba en la ginecomovilidad. Por ello, impera un doble estándar, que mientras se favorece que los varones practiquen el adulterio, las mujeres se ven acosadas por el peligro de que se descubra su parte en estas relaciones:

“Las mujeres saben que si su campo [donde cosechan] es devastado [por el ganado] ello se considerará prueba de adulterio y encima su esposo les pegará; por lo tanto, suelen vigilar con especial cuidado.” (Barley, 1989: 78).

“Consideraban que el miedo al gigante [nocturno «Cabeza de Pimiento»] era una saludable medida preventiva contra los «paseos» de las mujeres. Los «paseos» llevaban aparejadas relaciones adúlteras. Existían incluso encantamientos a base de hierbas que transformaban en «Cabeza de Pimiento» y que los hombres colocaban en los cruces de caminos a tal fin. No venía a mal darles un susto a las mujeres de cuando en cuando” (Barley, 1989: 96).

Sin embargo, quizá antes que a la explotación económica que tanto llama la atención a los marxistas, la razón (imaginaria) para tal doble estándar se encuentra más bien en la división sexual del saber, en el esoterismo sexual que protege los conocimientos sobre la circuncisión. Corolario de esto es una especie de separación de patrimonios y pago de servicios dentro del matrimonio.

“Una mujer no debe ver nunca un pene que no haya sido circuncidado, de lo contrario enfermará. Un hombre no debe ver nunca una vagina so pena de perder el apetito sexual. De ahí que el coito sea un encuentro furtivo realizado en una oscuridad total en que ninguno de los dos participantes está desnudo. La mujer no se quita el manojo de hojas que lleva por delante y por detrás. En otro tiempo, los hombres llevaban un taparrabos que se desataba para permitir la extracción de la calabaza protectora del pene que tenían que llevar los circuncidados. Hoy en día los pantalones cortos están en boga y sólo los ancianos o los que realizan actividades rituales llevan ese tipo de protección. A modo de chiste, las mujeres imitan con los carrillos el ruido seco que hace el miembro viril al ser extraído de la calabaza; el mismo sonido sirve de eufemismo para referirse al propio acto sexual. Las mujeres esperan siempre recibir una recompensa por sus servicios, incluso de su propio esposo, hecho que ha conducido a severas comparaciones entre el concepto dowayo del matrimonio y la prostitución por parte de algunos predicadores; existe además una arraigada costumbre de llevar la cuenta de todo, incluso entre marido y mujer.” (Barley, 1989: 101).

A pesar de la gran actividad sexual entre hombres y mujeres, se promovía un desconocimiento del cuerpo físico e ideológico masculino por parte de las mujeres.

“La vida de hombres y mujeres permanece en gran medida separada. Un hombre puede tener numerosas mujeres pero pasan el tiempo con sus amigos mientras ellas están con las otras esposas o las vecinas. Tal comportamiento es similar al que se da en el norte de Inglaterra. La mujer prepara la comida para su marido y sus hijos pero él come solo, a lo sumo con el hijo mayor. También cultivan la tierra separadamente. Ella cultiva sus alimentos y él los de él, aunque quizá la ayude en las tareas más duras. Hombre y mujer se encuentran con propósitos sexuales en la choza de él según una rotación que ya han acordado de antemano con las demás esposas. A ojos de un occidental la familiaridad o el afecto que se demuestran es escaso. Los dowayos me contaron extrañados que la esposa de un misionero americano salía corriendo de casa a recibir a su marido cuando éste regresaba de algún viaje. Se partían de risa por el hecho de tener que pedirle a la mujer del misionero, en vez de a él, que los llevara en el coche, y encima no parecía que le pegara nunca.” (Barley, 1989: 99-100).

Además de las relaciones burlescas que se establecían entre ciertos parientes y grupos de edad, los Dowayos, correspondientes a su separación de los sexos, debían poner énfasis en apartar de entre sí aquello que podía mostrarse demasiado junto como para ocasionar conflictividades si algo salía mal. Surgían así, a fin de garantizar la solidaridad interna del grupo, relaciones de evitación entre hermanos. Barley ocasionó una vez un bochorno:

“Le pregunté a un hombre si debía abstenerse de realizar el acto sexual antes de salir de caza. Aquello era en sí mismo correcto, pero su hermana estaba lo suficientemente cerca para oírlo y ambos salieron disparados en direcciones opuestas emitiendo estridentes quejidos. Unos segundos antes yo estaba sentado en la choza hablando con tres hombres. En un abrir y cerrar de ojos me quedé solo con mi ayudante, que gemía y se llevaba las manos a la cabeza. La tremenda falta de decoro que había cometido fue tema de horrorizadas murmuraciones durante varias semanas” (Barley, 1989: 76-77).

De igual manera, los dowayos separaban hasta el lugar del baño. El “lugar donde se bañaban los hombres” era “una profunda concavidad granítica al pie de una cascada que las mujeres tenían vedada por ser allí donde se circuncidaba a los niños” (Barley, 1989: 84-85).

“Matthieu y yo íbamos casi cada día, a no ser que otra ocupación nos reclamara, y en este entorno exclusivamente masculino fue donde los dowayos comenzaron a hablarme de su religión y de sus creencias. Puesto que era bien patente que todos habían sido circuncidados a la manera tradicional y yo no, la conversación se encaminó espontáneamente hacia ese tema, que para la cultura dowayo era algo más que una obsesión transitoria” (Barley, 1989: 85).

La circuncisión es un núcleo de la cultura dowayo, y bien explica la manera en que establecen la oposición entre la naturaleza y la cultura, la relación de los hombres con las mujeres, la relación de los mayores con los menores, la de los hombres con los animales y la de los hombres con su trabajo, con la fertilidad, el nacimiento, la muerte, la reencarnación y, evidentemente, el ciclo agrario del mijo. Explica de tal modo su relación con el mundo, que incluso explica su relación con el lenguaje y los objetos a los que hace referencia. Dejemos a Barley continuar donde lo habíamos dejado sobre la circuncisión:

“Un hombre puede casarse e incluso tener hijos antes de ser circuncidado; se conocen casos de padres que son circuncidados al mismo tiempo que sus hijos, aunque no es frecuente. Sin embargo, los hombres no circuncidados tienen un aura de femineidad. Se les acusa de emitir el hedor de las mujeres como consecuencia de la suciedad de sus prepucios, no se les permite participar en los actos sólo para hombres y son enterrados con las mujeres. Pero lo peor de todo es que no pueden jurar por sus cuchillos. El más fuerte juramento que se puede pronunciar en el país Dowayo es Dang mi gere, «Mirad mi cuchillo». Hace referencia al cuchillo de la circuncisión, un potente objeto que sirve para matar brujas y desde luego mataría a cualquier mujer. Si un hombre dirige tal juramento a una mujer es que está muy enfadado y seguramente le va a dar una paliza. Los hombres no circuncidados que lo utilizan son blanco de despiadadas burlas y si persisten en ello se les golpea; cuando lo usaba yo se mondaban de risa.” (Barley, 1989: 97).

Barley será capaz de encontrar la relación y las conexiones de la circuncisión con las brujas y los objetos de trabajo, incluso los de trabajo mágico (como las piedras), con la refracción hacia la analidad, los mitos, la fertilidad, el embarazo, la menstruación. Ante todo, podemos decir que la circuncisión, como rito de paso, marca el tránsito de la naturaleza a la cultura, la oposición entre el hombre y la mujer, el adulto y el niño. Por parir las mujeres a los hombres, los jóvenes estarán más cerca de la feminidad, del sucio, de la tierra, de la naturaleza. La circuncisión hace hombres, humanos, a los niños.

“Los dowayos practican una circuncisión muy severa, pues arrancan la piel del pene en toda su longitud. Hoy en día, algunos chicos son operados en el hospital, pero los conservadores lo consideran un escándalo porque piensan que no les quitan lo suficiente, además de que el chico no permanece completamente aislado de las mujeres durante los nueve meses preceptivos. A través de un proceso de muerte y resurrección, el ser imperfecto que aparece en el nacimiento natural se convierte en una persona completamente masculina. El circuncisor tuvo a bien certificar que yo estaba «honoríficamente circuncidado» previo pago de seis botellas de cerveza, de modo que la exención me salió a buen precio.” (Barley, 1989: 97-98).

La menarquía hará similar papel para las mujeres, y el contacto de un hombre con la menstruación de la mujer lo hace imbécil, lo devuelve al estadio pre-humano, sucio y maloliente, como el de los bebés, provenientes del útero de los mujeres, pero que es un momento necesario para la reencarnación de los antepasados y asegurar la continuidad física y social del grupo. Sin embargo, por ser vehículo la posibilidad de intercambio, comunicación y solidaridad entre los hombres, Barley anota que a pesar del desprecio a lo femenino

“no debe inferirse que las esposas de los dowayos son pobres violetas amedrentadas. Dan lo mismo que reciben y se defienden con furia. La mayor represalia consiste simplemente en marcharse a la aldea de sus padres. El marido sabe que en estas circunstancias tendrá gran dificultad para recuperar las cabezas de ganado que ha pagado por la esposa. Es muy posible que se quede sin mujer y sin reses. Por ello se suele retrasar la entrega del ganado todo lo posible. No es infrecuente que las mujeres abandonen a sus maridos y el sistema de traspaso de reses está tan sujeto a retrasos como el más eficaz banco camerunés. La frecuencia de las rupturas matrimoniales y el incumplimiento por parte de los maridos del pago de las esposas puede despertar la cólera del etnógrafo que descubre que una misma mujer aparece dos o tres veces en sus cómputos. Así, si una mujer ha dejado a su marido por otro, ambos informarán al antropólogo con toda tranquilidad de que se trata de su mujer. El primero estará más que dispuesto a decir cuánto ha pagado por su esposa pero omitirá el detalle de que esa cantidad nunca fue satisfecha. El segundo marido indicará el precio que pagó por ella pero se olvidará de decir que no lo satisfizo a los padres sino al primer marido injuriado, quien es muy posible que haya usado esas cabezas de ganado para pagar alguna mujer anterior que todavía debiera. Los padres de la esposa descarriada le reclamarán ahora al segundo marido las reses que no pagó el primero, amenazando con llevarse a la mujer. Él responderá recordando una deuda contraída tres generaciones antes al no ser pagada alguna mujer de su familia. A esto sigue una querella complicadísima” (Barley, 1989: 100-101).

Barley venció la separación entre hombres y mujeres, pues como ser prácticamente extraterrestre, está fuera del orden que los dowayos estiman natural, y su acercamiento a los dowayos es visto por ellos mismos como una ficción negociada.

“Las mujeres no deben saber nada de la circuncisión. Se les dice que consiste en una operación mediante la cual se sella el ano con un fragmento de piel de vaca. Para mantener el secreto es preciso emplear todo tipo de ardides… Las mujeres saben perfectamente lo que pasa, pero no deben admitirlo en público. Llegué a considerar que uno de los signos de mi anómala situación como ser fundamentalmente asexual era que ante mí sí lo admitían… (Barley, 1989: 98).

Al mismo tiempo, esto lo hace inmune a la brujería, pero lo hace sufrir los rigores de la arquitectura dowayo:

“Todo el mundo sabía que los blancos no estaban sujetos a los ataques de brujería, lo mismo que todo el mundo sabía que debían vivir en casas cuadradas y no redondas. En consecuencia, mi casa era cuadrada y, en lugar de protección contra la brujería, me colocaron encima una botella vacía de cerveza” (Barley, 1989: 188).

Sin embargo, la visión dowayo de Barley como un ser excéntrico hace que se le confiera una valiosa función de garante de la buena voluntad entre los mismos dowayos, en cuanto ser ajeno al orden cosmológico dowayo y por lo tanto, la posibilidad de ser un buen y justo árbitro:

“La más útil de mis locuras era estar dispuesto a tocar las zarpas de un oso hormiguero; los dowayos no los tocan jamás, a riesgo de ver sus penes permanentemente fláccidos. Incrustándolas en el fruto del baobab y pronunciando el nombre de la víctima, las garras se pueden utilizar para matar a un hombre; al caer el fruto, la persona morirá. Los dowayos que habían matado un oso hormiguero me requerían públicamente y me ofrecían las garras como prenda de sus buenas intenciones respecto de sus vecinos. Entonces yo tenía que llevarlas al monte y enterrarlos lejos de los lugares frecuentados. Esta tarea de controlador de la contaminación cosmológica que desempeñaba era muy apreciada” (Barley, 1989: 167-168).

Sin embargo, su situación no era totalmente neutra, como lo demuestra su posición en el sistema de reciprocidades y restricciones del intercambio:

“Tienen un sistema propio de restricciones de agua del cual el mío no era sino una extensión lógica. Los herreros, por ejemplo, no pueden recoger agua con los demás dowayos; éstos han de ofrecérsela. Los dowayos corrientes no pueden beber el agua de los del monte a no ser que sus propietarios se la ofrezcan. Los brujos de la lluvia no pueden beber agua de lluvia. Todo forma parte de un sistema regulado de intercambio que gobierna el intercambio de mujeres, comida y agua de uno a otro de los tres grupos. Puesto que yo no intercambiaba comida ni mujeres con otros grupos, era lógico que tuviera restricciones propias. Los dowayos jamás tocaban mi agua a no ser que literalmente se la pusiera en las manos, convencidos de que si bebían sin ser invitados podían contraer una enfermedad” (Barley, 1989: 91).

Esto en una ocasión pone en aprietos al joven Matthieu, cuando él y Barley suben con un guía, “hijo” del más importante (¡pero impotente!) brujo de la lluvia, hacia Kpan, por una ruta bastante fatigosa:

“Los dowayos de las tierras bajas no pueden beber el agua de las tierras altas, a no ser que se la ofrezca alguien de la zona. El «hijo» del Viejo [de Kpan] resultó ser una especie de primo de Matthieu y no podía formular tal invitación” (Barley, 1989: 189).

Se nos hace más doloroso a nuestros ojos que Matthieu no pueda explicitar la situación, debe callar su sed y no hacer ninguna petición y esperar a que otro, no emparentado, le ofrezca el agua.

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Autor y licencia de 'El antropólogo deflorado - El antropólogo deflorado (IV)'
Daniel Alberto Alegrett Salazar, Daniel Rodríguez Galán, Gabriel Ernesto José Torrealba Extraído de: http://www.anthroblogs.org/antropologia/archives/antropologia/

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