El grupo de cuentos de Su última palabra fue silencio está engarzado por el tema del absurdo existencial, aunque los argumentos y técnicas narrativas sean muy distintos en cada relato.
El primer rasgo llamativo es la presencia de ambientes ficticios en los cuentos “Peldaños”, “Los firuvelios” y “El viaje”, que presentan personajes angustiados que semejan metáforas de personas reales.
Los ambientes realistas, con escasas descripciones, se desarrollan en el resto de los cuentos en una residencia geriátrica, en habitaciones, en manuscritos, en una tienda, en lugares solitarios de la ciudad, en el pensamiento, en el recuerdo, en el cine, en el mar y en el río, y acogen también a personajes angustiados.
Otra característica consiste en que los personajes apenas están descritos físicamente (el lector puede imaginarlos) y se manifiestan en sus agobiantes pensamientos y en sus tímidas acciones: tormentas interiores y mansas aguas. Un ejemplo en una familia que come (en “El viaje”):
Y sin embargo imagino ese ruido que hay en sus cabezas, el rugido de tempestades, los gritos y llantos, las carcajadas y viajes vertiginosos, mientras las manos levantan monótonas las cucharas y unos ojos pequeños se arriesgan a mirar de reojo.
Todos los personajes están tristes y no comprenden el mundo: la anciana que espera a su amigo; el escritor que no habla; la joven embarazada a la que no quiere el padre de su hijo; el hombre que se olvida de sí mismo; la anciana que compra la maleta, soportando la burla de la tendera; el hombre que busca tiempo para pensar; la escritora que relata un asesinato; el hombre que busca el rayo verde; el hombre que disfruta de la soledad de un edificio; el hombre que sueña que lo mata su amigo; el escritor solitario (“Para llegar a ser viejo, sólo hay que esperar que pase el tiempo”, en “Manos en las sombras”); el niño que pesca un pez frito; el hombre que fue al cine y no pudo ver la película; el hombre que se salva de la explosión de un volcán cercano a su ciudad; y la niña que casi se ahoga en un río el primer día de las vacaciones.
Son personajes movidos por el azar, que no se rebelan o no pueden rebelarse contra sus circunstancias, y no se comprometen social o políticamente, y para los que tampoco hay salida o solución religiosa (Arango no cita esta posibilidad, ni siquiera para valorarla negativamente).
Un interesante aspecto técnico es la escasez de descripciones, pero destaca la siguiente, que es expresionista (en “El hombre del balcón”):
Su frío indeciso. Su lluvia sin alma. Un loco roñoso que prende un cigarrillo con otro que se acaba de fumar. Una mujer triste, y presumiblemente abandonada, que vende cócteles amorosos. Un vendedor de billeteras con los ojos salidos en dirección a un pensamiento. Una señora con gafas oscuras y gestos tristemente prepotentes. Caras y caras, blancas como lápidas. Miradas que huyen. Andares sin ganas. Mi ciudad. Las escalas que una vez subí para salir confundido y derrotado. El lugar donde un beso o la humedad de un sexo, fresco y subestimado. Las aceras largamente detalladas de andar cabizbajo. Lugares fantasmas. Mujeres maquilladas y vestidas para nadie. Hombres que siguen siendo niños. Inválidos que venden buena suerte. Ciegos que cantan. Frentes arrugadas y silencio y soledad. Olores a jabón, a flores y a mierda. Caras paralizadas por el miedo. Ruidos agresivos. Un niño llorando. Seres domesticados que viajan en frágiles burbujas, ventanas arriba, bien aseguradas, sufriendo en silencio, temiendo. Buses repletos, tumultos de sombras, bolsos y bolsas fieramente agarradas. Caras dementes mirando y buscando, hurgando en los otros, retando, llamando, pidiendo palabras y atención y afecto o sólo patadas.
Un hecho curioso es que Arango no haya reflejado, aunque sea indirectamente, ni la situación social de su país, ni la vida rural, puesto que ha compuesto unos cuentos que son adaptables a cualquier gran ciudad de Occidente. ¿Por qué ese alejamiento consciente del tan acostumbrado y tópico “realismo mágico” e incluso de la novela social con tintes costumbristas (como las del brasileño Jorge Amado)? Creo que Gustavo Arango estudia más el desamparo del ser y de la propia existencia, que las condiciones materiales de la misma.
Realidad y ficción. ¿Hay realmente una separación entre realidad y ficción? ¿Son más reales los firuvelios que la niña que casi se ahoga? Esta respuesta es subjetiva, depende de la sensibilidad de cada persona y quizás de los momentos. Opino que para Arango las tormentas interiores son tan reales como comprar una maleta (en “La última maleta de Ángela Wishborow”) y que, a veces, las auténticas vivencias pertenecen al pensamiento o al sueño (en “El viaje”). El sueño, siempre el sueño...
Estos cuentos son literarios, inquietantes, desoladores (que quitan el suelo a nuestra seguridad), sin el equilibrio tradicional y consevador de los cuentos populares.
Debo destacar el uso del narrador. En los cuentos breves suele aparecer la primera o la tercera persona, en cambio, en los relatos largos Arango se atreve a conciliar la presencia de varios narradores, como en “El rayo verde” y en “Octavia”, con los que causa un interesante efecto de alejamiento y objetividad.
Sobre su estilo lingüístico observo que usa el español normativo más sencillo y con escasos americanismos, como “nochero, balacera, vuelto, tiquetes, cuadra y seguir de largo” en cien páginas. Los diálogos están bien conseguidos (intervenciones breves, vocabulario coloquial y pocos adjetivos). Es destacable el escaso uso de figuras retóricas, porque presenta una realidad descarnada. Los narradores en primera persona se expresan de forma similar a la voz propia del monólogo interior, y los narradores en tercera tienen una sintaxis y vocabulario más formales, complejos y literarios.
Sobre este libro hay dos reseñas: una de Espitia Ortiz [1995] y la otra de Meza Mejía [2001]. Para la elaboración de este apartado me he guiado por la metodología de Anderson Imbert [1979].