(1) Muchos de los malentendidos acerca de la problemática guatemalteca se originan en la dificultad que tienen sus estudiosos estadounidenses para transmitir sus conocimientos en castellano. Esto es fácilmente observable en algunas de las ponencias que presentan en los congresos académicos en Guatemala. Los pocos latinoamericanistas estadounidenses que de verdad comprenden la idiosincrasia y la cultura locales, son los mismos que hablan y escriben correctamente el castellano. En su ensayo en este volumen, Elizabeth Burgos nos ilustra acerca de los malentendidos que ha causado la traducción al inglés del testimonio de Menchú. Yo mismo he insistido en Estados Unidos en que, por ejemplo, la palabra agency no debe traducirse "agencia" sino "gestión", cuando se refiere a la capacidad que tienen los grupos sociales de hacer avanzar sus exigencias en materia de poder.
(2) Los libros que originan el debate son: Elizabeth Burgos-Debray. Me llamo Rigoberta Menchú. La Habana: Casa de las Américas, 1984; y, David Stoll. Rigoberta Menchú and the Story of All Poor Guatemalans. Boulder: Westview, 1999.
(3) Fundación Rigoberta Menchú Tum, "Rigoberta Menchú admite que usó testimonios ajenos en su libro", Guatemala, 12 de febrero de 1999.
(4) En mi libro La articulación de las diferencias o el síndrome de Maximón (Guatemala: FLACSO, 1999) trato el asunto del testimonio como expresión del mestizaje político implícito en la alianza entre vanguardias guerrilleras ladinas y campesinado indígena incorporado a la guerra popular, y contrapongo este criterio a las ideas estadounidenses contenidas en la teoría del testimonio, que considera a este último como expresión exclusivamente subalterna y como "superación" de la literatura latinoamericana, a la cual percibe como expresión cómplice de la dominación oligárquica. En cuanto a las posibilidades ficcionales del testimonio, ver mi "testinovela", Señores bajo los árboles (Guatemala: Artemis, 1994. En inglés: Face of the Earth, Heart of the Sky. Arizona: Bilingual Review Press, 2000).
(5) La corrección política o political correctness, además de ser un útil expediente carrerista, brota también de la dificultad de concientizar a los europeos y estadounidenses sobre la situación de los países tercermundistas. De ahí que la existencia de figuras emblemáticas de la subalternidad les sean tan appealing a los intelectuales solidaristas y políticamente correctos, pues mediante ellas su llamado de atención a la inconciencia ciudadana puede apelar a razones moralizantes y de enmienda de las atrocidades cometidas por la razón colonialista occidental. Este es el caso del uso políticamente correcto que se hace de Rigoberta Menchú por parte de ellos, quienes de esta manera alivian un poco los molestos cargos de conciencia que les produce el pasado colonialista e intervencionista de sus países. Por mi parte, creo que la political correctness, con toda su carga de autorrepresión conductista, es una ética profesional que se corresponde con las agitadas pulsiones de la moral puritana y con los mandatos autoritarios de la filosofía pragmática. El delirante culto a "Marcos" así lo corrobora.
(6) Larry Rohter, "Nobel Winner Accused of Stretching Truth in Her Autobiography", New York Times, December 15, 1998.
(7) Fundación Rigoberta Menchú Tum, "Rigoberta Menchú Tum: una verdad que desafió al futuro", México, enero 1999.
(9) La censura al debate libre sobre estos temas se ha vuelto institucional y me ha alcanzado a mí también: la FLACSO-Guatemala incumplió su ofrecimiento inicial de publicar este libro argumentando que su recién formado consejo editorial (parte de una nueva administración políticamente correcta que asumió la dirección de la institución en 2001) había dictaminado en agosto que, aunque se trataba de un texto altamente académico, tendría muy pocos lectores en Guatemala. El "dictamen" no merece comentario. Lo que sí es necesario indicar, como parte de la censura académica, es que dos meses después de rechazada la publicación de este volumen, al indagar en la FLACSO sobre la reedición de mi libro La articulación de las diferencias o el síndrome de Maximón, cuya primera edición se había agotado, me informaron que pese a tratarse de un "best-seller" para los estándares locales, no había financiamiento para reimprimirlo. No cabe duda de que la verdad factual mete miedo a quienes gustan de sustituir el debate académico por la diatriba porque ésta no implica riesgos intelectuales.
(9) Fue interesante escuchar a Watanabe relatar que quienes habían hecho y hacían trabajo de campo en Guatemala, supieron desde el principio que la versión de los hechos contenida en el testimonio de Menchú no se apegaba a la realidad de la que ellos eran testigos, pero que nadie la desmintió porque percibieron el acto de Menchú como un acto político e ideológico con el que había que ser solidario, aunque al mismo tiempo eso implicara dejar de lado la veracidad a la que la ciencia social se debe, cuestión que no dejó de provocar cierto conflicto ético en todos.