“El vivo vive del zonzo y el zonzo de su trabajo”, dice el refrán, seguramente inventado por uno de los vivos que quiso poner en claro cuál es el objetivo de su existencia. Lo cierto es que uno y otro constituyen dos modelos de la tipología argentina y cada uno define una perspectiva cultural: la de la viveza y la de la zoncera.
En 1965, Julio Mafud publica Psicología de la viveza criolla, obra en la que propone caracterizar la personalidad básica, el carácter nacional o la sociedad global en el ámbito argentino, según las expresiones elegidas por el autor. Para ello describe un conjunto de rasgos distintivos a los que asigna distinta importancia. Los básicos son dos: el desarraigo en lo social, la viveza en lo individual. Dos factores que configuran anverso y reverso de un mismo fenómeno. Mafud atribuye el desarraigo, principalmente, a la situación de las masas argentinas.
“Dejando aparte otros factores que producen desarraigo, hay uno en el proceso argentino que es decisivo: la marginalidad de las masas. Las masas en todas las situaciones argentinas de crisis parecen acumular una fuerza psicológica explosiva latente o subyacente que tiende a aflorar con permanencia cuando se les excluye y se les margina.”
Entre los efectos que provoca la personalidad desarraigada están el afán de lucro, la indiferencia, la falta de responsabilidad. Falta en la persona el lazo estrecho que determina su pertenencia a un conjunto en el que encuentra un eco, una resonancia que la ayuda a reconocer su identidad, a expresarla y a aceptar las otras en franca convivencia para desarrollar el espacio social común. El desarraigo afecta a toda la persona en relación con el entorno social. El cuerpo, la mente y el espíritu están alcanzados por la experiencia. Faltan los contactos unitivos. Los cuerpos se rozan, se tocan, pero están sueltos, no se necesitan ni se extrañan. Hay barreras invisibles que dificultan o impiden los vínculos que podrían consolidar un recíproco anclaje solidario. Entiende el autor que el afán de lucro compensa engañosamente el sentimiento de desarraigo, mediante una seguridad frente a las contingencias, mediante la afirmación de la individualidad que crea la sensación de que uno está bien plantado en su sitio.
Si el afán de lucro es el efecto primordial del desarraigo, la viveza es la actitud primordial que provoca en el individuo. Es el arma que desarrolla el desarraigado para contrarrestar la angustia, la soledad, el aislamiento, los miedos. La viveza es un negocio que le permite al vivo existir en permanente actividad de lucro, en su más amplio sentido: con esa herramienta se dedica a sacar rédito de todo.
“Las comodidades y el confort ya están preparados para recibirlo. Los anhelos, las ansias o esperanzas se apelotonan a su alrededor. Su madre que lo incuba ya lo comienza a mimar con sus alimentos y ejercicios. Lo acaricia desde adentro en su prehistoria fetal. Le anticipa el nuevo mundo de holgura y facilidad. El padre piensa en él y ya lo quiere hombre. Es decir: macho. En una palabra: el vivo nace coronado.”
Para él no existe más virtud que la viveza. Todo acto destinado a poner de manifiesto que él es un vivo estará justificado de antemano. Está siempre por encima de los demás, con los que únicamente puede establecer la relación de victimario a víctima. El propósito que lo estimula para su actividad social es exclusivamente demostrar que su viveza le permite someter a los que no son tan vivos como él, y que puede sacar beneficios aun de las circunstancias más adversas.
La autoestima que el vivo se prodiga no se debe sólo a la sobrevaloración personal. Es también consecuencia del coro de beneplácito que le da la sociedad, que aplaude sus proezas. La viveza tiene, entre nosotros, valor positivo, de virtud. Por eso actúa impunemente, porque los que no son tan vivos adhieren a su triunfo mediante el elogia y comparten con él la satisfacción de lastimar o destruir a la víctima más débil del conjunto. El vivo no forma una clase social. Se lo encuentra en todo nivel y en cualquier oficio o profesión.
En el otro platillo de la balanza está el zonzo. Si bien su existencia es tan antigua como la del vivo, el descubrimiento y la presentación en la sociedad argentina se deben a Arturo Jauretche, en su libro Manual de zonceras argentinas, de 1968. La primera diferencia que Jauretche establece entre el vivo y el zonzo es la amplitud de miras.
“...somos inteligentes para las cosas de corto alcance, pequeñas, individuales, y no cuando se trata de las cosas de todos, las comunes, las que hacen a la colectividad y de las cuales en definitiva resulta que sea útil o no aquella viveza de ojo.”
Viveza y zoncera son conceptos y actitudes opuestas, como el vivo y el zonzo son personajes antagónicos. Sin embargo, ideas y figuras se asemejan en el carácter negativo y desalentador que tienen para la sociedad. Un punto en que esos polos se tocan está en el origen y en el uso de la zoncera. Surge como el pensamiento de un vivo y son los vivos quienes la emplean para lograr propósitos particulares. Se plantea como una tesis a priori, que no necesita demostración y, en consecuencia, tampoco promueve refutación, aunque la visión crítica descubriría pronto sus flaquezas dialécticas ocultas en su trama retórica.
“Su fuerza no está en el arte de la argumentación. Simplemente excluyen la argumentación actuando dogmáticamente mediante un axioma introducido en la inteligencia -que sirve de premisa- y su eficacia no depende, por lo tanto, de la habilidad en la discusión como de que no haya discusión. Porque en cuanto el zonzo analiza la zoncera deja de ser zonzo.”
La zoncera y la viveza integran nuestra personalidad básica. Mafud no vio la doble faz del mismo rostro. Jauretche encontró la contracara de la viveza. Hay individuos que son una de las dos cosas: vivos o zonzos. Hay otros que son a la vez ambas cosas. La superioridad de la viveza consiste en que hace aparecer a la zoncera como una avivada, y entonces el zonzo se cree “piola”, con lo cual refuerza su zoncera. El vivo no quiere ni puede librarse de su condición. En el ejercicio de la viveza, refuerza su reputación y consolida sus méritos. El zonzo puede librarse de la zoncera y plantarse frente a la realidad. En la base de la zoncera, el autor considera que existe una ofensa a la patria. Aun en las de apariencia más ingenua, encuentra un descrédito de lo propio a favor injustificado de lo ajeno. De este modo la zoncera origina una cultura extraña, que disfraza la identidad.