Todo ensayo es, por añadidura, un libro de viajes por rutas interiores. Cuando la indagación pregunta por la inserción de la persona en la compleja conjunción de fuerzas de llamamos patria, el ensayo se convierte en un documento testimonial. El rastreo se vuelca en una carta topográfica que va diseñando el ensayista y adquiere la figura de un rostro. Es el mismo rostro del autor, que iba buscando sus raíces y dibujó el autorretrato. Y en la figura, descubrimos semejanzas con nuestra propia fisonomía. Allí estamos. Se ha transformado en la voz colectiva, que suena como un coro en el que descubrimos el rumor de nuestra garganta. Y comprobamos que nosotros, viajeros silenciosos durante el laborioso trayecto, compartimos la voz prodigiosa, el verbo fundante del ensayista. Y comprobamos que nosotros, cada uno y todos, hemos sido el territorio de la búsqueda.