El ensayo y la identidad argentina - UNA HISTORIA APASIONADA
Martínez Estrada se instala en una perspectiva espacial para el análisis. Eduardo Mallea elige la visión temporal. En aquel, la amplitud del espacio es la sustancia que impregna el mundo natural y humano. En Mallea, el tiempo, revelado en experiencia, en maduración, en espera, es el que define la realidad. El tiempo histórico no es para él mero transcurso cronológico que deja sus huellas para la posteridad. Se trata de un tiempo y una historia interpretados como vivencia personal. Mallea procura encontrar la Historia en la historia particular de su pasión. Hay en él una actitud inicial emotiva. A medida que avanza en su experiencia, se vuelve un acto racional sobre el propio sentimiento. Pero no analiza un aspecto emocional de su ser. Una vez entregado al sentimiento, ya no es el autor el que tiene en su poder un sentimiento y lo observa. El sentimiento es el ámbito global y Mallea es su ocupante. Hay un sentimiento enorme, confuso. Mallea es el invasor, un navegante apasionado de ese sentimiento que anota en su bitácora el derrotero y somete a su intelecto ordenador el escenario oscuro, revuelto, de su travesía, esporádicamente cruzada por claridades de relámpagos que lo vuelven discernible. En el mar navegado queda una imborrable estela de dolor, pero desde la cubierta, el navegante vislumbra el porvenir y su mirada tensa cruza, desde atrás, el mascarón de proa, que tiene la forma de la esperanza.
Tres años separan Historia de una pasión argentina, de Eduardo Mallea, de Radiografía de la Pampa. La distancia del calendario es insignificante. La distancia espiritual es gigantesca. La esperanza corona la marcha de Mallea. Martínez Estrada realiza un viaje de ida al infierno, a nuestro infierno, y allí nos deja para que salgamos. Mallea testifica acerca de su travesía, sin mostrarla como calamidad, y nos asegura el regreso. Con aquel bajamos soportando la resignación de los condenados. Con este, descendemos para poder subir posteriormente. La trayectoria de Mallea va acumulando energía cinética en el descenso para tener en la profundidad el impulso que nos permitirá ascender y terminar más alto que el punto del comienzo.
La evidencia fundamental que percibe Mallea es la coexistencia de dos argentinas: una visible y otra invisible; una superficial y otra profunda. El primer anuncio de la dualidad tiene una expresión simplista: asimila el país visible a la geografía urbana, y el invisible al ámbito rural. Pero esta división esquemática es la intuición primera, que orienta el rumbo de la búsqueda posterior. Mallea define a la Argentina visible como el territorio de la representación. Cuando menciona la llegada de las legiones de inmigrantes, dice que “su contacto se producía con esos hombre que ‘representaban’ a la Argentina”. Y especifica:
“La peor, la más nociva, la más condenada de todas las personas actuantes en la superficie de la Argentina es la persona que ha sustituido su vivir por un representar.”
En el concepto de Mallea, la representación se opone a la esencia. Representar es lo contrario de ser. Es una apariencia que no se corresponde con la verdad, sino que la disfraza para que permanezca oculta. Se trata de aparentar para despistar, para cerrar los accesos a la realidad. En el plano de la apariencia, uno evita enfrentarse consigo mismo y se calza una armadura que impide a los demás ingresar en el espacio humano propio. Conocedores del truco, nosotros siempre desconfiamos de las apariencias. Los antiguos reclamaban la correspondencia entre el ser y el parecer. El postula válido para el argentino visible es: “hay que parecer sin ser”. Mallea describe a estos argentinos visibles, representadores:
“De ellos recibimos, con triste frecuencia, gobierno, voz, magisterio, proclamas y con lo que ellos digan nosotros debemos contentarnos todos. Falsos espíritus. falsos emersonianos, pragmatistas peregrinos, disertadores enfáticos todos, concilian muchos de ellos en forma extraña un nacionalismo de expresión violente y solemne con la gestión in situ de fuertes empresas capitalistas extranjeras.”
Mallea denuncia el fraude de quienes representan una Argentina visible para que nadie descubra su esencia; destruye con ese gesto las prebendas con las que ellos construyen su existencia falsificada. La única arma que puede defenderlo del contagio malsano es la soledad, que se logra mediante el apartamiento de ese mundo de exteriorizaciones y el compromiso con la propia interioridad. La experiencia de la soledad lo enfrenta consigo mismo y le permite presentir una comunidad de solitarios o de soledades, reducto de la conciencia en el que uno puede mirarse tal cual es, sin disfraces ni artimañas, y puede cruzar miradas con los otros iguales, para encontrarse en la realidad esencial de su persona y en la relación franca de ser a ser. Están dadas, entonces, las condiciones para descubrir la otra Argentina y su habitante:
“Había que mirar con otros ojos, más fidedignos, más difíciles, más profundos para ver la otra forma considerablemente más consistente, incalculablemente más consistente, incalculablemente más íntegra en su resistencia de cuerpo y moral: la forma interior de este pueblo, la Argentina invisible.”
Para Mallea, la Argentina invisible, que resume los valores del ser nacional, está en el interior. No obstante, advierte que esa identificación simplista, en lugar de claridad puede ocasional confusión. Porque su dualismo de argentinas no consiste en establecer una separación de áreas geográficas, adjudicando a una las virtudes y a otra los defectos. La intuición primera le abre camino hacia la identificación del argentino auténtico, que es aquel formado e integrado con su naturaleza y que es más fácilmente detectable alejado de las grandes ciudades.
“La diferencia estriba en que existe un hombre cuya fisonomía moral es el de las grandes ciudades y otro cuya fisonomía moral es el de nuestra naturaleza no desvirtuada, de nuestra naturaleza natural.”
Mallea reconoce en el argentino invisible una serie de virtudes. Esas cualidades definen al argentino auténtico. ¿Se trata de un ser real, de carne, hueso y espíritu que reúne en su individualidad la existencia profunda la una persona fundida con su tierra? ¿Tienen tales virtudes, en su unidad completa, alguna posibilidad de encarnadura en alguien que pueda ser un prócer glorioso o un vecino anónimo?
“...continente grave sin solemnidad; silencioso sin resentimiento; alegre sin énfasis; activo sin angurria; hospitalario sin cálculo de trueque, naturalmente pródigo; amigo de los astros, las plantas, el sol, la lluvia y la intemperie; pronto a la amistad, difícil a la discordia; humanamente solidario hasta el más inesperado y repentino sacrificio; lleno de exactas presciencias y zumos de sabiduría; simple sin alarde de letras; justo de fondo, más amigo del bien directo, de la ecuanimidad de corazón que del prejuicio teorizador; viril, templado en su vehemencia, tan morigerado en la vida -morigerado en su codicia- que no le espanta con su ademán la muerte pues nada le arrebata que él no haya ofrecido antes con humana dignidad...”
¿No es posible que, arrastrado por su pasión, Mallea haya caído en una actitud retórica y haya creado un tipo estético, una hermosa imagen literaria a propósito de una idea de hombre, pero que es una figura imaginaria, no el hallazgo de la apasionadamente buscada? El riesgo es real. Y el compromiso más serio del ensayista es avalar con su propio testimonio de vida el alcance de su opinión. Él es el criterio de verdad. Mallea es la única garantía.
Para ahondar en la identidad, Mallea también debió partir en dos a la Argentina y a los argentinos. Su visión consigue retratar una identidad que considera verdadera. Pero es resultado de la partición. El corte que practica parece una cesárea fructífera y vivificante. No deja por eso de ser una ruptura que reinstala la dualidad.
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