El estilo epistolar en Lope - El epistolario de Lope de Vega (III)
3 - El epistolario de Lope de Vega (III)
Hablaba más arriba de la curiosa coincidencia de abundancia de figuras retóricas con la rapidez de estilo. Bien es cierto que tales figuras brotarían a decenas de Lope dejando apreciar su tremenda facilidad para las mismas, pero ahora ya podemos concluir que si daba rienda suelta a las mismas, o incluso si las buscaba, lo hacía conscientemente para divertir y admirar al Duque, y al tiempo para fortalecer su imagen de poeta culto e ingenioso. Pero aunque las figuras tengan su función clara, no deja de resultar pasmoso lo que Lope es capaz de hacer apenas sin pensar, las ideas que de repente brotan en su cerebro y él es capaz de plasmar en una forma brillante. Teniendo en cuenta la escasez de tiempo ya comentada, la profusión de figuras en las cartas no es otra cosa que la exhibición de un ingenio inusual. Tomo a continuación algunos ejemplos al azar: Juegos de palabras hay en la carta 17, cuando Lope, refiriéndose al Duque de Feria dice "ferié sus cortesías" o "volvime, como digo, sin ferias"53. También la 46 en "aunque la ocasión es calva, traía V.E. los cabellos asidos desde el escritorio"54, o en la 72, donde encuentro todo un cúmulo en "las mujeres fácilmente se consuelan, porque sus plazas nunca estan vacas, mayormente si son terneras, mas yo, señor, como estoy prevenido, pienso aprovecharme del agravio [...]: entonces serán los toros, y digo bien pues es materia de cuernos"55. Hay paronomasia en "más parece de Plutón que de Platón", en la carta 6556. Hay metáfora al decir "enlutadas ninfas" por rameras en la 1957, "delgados yelos" por ríos en la 1058, o "pedazos de mi sangre" por hijos, en la 6359. Encuentro metonimia por mujeres en "No desconfíe V.E. entre tantas ocasiones como aquí ofrecen cabellos de los que caen entre los muslos"60. En la 25 pueden hallarse dos curiosas expresiones catacréticas: "razón de estado en los agravios" y "se mordieron poéticamente"61. Comparaciones hay para todos los gustos desde las más prosaicas como "Todo grande se tenga, que no son bolos que se pueden volver a poner si una vez se caen"62, hasta las más complejas como "[a V.E.] le sucede lo que a las mariposas, que pensando que la llama de la vela es ventana para salir al día se abrasan y mueren en la puerta de su imaginación"63, pasando por otras muy atinadas como "andábamos alrededor como arcaduces de noria ciertos amantes un tiempo"64. Hay también contraposiciones, complejos paralelismos, paradojas y un largo etcétera, pero para acabar con los ejemplos prefiero centrarme en dos muy llamativos y que muestran un humor sorprendentemente moderno. Se trata de dos impactantes ironías: "V.E. no lo quiere más de para encajarle en el quicio de la puerta su excelentísimo carabajal"65 donde lo que me interesa es el "excelentísimo", pues la gracia no está en loar, sino en concebir el disparate de que hay que referirse al miembro viril del Duque siguiendo las normas del protocolo, aristocratizándolo. El otro ejemplo lo encuentro en la carta 61: no puede haber un distanciamiento humorístico más negro que el que se lee en "dio a su mujer cinco puñaladitas, con que la enterraron a la una de la noche"66, expresión que trae a la memoria El caso de la mujer asesinadita, de Mihura y Laiglesia.
Hasta aquí he comentado los rasgos estilísticos que mejor pueden representar la espontaneidad y la falta de premeditación en las cartas íntimas de Lope, aunque con importantes reparos: La mezcla de estilos y el empleo circunstancial de una llaneza en sentido amplio junto a la brevedad de las frases y a la profusión de figuras retóricas que brotan impensadamente (aunque la mayoría con ánimo de sorprender o hacer reír al Duque). De lo dicho, el aspecto estilístico que me parece más natural y espontáneo, el que menos sigue una tradición y un programa previo, es el estilo breve, conciso, económico de las cartas íntimas67, que ya hemos visto, por lo demás, viene determinado por la escasez de tiempo y por la característica brevedad del género epistolar. Brevedad que Lope asume y conoce como imperativo del género, algo apreciable en las disculpas que da en la segunda carta a Góngora (nº 53) consciente de estar sobrepasando los límites habituales de extensión en una carta normal ("perdóneme V.m. el no ser breve"68).
Lope propugna la libertad de expresión frente a los formularios y propone dejar hablar al afecto. Sabemos ahora que no cumple ni lo uno ni lo otro: Percibimos un afecto sincero y real hacia el Duque (sobre todo avanzado el epistolario), pero no sabemos dónde colocar la frontera entre éste y el amor fingido. Ni siquiera en los rasgos ya comentados se da la espontaneidad en estado puro, la completa libertad de expresión, y el Lope auténtico sólo puede entreverse tras un complejo aparato formal y estilístico que, con excepciones, más descubre la cultura que los afectos más hondos del poeta. Sin embargo, hay además otros factores que evidencian aún más la falta de libertad en la expresión de la correspondencia íntima: Se trata de la dependencia de los formularios y de la oscuridad premeditada.
Suponía anteriormente que, en su correspondencia íntima, Lope reaccionaba contra la monótona y pesada tarea de secretario, pero esto no es del todo cierto. En numerosas ocasiones Lope se deja influir por el estilo oficial o, en todo caso, casi siempre tiene presentes las reglas retóricas y los modelos epistolares. La autoconciencia estilística de Lope de cuando en cuando se hace explícita a lo largo de su correspondencia delatándole como seguidor de ciertos preceptos de los formularios, considerados con razón antítesis de la libertad de escritura. Lo dicho se materializa especialmente en las cortesías y alabanzas que exige el decoro y que se tornan particularmente formularias en las despedidas, aunque sobre esto habrá que hacer alguna salvedad.
En Lope, la autoconciencia de escritura alcanza tanto a la disposición como a la elocución. El no guardar el orden debido en la construcción de una carta, al no escribir cada parte en su lugar, se viene considerando algo propio de gente inculta y de torpe estilo69, y Lope esgrime este argumento para atacar a Góngora en la carta 53 acusándolo de contrario a la retórica, o de ignorar la misma, y dejando claro de paso que él guarda los preceptos escrupulosamente y que la carta que escribe es un claro ejemplo de esto. Así encontramos escrito: "éste sea el exordio desta carta, y antes que entre la narración..."70, y más adelante: "Entre ahora el epílogo"71. Esto demuestra que Lope conocía muy bien la retórica epistolar y se jacta de ello considerándolo un indicio de cultura. De la misma manera, todas las cartas íntimas obedecen el orden preceptivo: Algunas están compuestas de todas las partes propias de una carta, otras obvian alguna de las partes (algo perfectamente admitido por la retórica72), pero todas disponen sus partes siguiendo el orden que marca la tradición73. No iré más allá en este sentido, pues nos ocupa el estudio de la elocutio y no el de la dispositio, pero esta información puede resultar útil para ilustrar, ya a todos los niveles, que Lope conocía y obedecía la retórica. También el armazón de las cartas íntimas es tradicional, y las palabras que rellenan tal estructura tampoco podrán estar muy alejadas de lo que ordena la retórica.
Mientras las partes de la carta provienen de la retórica clásica, encuentro algún indicio de que Lope también tuvo en consideración los formularios: En la carta 10 se lee: "y pues ya esta carta es para reir, y uno de los estilos del formulario italiano se llama burlesco, oiga V.E., señor, este soneto..."74, y sin duda en este sentido ha de entenderse lo escrito en la 32: "yo hago fin a la italiana besándole los pies..."75. Me parecen éstas pruebas suficientes para concluir que las cartas íntimas no escapan por completo al influjo de los formularios. En todo caso, la despedida "a la italiana" de la carta 32 no se diferencia sustancialmente del resto, y Lope besa los pies al Duque a lo largo de todo el epistolario.
La despedida era la parte más fijada del texto, algo que hoy no nos debe extrañar cuando no encontramos más fórmula que "un abrazo" para despedirnos en una carta amistosa. Esto se aprecia en seguida en las cartas de Lope, en las que se repiten continuamente fórmulas como "beso las manos de V.E.", "beso los pies de V.E." o "Dios guarde a V.E.", fórmula, esta última, ya recomendada por Torquemada con diversas variantes según el destinatario76. Por lo demás, lo que más manifiestamente resalta el formulismo de los finales es el "etc." con que Lope cierra muchas de sus cartas, mostrando que lo que se omite aquí (pero que sí figura en otras muchas partes) es algo evidente y consabido77.
Un reparo puede hacerse a lo dicho, y es el siguiente: Lope sabe que las despedidas son las partes más fijadas de las cartas, y se rebela contra ello aplicando una vez más su creatividad y procurando no repetir dos veces un mismo final, se afana en dar formas nuevas a las fórmulas de siempre, aunque nunca falta al decoro ni transige las normas del uso. En fin, a pesar del predominio del formulismo, Lope se esfuerza en hacer de los finales pequeñas creaciones literarias que respondan a su facilidad e ingenio. Sin duda Lope se enorgullecería de su condición de escritor profesional, y buscando la variedad de los finales destacaría por encima del escritor medio. La fórmula base es "Dios guarde a V.E." a lo que Lope añade frecuentemente "más que a mí" o "más que a mí y a mis hijos". Otro añadido básico es "muchos años", que Lope renueva constantemente con ingeniosas hipérboles: "infinitos años" (C. 8), "eternamente" (C. 13), o "[...] V.E., a quien Dios me guarde para mi remedio y amparo más siglos que desde el día en que nací he escrito versos"78 (C. 41), que no es pequeña exageración. El fin de otra carta tiene forma de cierre de oración ("Dios guarde al Duque de Sessa por todos los siglos de los siglos. Amén"79), la 64 acaba con una interogación retórica, otra despedida incluye un pequeño cuento (C. 77), etc., etc. En las cartas 23 y 24, tal vez las de tono más amargo de todo el epistolario, Lope abandona su gusto por la originalidad retórica: En la primera Lope se despide de manera sorprendentemente escueta y cortante ("Dios guarde al Duque de Sessa"80) como condescendiendo al uso de mala gana. En la segunda ya no se despide como practicando un juego estilístico, sino que por primera vez rezuma sinceridad y las obligaciones retóricas le vienen como anillo al dedo. Sólo un último ejemplo de despedida singular: La carta 54 termina así: "[...] mientras tuviere vida. Aquí claro está que he de decir: y guarde Dios muchos años la de V.E.", donde se aprecia que, mediante el recurso del pronombre anafórico tan del gusto de Lope, éste construye una brillante despedida. Pero más interés despierta en el mismo ejemplo la conciencia de Lope de que va a emplear una fórmula archisabida, y al hacer explícito dicho conocimiento obtiene una despedida muy novedosa.
La despedida cifra la posición social del remitente y el destinatario y el lenguaje de la misma se debe ceñir al consiguiente decoro. Lope debe situarse por debajo de su señor y ensalzar a éste cuanto sea posible. La misma misión tienen las continuas cortesías y alabanzas al Duque repartidas por todas las cartas, así como los rebajamientos de Lope para que su señor destaque por contraste. Amezúa distingue tres tipos de cortesías: Unas graves, ceñidas y sentidas, otras serviles explicables por el uso de los escritores de la época, y unas últimas inadmisibles por la humillación a la que Lope se somete sin motivo81. Igualmente, Francisco A. de Icaza opina que hay ciertas "protestas de fidelidad y de afecto, de amor y servidumbre, que traspasan los límites de cuanto puede dignamente aceptarse y tolerarse"82. En fin, según estos críticos Lope excedería la retórica en dos sentidos: Por el empleo de una sinceridad innecesaria o por humillarse hasta extremos que el uso no le exige. Ciertamente en ocasiones se vislumbra cierta autenticidad en las alabanzas pero, como ya dije, en Lope resulta difícil establecer el límite entre lo real y lo fingido. En cuanto a la humillación, siempre viene exigida por la posición social y el decoro y no me parece razonable atender a diferencias de grado en cuanto al contenido de semejantes cortesías. Mucho más interesante es reconocer la capacidad hiperbólica de Lope así como admirar su capacidad para aplicar el ingenio a fórmulas obligadas que de otra forma resultarían repetitivas. Desde el punto de vista estrictamente literario, y dando por sentado que la propia humillación es algo obligado, debe reconocerse que Lope ha hecho de la adulación un hábil ejercicio creador fundado en la hipérbole y la desmesura. Un brillante ejemplo de alabanza ingeniosa se encuentra en la carta 58: "me halló el papel de V.E. en la mesa, que en mi vida he tenido mejor plato"83. No menos ingenio me parece hallar en expresiones de increíble exageración del tipo "le juro como montañés que si mi sangre fuese necesaria a un caballo de V.E. no dudaría sacármela toda"84 o "por vida de Carlos que le saque la sangre por darla a un criado de V.E."85, giro gracioso e intrascendente que sin duda Lope no habría concebido de saber que su hijo Carlos moriría al poco tiempo. El Duque sonreiría ante estos excesos de Lope, halagado y divertido por los deseos de agradar de su secretario, que un día le escribió: "No sé realmente con qué palabras encarezca a V.E. ni que nuevo estilo intente para mostrarme agradecido a tantas mercedes como cada día me hace"86.
Despedidas y cortesías son elementos propios de la epistolografía de la época que vendrían marcados por el uso y los formularios y a los que Lope quiso dar una impronta personal. Una vez más se evidencia el conflicto entre tradición y libertad en el que ésta poco puede lograr para su causa. Finalmente, todavía hablaré de otra característica en la correspondencia íntima de Lope que refuerza la tesis de falta de libertad en la escritura: Se trata de la oscuridad premeditada.
La oscuridad del estilo es uno de los rasgos más sobresalientes de las cartas de Lope al Duque de Sessa, y para ella podemos encontrar distintas razones: Una puede ser la prisa en la escritura que, como vimos por contraste con las cartas a Góngora, implica una mayor oscuridad en la expresión al no haber sido pulidas las razones. De la prisa y la brevedad propia de las cartas se derivaba el estilo rápido y entrecortado que también dificulta la comprensión al reducir al mínimo la palabra escrita y preferir comunicarse mediante las sugerencias que envuelven el texto. Otra razón es la propia de toda correspondencia entre dos personas de trato frecuente: Entre el Duque y Lope se ha establecido con el tiempo un código personal al que accedemos con esfuerzo, y aquí me refiero principalmente a las palabras que tienen referentes en la realidad que remitente y destinatario tienen muy presentes pero que a nosotros nos cuesta desentrañar. Son los sobrentendidos que apenas apuntan un asunto pero omiten la mayor parte porque no se requiere más para que el destinatario comprenda. Suele haber referencias a charlas entre Lope y el Duque sobre materias que sólo ellos conocen. Esto se calla simplemente por economía expresiva y este tipo de alusiones para el Duque resultarían transparentes. No hay premeditación en la oscuridad.
Sin embargo, otras veces las cartas vienen veladas y confusas voluntariamente87. En estos casos se extrema la precaución y se emplean con premeditación determinadas claves que sólo entenderá el Duque. Los papeles pueden extraviarse y las materias tratadas, muchas veces comprometidas, nadie más que el Duque debe llegar a saberlas. Se trata con especial prudencia lo que atañe al Duque o los chismes delicados sobre personas de posición, y en todos los casos el mensaje queda ambiguo y confuso. También tienen importancia en este caso los silencios, que serán muy significativos y coincidirán siempre con los asuntos que sean preferibles tratados en persona, sin que quede huella escrita.
Si en otras cartas Lope predicaba total apertura anímica en la correspondencia, en algunas recomienda prudencia: "No hay quien hable más temerosamente que la pluma, aunque dicen muchos que es la que más libremente habla, pero esos creo que son los temerarios, que los hombres cuerdos más miran lo que escriben que lo que hablan, porque lo que escriben queda firme y lo que hablan se lleva el viento"88. En otra se lee: "Grandes cosas hay estos días: no se puede escribir, pero puédese hablar"89 y en otro lugar Lope argumenta diciendo: "que no porque los papeles pidan recato".
Consecuencia de esta prudencia y buscada oscuridad es el frecuente uso de pseudónimos para los conocidos comunes: El cazador, el viñador (o la buena cara), la persona de piedra, Flora, doña Sutilísima, la trucha, Galatea, Amarilis, Lucinda, Tirsi o Belardo son nombres que esconden los verdaderos de las amantes del Duque y del propio Lope, pero también se refieren a los maridos engañados y a los propios corresponsales. En este sentido, según Nicolás Marín, podría leerese el enigma: "piense un rato en es. y o."90
Tenemos ahora un nuevo punto de vista para el estudio del estilo gracioso que decíamos predominante en las cartas: Además de para lucir el ingenio de Lope y para provocar la risa del de Sessa, el estilo ambiguo y malicioso de muchas cartas se muestra utilísimo para evitar la clara comprensión de los textos en manos extrañas. Ahora sabemos que muchos fragmentos tienen una doble lectura, y que deberá elegirse la de contenido más perverso si queremos acertar con la verdadera intencionalidad de la carta. Así ocurre incluso con pasajes que, de no estar avisados, parecerían inocentes relatos de sucesos intrascendentes, y estoy pensando en todas las cartas en las que se habla de toros y cuernos.
Pero la máxima expresión de la prudencia y la contención es el silencio total, una falta de discurso que sin embargo el Duque sabrá suplir cuando los lectores contemporáneos no habremos siquiera sospechado la presencia de un mensaje invisible donde por no haber no hay ni una palabra clave o alusiva. Descubrimos la existencia de este tipo de mensajes silenciosos gracias a un comentario del propio Lope: El 12 de agosto de 1617 Lope le escribió al Duque una brevísima nota que comenzaba diciendo: "Señor: Ahora no hay que tratar de papeles porque Amarilis acaba de parir"91. Todo habría quedado en eso, en una carta más, si Lope, algo más tarde y en el mismo día, no hubiera escrito otra nota para el Duque que comienza: "Muy bien adivinó V.E. de mi silencio"92. Es decir que el Duque supo leer en la primera nota algo que no viene escrito y sobre lo que nosotros no podemos más que hacer conjeturas. En este caso, la pregunta más trascendental es ¿cuán a menudo el Duque y Lope establecerían este tipo de comunicación sin palabras? o lo que es lo mismo ¿qué proporción de texto invisible rodea las cartas que nosotros podemos leer? Me temo que son preguntas sin respuesta, porque ni siquiera el profundo conocimiento de las vidas del Duque y de Lope permiten suponer mensajes donde no hay ni rastro de la intención comunicadora. El silencio resulta para nosotros la clave más indescifrable.
En fin, pienso que se ha clarificado lo difícil que resulta llegar al auténtico Lope a través de sus textos epistolares, que en ningún caso se pueden considerar claros reflejos de su alma. Lope interpone entre él y el Duque, más aún entre él y nosotros, toda una serie de máscaras que distorsionan su voz primigenia: máscaras retóricas y estilísticas que van de la más tenue a la más gruesa: una máscara muda ésta, sin expresión ni rasgos, en la que lo que pudo decir se funde ya con lo que no dirá nunca. Y para nosotros esta máscara, antítesis absoluta de la espontaneidad y de la libertad de expresión, resulta del todo infranqueable.
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