La aparición de las ediciones electrónicas de textos y su constante aumento, potenciado por los sistemas multimedia y las redes de comunicación, está suscitando debates sobre la cuestión que podemos denominar "el futuro del libro". En sectores culturales, académicos, etc., se percibe una cierta inquietud, que desemboca en abierto debate y, en muchas ocasiones, en apasionado enfrentamiento. Este debate, en ultima instancia, parece resolverse en posiciones de "tecnofilia" y "tecnofobia", posturas que entendemos erróneas, ya que desvirtúan la realidad, tanto del "libro" como de las ediciones electrónicas.
Lo primero que se percibe en estas discusiones o debates es la importancia que se concede al "libro" en nuestra cultura. Ernst Robert Curtius señaló que «el libro recibe su consagración suprema del cristianismo, religión del Libro sagrado. Cristo es el único Dios que el arte antiguo representa con un volumen». El "Libro", el "Gran Libro", el "Libro de la Naturaleza", etc. son conceptos que han pasado a configurar el imaginario de nuestra cultura. Como símbolo, el libro ha adquirido un lugar privilegiado en el seno de nuestras sociedades. Vivimos en "culturas del libro", de ahí el apasionamiento que se genera en cuanto se trata esta cuestión. Nicole Robine escribió
¿A qué profundas motivaciones obedece el hombre cuya mano se adelanta hacia el objeto que llamamos libro? ¿Qué espera de ese «montón de hojas secas» cubiertas de signos sino la comunicación del pensamiento de otro que se despliega por sus páginas? Señalemos a este respecto el equívoco del término libro, que designa a la vez un material que sirve de soporte a los signos y el contenido intelectual que estos signos comportan, es decir, que es a la vez el significante y el significado ( 1 ).
La misma autora hace una afirmación clave: "El libro y su uso se confunden". Objeto y uso se funden en un solo elemento cultural. Concebir el libro-soporte independiente de su contenido es un ejercicio de abstracción que se enfrenta con nuestra experiencia inmediata. El tacto, la vista (el olfato, indican algunos) se aúnan en una experiencia en la que a la materialidad del objeto se une su experiencia intelectual. La palabra objetivada sobre un soporte, la palabra escrita —nos dicen los teóricos—, distancia, en contraposición al efecto envolvente, cálido, de la palabra audible. Sin embargo, no tuvieron en cuenta los efectos tactiles de la nueva alianza. El cuerpo, aislada la mente absorta en la lectura, entabla sus propias relaciones con el soporte, con el elemento material. El argumento general, el más espontáneo, que se esgrime cuando se debate la lectura ante la pantalla del ordenador es que ¡no puede tocarse! El cuerpo, habituado a las sensaciones vinculadas a la materia —peso, forma, superficie sobre la que los dedos se deslizan—, echa de menos los efectos sensibles del libro-objeto. Al cuerpo, habituado por horas y horas de lectura al contacto, le es extraña la insoportable levedad del texto electrónico. La lectura no es sólo un acto intelectual; es, a la vez, un acto físico, sensual, al que el cuerpo se habitúa.
|
|
Imagen 1: El libro y el olvido del cuerpo |
La lectura genera todo tipo de espacios —salas, gabinetes, bibliotecas— y utensilios destinados a hacerla más placentera —sillones, atriles, lámparas, mesas, etc.—. El "libro electrónico" —aún nos falta un término que le pueda ser propio— no tiene todavía su situación, su acto específico en el que soporte y lectura se integren de forma natural.
Las capas de significados y símbolizaciones que el libro ha acumulado a lo largo de dos mil años de historia, complican el marco de discusión y nos obligan a comenzar por el principio: qué es un libro.