Uno de los argumentos más escuchados contra el gasto público es que éste limita el crecimiento. La explicación aparece simple: el gasto del gobierno proviene de los impuestos que paga el sector privado. Estos impuestos reducen la capacidad de los privados de invertir y/o consumir, afectando el crecimiento. Por tanto, lo óptimo sería el Estado más chico posible.
Nada que ver, dice Martín Wolf, conocido economista inglés y autor del libro "Por qué la globalización funciona" (Yale University, 2004). Con cifras de la OCDE -"que tienen el mérito de ser comparables"- para 21 países industrializados, Wolf compara el gasto público per cápita con el crecimiento del PIB per cápita, así como con el producto por hora trabajada en el período 1995-2004 (Financial Times, 23/03/2005).
Lo primero que sorprende es que el gasto público en ningún caso es menor al 35% del PBI, rango en el que se sitúan (hasta el 40% del PIB) Australia, EEUU, Suiza , Japón, Canadá y España. El rango superior, más del 55% del PIB, lo encabeza Suecia, seguida de Dinamarca y Francia. Entre ambos se sitúan Reino Unido, Noruega, Alemania, Italia, Austria, Bélgica y Holanda. América Latina es "otra cosa": son pocos los que superan el 20% del PIB, estando Perú muy por debajo de esa cifra.
Al comparar el gasto público con el crecimiento del PIB per cápita 1995-2004, Wolf no encuentra correlación alguna, pues las cifras son parecidas para la mayoría de los países, situándose entre 2 y 3%. Entre los que están más abajo, entre 1 y 2%, encontramos a países con alto gasto público (Finlandia) y bajo gasto público (Suiza y Japón). Lo mismo sucede con el crecimiento del producto por hora trabajada.
La conclusión de Wolf es clara: "no existe correlación negativa entre un alto gasto público y la competitividad global. Lo que sí importa es la eficiencia con la que el Estado recauda y gasta el dinero público". Luego va al fondo del asunto: "El nivel de presión tributaria es solo uno de varios elementos que determinan la performance económica. Mucho más importantes son: la calidad de las instituciones, en particular la administración pública y el Poder Judicial; la seguridad de la propiedad; la probidad y espíritu público de los políticos; la estabilidad de la moneda; la calidad de la educación, salud e infraestructura y que no haya una regulación arbitraria de las actividades económicas. Por tanto, poner el acento en un solo elemento -la monomanía-, en este caso la presión tributaria es, frecuentemente, un error".
Wolf escribe su artículo a propósito del debate en Inglaterra sobre el plan del Partido Laborista para proveer "servicios públicos de clase mundial", de cara a las elecciones en mayo próximo, lo que sectores conservadores ("tories") dicen que es una contradicción flagrante ("eso no puede existir").
Wolf dice: "hay que abandonar el debate que afirma que el sector público es malo y el privado es bueno, o viceversa, porque es estúpido". Lo que importa es que, al tomar las decisiones sobre qué queremos que haga el sector público y cuánto debe gastar, se le ponga el énfasis suficiente a los valores sociales y políticos que sustentan esas decisiones.
Y concluye: "el mayor gasto público del Partido Laborista no destruirá la economía británica, como no lo ha hecho el mayor gasto público en Finlandia. Lo que importa en este caso no es lo que haces, sino cómo lo haces". Lecciones importantes para el Perú, donde tenemos aún que definir qué Estado queremos -cuáles son los servicios de salud, educación e infraestructura que debe proveer a su población pobre para llegar a niveles de competitividad adecuados- y cuál es la recaudación tributaria necesaria -hoy bajísima- para alcanzar ese objetivo. Lo que implica dejar de lado toda monomanía.