El gran ennui o la monotonía de lo insignificante - Sexualidad, dispositivo femenino y aburrimiento
1 - Sexualidad, dispositivo femenino y aburrimiento
En el texto fundacional de Reinhard Kuhn The Demon of Noontide. Ennui in Western World Literature, una exploración nueva que afecta a la configuración del concepto del ennui se describe como una fuerza dinámica que corre pareja a la formación de la modernidad1:
The idea does not reflect a reality completely formed without it, as a stream reflect the willows along its banks; it becomes one of the factors of reality and helps to create that which without its action would not have been or would have been completely different.2
El ennui no es, por tanto, tan sólo una idea que arranca de la fabricación textual, sino que imbricada en la noción de espacio y tiempo3 determina el ritmo intrínsico del discurso literario. Es, por tanto, en el discurso literario donde encuentra su representación más precisa, especialmente, en el ámbito de la literatura decimonónica y, concretamente, en la novela de la burguesía de la segunda mitad del siglo XIX, que sistematiza desde su propia construcción toda una tipología del ennui4. Esta operación que la novela decimonónica lleva a cabo ha sido elaborada en la definición intentada desde varias perspectivas: desde el terreno de la psicología hasta el campo de la sociología o la teología.5 Los orígenes del concepto han sido ciertamente muy discutidos, y de ellos diversas derivaciones han sido propuestas desde la crítica y la creación literaria. La etimología que ha sido generalmente adoptada es la latina odium y con toda probabilidad la que deriva de la expresión esse in odio6, aunque han sido muchas las interpretaciones que el término y el concepto han adoptado desde la Edad Media.7
Desde una óptica moderna, será Pascal8 quien recupere en sus Pensées toda una confiscación de la privación inherente al ennui. Es decir, desde las manifestaciones modernas, el ennui se recupera como un elemento significativo en la aproximación crítica al fenómeno de la restricción de las capacidades del individuo moderno para la acción. Sin embargo, en la inclinación hacia la inactividad hay un signo diferenciador que distingue el ennui del aburrimiento9 entendido en términos generales, y es que el primero está dotado de un sentido de desorden metafísico del que éste último carece.
A este carácter transcendente y que va más allá de la condición meramente psicológica del ennui se añade, en palabras de Andrè Gidé, un profundo temor casi convertido en pánico, un recurrente aislamiento de la realidad circundante transformado en exilio perpetuo del resto del mundo10:
When I found myself alone in my room that evening, an intolerable anguished seized me, body and soul; my ennui almost turned into fear. A wall of rain separated me from the rest of the world, far from any passion, far from life. It enclosed me in a a gray nightmare, among strange beings, cold blooded and colorless, whose hearts had ceased beating long ago.11
Frente a la aguda conciencia del ennui, Gide establece una conformación sustancial del tedio burgués y ésta es la consideración que el ennui refuerza; es decir, su condición de experiencia total que afecta de igual modo al cuerpo y al espíritu. Por ello, y quizá desde una perspectiva más sutil no se puede entender el ennui sin considerar previamente el extrañamiento, la alienación y el sentido atemporal12 que lo acompaña en sus manifestaciones en el texto literario.
Siguiendo un orden estrictamente crítico, Kuhn acierta a compilar en cuatro características fundamentales el fenómeno del ennui, que Gide13 ya había determinado en 1911, recogiendo bien es cierto las definiciones burguesas del XIX. Así pues, de acuerdo con la estructura conformadora propuesta por Kuhn, éste es un estado psicosomático que se manifiesta de igual manera en la actividad corporal que en la del espíritu; que se trata, sin lugar a dudas, de un fenómeno endógeno, autónomo y ciertamente autogenerador de nuevas pulsiones; es independiente de la voluntad anulada del sujeto que lo experimenta y, finalmente, se trata de una condición totalizadora que determina un estado de extrañamiento, de disolución subjetiva con respecto a la estructura social de la que el individuo se aleja sin solución de continuidad. Esto es, el individuo afectado por el ennui queda estigmatizado e imbricado en su nueva condición de paria, lo que revela una configuración que comienza a producir en la segunda mitad del siglo XIX un nuevo tipo literario: el de la mujer exiliada de la sociedad burguesa, atrincherada en el espacio asocial en el que, gracias a la expulsión provocada por el tedio, inicia la gestación de un nuevo desorden pulsional paralelo y, a un tiempo, ajeno al sistema del orden pasional burgués.
Ensaya Kuhn, así pues, una definición sintética del término ennui y del concepto que éste lleva aparejado: un vacío psicológico, una hoquedad existencial, en definitiva, una nada casi sartreana14:
By reducing these multitudinous characteristics to their essential common factor, we can tentatively define ennui as the state of emptiness that the soul feels when it is deprived of interest in action, life, and the world (be it this world or another), a condition that is the immediate consequence of the encounter with nothingness, and has an inmediate effect a disaffection with reality.15
Esta definición destaca principalmente el carácter de ajenidad, de alteridad —que explorará la nueva ciencia de la psicología— característico del ennui y que, consecuentemente, resulta en un fenómeno dual de elevación sobre lo cotidiano y de conciencia minimizada del propio destino, que reduce lo monótono a la experiencia resignada del discurrir vital. No obstante y, aunque, supone un esfuerzo ingente de exhaustiva documentación, el estudio de Kuhn se vertebra en torno a una cuidadosa argumentación, exclusivamente literaria, que deja a un lado las consideraciones sociales, políticas y económicas. Características éstas que modelan también la aparición de un sentimiento aguzado de tedio, tanto en la vida real como en la imaginada a partir de la segunda mitad del siglo XIX. Y es que se hace necesario relacionar el surgimiento del mito del jardín de civilización decimonónico con la incorporación de la categoría del ennui al discurso social. Nace, precisamente en esta época, el mito del progreso16 inducido desde las categorías políticas y económicas.
Se trata, pues, de una nueva religión, de un nuevo credo al que la sociedad burguesa se aferra en el proceso de construcción de la modernidad. La Revolución Industrial estaba ya en avanzado estado de consolidación y, mediante una silenciosa evolución progresiva, comienza a cambiar la fisonomía de la burguesía que inicia un proceso de desarrollo no siempre lineal17:
A diferencia de la toma de la Bastilla que produjo el cambio, o el vertiginoso proceso de cambios, en veinticuatro horas, la Revolución Industrial había de reformar la anatomía de la nueva sociedad paso a paso,en verdad más por un desarrollo evolutivo que revolucionario. Tras un período de ensayos, de investigaciones individuales y descubrimientos capitales, de una fértil colaboración entre visionarios, científicos, industriales y promotores, hacia 1840 estaban las bases de la mecanización de la industria tan sólidamente asentados que los historiadores no dudan en llamar a la fase que se inicia en esa fecha la Segunda Revolución Industrial, el momento en que se introduce la máquina-herramienta, se produce la gran expansión de los nuevos métodos fabriles y tienen lugar, al compás de los tecnológicos, los grandes cambios sociales.18
La consolidación de los avances técnicos predispone al imaginario burgués a una suerte de reforma de la vida cotidiana que cobra vigencia en el establecimiento de un estado prolongado de paz y desarrollo tecnológico y científico. La inauguración el uno de mayo de 1851 de la Gran Exposición abrió una época de continuo bienestar; el Palacio de Cristal, centro visible de la Exposición, emblematiza la presencia ubicua del ideal burgués de uniformidad y avance socioeconómico; lo que se hizo extensivo al resto de Europa y, en un ambicioso proyecto, al resto de la humanidad.19 La Exposición permaneció abierta durante seis meses hasta el quince de octubre, y constituyó en palabras de Benet un templo de culto a los dos elementos medulares del orden de la burguesía decimonónica20:
La Exposición fue el templo donde se rindió culto a las deidades del momento: el trabajo y la paz, las dos panaceas capaces de conjurar todos los males de la sociedad industrial, a su vez articuladas por las dos filosofías -el cristianismo y el libre cambio- que en feliz conjunción podrían cubrir con sus soluciones todos los problemas espirituales y políticos.21
Sin embargo, estos dos pilares sobre los que se construyó la llamada paz del siglo son especialmente atacados desde los elementos más críticos de la sociedad.22 Crece así, en una proporción cada vez mayor según avanzan los años tras el ecuador del siglo XIX, el número de los llamados enemigos de la época que dedicaban sus esfuerzos a desestabilizar el orden impuesto por el progreso científico y económico responsables, según su criterio, de la mediocridad que minaba los cimientos de la burguesía del desarrollo. Ciertamente, se podría decir que la paz del siglo escondía una tensión dinámica que nació de la identificación de dos términos: progreso científico y progreso moral. Efectivamente, el avance científico y técnico que arrastró la Revolución Industrial caminaba a una velocidad distinta de las necesidades de los que no acertaban a encontrar un espacio en la distribución burguesa de poderes.23 Si bien una minoría accedía a lugares preeminentes en la disposición de la sociedad, la gran mayoría veía mermada tanto su capacidad de acción, como el ámbito de ubicación más allá de la frontera que la propia burguesía imponía para ello. Steiner acude a la creciente densidad en la experiencia humana para acotar una suerte de definición de la pasividad mórbida que se iba apoderando de los espíritus más avezados en la percepción de los procesos históricos y que iniciaban así un lento pero seguro estancamiento a partir de 1815. En su estudio sobre el ennui atribuye G. Steiner, precisamente, a éste la dicotomía que se estableció en la historia de Europa a partir de 1815. Es decir, a la colisión entre la nueva aceleración del tiempo, producto del futuro mesiánico que las visiones políticas utópicas24 construyeron, y el largo periodo de calma que siguió:
Lo que siguió fue, por supuesto, un largo período de reacción y calma. Según el propio idioma político que uno tenga, puede ver aquí ora un siglo de represión, ejercida por la burguesía que había aprovechado la Revolución Francesa y las extravagancias napoleónicas para obtener ventajas económicas, ora como cien años de gradualismo liberal y de orden civilizado.25
El aflojamiento de la tensión26, la incapacidad para una nueva renovación tras las guerras europeas y la euforia primera de los avances de la Revolución Industrial, es según Steiner, el origen de un corrosivo ennui propio de la nueva edad burguesa:
Para muchos que experimentaron personalmente el cambio, aquel aflojamiento de la tensión y aquel correr el telón sobre la mañana que apuntaba fueron profundamente decepcionantes. En aquellos años posteriores a Waterloo es donde debemos buscar las raíces del gran ennui que ya en época tan temprana como 1819 Schopenhauer definía como la enfermedad corrosiva de la nueva edad.27
Cualquier atisbo de revolución28, de cambio era la única alternativa a un tedio, el de la vida cotidiana, que desarrolla una incapacidad enfermiza y hasta narcisista para proseguir con el ritmo moroso de lo cotidiano; y que transforma al soldado napoleónico en un funcionario del sistema absorto tan sólo en la contemplación propia, despreocupándose del exterior a sí mismo. Un exterior que a su vez, había perdido ya el esplendor de la acción en el campo de batalla en favor de una continua inercia.
Una reserva de energías remanente29 quedaba, según Steiner, a merced de una nueva canalización de las fuerzas revolucionarias excedentes sin espacio concreto donde definir su constitución, esto es, en el que posibilitar una transformación o, más bien diríamos, una ocupación de la energía excedente; siendo así que ésta se disocia de la acción inherente al progreso revolucionario y comienza a modular la vertebración del ennui, en el que encuentra un campo receptivo de expansión.
Esta tensión que dinamizó la producción literaria de la segunda mitad del siglo XIX, fue según Steiner el punto de partida del desarrollo de la nostalgia del desastre que no sólo llevará al burgués a los grandes genocidios del siglo XX30, sino también a nuestro juicio, a un nuevo ámbito de exploración de la pulsión desterrada. Y ello sin menoscabo alguno del modo de ser burgués, al que fascinó sobremanera las nuevas construcciones patológicas31 a las que dedicaba la energía sustraída:
Los ideales románticos de amor, especialmente el acento puesto en el incesto, dramatizan la creencia de que el extremismo sexual, el cultivo de lo patológico puede restaurar la existencia personal a la plenitud de la realidad y negar de algún modo el grisáceo mundo de la clase media. Es lícito ver en el tema byroniano de la condenacióm por el amor prohibido y en el Liebestad wagneriano sustitutivos de aquellos perdidos peligros de la acción revolucionaria.32
Alfred de Musset en La confesión de un hijo del siglo atribuye al cultivo de la pasión frente a la racionalización de las primeras décadas del XIX, la condición deseante del hombre que en esas fechas no se resignaba al traje negro, ni a la visión reducida, estancada en los límites de la realidad constreñida del funcionario de la época:
Pero la juventud no se resignaba. Es indudable que se dan en el hombre dos potencias ocultas que luchan hasta la muerte. Una de ellas, clarividente y fría, se agarra a la realidad, la calibra, la sopesa y juzga el pasado. La otra está sedienta de porvenir y se lanza hacia lo desconocido. cuando la pasión arrastra al hombre, la razón le sigue llorando y advirtiéndole del peligro; pero, en cuanto aquél se ha detenido ante la voz de la razón, en cuanto se dice: "Es cierto, soy un loco, ¿dónde iba?", la pasión le grita: "¿Y yo, voy entonces a morir?".33
Atentos los más afortunados a la seducción del libertinaje34 y los menos a las grandes frases, como apunta Musset, un sentimiento corrosivo hizo presa en ellos alimentando la pasividad y declarando así tácitamente un frente abierto en el aparentemente homogéneo escenario burgués:
Un sentimiento de inexpresable malestar empezó, pues, a fermentar en todos los jóvenes corazones. Condenados a la inacción por los soberanos del orbe, entregados a patrones de toda especie, a la ociosidad y al tedio, los jóvenes vieron cómo se retiraban sus espumeantes olas contra las cuales habían dispuesto sus brazos. Todos aquellos gladiadores frotados con aceites sentían, en el fondo de su alma, una insoportable miseria. Los más adinerados optaron por el libertinaje. Quienes disfrutaban de una mediocre fortuna, tomaron estado resignándose al traje talar o a la espada. Los más pobres se lanzaron al entusiasmo en frío, a las grandes frases, al horrible mar de la acción sin norte.35
Es así que la representación de este estado de desesperanza que Musset nos describe, se presta a ser leída como una ficccionalización de la negación expresa inherente al ennui ofreciendo una versión desolada que nos devuelve a una negación de los valores que, si anteriormente constituían los pilares de la sociedad, son en esta época de Musset objeto tan sólo de burla36 por parte de aquellos que viven un tiempo vacío y monótono:
De este modo los jóvenes hallaban una forma de emplear la fuerza inactiva en la afectación del despecho. Burlarse de la gloria, de la religión, del amor, del mundo entero, constituye un no flaco consuelo para quienes no saben qué hacer. De ese modo se burla uno de sí mismo y, a la vez, se da la razón al espolearse. Aparte de que es dulce creerse desgraciado, cuando no se está sino vacío e irritado.37
Y es, naturalmente, en este momento cuando la imagen femenina confisca el arquetipo del ennui en tanto que al mismo tiempo cumple la figuración del ángel doméstico;38 indicio de una sociedad asentada en los principios que tanto Kuhn como Steiner confirman en la descripción del grand ennui. La domesticidad se convierte por lo que a la mujer se refiere en el símbolo de la estabilidad burguesa39, de la paz del siglo, y es así que ésta acoge en su ámbito la pasividad que al hombre se le impone en las nuevas profesiones a las que destina su empeño. Si el hombre es ya por la primera época del siglo XIX funcionario, la mujer es, fundamentalmente, la raíz misma del hogar burgués. La incapacidad de ésta es, sin embargo, seña de identidad frente a la potencialidad del hombre en el mundo de los negocios o del comercio. La feminidad40 comenzaba, pues, a delimitarse por entonces, a centrar sus propósitos en la definición de la misma mediante la expresa aceptación del modelo de una concepción particular de la vida burguesa doméstica. La casa burguesa41 emerge, de este modo, como el recinto exclusivo de la mujer que, vuelta sobre sí misma, se ve recluída en ella, haciendo de su encierro su morada física y también el interior de su única vida: la privada. Negada, encerrada, ocupada en el mantenimiento de una estructura social que comienza a serle ajena, la mujer burguesa revela la potencia vencida de la acción, del estímulo pulsional y pasa a representar, a emblematizar, en suma, el prototipo de la feminidad que será, en definitiva, a nuestro juicio, el arquetipo del ennui que se desliza en el texto literario de la figura masculina a la femenina.
En su importante estudio Nacimiento de la mujer burguesa Julia Varela regula mediante el dispositivo de feminización el mecanismo de expulsión de la mujer burguesa del recinto de poder, de la vida pública excluyente, ya que éste en el siglo XIX recluye a la mujer en el nuevo régimen de la interioridad:
El concepto de dispositivo de feminización que permite mostrar la articulación del nacimiento de la prostitución, con la institucionalización del matrimonio cristiano, con la expulsión de las mujeres burguesas de los recintos del saber académico legítimo, y con los programas de subjetivación que desarrollaron los humanistas para las mujeres del patriciado urbano pone de manifesto el nacimiento de un sistema de racionalización de la vida de las mujeres de determinadas clases sociales, allí donde la mayor parte de los historiadores positivistas únicamente han percibido campos diseminados e inconexos.42
La definición que Valera elabora del dispositivo de feminización nos acerca, pues, al concepto foucaltiano del juego de poderes en el que es preciso acudir a un proceso de carácter reflexivo de racionalización que permite comprender la formación de estrategias y tácticas de legitimación de una categoría nueva; la de la feminización, que, a nuestro juicio, encarna el concepto, analizado en mayor profundidad por la crítica, del ennui. Es en esta época, mediado ya el siglo XIX, precisamente el momento en que la categoría o el dispositivo de feminización se vincula, una vez recodificada por la moderna división que se estableció entre los espacios públicos y privados, a la categoría del ennui; adquiriendo así un estatus extramuros de la producción social de modo que la esfera de producción relega al exilio de las relaciones marginales toda manifestación ajena a la organización interna de la propia sociedad, inmersa ya en el modelo del incipiente capitalismo.43 El ennui, al igual que el recién estrenado dispositivo de feminización se sitúa, de este modo, en un terreno híbrido, a medio camino entre las relaciones de poder que lo problematizan y las posibilidades de exclusión del sistema burgués que éste propicia. La experiencia de resistencia que ambos dispositivos esencializan es consustancial a unos presupuestos implícitos de los que el estudio de Kuhn ya daba buena cuenta; y a través de los que la creciente inactividad, en la que se ve instalada la mujer burguesa, construye el dispositivo de feminización en la génesis misma del ennui. Es éste la única categoría capaz de hacer explícita la concepción de raíz burguesa de la nueva mujer que, representada en la inacción, amplía su anclaje en dicha categoría mediante el funcionamiento productivo de poderes y saberes concretos en la vida cotidiana.
En el inicio del modelo burgués, la mujer pierde la condición social que le es propia en otras épocas y minimiza su actividad pública, de modo que sólo dentro de la esfera privada encuentra un espacio propio.44 Erika Bornay argumenta a este respecto la última relación existente entre la pasividad del dispositivo de feminización y la emergencia del ennui al tiempo que ambas categorías se implican en un proceso más amplio de relaciones entre las diversas formas de subjetivización:
Pero, aun alcanzada esta "corona", nunca la mujer ha estado más ociosa, ha permanecido más pasiva y se ha visto más desprovista de responsabilidades de otro orden que no sea el referido al estricto espacio doméstico. El famoso ennui del decadente, aunque de otra calidad y procedencia, era el mismo que debieron sentir -y padecer- muchas de las esposas de la opulenta sociedad bienpensante del siglo.45
Serán, según Bornay, varias las representaciones que adquiere la categorización del dispositivo femenino, del inmutable Ella.46 Las artes plásticas se ocuparon largamente de la ociosidad de la mujer burguesa, del ennui destilado lentamente en la formación de su propia estructura, de su capacidad escasa para hallar los espacios de acción social y también del ennui que, como disposición dialéctica, construye junto a la categoría de la feminización una exploración última de la mujer tediosa, que desembocará a finales de siglo en el arquetipo literario de la femme fatale. Como señala B. Dijkstra47 la guerra contra la nueva mujer, contra el poder asocial de la femme fatale comienza a librarse en el discurso de la novela del siglo XIX. Es ésta una guerra asentada en el poder exacerbado, intimidador e invasor del dispositivo de sexualidad48, que junto a la categoría del ennui, se convierte en la instrumentalización social del dispositivo de feminización. La mujer inicia su andadura en el límite de los parámetros de la sociedad burguesa; iniciando así la presencia inquietante de la sexualidad intrusiva49, aniquiladora que, por via de la pulsión entrópica, vino a desequilibrar el sistema burgués de poderes que Foucault atomiza en su Historia de la sexualidad. Frente a la sistematización del orden burgués se configura subterráneamente un poder altamente corrosivo, afianzado en la estructura centrípeta de la esfera de la sexualidad. Éste hace arrancar del centro de la médula burguesa una redistribución de la categoría de lo femenino que amenaza los cimientos del pensamiento filosófico50, y que desde la mitad del siglo XIX hasta principios del XX acerca la noción masculinizante del etermo femenino a la creciente inseguridad de un elemento corruptor de las estructuras burguesas: la mujer creada y modulada en función de los principios del dispositivo del ennui.
Hemos llegado, pues, desde nuestro análisis de la creación y asentación en el siglo XIX del dispositivo de feminización reconducido en su propia estructura por el dispositivo de sexualidad y del ennui. De éste último hemos intentado desglosar una caracterización desde las varias perspectivas abordadas: la literaria en la génesis del discurso de Kuhn, la histórico-social de Steiner y la psicológica que más adelante desembocará en el concepto de abulia noventayochista.51 De todas ellas se ha de considerar, sobre todo a mi juicio, un aspecto necesariamente definitorio en el desarrollo del dispositivo de sexualidad decimonónico relacionado con el surgimiento del tedio52 que es, naturalmente, la dicotomía establecida, a partir de la creación del dispositivo de sexualidad, entre éste y el ennui. Ésta es una relación dialéctica y sustancialmente móvil que sitúa a ambas categorías en una suerte de ampliación de sus propias identidades.
Concebida la categoría pulsional como una pasión al margen de la configuración social burguesa, se sustrae en su desarrollo a la categoría del ennui. Ésta última híbrida, exiliada y en constante riesgo de disolución estimula, por tanto, la condición de misterio fantasmático de la desvertebración del orden burgués, y se diferenciará así de la melancolía en su pérdida última de ubicación no del objeto perdido, sino del propio espacio perdido. Un ámbito hurtado a la nueva mujer que sólo mantiene como suya la pulsión sexual entrópica a la que opone en un complejo juego de poderes establecidos y transgredidos, la monotonía de lo insignificante que es el ennui. Y que, sin embargo, debido a la complejidad de su constitución puede, al tiempo, establecer un poder de sublimación y catalización de lo excepcional que las representaciones burguesas normalizan en el dispositivo de feminización:
El aburrimiento es, en cierto modo, el más sublime de los sentimientos humanos. No es que yo crea que del examen de tal sentimiento nazcan aquellas consecuencias que muchos filósofos han extraído de él; sin embargo, el no poder estar satisfecho de ninguna cosa terrena, ni, por así decirlo, de la tierra entera; el considerar la inacalculable amplitud del espacio, el número y la mole maravillosa de los mundos, y encontrar que todo es poco y pequeño para la capacidad del propio ánimo; imaginarse el número de mundos infinitos, y el universo infinito, y sentir que nuestro ánimo y nuestros deseos son aún mayores que el mismo universo, y siempre acusar a las cosas de su insuficiencia y de su nulidad, y, padecer necesidades y vacío, y, aún así, aburrimiento, me parece el mayor signo de grandeza y de nobleza que se pueda ver en la naturaleza humana. Por eso el tedio es poco conocido por los hombres de escasa importancia y poquísimo o nada por los otros animales.53
Concluimos, de este modo, un nuevo acercamiento a la categoría del ennui realizada desde la aproximación del discurso de la novela del XIX al dispositivo de la sexualidad y de feminización. Se hace, pues, necesaria una exploración detallada de los complejos procesos de formación y desarrollo en la literatura de la segunda mitad del siglo XIX de la categoría del ennui que emblematiza la figura femenina en una nueva proyección a través de unas categorías, hasta ahora poco analizadas desde este punto de vista, como la del matrimonio, la pasividad femenina, el tiempo circular o la propia pulsión sexual.54 Es, de este modo, el siglo XIX el receptor de una emergente conceptualización del ennui arrancando del dispositivo sexual y anidando, hasta nuestra época, en la formación del moderno constructo de la imagen femenina.
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