El gusto estético en la sociedad postindustrial - Los gustos en la multiplicidad estética

5 - Los gustos en la multiplicidad estética

Artículo creado por Carlos Fajardo Fajardo. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero21/gusto_es.html
12 de Septiembre de 2006

Las sensibilidades alfabetizadas en un gusto turístico hipertextual, abordan las representaciones artísticas como espectadores estéticos multimediáticos, hechizados ante imágenes heterodoxas y fragmentadas. Este espectador del shock art, más que contemplador es un programador de la fugacidad de cortes instantáneos y lleva sus gustos a los extremos límites, estremecido por la sensibilidad del golpe y del efecto. Gusto extremo, compulsivo. No es el asombro hermenéutico ni lo sorprendente maravillado ante el misterio, sino la desfachatez y lo relajado lo que produce un gusto por los procesos-espectáculos. Sensibilidades del golpe, estupefactas frente a la maquinaria de imágenes audiovisuales. De la euforia por la imagen de la máquina, a la compulsión por la maquinaria de imágenes; de la idealización de la mímesis como representación del objeto (lo real presentado), a una metafísica de la des-realización de lo objetual a través de procesos multimediáticos (lo real virtualizado). El gusto por lo interesante y pintoresco, dado en la modernidad de aventura, se transforma en un gusto por lo chillón, lo escandaloso y estridente. Se goza del arte sí, pero con estrés sensible, convulsión y grito. A la sensibilidad no se le da tiempo de apreciar; se le golpea tanto hasta el punto que no puede ya sentir. El masoquismo es patético: infarto espiritual hasta el desfallecimiento; aceleración, máxima velocidad y placer en su agotamiento. He aquí los turistas estéticos, el arte jet, la farandularización de la vida.

Nos encontramos entonces con una sensibilidad mediada por lo tecno-económico y con nuevas formas de asumir los procesos de representación artística. Un sujeto con un gusto por lo lúdico extremo. Sensibilidad hedónica en el estruendo, identificada con la gama de variedades globalitarias. Estas sensibilidades se alimentan del calidoscopio estético que se ofrece en lo contemporáneo: estéticas del ornamento y del ocaso de los afectos; estéticas de los efectos publicitarios con sus objetos trans-estéticos; estéticas del acontecimiento, de happenings cotidianos y performances de frágil factura; estéticas del simulacro masivo: todos nos convertimos en comunicadores del show, podemos ser creadores; estéticas de la desfachatez, con una visión relajada, banal, del trabajo artístico; estéticas de la estandarización y de la repetición, con su fórmula de réplicas de prototipos en serie; estéticas del entusiasmo por la identificación y mismidad con la globalización totalitaria del mercado; estéticas turísticas y de zapping artístico, con la idea de consumir, usar y desechar los productos culturales en el menor tiempo posible; estéticas de la cibercultura, como arte del programador y de la multimedia telemática digital. Cada una de estas estéticas ha procesado estilos de vida y juicios de gustos dispersos y desterritorializados en lo local, pero a la vez unidos en lo global; gustos tanto colectivamente homogéneos como particulares en su movilidad permanente. El mercado mundial procede a homogeneizar la pulsión deseante de los sujetos (a todos se le impone el deber de ser ciudadanos consumidores), y a la vez diversifica los objetos de gusto (cada uno es “libre” de escoger individualmente los objetos ofrecidos en cantidad y variedad). Simulacro de libertad de juicio de gusto. Estandarización de los deseos de consumir y heterogeneidad para que se pueda llevar a buen término dichos deseos. El juicio de gusto cae prisionero en las redes de esta conflictiva ambigüedad. Multiplicidad y pluralidad no quieren decir, necesariamente, democracia y libre autodeterminación activa y crítica.

Estamos ante la crisis del “en sí” del arte moderno y de su finalidad sin fin kantianos. El mercado ha impuesto al arte un fin más secular: volverse mercancía. Se somete al gusto a un interés último y no a la “contemplación desinteresada” del idealismo estético ilustrado y de las vanguardias del siglo XX. Al asumir el arte la teleología de la mercancía, se une a la rentabilidad, a lo eficaz y eficiente, por lo que se espera de él “productos” y resultados concretos, es decir, condiciones sociales que lleven al éxito, y esto no es más que entrar al Spot de los famosos gracias a las transnacionales industrias de la cultura. Arte eficiente, efectivo y rentable. La mutación de las utopías vanguardistas es notable: “ya no puede soñarse como es debido con una Flor Azul” escribía Walter Benjamin refiriéndose a la imposibilidad de instaurar el ideal del romanticismo alemán y del poeta Novalis. Se ha puesto en acción un arte dirigido, administrado, planeado por las industrias culturales que requieren no de resistencias ni de rupturas, sino de productos vendibles, prácticos, eficaces. Arte diseñado para ciertos gustos turísticos, alfabetizados en la sociedad de los hombres de negocios y del relajamiento crítico.

Los cambios en la teleología del arte han instrumentalizado el gusto y practicado una forma de funcionalismo observado en la estética del acontecimiento publicitario; una finalidad con fin: el consumo de la mercancía artística, golpe bajo a la finalidad sin fin kantiana. Las industrias culturales, al diseñar, dirigir y planear tanto al arte como a los juicios de gusto, ejercen un control social de vigilancia que le resta al arte toda fuerza contestataria. Primacía de lo administrativo y del mundo planificado sobre aquello que se le oponga, por lo que se busca un arte conformista, sólo como artículo de esparcimiento. Pretensión totalitaria global que resigna a los artistas y a sus receptores a una ideología efectista o a un nihilismo masivo realizado. Conciliación o muerte. Identidad o desaparición de la pasarela que propone éxito y fama.

Gusto por los artefactos artísticos y objetos tecnificados de funcionalismo ornamental. He aquí lo que consiguió unir la posindustrialización: un arte como decoración, adorno, ornamento complaciente, divertido, relajante (lo kitsch, el Arte Deco, lo light, lo interesante, lo pintoresco) que cumple la función de lo eficiente en una sociedad asaltada por la rentabilidad pragmática (lo sublime del mercado), lo que da como resultado la estetización de la vida cotidiana. Contemplación interesada: funcionalismo del arte unido al formalismo del mismo. Milagro de las posindustrias culturales; gusto por el funcionalismo ornamental estético y cambio en el valor de uso que adquiere el arte.

1 opinión

Gracias.

Muy interesante análisis, muy útil al momento de intentar comprender esta vorágine de datos, esta multiplicidad de caminos estéticos, todos uno (y encima mediocre!)para elegir (se puede?)... Confundidos seguiremos, parece. Lo único, del texto, que objeto es su complejidad, yo lo disfruté, no todos lo harán. Gracias por intentar aclarar.

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