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El habitante y su esperanza, más allá del Surrealismo - Sobre "El Habitante Y Su Esperanza" (1926), de Pablo Neruda

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08 de Octubre de 2006
Historia de la literaturaPoesía

Del cruce de lecturas suelen brotar interrogantes que, a menudo, nos hacen regresar a antiguos temas de análisis apenas esbozados por la crítica. Es éste el origen de mis comentarios.


Unos cuantos renglones de un ensayo de Carlos Rincón1 me llevaron a plantear cuestiones significativas acerca de las relaciones que se forjaron, en el proyecto creador hispanoamericano de comienzos del siglo XX, entre el contexto histórico-literario y la imagen de su lector posible. Publicado por primera vez a fines de la década del ´70, el texto de Rincón refleja la tendencia de época hacia la valoración analítica de los mecanismos del sistema comunicativo que vendrían a conformar el objeto de estudio de la estética de la recepción. Empieza por señalar que es la relación dialéctica entre su producción y recepción, históricamente determinadas, lo que torna la literatura en un hecho ideológico. El significado histórico de un texto -añade- “depende de la relación mutua entre dos sistemas de referencias: el de su génesis y aquel en que hoy es leído y ejerce su efecto” (p. 41-42). El real punto de interés del autor es subrayar el cambio de actitud crítica que juzga necesario frente al ensanchamiento del horizonte de experiencias estéticas obrado en la literatura latinoamericana desde hace la década del ´40, aproximadamente. Traspasar los límites interpretativos de la lectura inicial, el “inventario de capas semánticas descubiertas o hechas visibles en ese primer encuentro”, constituiría la postura-clave, imprescindible, de la nueva crítica.

Como prueba de que a partir de la transformación del código de normas estéticas se produce un cambio de perspectiva del pasado histórico-literario, Rincón alude a la estructura sintáctica de El Habitante Y Su Esperanza (1926), de Pablo Neruda, que le valió a la obra el calificativo marginal, ya en la época de su publicación, al relacionarla los críticos con la totalidad de la producción nerudiana hasta entonces conocida. Según Rincón, la transformación del sistema comunicativo mediante el traslado del fenómeno de no-coherencia al nivel de la gramática del discurso, fue, en esta novela corta de Neruda, un elemento ajeno a la situación histórica que condicionó el momento de su aparición, diluyéndose, en consecuencia, su carácter novedoso. El Habitante Y Su Esperanza transpuso los lindes de la marginalidad -agrega el autor- a medida que el curso del proceso histórico en que la poesía de Neruda tomó significación mundial asistió al nacimiento de una nueva prosa literaria en el continente.

Sin embargo, las restricciones temáticas del texto de Rincón no le permiten avanzar la discusión. El aspecto más importante de su comentario, lo relega el crítico justamente cuando parece enseñarnos un camino seguro hacia la comprensión del contexto en el cual se produjo esta obra nerudiana. Dos polémicas parcialmente esbozadas resultan de la breve mención a El Habitante Y Su Esperanza: hasta qué punto la situación histórico-literaria de Chile, en los años ´20 (época de represión política y, a la vez, de eclosión de una conciencia popular), contribuyó a la formación de un anhelo creador predispuesto a reaccionar a las experimentaciones estéticas foráneas en el cierne de la tradición narrativa del país; en qué consistió, de hecho, la relación dialéctica causadora del presunto desplazamiento de dicha obra respecto a las vanguardias.

Una breve ojeada por sobre la producción literaria de Chile en el período inmediatamente anterior sería suficiente como para trazarnos el perfil estructural y contextual de lo que podría designarse la “nueva” narrativa breve del début de siglo, nacida aún bajo el signo de la dramaticidad de rasgos romántico-realistas conflictivos, pero ya entonces mezclada al ímpetu crítico de cuño socialista, como en el caso de Baldomero Lilo, Guillermo Labarca y Eduardo Barrios. El elemento común a esta primera generación de cuentistas (desproporcionada, por supuesto, en cuanto a la intensidad y constancia del quehacer ficcional de sus integrantes) es el diseño de una psicología paisajística, que alcanzaría su expresión quizá más densa en el estilo de Mariano Latorre, quien propuso insertar la imagen de la tierra en la literatura chilena sin el menoscabo del personaje. El agravamiento de los problemas sociales en la década del ´20 erigió un escenario propicio a la manifestación de esta tradición narrativa, dividida entre el enfrentamiento agónico con el habitat y la tentativa de conciliación armónica entre el individuo y su entorno geocultural. La subordinación del lenguaje a las limitaciones formales y temáticas que acompañaban tal tendencia sería, pues, fenómeno inevitable.

Cuando Neruda proclamó el comprometimiento de la literatura con su momento histórico, aludía a la actitud creadora visceral que trasciende tiempo y espacio en signos de vida universales. De manera innovadora, la estética nerudiana alteró la representación simbólica de las relaciones individuo-ambiente, inaugurada con los cuentos y novelas de Augusto D´Halmar. El contexto cultural en el cual se desarrolló la narrativa breve chilena a principios del siglo XX no favoreció el paroxismo técnico de las vanguardias más radicales, de ahí el hecho de que no se logre identificar, entre los cultores del género, expresiones de vigoroso designio renovador, como fueron, en poesía, las obras de Vicente Huidobro, Pablo de Rokha y del mismo Neruda.

En el texto de Rincón, el aspecto polémico oriundo de este primer enfoque parece firmarse a partir del cotejo entre El Habitante Y Su Esperanza y Le Paysan De Paris, de Louis Aragon, narrativas cuya presunta identidad estética se reduce más bien a la cronología de su publicación, coetáneas que fueron, desde luego. De la cuestión sintáctica, Rincón se lanza, de un salto, a identificar en la obra de Neruda una imaginería “que hoy nos resulta surreal” pero que, al contrario del merveilleux quotidien surrealista, no se desvincula de la naturaleza, puesto que las imágenes no tienden “a hacerse autónomas […] sino que actúan a modo de núcleos significantes” (p. 42).

Ahora bien, la diferencia fundamental entre los dos textos habría que buscarla, en primer lugar, en el subtítulo de la obra de Aragon: Préface a une mythologie moderne2. Le Paysan De Paris se construye a partir de la contestación al gran equívoco existencial, de fundamento cartesiano, que desvirtuó el pensamiento y las acciones del hombre occidental durante cuatro siglos: la fe en la realidad de la certidumbre. El sofisma de la evidencia, como lo designó Aragon, fue responsable por el surgimiento de la falsa idea de ruptura entre razón e imaginación, instaurando la delusoria creencia en la dualidad del hombre. El eje temático de Le Paysan De Paris es la afirmación de la imposibilidad de una visión dicotómica que separe el conocimiento racional del conocimiento sensible, con lo que propone el autor la legitimación de lo insólito como parte integrante de una cierta inestabilidad consciente, el merveilleux quotidien en tanto que ciencia de la vida, una región indefinida, a medias entre la razón y el ensueño.

Para Aragon, la cosmópolis es el espacio donde fuerzas antagónicas pugnan por lograr la hegemonía -de un lado, la escisión interior heredada del racionalismo; del otro, la existencia en los límites de lo desconocido y de la aventura-, pero donde reina, por fin, la imaginación, en su facultad trascendente. La duda acerca del origen cristiano del vocablo desencadena una crítica a la ilusión de realidad que se derivó de la cristalización del término a partir de la connotación de simulacro, de engaño de los sentidos, postulada por la filosofía tomista. Según Aragon, la imaginación sí es incertidumbre, positiva y fecunda, porque no resulta de la inteligencia.

Pero es importante recordar la crítica del mismo Aragon tanto al terrorismo dada como al vicio surrealista, ambos merecedores del epíteto anarquía epidémica. Frente al surrealismo, sobre todo, no se ahorró críticas alusivas al empleo desorbitado de las imágenes, provocadas sin control -a su parecer-, de modo apasionado y estupefaciente. Aunque la disidencia de Aragon lo llevó a cuestionar la arbitrariedad del lenguaje surrealista, su Paysan De Paris no se distingue claramente de las demás obras del grupo surgidas a mediados de la década del ´20, cuando Breton defendía lo insólito en la construcción imagística como expresión espontánea de la facultad de invención verbal. Ubicándose en el centro de las polémicas, Aragon la vió como el estertor de una estética nacida, a comienzos del siglo XX, a la par con el desarrollo técnico-tecnológico: lo trágico moderno.

La discusión sobre la influencia del estilo de Aragon en El Habitante Y Su Esperanza sólo se justifica, inicialmente, si observados los comentarios de la sección intermedia de Le Paysan De Paris en la cual se busca exponer el sentimiento de la naturaleza desde la perspectiva de la concepción mítica del mundo moderno. Excluyendo de sus consideraciones el sentido filosófico de la expresión, Aragon concentra su interés en la dimensión estética de la palabra naturaleza, es decir, la representación de un mundo exterior, de creaciones humanas, al cual siempre se opuso un correlato divino, distinto, superior y ajeno. En el mundo moderno, la exigencia de un nuevo conocimiento mítico acaba por eliminar este sentido partitivo, diluyendo los límites que, según Aragon, uno cree falsamente descubrir a través de los mecanismos de la conciencia. Naturaleza e inconsciente habitan, ahora, un mismo lugar, son un mismo lugar, donde la experiencia sensible adquiere un sentido liminar y, por ello mismo, mítico.

El Habitante Y Su Esperanza parece obedecer al mismo principio de ubicuidad perceptiva, pero no cabe afirmar que la construcción discursiva de esta obra se sostiene primordialmente sobre una base de no-coherencia. En primer lugar porque, en Neruda, la representación de la experiencia existencial se manifiesta en signos de un orden cultural diverso, donde la definición de naturaleza no pertenece al vocabulario del cotidiano urbano asignado por los surrealistas. La red de imágenes que configura la idea de una inmovilidad viviente -leitmotiv que atraviesa la poesía nerudiana en todas sus etapas- tiene sus raíces en la primera Residencia3 y confirma la temprana determinación de cambiar el tratamiento simbólico de los temas de la tierra sin menospreciar la importancia que se les adjudicaba en la tradición literaria chilena ni tampoco ignorar las nuevas posibilidades expresivas anunciadas por las vanguardias.

Sin embargo, si la temática de la obra, caracterizada por la identidad casi osmótica que comparten hombre y naturaleza, remite indubitablemente a la primera Residencia, lo mismo no se puede decir de su estructura lingüística, compuesta más bien de comparaciones que de metáforas y exenta de grandes lagunas semánticas. El despliegue narrativo en quince cuadros de relativa autonomía no fragmenta al texto, sino que le confiere una constitución de ritmo cambiante, aunque regulado por la óptica integradora del narrador, también actor y exegeta de su propia historia. Todo un conjunto de fuerzas condicionantes desafía al protagonista a aceptar la armonía inestable como motor de la existencia humana, envolviéndole en una circularidad abrumadora:

He estado muchas veces solo en mi vivienda mientras el temporal azota la costa. Estoy tranquilo porque no tengo temor de la muerte, ni pasiones, pero me gusta ver la mañana que casi siempre surge limpia y reluciendo. […] Una especie de fuerza de esperanza se pone en mi manera de vivir aquel día, una manera superior a la indolencia, exactamente superior a mi indolencia. (EHYSE, I, p. 9)4


Ahora estoy acodado frente a la ventana, y una gran tristeza empaña los vidrios. Qué es esto? Dónde estuve? He aquí que de esta casa silenciosa brota también el olor del mar, como saliendo de una gran valva oceánica, y donde estoy inmóvil.

Es hora, porque la soledad comienza a poblarse de monstruos; la noche titila en una punta de colores caídos, desiertos, y el alba saca llorando los ojos del agua. (EHYSE, XV, p. 26)


Ni ruptura ostensiva de la estructura sintáctica, ni retórica impactante. La fuerza expresiva de la obra radica en su dimensión simbólica, cuyos elementos constitutivos evocan la convivencia entrañable del paisano y su provincia natal, a la vez que sugieren, a partir de este mismo enlace, un dilema irresoluble. Una única imagen, al comienzo de la narrativa -“Los cuatro caballos son negros con la luz nocturna y descansan echados a la orilla del agua como los países en el mapa.” (EHYSE, III, p. 10)- resume con perfección el múltiple sentimiento de arraigo, olvido y soledad que los mantiene a todos atrapados en la red de contingencias, y sobre el cual reflexiona el protagonista con ecos nietzscheanos.


Es difícil leer El Habitante Y Su Esperanza sin allí captar resonancias éticas y estéticas de El Viajero Y Su Sombra5. Las dos obras comparten, en su dimensión moral, la misma voluntad de lo trágico con la cual se alcanza “una independencia en medio de toda clase de desgracias exteriores” (EVYSS, p. 15) y se asume al destino en cuanto creación de una voluntad generadora. Estéticamente, ambas crean un lenguaje de ermitaño, el que sólo entienden “los más silenciosos y sufridos” (EVYSS, p. 16), para dar voz a la conciencia entre la luz y las tinieblas.6 Los aforismos nietzscheanos son aserciones que en su rol filosófico de señalar los caminos hacia un nuevo optimismo minimizan la duda, rechazando el diálogo como instrumento de investigación dialéctica. La sensibilidad que Neruda concede a su personaje, “pobre habitante perdido en la sala de una esperanza que nunca se supo limitar”, se nutre, a su vez, de la duda permanente, de la indagación monológica, en su afán por conocer los secretos de una “verdadera, ignorada vida secreta”:


A veces, cuando el aburrimiento es demasiado grande, este destierro me parece muy amargo. Pero, qué es lo que hay detrás del límite de este pueblo? Qué placeres marcan los itinerarios que no conozco? Qué sorpresa de imprevista ráfaga marcan los acontecimientos sucedidos en la distancia? […]

Bueno, esto debe tener algún fin. O tal vez, éste es el fin. (EHYSE, XIII, p. 22)


Os debo contar mi aventura, a vosotros los que por completo conocéis el secreto de las noches y os alimentáis de ese misterio, a vosotros los desinteresados vigilantes que tenéis los ojos abiertos en la puerta de los túneles, allí donde una luz roja parpadea el peligro, y gusanos de luz verde cruzan su vientre, a vosotros los que conocéis el destino de la vigilia y que en el mar, en el desierto, en el destierro, veis nacer y crecer las grandes mariposas de las de trapo que brotan del sueño incompartible, a vosotros los pescadores, poetas, panaderos, guardianes de faro, y a los que, demasiado celosos por guardar una inquietud, conocen el riesgo de haber estado una sola vez siquiera frente a lo indescifrable. (EHYSE, XV, p. 24)

En el Prólogo de la primera edición de El Habitante Y Su Esperanza, cuya supresión posterior comprometió en cierto modo la justa evaluación de la obra, el poeta chileno declara su afición a la vida de la gente intranquila e insatisfecha, sean artistas o criminales7. Dicho posicionamiento frente a los temas sacados del mundo real conlleva la necesidad de encontrar el equilibrio entre imaginación y experiencia, sin el cual se arriesga el escritor a subordinar su obra al juego mimético de los realismos o a subvertirla en busca de inusitadas analogías figurativas. Este punto de intersección, sobre el que Neruda discurrió en sus variadas etapas creadoras -“Os amo idealismo y realismo / como agua y piedra / sois / partes del mundo, / luz y raíz del árbol de la vida”8-, es también el lugar que ocupa su lector posible, más allá de cualquier condicionamiento estético. Hasta en su período considerado más profético (y no menos épico, por la exaltación de un anonimato heroico), la obra nerudiana no dejó de admitir cuán lejos puede ubicarse esta mirada ideal: “Escribo para el pueblo, aunque no pueda / leer mi poesía con sus ojos rurales.”9.

Nietzsche definió El Viajero Y Su Sombra como una lucha penosa y paciente contra la inclinación romántica a transformar “unas cuantas experiencias personales en juicios universales, amplificándolas hasta querer condenar al mundo…” (EVYSS, p. 15-16), actitud no muy distinta de la del poeta chileno, no obstante su concepto dramático de la vida, el cual debe entenderse, a la verdad, como un imperioso anhelo de con-moverse a través de las grandes ideas que, en literatura, fomentan “grandes vacilaciones y dudas” (Prólogos, p. 16). La rara e inesperada coexistencia de lirismo y sondeo psicológico -interrogante, sotto voce10, sobre los lindes de lo filosófico y lo poético- hizo que se vieran las dos obras como puntos muertos en el conjunto de la producción intelectual de sus autores. Situación que paradójicamente perdura, en el caso de Neruda sobre todo, más de medio siglo después del surgimiento de una “nueva prosa literaria en el continente”.

Si por instantes pensamos, como Nietzsche, que un libro, al igual que las acciones humanas más comunes, es una fracción de movimiento destinado a encerrarse y eternizarse en la cadena vital de lo que existe -como un insecto en el ámbar11-, nos daremos cuenta de que El Habitante Y Su Esperanza completó su ciclo. Aún le toca a la crítica desentrañar, en delicada labor arqueológica, su significado y valor más profundos.

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