Con casi dieciséis años, y luego de sucesivas estancias en Barranquilla y Sucre, García Márquez consigue una beca para realizar su bachillerato en Zipaquirá. La misma pequeña y fría ciudad de “decrépitos balcones de maderas destripadas por los hongos” (pág. 322) en donde Aureliano Segundo “se extravió por desfiladeros de niebla, por tiempos reservados al olvido, por laberintos de desilusión” (pág. 322). En ese “páramo amarillo donde el eco repetía los pensamientos y la ansiedad provocaba espejismos premonitorios”(pág. 322), el novelista conoció de cerca el desamparo, pero al mismo tiempo, tuvo acceso a la diversidad cultural del país. “La inconfundible dicción del páramo” (pág. 322) no significó simplemente una manera distinta de apropiación de la lengua, sino que, sobre todo, fue la revelación inequívoca de un modo distinto de percibir la realidad, de conformar el pensamiento, de estructurar la sociedad y de construir una identidad cultural.
“Creo que en Zipaquirá lo importante fue la confrontación de culturas con el resto del país, no sólo con el interior. Creo que, al final, la gran suerte que tuve fue que me enviaran al Liceo Nacional de Zipaquirá porque era el internado de todos los pobres becados del país. Yo recuerdo haberme peleado por el San Bartolomé de Bogotá, pero ahí no había nada que hacer: era el colegio de las grandes recomendaciones, de las grandes familias del país, de los políticos. Entonces me enviaron para Zipaquirá ,que era el siguiente y que era mucho mejor. Todo lo que aprendí se lo debo al bachillerato”24.
De otra parte, el régimen conventual fue muy propicio para el desarrollo de su formación literaria. Allí, estimulado por el maestro Calderón Hermida, leyó en la biblioteca del colegio mucha literatura colombiana y universal. Conoció entonces la poesía piedracielista25, que se convirtió pronto en su pasión dominante. De igual modo, se acercó a La montaña mágica, El conde de Montecristo, Los tres mosqueteros, Madame Bovary, y un libro a todas luces fundamental: Las Profecías, de Nostradamus. De esta época fructífera en lecturas, mediados de la década del 40, son también sus primeros poemas y cuentos propiamente dichos, y sus pinitos periodísticos en la Gaceta Literaria del Liceo.
Una vez finalizado el bachillerato, García Márquez inicia, en la Universidad Nacional de Colombia, la carrera de Derecho. No obstante, a raíz de los hechos del 9 de abril de 194826, se ve obligado a regresar a la costa. Este hecho es fundamental para el habitus del novelista, toda vez que supone una transformación sustancial en su concepción literaria. Se dio cuenta, por primera vez, de “que podía haber correspondencia entre lo que estaba leyendo y lo que estaba viviendo y lo que había vivido siempre”27. La temporada de Cartagena le dio la oportunidad de conocer a personas definitivas en su aprendizaje literario, entre éstos, el poeta y pintor -luego novelista- Héctor Rojas Herazo, Gustavo Ibarra Merlano, profundo conocedor de los Clásicos, y Clemente Manuel Zabala, lector de literatura francesa y jefe de redacción de El Universal, diario para el que García Márquez prestaba sus servicios. El encuentro de García Márquez y Rojas Herazo resultaba de vital importancia, ya que ambos andaban en lo mismo: Tratando de elaborar un sistema poético que les permitiera interpretar lo que los rodeaba.
En Barranquilla, la cosa resultó aún mejor. Al lado del también escritor Álvaro Cepeda Samudio, los pintores Alejandro Obregón y Orlando Rivera, Germán Vargas, Alfonso Fuenmayor, el catalán Ramón Vinyes y José Felix Fuenmayor, conformó lo que se ha dado en llamar el Grupo de Barranquilla o, como prefiere García Márquez, “los mamadores de gallo de La Cueva”.
Aparte del reencuentro con el Caribe, de por sí ya muy importante, estas dos épocas, en Cartagena y en Barranquilla, se caracterizaron por la lectura de mucha literatura, tanto clásica como norteamericana y europea. De igual modo, el ejercicio periodístico en El Universal y El Heraldo le sirvió para poner en práctica todo los recursos técnicos que iba adquiriendo a través de la lectura. No es coincidencial, entonces, que La hojarasca, su primera novela, sea precisamente de esa época.
Si bien es indudable la importancia que tuvo el periodismo en la consolidación literaria de García Márquez , no es menos cierto que la visión del nuevo periodismo, heredada de Hemingway, es mucho más determinante en novelas como El coronel no tiene quien le escriba, y menos en una obra como Cien años de soledad. Sin embargo, estoy convencido de que los siguientes factores sí resultan relevantes en la estructuración del habitus que habría de desembocar en la toma de posición que se lee en Cien años de soledad: Europa y el cine.