



Ni hablar de salvación: es el más odioso de los subterfugios. G. Bataille20
El empeño fundamental de Georges Bataille ha sido, ante todo, pensar lo humano — pero sin darle gusto, sin desdibujar o difuminar la turbia frontera que separa al es del debe. En tal sentido, Bataille concibe Los ciento veinte días de Sodoma del Marqués de Sade como el único libro ante el cual “el espíritu del hombre está a la medida de lo que es”21. Es menester un saber de lo humano que sepa no detenerse ante los aspectos del hombre que “naturalmente” repugnarían al saber. Con y contra Hegel, se trata menos de alcanzar un saber absoluto y auto-transparente que un saber de la opacidad de todo saber.
Pensar lo humano en lo que éste tiene de irrecuperable, en lo que en él hay de negatividad
perdida, de negatividad renuente a toda positivación: de negatividad estéril. “Sin escrúpulos —sin pensadas prohibiciones que observar—, no seríamos seres humanos. Pero tampoco sabríamos observar siempre esas prohibiciones —si a veces no tuviéramos el coraje de quebrantarlas, no tendríamos ya salida—. (...) no seríamos humanos si nunca hubiéramos mentido, si, ni una sola vez, hubiéramos tenido ánimo para ser injustos. (...) En la idea de la virilidad se mezcla siempre la imagen del hombre que, dentro de sus límites, a sabiendas, pero sin miedo y sin pensarlo, sabe situarse fuera de las leyes”22. El hombre: constitución y transgresión del sentido. Instauración del orden — y permanente puesta en entredicho de todo orden.
Si lo humano es negatividad, es decir, rechazo, contraposición, represión, alteración, destrucción de lo dado, su impulso no se circunscribe a la actividad subordinada a un proyecto. El hombre es también eso que la razón excluye, eso que la necesidad prohibe, eso que el sentido intercepta o pone a su servicio. Pensar lo humano en su constitutiva ambigüedad, en su duplicidad, en su escisión ontológica, conduce a Bataille a leer en el despliegue de la civilización occidental una doble estrategia de extirpación y de domesticación del componente transgresor de los individuos y de las colectividades. Occidente o la violencia transformada en espectáculo. Occidente como síntoma. La
locura que acompaña al intento de racionalizar íntegramente la existencia, la insensatez de proponer un sentido que la justifique sin restos, el espejismo de imponerle una verdad sin sombra. Una negatividad sin empleo, una dialéctica sin totalización, un proceso sin término. Bataille es lanzado al torbellino hegeliano porque su sistema representa el extremo de la inteligencia positiva23. En ese extremo, toda negatividad es reciclada, toda dialéctica detenida en su momentánea —e ilusoria— conciliación con lo inconmensurable, todo proceso llevado a su —natural— desembocadura en la entropía.
Pero la apuesta es justamente la de no zanjar entre la muerte y la vida, entre la naturaleza y
el espíritu, entre lo animal y lo humano. Se trata de una recuperación sin reconciliación (y sin redención).
Si ya el homo sapiens pecaba de arrogante optimismo (sueña que el escapar del sueño y de la muerte es lo que salva), el novísimamente arcaico homo religiosus es todavía más optimista: sabe que sueño y saber son condición de toda redención. La escritura de Bataille, en cambio, se limita a tremolar, a oscilar entre lo sagrado y lo profano, suspendida en ese entre que en cuanto punto de ebullición es lo más propio del hombre24.
¿Qué es entonces “lo propio” del hombre? Lo propio del hombre no es más que la conciencia de todo aquello capaz de sacarle de quicio. “Detrás de la racionalidad humana está la conciencia y la angustia de la muerte”25. La razón es la negación de la muerte — pero, por lo mismo, de la vida, o de una dimensión fundamental de la vida, pues ¿qué es, a fin de cuentas, la “naturaleza” sino nacer, morir? El trabajo del concepto, diríase en registro hegeliano, consiste en sobreponerse al miedo a la muerte — pero al precio de depreciar, de devaluar la vida. Por el trabajo, el hombre se arranca a la inocencia de la inmanencia; gracias a ello sobrevive, pero también gracias a ello se condena: un superviviente que se ha convertido en esclavo de lo que le ha permitido aplazar la muerte. Mediante el trabajo y la razón, el hombre emerge de la animalidad — pero ese lado maldito que es también él
mismo no desaparece simplemente. En una dialéctica sin remisión26, lo reprimido retorna eternamente, sin curación en el horizonte.
Lo propio del hombre es entonces estar permanente e irremisiblemente rajado, escindido entre el cosmos que su lenguaje, su trabajo y su razón instituyen y el caos del cual dificultosa y traumáticamente emerge pero de donde extrae toda su fuerza; entre la necesidad de lo profano y la gratuidad de lo sagrado; entre la trascendencia ingenua y la inmanencia inocente; entre la servidumbre y la soberanía27. Bataille sabe que el animal humano es antes que nada un animal, un animal que sabe que muere y que sólo puede negar la muerte negando lo que es. El hombre instituye — para transgredir; y transgrede — para instituir.
Fisura irrellenable, hendidura constitutiva: por ella y a través de ella emerge una naturaleza
humana que es negación de la naturaleza — y negación de la negación. Se asegura la vida para perderla, se pierde la propia vida para redimirla de toda redención. Entre la autoconservación y el sacrificio: eso es cada ser humano, emergencia sin sentido — y retorno sin salvación. La naturaleza humana no es ni “científicamente” sapiens ni “graciosamente” religiosa: para Bataille, no es más que voluntad de suerte, puesta en juego. No es NADA: “No quiero perder de vista lo principal. Lo principal es siempre lo mismo: la soberanía no es NADA”28.
¿Nihilismo? La soberanía es esa nada que permite que las cosas, en su insignificancia frente al Todo, simplemente respiren. No es una voluntad de nada; en todo caso, la soberanía es en Bataille el nombre de la generosidad. Si el poder está regido por la lógica de la adquisición, la soberanía lo está por la de la donación29. El lado reprimido, la parte maldita del ser humano retorna siempre como pérdida, como desfondamiento, como expulsión de lo acumulado: como efusión erótica, como sacrificio ritual, como obra de arte... ¡y también como mera excreción! En vez de ser siervo de una presunta voluntad de nada, de una voluntad de muerte, Bataille se deja dominar por la certidumbre de que la vida consiste en “aprender a liberarse del pavor de la desaparición”30. En todo caso, el pensamiento —
la escritura— está allí para permitir que la angustia se transfigure en delicia31.
Para Bataille, y será fácil advertir en este punto su resonancia con Heidegger, el ser humano
es menos una esencia que una imposibilidad: una tensión sin (re)solución. No hay más naturaleza humana que la negación de la naturaleza, que es, a su vez, el único soporte de lo humano: “El hombre es el ser que ha perdido, e incluso rechazado, lo que es oscuramente, intimidad indistinta. La conciencia no habría podido llegar a ser clara a la larga si no se hubiera apartado de sus contenidos molestos, pero la conciencia clara está por su parte a la búsqueda de lo que ella misma ha perdido, y a medida que se acerca a ello, debe perderlo de nuevo. Entiéndase esto bien, lo que ha perdido no está fuera de ella, es de la oscura intimidad de la conciencia misma de lo que la conciencia clara de los objetos se aparta”32.
¿Reconoceremos residuos metafísicos en esta confusa nostalgia de la totalidad y del origen
—perdidos? ¿Es el deseo de (lo) imposible la condición de posibilidad de la metafísica, o, por el contrario, aquello que, a fin de cuentas y por todos los desvíos imaginables, la torna indeseable? ¿De qué manera escapar a los embrujos del humanismo bien-pensante y siempre bienintencionado, siempre dispuesto a vendernos una imagen “positiva” y “edificante” de nosotros mismos? Nada está decidido, pero parece imprescindible atreverse a pensar aquello que nos repugna, lo que nos aterra — y que, en la misma medida, nos fascina. Abrirse a lo que ha sido, por mor de la civilización del género, proscrito y excluido. En una palabra: atreverse a pensar el Mal.
Próximo a Heidegger, Bataille no emprende sin embargo su misma andadura. En cierto sentido, se trata de lo mismo: suspender —para el pensamiento, para la vida— la fuerza omnímoda de la jaula de hierro. Quebrar la dura cáscara del sujeto —técnico, político, económico, moral— de la empresa moderna. Pero, en lugar de hacer una crítica inmanente de la metafísica, Bataille intenta remontar, more genealogico, el complejo proceso de racionalización ética que asegura la sumisión de los individuos al proyecto moderno. Intenta, en suma, acaso como todo el pensamiento contemporáneo, abrirse a lo sagrado.
20 La experiencia interior, Taurus, Madrid, trad. F. Savater, 1971, p. 22
21 Cfr. La literatura y el mal, Taurus, trad. L. Munárriz, Madrid, 1971, p. 156. Aquí también remito a La fuga de lo inmediato, o. c., cap. VII, sección II.
22 Ibíd., pp. 167 y 168
23 G. Bataille, La experiencia interior, Taurus, Madrid, trad. F. Savater, p. 118
24 G. Bataille, La parte maldita, Icaria, Barcelona, 1987, trad. F. Muñoz de Escalona, p. 48
25 Antonio Campillo, “Introducción. El amor de un ser mortal”, en G. Bataille, Lo que entiendo por soberanía, Paidós I.C.E/U.A.B., Barcelona, 1996, trad. P. Sánchez Orozco y A. Campillo, p. 19
26
Cfr. Jacques Derrida, “De la economía restringida a la economía general. Un hegelianismo sin reservas”, La escritura y la diferencia, Anthropos, Barcelona, 1987, trad. P. Peñalver, pp. 344-38227 Cfr. A. Campillo, Ibid., p. 41
28 G. Bataille, Lo que entiendo por soberanía... o. c., p. 131
29 Ibid., p. 39
30 Vid. José Luis Rodríguez García, Verdad y escritura... o. c., p. 171
31 G. Bataille, La experiencia interior, o. c., p. 43
32 Ibid., p. 60
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