



Me doy perfecta cuenta de que hablar en favor del humanismo es algo que sin remedio ha de esperarse de alguien que obtiene íntegramente sus medios de subsistencia gracias a semejante tipo de prácticas y de discursos. Un antropólogo que por su interés en los fenómenos religiosos y estéticos desembocó en las mezcladas y turbias aguas de la filosofía, ¿podría decir que no a la supervivencia de todo eso que podemos conceder que caracteriza a la cultura humanista o al saber humanístico?
Tampoco habría de esperarse, por el contrario, una mera recusación. Constatemos que la filosofía nunca zanja: sólo contribuye, cuando puede, y cuando es escuchada, a delinear, según su entender y decir, los términos del debate.
Porque habremos de partir de esta situación polémica. Al menos desde el siglo pasado, con
la obra crítica de Schopenhauer y de Nietzsche —¡aunque no sólo por culpa de ellos!—, la palabra “humanismo” ha perdido en buena medida su habitual candor y su fulgor de santidad. El humanismo está, hoy por hoy, en el centro de una profunda alteración o subversión de la cultura. En este siglo, desde la filosofía hasta el teatro, desde la música hasta la etnología, el humanismo ha sido puesto en cuestión. “Humanismo” no parece del todo ser el antídoto contra la cosificación del hombre, no aparece más como aquello que podría contrarrestar las lacras del progreso técnico, o compensar su unidimensionalidad, sino, muy por el contrario, el presupuesto y la condición de toda “deshumanización”.
“Humanismo” ha llegado, en el siglo que termina, a significar más o menos lo mismo que
(vulgar) antropocentrismo. Una especial clase de ceguera, una torpeza: una forma de la estupidez. Michel Foucault escribe su sentencia (de muerte) en el centro de su libro más ambicioso: “Es posible que la Antropología constituya la disposición fundamental que ha ordenado y conducido el pensamiento filosófico desde Kant hasta nosotros. Esta disposición es esencial ya que forma parte de nuestra historia; pero está en vías de disociarse ante nuestros ojos puesto que comenzamos a reconocer, a denunciar de un modo crítico, a la vez el olvido de la apertura que la hizo posible y el obstáculo testarudo que se opone obstinadamente a un pensamiento próximo. A todos aquellos que plantean
aún preguntas sobre lo que es el hombre en su esencia, a todos aquellos que quieren partir de él para tener acceso a la verdad, a todos aquellos que en cambio conducen de nuevo todo conocimiento a las verdades del hombre mismo, a todos aquellos que no quieren formalizar sin antropologizar, que no quieren mitologizar sin desmitificar, que no quieren pensar sin pensar también que es el hombre el que piensa, a todas estas formas de reflexión torpes y desviadas no se puede oponer otra cosa que una risa filosófica — es decir, en cierta forma, silenciosa”2. Al muerto, las coronas.
Si se trata de pensar, no será precisamente el hombre —o su “esencia”— quien funde y garantice la vía correcta. De acuerdo con la postura de Foucault, que sólo da forma canónica a un amplísimo movimiento del pensamiento de nuestro siglo, sólo es posible pensar en el vacío que deja la desaparición del hombre. La sustitución de Dios por el Hombre, sustitución que en lo fundamental es el paso del mundo antiguo al mundo moderno, no asegura otra cosa que la propia autoconservación.
Es decir: no hay tal sustitución, pues “Dios” ha sido, desde siempre y para siempre, por lo menos en el mundo cristiano, en la civilización occidental, un modo —el más augusto, el más eficaz también— de decir: “Hombre”.
Una equivalencia que sostiene e impulsa toda una estrategia ideológica. El “humanismo”
en cuanto ideología arranca de un saber del hombre y para él cuyo sentido no podría ser otro que la apropiación, el dominio y la administración del mundo. Humanista es la pretensión humana de reconocerse en su historia y de conocerse en su naturaleza. Una exigencia de identidad: humanista es, por encima de todo, quien busca en lo humano los rasgos de la igualdad, la racionalidad, el pacifismo, la filantropía, el ecumenismo, etcétera. Una necesidad de dignificación y valoración positiva, una imagen conveniente de lo humano. El humanismo dice al mismo tiempo, y con notable frecuencia sin tener clara conciencia de ello, qué es y qué debe ser el hombre.
El humanismo es (vulgar o refinado) antropocentrismo en virtud de tres características básicas.
En primer lugar, por la preeminencia de la escala humana ante lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño, así como ante lo supra- y lo infra-humano. En segundo lugar, por la preeminencia de lo universal ante aquello que definiría o distinguiría en su particularidad a cada uno de los individuos humanos. En tercer lugar, por la preeminencia de lo trascendente frente a lo humano en cuanto algo dado (y heredado), es decir, la postulación de una suerte de promesa de una humanidad “mejor”, de una humanidad “realizada”, de una humanidad “emancipada”3. No sólo porque, desde antiguo, se comprende que el hombre es “la medida de todas las cosas”, sino porque es bueno y meritorio que así sea. Humanismo es voluntad de humanización, voluntad de sujeción de todo lo no humano a la medida — y al servicio de lo humano.
El humanismo es así —y ello con independencia del adjetivo que se le asigne— la estrategia consistente en hacer del hombre la fuente y la meta de todo valor, la defensa de la dignidad y libertad esenciales de cada ser humano y la afirmación del carácter autoemancipatorio de la cultura. Sus notas principales son, en tal sentido, la asunción de nuestra herencia histórica y natural, pero también, y esto lo torna problemático, su superación en miras a una humanidad liberada... Liberada, ¿de la historia y de la naturaleza? ¿Es factible que los hombres se conozcan (naturalmente) y se reconozcan
(históricamente) en el mismo movimiento en que se despojan de su esclavitud respecto de las leyes de la naturaleza y de la lógica de la historia?
En adelante, será imposible hacer abstracción de esta ambigüedad o paradoja alojada en corazón mismo de la estrategia humanista. Paradoja o inconsistencia que será el punto de partida para la “destrucción de la metafísica” que se hallará, al menos en cuanto programa, en las iniciativas de filósofos como Heidegger, en ensayistas como Bataille, en historiadores como Foucault, en etnólogos como Lévi-Strauss, en psicoanalistas como Lacan y en retóricos como Derrida... Sin mencionar a los escritores, dramaturgos, músicos, escultores y pintores que han marcado con su obra toda la faz del siglo veinte.
A efectos de comentar algunos rasgos de esta disputa, en lo que sigue abordaremos, lo más brevemente que nos sea posible, las tres modalidades fundamentales de la crítica al “humanismo”: la hermenéutica de Martin Heidegger, la genealogía de Michel Foucault y la heterología de Georges Bataille. En el último apartado retomaremos, también de manera muy sucinta, la discusión sobre el “fin de la modernidad”.
2 Michel Foucault, Las palabras y las cosas, Siglo XXI, trad. E. C. Frost, México, 1968
3 Cfr. Miguel Morey, El hombre como argumento, Anthropos, Barcelona, 1987, p. 110 y ss.
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