



Estoy hecho de palabras, de palabras de otros. Samuel Beckett, El innombrable
El humanismo nunca ha podido volver a ser lo mismo desde esta inquietante impugnación, y ello con independencia de que podamos —o no— suscribirla. Y es que el carácter metafísico del humanismo se manifiesta con singular claridad cuando propone una Idea del Hombre a la cual cada uno de los individuos concretos deberá ajustarse a riesgo de perder su estatuto “humano”. Si el humanismo es la pregunta por la esencia del hombre, el mayor peligro sería encontrarla.
Pues el servicio que le ha prestado el humanismo a la civilización occidental no es nada
despreciable. En nombre de la dignidad y de la libertad, sólo ha inculcado el sometimiento: es el discurso de la servidumbre voluntaria, por decirlo en la expresión de Etienne de La Boétie. El hombre no es garantía alguna de transparencia, razón y veracidad. Ni siquiera se pertenece a sí mismo.
Que gradualmente ocupe el lugar de Dios no significa que la antropología deje de ser una variante de la teología. Y el problema no es que ésta sea “falsa”, sino que constituye el armazón discursivo de la dominación.
El humanismo es metafísico, según se ha visto, en la medida en que desplaza la pregunta
esencial —el sentido del ser— hacia la presunta soberanía del hombre sobre todo lo que es. Pero es también teológico en el sentido en que ha servido para sojuzgar a los hombres haciéndoles imaginarse soberanos: “Entiendo por humanismo”, señalaba Foucault en una entrevista, “el conjunto de los discursos a través de los cuales se le ha dicho al hombre occidental: ‘Aunque no ejerzas el poder, puedes no obstante ser soberano. Mejor aún: cuanto más renuncies a ejercer el poder y más te sometas al que te impongan más soberano serás’. El humanismo es el que ha inventado sucesivamente todas estas soberanías sometidas, tales como el alma (soberana del cuerpo, sometida a Dios), la
conciencia (soberana en el orden de los juicios, sometida al orden de la verdad), la libertad fundamental (soberana interiormente, pero que consiente y está ‘de acuerdo’ exteriormente), el individuo (soberano titular de sus derechos, sometido a las leyes de la naturaleza o a las reglas de la sociedad).
En resumen”, concluye Foucault, “el humanismo es todo aquello con lo que, en Occidente, se ha suprimido el deseo de poder, se ha prohibido querer el poder y se ha excluido la posibilidad de tomarlo” 19. Un poder que, apresurémonos a precisarlo, se distingue aquí nítidamente, siguiendo las indicaciones de Nietzsche, de la dominación: si aquél es cifra de la generosidad y la exuberancia de la vida, ésta lo es del miedo, el rencor y la sed de venganza.
Un lobo con piel de corderito... El problema básico, según se puede colegir de estas críticas, consiste en impedir que el discurso humanista desemboque en alguna forma de dominación; el antropocentrismo puede fácilmente deslizarse hacia el etnocentrismo y la xenofobia, formas de exclusión o esclavización de la alteridad. De la alteridad humana, por supuesto, pero también de todo aquello que no por no ser “humano” debe ser puesto al servicio de éste. El humanismo se muestra así en su (perversa) ingenuidad; es una especie de provincianismo, una afirmación de “lo humano” que supone —y exige— el sojuzgamiento de todo lo que es.
Y es que, en resumidas cuentas, el humanismo parece estar defendiendo valores que escasamente piensa. Hay que afirmar lo humano, pero ¿qué es lo humano sino negatividad? Hay que ponerse del lado de la libertad y de la emancipación, pero ¿no se trata siempre de liberarnos respecto de nosotros mismos? Hay que preferir el bien frente al mal, pero ¿no es el mal, justamente, la condición de nuestra supuesta libertad?
19 M. Foucault y otros, Conversaciones con los radicales, Kairós, Barcelona, 1975
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