El humanismo en el ?fin de la modernidad - ¿Final de partida?
1 - ¿Final de partida?
Entrecomillar los dos sustantivos que componen el título de esta intervención1 quiere indicar, desde el comienzo, que no vamos a dar por supuesto el contenido usualmente asignado a cada uno de tales términos. Por el primero suele entenderse, en general, un conjunto de saberes, de prácticas y de valores distinto, y aun opuesto, a otro conjunto de saberes, de prácticas y de valores que tienen que ver con el mundo de la técnica — y de los negocios. “Humanismo” es, por ejemplo, desde esta concepción, muy extendida, justamente aquello que en nuestro mundo, dominado por la ciencia y la tecnología, está haciendo cada vez más falta.
Esta noción supone que la técnica y el interés “utilitario” convierten a todas las cosas, incluidos los seres humanos, en medios puestos allí para satisfacer necesidades. Ya no se habla de “hombres (y mujeres)”, sino de “recursos (humanos)”. La técnica —por no hablar de la guerra— cosifica a los hombres — y el “humanismo” se presentaría ante todo como una postura que intenta remediar las cosas y devolverle al hombre su “dignidad”, es decir, su carácter de fin y no de simple medio. Se trata, en semejante forma de interpretar nuestra época, de compensar o equilibrar un estado de cosas que ha tendido a reducir al hombre al vasallaje o a la esclavitud con las mismas herramientas con las que se confiaba en poder liberarlo. “Humanismo” es, pues, sinónimo de confianza en el poder humano para salvarse a sí mismo de la eventual hostilidad de las circunstancias, sean éstas, o no, producto de la propia actividad de los hombres.
Lo mismo ocurre respecto de la expresión “fin de la modernidad”. A ésta se le entiende habitualmente en el sentido en que el tiempo o la época de la modernidad ha concluido y la humanidad se dispone a penetrar en otra etapa o fase —mejor o peor, progresiva o regresiva, según la perspectiva adoptada— de la historia. Esto supone, de manera implícita, que el proyecto y el trabajo de la modernidad se han realizado prácticamente en su totalidad y en todas partes, y que se hace necesario sustituirlos por otros, por ejemplo el proyecto —o el trabajo— de la “posmodernidad”.
Ahora bien: si el contenido de la frase “fin de la modernidad” no conduce forzosamente al
abandono o reemplazo del proyecto moderno, sino a otra cosa, que intentaremos delinear en lo que sigue, las críticas dirigidas desde distintos frentes —sobre todo políticos— a la crítica de “los posmodernos” pierde mucho de su sentido y virulencia. El “fin de la modernidad” no es equivalente al “fin de la Ilustración”, y tampoco a la decadencia universal de los “meta-relatos” que —de acuerdo con Jean François Lyotard— definen a la posmodernidad, como si la modernidad fuese un eslabón dentro de una cadena de acontecimientos regidos por una suerte de lógica interna. “Posmodernidad” o “posmetafísica” son rótulos que encuentran su sentido sólo en el interior de esa lógica que presuntamente repudiarían.
Para eludir esta trampa, quizá será necesario entender “fin de la modernidad” en el mismo
sentido en que Samuel Beckett ha escrito su Final de partida (Endgame, Endspiel): un final que ni es conclusivo, ni global, ni necesario, ni comienzo de otra cosa. En el fin de la modernidad, la modernidad no cesa ni retrocede ni cede su sitio. Tan sólo se muestra en su fin, en su inacabable finalidad; en el fin de la modernidad, el proyecto exhibe su verdad: a saber, el fin de los tiempos, el cumplimiento de los tiempos.
La dificultad inicial remite, por consiguiente, al uso (y al abuso) de los términos. ¿Hay otra
concepción del “humanismo” que no se encuentre teñida por esta mixtura de hechos y de valores, es decir, de fuerzas y deseos enfrentados? ¿Hay una idea del “fin de la modernidad” que no dé por hecho que la época moderna está muerta y/o en trance de parir a sus vástagos? Y acaso lo principal: hablando de “humanismo”, ¿hay posibilidad de ponernos a saludable distancia y al abrigo de toda tentación moralista, sermoneadora? Estas serán las interrogantes mínimas que deberán, por lo pronto, servirnos de guía.
1 Conferencia presentada en el Auditorio de la Facultad de Derecho de la Universidad Libre, Santafé de Bogotá, Colombia, mayo 5 de 2000, dentro del Ciclo “El Hombre y la Vida en un mundo global”. Dejo aquí testimonio de mi gratitud a Luis Felipe Jiménez por la oportunidad que me brindó para redactar y exponer estas líneas.
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