Capitulos de este wiki
  1. 1 Un auto mitológico de Calderón (I)
  2. 2 Un auto mitológico de Calderón (II)
  3. 3 Un auto mitológico de Calderón (III)
  4. 4 Bibliografía

El jardín de Falerina - Un auto mitológico de Calderón (II)

2 - Un auto mitológico de Calderón (II)

Artículo creado por Beatriz Villarino Martínez. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero31/falerina.html
25 de Octubre de 2006

Todo en el auto, va encaminado a la realización de forma plástica, de una estructura alegórica en la que la espectacularidad de la representación refuerce el tema, de forma que la finalidad didáctica no quite protagonismo a la función lúdica, complementándose la dos. Los decorados también contienen la función simbólica por excelencia, ya que ayudan a la interpretación correcta por parte del receptor. Por eso en El jardín de Falerina, al leer

El tercero y cuarto carro han de ser dos jardines también correspondientes el uno al otro, con diferencia de que en el uno ha de haber un árbol con algunas manzanas y a su tronco revuelta una serpiente […] y en el otro árbol cuyas hojas tendrán algunas estrellas, y su tronco ha de estar rodeado de hojas de parra y haces de espigas… (Escudero y Zafra, 2003: 157)

aparece claramente la diferencia fundamental entre los dos árboles. El árbol representa en su sentido más amplio, el concepto de vida inagotable, la eternidad, por su carácter de densidad, crecimiento, generación y regeneración; es el centro del mundo que, por su verticalidad se transforma en eje que conduce desde la vida subterránea hasta el cielo, asimilándose así a la escalera o la montaña. De esta forma el sentido de espiritualidad queda reforzado en el árbol del cuarto carro al colocarle estrellas en las hojas para que puedan combatir con su luz a la oscuridad, a las tinieblas, al mundo del mal.

Sin embargo el del tercer carro lleva una serpiente enroscada, por lo que los rasgos dominantes de ambos elementos se asocian en una analogía esquemática: son ondulantes, producen un silbido, dan imagen de agresividad al poder enlazar a sus víctimas, mudan la piel…, de esta forma el principio del mal inherente a lo terreno que representa la serpiente y refuerza la manzana por su color rojo, se mantiene en un constante enfrentamiento al principio de espiritualidad, surgiendo entre los dos carros el dualismo barroco.

Pero Calderón sabe que en la construcción del espectáculo, las imágenes verbales y visuales se complementan interactuando para evocar la idea que le interesa resaltar en la alegoría. Es consciente de que el arte menor refuerza el carácter armónico de la composición escenográfica, dotando a la vez a la representación, de un tinte popular perfecto para ser cantado con un ritmo no demasiado lento. Los encabalgamientos suaves intensifican esa armonía, aunque no dude en romperla cuando le interesa señalar algo específico como los sentimientos de culpa, duda, indecisión, soberbia o temor, empleando para ello lítotes, antónimos, oxímoron antitéticos, que refuerzan el dualismo barroco, la lucha interior del hombre para conseguir el equilibrio.

De esta forma, mediante un código plural y simbólico, llega el mensaje de los autos a todos los espectadores por igual, sean de la posición sociocultural que sean, de cualquier punto geográfico o de cualquier época. La idea clave que predomina en ellos es la síntesis, característica que los hará universales, representables en cualquier época y escenario por su adaptabilidad a nuevas interpretaciones y escenografías.

Calderón descompone ordenadamente el macrocosmos para construirlo desde un punto de vista aparentemente impreciso; así puede llegar a un público heterogéneo capaz de extraer diferentes lecturas.

Realmente, pocos autores como Calderón han conseguido sintetizar la gran variedad de fuentes e influencias, y la disparidad de elementos en la unidad de la obra; síntesis que deriva, según Ana Suárez, de su concepción del mundo como “esfera del universo”, forma que para Kepler era la más perfecta, y por ello elegida por Dios para crear el mundo. El sol, imagen de Dios Padre ocupaba el centro del Universo y desde allí difundía por igual su luz, y con ella la vida (Suárez, 2000: 967).

La naturaleza adquiere su perfección en cuanto que es reflejo de la divinidad (de ahí que a determinados lugares se les haya concedido visualmente la imagen esférica, como el caso del Paraíso en pinturas renacentistas). Por ello Suárez Miramón se percata del valor del espejo en cuanto elemento que pone en correspondencia y comunicación al mundo celeste y terrestre, estableciendo caminos paralelos, por medio de los cuales se puede obtener la perfección de la obra cerrada.

En el auto sacramental de Calderón, la síntesis de la concepción esférica del mundo puede contener cinco tipos diferentes, según Enrique Rull (1986: 83):

1. Síntesis cósmica. A través de ella el autor descompone los elementos primarios del cosmos para crear unos personajes alegóricos que transmiten la idea del mundo como caos que hay que ordenar.

2. Síntesis de la historia humana desde sus orígenes hasta el fin del mundo, desde que estaba sometido a las leyes de la Naturaleza, pasando por el sometimiento a leyes escritas hasta llegar a la ley de Gracia, a través de la cual se somete a la revelación que Dios hace por medio de la Encarnación en su Hijo para salvar al hombre.

3. Síntesis del hombre mismo como individuo hasta ser un microcosmos reflejo del orden cósmico, susceptible de ser dividido en potencias positivas y negativas en constante equilibrio, que se puede romper haciendo prevalecer una de las dos fuerzas para arrastrarlo a la destrucción, sin embargo, por la Gracia puede recuperar su equilibrio y el camino de la salvación, aunque en cualquier momento, por la culpa, podrá recaer en las fuerzas del mal.

4. Síntesis del universo geográfico de la distribución de la Tierra en continentes que albergan distintas concepciones de la vida y del pensamiento, o de la distribución jerárquica de la organización social.

5. Síntesis estético-dramática, por la que de la unión de todas las artes aparece la representación del auto.

En El mito del eterno retorno, Mircea Eliade (1951) expone ampliamente la síntesis de la historia humana. La “conciencia arcaica” no concede importancia a recuerdos personales. El hombre arcaico sólo se reconoce cuando deja de ser él mismo y repite e imita los actos de otros, revelados por los dioses o los héroes. A través de la repetición imitativa, el tiempo queda abolido pues se va regenerando de forma periódica como repeticiones del acto cosmogónico. Es decir, el comienzo de la historia de la humanidad vendría a coincidir con la síntesis cósmica de Rull. El hombre arcaico vive en un continuo presente puesto que la regeneración del tiempo actúa de forma continua; las fases de la luna sirven para medirlo, a la vez que revelan el “eterno retorno”; el pasado no es sino la prefiguración del futuro. Todo ocurre de forma cíclica, así se “salva” la muerte del individuo y sus sufrimientos.

Los acontecimientos históricos tienen valor en sí mismos con los hebreos, puesto que son determinados por la voluntad de Yahvé. Con la epifanía de Dios comienza una nueva significación de la historia. Todo el cosmos participará de la regeneración anual por la repetición de la creación. Con esto viene el terror del hombre a la historia, la idea de “destino” que quita la libertad al hombre para poder anular su propia historia mediante la abolición periódica del tiempo y su regeneración.

El judeo-cristianismo introdujo la fe como emancipación absoluta de toda ley natural, conllevando la más alta libertad, la de poder intervenir en el destino, en el estatuto ontológico del universo.

Sólo esta libertad es capaz de defender al hombre moderno del terror a la historia, puesto que tiene su fuente, su garantía y apoyo en Dios.

Según esta teoría, la síntesis de la historia humana en los autos contendría la síntesis cósmica. A su vez esta historia humana sería una parte de las dos, complementarias, que podrían componer la historia de los actos que rige el pensamiento: la historia a través de la necesidad de la religión, y la historia humana a través de la evolución fisio-psicológica del hombre hasta llegar a SER. La evolución correspondería a las fases psicológicas del hombre. La infancia, en la que el ser humano está apegado a la imitación y repetición de actos en los que predominan los placeres carnales. La fase de la madurez implicaría la anulación progresiva de dichos placeres al ser sustituidos por otros más espirituales. Con la entrada a la vejez, iría olvidando los placeres carnales disfrutando plenamente con la creación de los espirituales. De esta forma entraría en la historia de la humanidad como SER creador del arte (tomado como compendio de los placeres sensoriales y psicológicos).

Creo que ésta podría ser la base sobre la que aparece el Misterio de la Santísima Trinidad, la confluencia de tres personas en una misma, en el SER cada uno.

Por otro lado, según la síntesis del hombre como individuo de Rull, éste podrá ser eterno, re-crearse en un nuevo orden armónico que culminará en la re-creación definitiva, espiritual. Recreación que se consigue a través de la religión.

Así pues, la historia del universo y del hombre se ha construido sobre una base religiosa, o bien la religión ha adaptado la historia a sus dogmas y preceptos. El resultado, que es lo que nos interesa ahora, es el mismo. Igualmente Calderón toma mitos u otros personajes o elementos profanos y los cristianiza, pues todos tienen su correspondencia como ahora veremos, ofreciendo, de este modo, el único aspecto que particulariza al auto sacramental como asunto exclusivamente católico, hasta el punto que Rodríguez Puértolas (apud Arellano, «El auto sacramental»: 17-18) ve en él una expresión ideológica casticista basada en limpiezas de sangre e inflexibilidades dogmáticas y xenófobas. El mismo Arellano lo inserta en la realidad histórica, en la sociedad y en la política de su tiempo, lejos de la aespacialidad y atemporalidad que hacen del auto una “subespecie aeternitatis” para Parker. Y es que la clave para encontrar la universalidad, está en apreciar el Auto a través del símbolo para llegar a las síntesis anteriormente expuestas, y que se sustentan a la perfección en El jardín de Falerina.

La idea de totalidad como unión de dos hemisferios complementarios, superior e inferior aparece en la visión que Falerina transmite a los personajes y al público, quien encuentra un mundo formado por el jardín celestial capaz de complementarse con la cueva abismal en un todo perfecto puesto que el espacio es el mismo. Esto lleva al espectador a darse cuenta de la falsa percepción a la que puede estar sometido, del engaño del que puede ser víctima si no se defiende con la iluminación de la razón.

En El jardín de Falerina el Paraíso tiene como centro no el árbol de la vida sino la Fuente, con el agua como elemento que todo lo limpia para quedar oculta bajo tierra un tiempo hasta que, despojada de la materia (evaporada) y con ayuda de la luz solar se eleva purificada hacia el cielo para brillar entre la nubes bajando nuevamente a purificar otros elementos. Esta imagen conecta a la perfección con el mito del drama lunar; igualmente la alusión al bautismo es evidente, pero también lo es la idea de que el hombre no puede, en su forma material, llegar al hemisferio superior, nunca podrá suplantar a la luz sin correr el riesgo de caer en el abismo, porque el hombre no es la luz, sólo podrá tomar su claridad y fortaleza para igualar la tierra al cielo.

Por eso, la totalidad que aparece en este auto es falsa; su centro no representa el espíritu iluminador, es un suplantador material que, ya en su primera aparición en escena lo hace con el significado de sufrimiento que da la ausencia de inteligencia, razón y lucidez “(sale Falerina vestida de pieles)”, lo que implica que la magia que le atribuyen Marfisa y Lisidante cuando van a buscarla, aludiendo a su poder sobre los cuatro elementos: “piromancia” (v. 7), “heteromancia” (v. 10), “nigromancia” (v. 11), “hidromancia” (v. 13), es falsa.

Aún hay otras señales indicativas de que esta unidad no es la verdadera. Los elementos que la forman ofrecen un sentido involutivo de la esperanza, pues ésta lleva a la muerte “da en hojas de esmeralda / claveles de rubí” (Jornada II - vv. 377-378). Asimismo no ofrecen continuidad, no existe el devenir del tiempo “Eterna primavera” (v. 387), “sin que de doce meses / sepas más que el abril” (Jornada II - vv. 389-390). Igualmente no se da la idea de peregrinación que comporta una lucha para obtener la verdad, “también sabré batallas / en el aire fingir / que tu valor diviertan” (Jornada II - vv. 417-419). Por eso la verdadera totalidad no se consigue hasta el final, cuando Rugero ha sido salvado por Roldán, y como consecuencia queda unido lo material del hombre a lo espiritual del alma, entregada a Bradamante.

Al integrarse en el nuevo microcosmos reflejo del verdadero, los personajes renacen a la luz, debiendo algunos cambiar determinados atributos hasta su perfección. Por eso la Humanidad, encarnada en Rugero, cambia el traje africano por el francés.

El camino para conseguir la totalidad está lleno de obstáculos. La caída es representativa de la culpa al no haber sabido salir con éxito. Según Paul Diel (1991: 101-102), la culpa mítica del héroe respecto de la divinidad está simbolizada por las faltas reales cometidas a distintos niveles por todo hombre frente al sentido evolutivo de su vida. La culpa pasa a ser el problema real de la psicología íntima, ya que se refleja en lo consciente convirtiéndose en sentimiento, en culpabilidad. Frente a ella son posibles dos actitudes: la aceptación o la denegación. La aceptación de la falta conduce a su comprensión (espiritualización) y purificación (sublimación), entonces la culpa se disuelve. Por el contrario, si se deniega destruye la lucidez, la claridad del espíritu.

En el proceso de disolución de la culpa encontramos un tema común en los autos: El ansia de libertad como móvil de todas las acciones. Los personajes de El jardín... luchan contra todo para conseguir su libertad, una libertad que va dirigida al alma espiritual, haciendo que al obtenerla el protagonista sea inmortal; por eso esta libertad puede implicar a veces una prisión material, como la torre en que es encarcelado Rugero y que antagónicamente es la llave para que se fije en la verdadera luz que seguirá con fe a pesar de las dudas, expuestas en el auto como tentaciones del diablo-Falerina para obtener bienes materiales. Dudas que lo harán caer convirtiéndolo en estatua de mármol, aunque con la ayuda del héroe lo levanten a la espiritualidad.

Así pues, la función principal del héroe es restablecer el orden de partida, basado en la unión de complementarios, hasta formar un todo compacto que llega inevitablemente a un público heterogéneo, en general iletrado, que puede o no captar las ideas trasmitidas intencionadamente por Calderón.

Incluso el tema fundamental o asunto de los autos, la exaltación de la Eucaristía como rescate del Hombre, puede ser obviado en favor de la interpretación mitológica, literaria o simplemente estético-lúdica.

Sé el primero en opinar


Artículos relacionados con 'El jardín de Falerina'

Calderón mezcla lo verdadero y lo probable y lo utiliza como medio para convencer al... Más »

Autor y licencia de 'El jardín de Falerina'


Artículo de Beatriz Villarino Martínez. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero31/falerina.html CopyLeft
Este contenido ha sido recopilado por el equipo de Wikilearning. Todo el contenido recopilado se ha obtenido respetando y comunicando en nuestro site la licencia de cada fuente.
Wikilearning tiene permiso expreso por escrito de los autores para publicar los contenidos que ha extraído de otras webs, incluyendo su uso comercial.