El Juego con lo Inaprehensible - La impugnación o asunción del crimen
Esta impugnación es lo que hemos llamado, desde el principio, asunción del crimen. Es lo que hemos llamado también, aquí y en otras partes, “escritura”, “obra de arte”, “experiencia”. Estas palabras no se colocan en lugar de los cuerpos; quisieran simplemente dejar de juzgarlos, quisieran asumirlos en ese triple carácter (sexo, muerte, soledad) que los hace literalmente entrañables. E imposibles. La belleza comienza —y termina— con la belleza de un cuerpo. Es su inapropiabilidad —su insensato y por ello siempre gracioso paso de danza— lo que hace de un cuerpo algo admirable, algo deseable, algo sagrado. La escritura se dobla y cede en ese punto. La obra llega al umbral de esta finitud y sólo desea marchitarse ella en vez de sobreponerse con falsa suficiencia al irremediable marchitamiento de los cuerpos.
El arte da señal de esta insuficiencia. Insuficiencia del lenguaje, que levanta y ordena a los cuerpos en el mismo giro en que los intoxica. Insuficiencia del sujeto, que pierde pie y se disemina en las nervaduras de ese cuerpo que cada día trataba como “cadáver postergado”, según la implacable expresión de Fernando Pessoa4. Insuficiencia del saber, de la filosofía, de la moral, insuficiencia de la ley y de la gramática.
Insuficiencia, fijémonos en esto, de la mirada, de esa mirada sin párpados que milenariamente nos sitúa y nos distribuye en un espacio común.
El arte no meramente mira; tampoco se mira mirar, no es una “reflexión” en el sentido metafísico del término. El arte mira lo que el mirar no percibe. Mira lo que ninguna mirada puede. Por eso es también una escritura: ella inscribe lo que el lenguaje no puede callar. En este preciso sentido, el arte es la asunción del límite, mas no del límite que se deja caer sobre cada uno de nosotros como una amenaza o una sentencia de muerte, sino de ese límite desde el cual y merced al cual cada cuerpo es lo que es.
Se advertirá enseguida el fondo (fondo en retirada perpetua, fondo ilocalizable) de toda esta argumentación. El arte es extraño porque se empeña en devolverle al pensamiento su finitud, su infinita finitud. Se empeña en hacer justicia a ese crimen que es la existencia, esa existencia puntual e inasible arrojada intempestivamente a la ambivalente y azarosa franja que dibujan, en su encuentro y en su distanciamiento, el franco azul del cielo y la tenaz opacidad de lo térreo.
Tal es la asunción de la que hablamos. Asunción de lo humano no como esencia, sino como licuefacción o rarefacción o estupefacción de toda esencia. Asunción de lo infinitesimal que escapa al poder del habla, que escapa incluso al desgarramiento profesional de los cuerpos. Asunción de lo humano menos como concepto o como deber ser que como transposición. Como ficción.
Lo humano sólo llega a serlo huyendo, desistiendo, dimitiendo de lo humano.
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