A mi modo de ver el multiculturalismo debe verse, en primer término, como una ideología, esto es, como un marco de interpretación y evaluación de la realidad social que tiene la pretensión de orientar movimientos sociales y de justificar determinadas políticas específicas. El origen teórico de esta ideología, a su vez, se remonta al llamado revival o retorno de la filosofía política en el mundo anglosajón, impulsado por la aparición de la célebre obra de John Rawls, Una teoría de la justicia. Por demás está decir que, más allá del típico parroquialismo de las escuelas anglosajones, en otros países este renacimiento de la filosofía política tuvo otras figuras y otras modalidades, aunque sin duda el texto rawlsiano fue un punto de referencia para todo el mundo. Pero lo que aquí interesa es señalar que aunque esa obra defendía, como señala atinadamente Jesús Rodríguez en su ensayo, ideales de justicia igualitarios, la inmensa mayoría de sus críticos se desentendió de los mismos para concentrarse en los pretendidos principios "liberales" (individualistas) de esa obra, dando paso a la célebre contraposición entre liberalismo y comunitarismo.
Aquí creo que vale la pena hacer una precisión: el hecho de que ese debate apareciera así se debe, con mucho, a la peculiar historia de las ideologías en los Estados Unidos y en Canadá, países en los que, a diferencia de los de Europa continental, el socialismo (la ideología que históricamente se contrapuso al liberalismo) nunca tuvo verdadera relevancia política ni incluso académica bajo ningujna de sus modalidades. Eso explica, a mi intender, que esa teoría igualitaria de la justicia fuera clasificada como "liberal", cuando, desde otras perspectivas y experiencias, más bien habría tenido que verse como un esfuerzo teórico por conjugar principios liberales, con principios democráticos y con principios socialistas. De este modo, el supuesto liberalismo del primer Rawls sólo es tal si aceptamos el significado - por lo demás discutible - que el término //liberal// tiene en los Estados Unidos. Más que un liberal heterodoxo, como quiere Jesús, en mi opinión ese primer Rawls era un liberal-socialista, o si se quiere, como le gusta decir a Brian Barry, un liberal igualitario.
La precisión viene a cuento porque, paradójicamente, los críticos comunitaristas de Rawls, desde Sandel hasta Taylor, pasando por MacIntyre, simplemente van a ignorar el aspecto socialista o igualitario de la obra rawlsiana para enfocar sus baterías en sus premisas pretendidamente liberales, y más precisamente individualistas. Como señala Bovero, con este debate en realidad asistimos a una especie de repetición de otro debate: el realizado el siglo XIX entre los teóricos iusnaturalistas, defensores de un individualismo metodológico pero también ético y político, y los teóricos de la reacción romántica contra la ilustración, defensores, por el contrario, de un holismo u organicismo tanto metodológico como ético y político. Pero con la curiosa diferencia de que los comunitaristas actuales -con alguna excepción como la de MacIntyre- ahora pretendían defender a la "primacía de la comunidad" desde posturas supuestamente radicales, progresistas o de izquierda. Contra lo que afirma Jesús, yo no creo que la mayor parte de las críticas del comunitarismo al "universalismo abstracto" de Rawls fuera ni pertinente ni importante: a mi entender, no se trataba sino de reivindicar viejas posturas antiilustradas y antimodernas, viejas tesis ya defendidas por De Maistre, por Burke, por Herder y hasta por Hegel, sólo que ahora disfrazadas de posturas progresistas o de izquierda. Seguramente esta impostura teórica fue posible, al menos en parte, en virtud las fuertes tradiciones antiliberales y antimodernas (antiindividualistas) que se cobijaron en el amplio manto de los marxismos revolucionarios, y que por ello mismo facilitaron la creencia de que todo individualismo (incluso el ligado a la proclamación de los derechos humanos) es burgués, posesivo, egoísta y opresor. En buena medida este antiliberalismo fue lo que hizo posible también la barbarie totalitaria de los socialismos reales, que tanto desprestigio ha acarreado al socialismo y a sus ideales de justicia social.
Pero quizá lo más grave de este debate y de esta impostura fue el desplazamiento del horizonte teórico hacia temas y problemas "comunitaristas" totalmente ajenos o indiferentes a las cuestiones de la igualdad y la justicia sociales. Naturalmente ese desplazamiento no fue el resultado solamente de las posturas de algunos críticos, sino de la crisis general que el socialismo y las izquierdas conocieron a partir del final de la década de los setentas. La tragedia insondable de los socialismos "reales" de corte totalitario, aunada al agotamiento de los fórmulas económicas keynesianas que habían sostenido al Estado de bienestar, generó indiscutiblemente una atmósfera y una sensibilidad que si por un lado abrieron la puerta al avance incontenible del neoliberalismo y del neoconservadurismo, por el otro hicieron posible el éxito académico y político de comunitarismos del más diverso tipo, como pretendida alternativa "al liberalismo", identificando este último, de hecho, con toda doctrina sustentada en la defensa de los derechos humanos fundamentales.
Mucho habría que decir sobre las causas y las consecuencias de esta crisis mundial del socialismo y de las izquierdas. Ya el historiador marxista, Eric Hobsbawm, señalaba al final de la década de los 80, con preocupación, la pérdida de peso político del movimiento obrero y de sus tradiciones justicieras. Los Estados, incluso los más fuertes, vieron reducirse dramáticamente sus capacidades para controlar una economía globalizada y dominada, en los hechos, por poderes financieros trasnacionales, lo que les condujo más tarde o más temprana a buscar al menos adaptarse a este cambio, con los ingentes costos sociales que todos conocemos. Los partidos, a su vez, también se vieron forzados a ajustar sus programas o a mantener una retórica tan vacua como desprestigiante. La mala fama de la política se extendió universalmente, en tanto se agudizaban en grados sin precedentes las desigualdades inter e intranacionales, lo que abrió el camino para el retorno político de las religiones y de las iglesias, desde Juan Pablo II hasta los talibanes, así como para el desarrollo de políticas fundamentalistas de corte nacionalista, étnico, religioso o "cultural", con sus secuelas de terrorismo y violencia incontenible. El fin de la historia con el pretendido triunfo planetario del liberalismo pronto se mostró como una ilusión evanescente ante el estremecedor espectáculo de las limpiezas étnicas, de los secesionismos, de los terrorismos y de las guerras teocráticas.
Pero en el nivel académico esta crisis también tuvo sus consecuencias. Agobiado tal vez por las críticas comunitarias a su "universalismo abstracto", Rawls se dedicaría a debilitar sus premisas racionalistas iniciales en beneficio de un historicismo relativista filosóficamente insostenible, pero políticamente más "correcto", reconociendo que sus principios de justicia apenas eran una elaboración teórica de "una cultura", la estadounidense. Mientras, el príncipe de los filósofos comunitaristas, Charles Taylor, conocía un éxito insospechado para sus propuestas de una política del reconocimiento de la diferencia y de una ética de la autenticidad. En tanto, dentro de la filosofía británica se abría paso con nuevo ímpetu político la moda del republicanismo cívico, otro nombre de la primacía del todo sobre los individuos y del regreso de las virtudes por encima de los derechos. La hora del multiculturalismo, como sucedáneo conservador cuando no reaccionario del socialismo, había sonado.