



En la obra hay ciertos aspectos que ponen en evidencia que el Paraguay está constituido por los muertos bajo tierra. Por una parte, la modernización económica provoca la polarización de clases sociales: los de arriba y los de abajo. Y por otra, la violencia estatal, necesaria para rechazar cualquier tipo de amenaza interna o externa, funciona como fortificante del sistema social neocolonial. La obra tiene su escena histórica desde el inicio y hasta los años treinta del siglo XX. Un período no sólo de conflictos políticos y de la Guerra del Chaco (1932),(2) sino de una grave explotación económica. En el yerbal, símbolo de la modernización económica, se mantiene el mecanismo colonial, y las dos rebeliones de campesinos -en Sapukai y la Guerra del Chaco- son lugares en donde se ejerce, en efecto, la violencia estatal.
Después del fracaso de la primera rebelión de campesinos en Sapukai, los que evitan la hecatombe engañados por la propaganda de la Industrial, se adentran en busca de trabajo a Takurú-Pukú, “la ciudadela de un país imaginario”.(3) Nadie puede escapar de allí hasta que se acabe su vida. El yerbal es un país en pequeño en el que sólo hay dos clases sociales, la del explotador y la de los explotados o mensúes. Las condiciones socioeconómicas del pueblo son esencialmente iguales que en la época anterior a la independencia. La modernización económica, liderada por élites, no llevó ningún cambio social. Es decir, las élites modernizadoras por una parte se mantenían dependientes del mercado y del capital internacional y, por otra, se empeñaron en consolidar una estructura social colonial más rígida. Roa Bastos capta y describe con gran exactitud esta situación:
En labios de la peonada sonaba igual al nombre del santo patrono de la yerba [...].
-¡Oú Santo Tomás!
-¡Oú Paí Zumé!
Se susurraban unos a otros los mineros bajo los fardos de raído, con un resto de sarcasmo en lo hondo del temor casi mítico que difundía la presencia del gran Tuvichá extranjero. El patrono legendario de la yerba y el dueño del yerbal tenían el mismo nombre.
El yate de míster Thomas volvió a irse aguas abajo, esquivando como al vuelo las romientes. (p. 120)
Los dos nombres, Santo Tomás y míster Thomas, representan la misma esencia de la estructura social de dos épocas diferentes. Santo Tomás será un símbolo de la época colonial de España inclusive las actividades evangélicas jesuistas que fundaron la Reducción, y míster Thomas significará la dependencia económica del capital extranjero aliado con la clase poderosa del Paraguay. Ambos forman un círculo reiterativo de historia. Aquí se ve claro que la independencia y la construcción del Estado no significó la liberación social. Debido a la influencia del capital internacional, la industrialización o la modernización económica paraguaya no atribuye al cambio sistemático de la sociedad tradicional sino la fortaleza. Y también se observa un sistema de explotación orgánica. El capital internacional, manteniendo un relación simbiótica con el poder estatal del Paraguay, aprovecha el recurso natural -el yerbal y el trabajo barato-, una situación que no tiene ninguna diferencia de la época anterior. Y por supuesto, se intercepta la fluidez entre clases sociales y no se espera la emergencia de la clase media. Por añadidura, el Estado convertido en el sujeto de la polarización de clases garantiza legalmente el sistema explotador.(4) La igualdad humana no existe en ningún lugar. De hecho, en la segunda mitad del siglo XIX, el concepto de nación y de ciudadano sólo se aplicaba al grupo selecto de los propietarios, descendientes de Europa, letrados y varones.(5) En la obra, a los que no cumplen esas condiciones no se les permite ningún derecho humano. Todo esto no sólo representa al neocolonialismo, o sea el neoimperialismo, sino también al intracolonialismo que se observa en la relación injusta entre los terratenientes y los peones.
En la Guerra del Chaco la explotación por parte del Estado continúa. En general, la guerra puede ser una manera efectiva para la concentración del poder y la consolidación territorial. Pero como indica Miguel Ángel Centeno, en el período de la formación de la nación la guerra, por el contrario, dio la razón a la divergencia del poder y a la desestabilización social.(6) Este fenómeno ocurre de igual manera en la obra. La Guerra del Chaco con eficacia reúne al pueblo bajo la bandera de la patria y aparentemente borra la distancia de las diferentes rutas políticas. Pero al mismo tiempo, se arrea todos los recursos humanos y materiales.(7) En la novela se puede leer:
Así que las divergencias se han superado de golpe. Ya no hay discusiones políticas. Colorados, liberales y apolíticos están en paz. Guerristas y antiguerreristas. Todos de acuerdo, eufóricos, como si realmente hubiéramos recuperado la libertad. (p. 240)
Se comportan [...] como prisioneros arreados al destino, ellos también requisados a la vez que los vehículos y las bestias de carga. [...] La guerra, pues, los ha vuelto a rescatar también a ellos transformándolos de “escoria subversiva” en galeotes del agua para los frentes de lucha donde se va a lavar el honor nacional. (pp. 242-243)
Roa Bastos en varias direcciones alude la vacuidad del Estado, que ya “es un gran cuartel” (p. 86). La Guerra del Chaco se incluye en ellas. El autor identifica la Guerra del Chaco con la “Guerra de la Sed” (p. 246).(8) En la guerra, los soldados paraguayos no aguantan la sed ni los bolivianos. La sed se convierte en el enemigo principal de ambos y llega a ser un signo de la muerte. Frente a la muerte no hay diferencia ni discriminación racial y nacional:
En el islote de un pirizal, la aguadita de un pozo indio ha quedado en tierra de nadie, batida simultáneamente por una pesada boliviana y por la de un retén paraguayo. [...] Algunos han alcanzado a hundir la cara en el tajamar y allí se han quedado bebiendo hasta la eternidad. Otros se abrazan estrechamente, quietos y saciados. Uniformes kakis y verdeolivos confundidos, hilvanados por cuajarones carmesíes, cosidos a una indestructible fraternidad. (p. 252)
Por la sed, los soldados de ambos países se unen en un pozo indio en la tierra de nadie. Es decir, Roa Bastos evoca que el origen de ellos es indígena y reconcilia la relación hostil a través de la fraternidad.(9) La identificación de la sed con la muerte y el pozo con la subsistencia anula el significado de que la guerra como un confilicto entre países enemigos. La Guerra del Chaco es entre los mismos hermanos. Éste es el punto donde se quiebra la noción del Estado nacional paraguayo. Las élites locales implantaron el sistema estatal imitando al modelo occidental para favorecer sus intereses sin tener en cuenta en nada lo popular. Por eso, la nación paraguaya no corresponde al pueblo dentro del Estado. Es lo que Roa Bastos problematiza. Por esta razón, se vuelve loco Crisanto Villalba después de matar a un joven soldado boliviano. Crisanto se convierte en una máquina bélica sin poder escapar de su culpabilidad al matar a su hermano. La pérdida de la humanidad es el cruel resultado de la guerra. Todos ellos que luchan contra sí mismos son víctimas de los que provocan la guerra “con medios primitivos, por intereses no tan primitivos” (p. 247).
De esta manera se revela que la causa principal de la guerra es el capital extranjero que ha invadido el fondo de la sociedad de ambos países. La explotación de la tierra y el trabajo, por el capital extranjero, se realiza tanto en la guerra como en el yerbal. Al final, el patriotismo del pueblo acaba “teniendo olor a petróleo” (p. 239). Como los demás soldados heridos y vueltos a su propio pueblo después de la guerra, Hilarión reclama: “¡Las tierras de los gringos fuimos a defender!... ¡Nosotros también somos la patria y quién nos defiende ahora!” (p. 354).
Hay otro lugar en donde se ejerce la violencia estatal, Sapukai, una ciudad en proceso de modernización.(10) A la vez, es el centro de la resistencia con dos rebeliones campesinos bajo la bandera de “tierra y libertad” (p. 113). Pero el autor dice que “en el Paraguay sólo hubo una rebelión, la de los Comuneros y ésta fue una falsa rebelión, que no tenía nada de popular.”(11) Y también afirma que “el hombre paraguayo de hoy vive inmerso en una realidad falaz y despiadada, en esa irrealidad en que se ha coagulado su historia.”(12) La yuxtaposición de la realidad y la irrealidad equivale a la de la historia oficial y la ficción. Según su punto de vista, la ficción que recupera la experiencia y el recuerdo del pueblo ocupa el lugar de la historia real y, por el contrario, la historia oficial construida por el poder degrada a la ficción.(13) De esta manera, la ficción será un medio para la búsqueda de otra historia, la de la resistencia del pueblo paraguayo. Los sucesos en Sapukai, los más traumáticos en la obra, serán la otra historia no escrita antes.
En Sapukai tuvieron lugar dos rebeliones. La primera en 1912, y sin cumplir su propósito fracasa porque el telegrafista Atanacio Galván dio información al gobierno. El tren lleno de bombas que mandó el gobierno explosionó en la estación de Sapukai en donde estaban despidiéndose los revolucionarios con su familia. Unas dos mil personas murieron. Los que no fueron liquidados por la explosión, lo fueron por degollina y por los fusilamientos que siguieron después. Todos se dispersaron a los cuatro vientos.(14) La explosión deja, como un trauma espiritual del pueblo, un enorme cráter en que yacen los muertos. Ellos son los que construyen en verdad el Paraguay. Según la opinión de Rafael Barrett; “las raíces de la nación están, como las del árbol, bajo tierra. Son los muertos. Los muertos están vivos. Las generaciones pasadas alimentan a las generaciones presentes. Nuestras calamidades son la ramificación de las calamidades antiguas, que no pudieron ser detenidas o desviadas o acabadas en su origen. Nuestro pasado es el terror, y en el terror seguimos viviendo.”(15) El poder dominante dirige al país mediante la violencia estatal. Y en una sociedad injusta y desigual sólo hay dos clases, los de arriba y los de abajo que forman parte del Estado.
Los soldados en la depresión representan con gran claridad el punto de vista del Estado hacia el pueblo. Después del segundo fracaso de la rebelión, a causa del traidor Miguel Vera, ellos buscan por todas partes al único fugitivo, Cristóbal Jara. Pero él sabe donde tiene que esconderse:
Entonces él me dijo... No te asustes, María Regalada. Si me dejas estar aquí, no me van a encontrar. Ellos andan buscando a un hombre vivo, pero aquí están los muertos solamente, me dijo... Y de veras se parecía a un muerto en tierra de los muertos. Por eso no lo buscan allí. (p. 207)
Los soldados no lo buscan en el campo santo, el mundo de los muertos, en donde se ocultó Cristóbal Jara. Por eso, a la vista de María Regalada se le ve como un muerto. Los de arriba o los que poseen están vivos, y los de abajo están muertos. El que está en el mundo de los vivos no pueden entrar al otro mundo. Atanacio Galván es un personaje ejemplar. Él pudo ser Jefe político de Sapukai y tener bienes al haber traicionado la primera rebelión. Pero cuando murió, no se le enterró en el campo santo sino en el campo, no en tierra sagrada. Su sepultura era la única que no tenía paño y siempre estaba llena de yuyos. Es decir, aunque muriera uno del mundo de los vivos no podía incorporarse al de los muertos. Los muertos, por el contrario, siguen viviendo en el recuerdo de la gente y desestructurando por grados el mundo de los explotadores. Así, la ideología dominante está expuesta a la resistente. Esto se puede observar en un diálogo de dos soldados oficiales, Luchí y -Juandé:
-No entiendo eso, Luchí. ¿Servir a la patria entonces quiere decir matarnos los unos a los otros?
-Éstos se quisieron levantar contra el gobierno.
-Porque el gobierno apreta desde arriba.
-Para eso es gobierno.
[...]
-Si hubiera sido liberal, Juandé, por lo menos no le hubieran matado.
-No, Luchí. No hay liberal ni colorado. Hay paquete y descalzo solamente. Los que están arriba y los que están abajo. Eso no más es lo que hay... [...].
[...]
-¿Pero por qué vinimos a matarlos nosotros? Somos descalzos como ellos...
-Ahora no -le interrumpió Luchí-. Llevamos los reyunos del ejército. (pp. 190-191)
Aunque ambos están dentro de la práctica de la ideología dominante, tienen diferentes opiniones sobre el Estado y el pueblo. A diferencia de Luchí que se refiere al pueblo como “éstos”, Juandé se incluye a sí mismo entre los oprimidos - “matarnos” -. Para Juandé no hay diferencia entre Yo y el Otro. Su comportamiento tiene origen en sus experiencias y recuerdos. El padre de Juandé no fue liberal ni colorado, pero lo mataron porque escondió su caballo para que no se lo quitaran. Por eso, cuando tenía que obedecer a la orden de fuego, Juandé disparaba no a la gente sino al cielo, sin que nadie se diera cuenta. Temía que de repente se apareciera su padre montado a caballo en cualquier parte. El recuerdo de su padre muerto le hace negar su obligación militar. Aunque en Sapukai se manifiesta la ideología dominante, a la vez la de resistencia se levanta del recuerdo traumático. Juandé es un personaje que ofrece la posibilidad de una nueva nacionalidad originada en la fraternidad con el pueblo. En consecuencia, el Estado que domina a su imprescindible componente, el pueblo, por medio de la violencia y la presión ideológica sin conseguir la hegemonía no puede liberarse de cualquier forma de resistencia. Si el Paraguay se construye sobre los muertos, la resistencia popular surge de los mismos.
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