El problema del tiempo en Azorín: Doña Inés - El tratamiento del tiempo según Azorín (I)
1 - El tratamiento del tiempo según Azorín (I)
León Livingstone1 divide las obras de Azorín en cuatro etapas según el tratamiento del tiempo. Considera que en las primeras novelas (La voluntad, de 1902, Doña Inés, de 1925) hay una alternancia entre el tiempo objetivo y el tiempo subjetivo, que en la segunda etapa (novelas surrealistas como La isla sin aurora) se sintetizan gracias al concepto del subconsciente. En la tercera (Capricho) la síntesis se realizaría gracias al arte, que se compone de realidad y símbolo o misterio. En la cuarta ( María Fontán o Salvadora de Olbena) hay un triunfo del tiempo objetivo sólo aparente, ya que en realidad es un tiempo subjetivo disfrazado de tiempo cronológico.
Así pues, podemos concluir que en Doña Inés alternan el tiempo objetivo (cronológico, exterior al propio personaje) y el tiempo subjetivo (interior, psíquico), aunque según nuestro punto de vista el tiempo predominante es el subjetivo.
Una situación o un hecho que duran unos instantes pueden dilatarse en el tiempo hasta hacerse eternos. Por ejemplo, en el capítulo IV, mientras Dª Inés espera y lee la carta de Don Juan, pasamos del régimen diurno al nocturno. Este proceso puede durar unos minutos, sin embargo Dª Inés, ansiosa al esperar la carta, indecisa al tenerla en sus manos y desolada tras leerla, tiene la sensación (y el lector con ella) de que el tiempo no pasa, de que esa vivencia suya dura mucho tiempo. El autor señala esto mediante la repetición de una expresión: No sucede nada. También lo señala intercalando en la acción momentos de enajenación mental o de divagación del personaje o de él mismo sobre un tema, o bien descripciones de objetos o espacios. Por ejemplo, en el capítulo V, cuando Doña Inés coge la carta, no la lee inmediatamente, sino que la mantiene entre sus manos y finalmente la deja sobre el velador mientras el autor hace una reflexión sobre las cartas y ella trata de convencerse a sí misma de que esa carta no contendrá ninguna noticia negativa.
Una carta no es nada y lo es todo (...) Una carta es la alegría y es el dolor. Considerad cómo la señora trae la carta: el brazo derecho cae lacio a lo largo del cuerpo; la mano tiene cogida la carta por un ángulo. Una carta puede traer la dicha o puede traer el infortunio (...) La mirada va hacia la carta. La carta será como todas las cartas.
Este recurso de retardación del tiempo también lo utiliza Azorín para crear la intriga.
En efecto, el tiempo no siempre es percibido por los personajes tal y como se da en la realidad que los rodea. Veamos otro ejemplo:
Los dos se miraron en silencio, jadeantes, durante un largo rato que pareció un segundo. (Cap. XXXVII)2
En otros momentos de la novela, observamos que el personaje permanece en la misma situación o que tiene los mismos pensamientos durante horas o días. El tiempo externo (objetivo, cronológico) pasa, pero él tiene la sensación (junto con el lector) de que para él no pasa, o lo que es lo mismo, de que siempre va a vivir en ese mismo estado. Esto sucede cuando, tras la marcha de Dª Inés, Don Pablo pasa las horas alelado. Observa los cambios exteriores, históricos, pero sabe que en su propia vida ya no habrá ningún cambio.
Con la vista fija en una hojita del árbol, Don Pablo no pensaba en nada. Permanecía así largas horas. La marcha de Inés le había sumido en un profundo sopor (...) Ahora sí que no saldría ya de su soledad y de su desesperanza. (cap. L)
En el capítulo XV, el Tío Pablo, al ver a su sobrina tras años de ausencia, siente como cristalizado el tiempo.
Acontece que, de pronto, en la calle o en un viaje, vemos una cara que hace años no veíamos y que teníamos olvidada. En un instante, ante el cambio, ante la transformación de las facciones, percibimos como cristalizado el tiempo.
Esto es lo que significa para nosotros el tiempo subjetivo en Doña Inés, un concepto que autores como Livingstone explican basándose en la figura del narrador o del propio autor pero no en la percepción del tiempo de los propios personajes, en cuyo caso lo utilizaremos como sinónimo de tiempo psíquico, ya que es el tiempo que sienten ellos íntimamente y no tiene por qué coincidir con el tiempo real u objetivo de la historia.
El problema del tiempo es tratado una y otra vez por Azorín no sólo en Doña Inés sino en varias de sus obras, como La voluntad o El caballero inactual. L.Livingstone nos dice3 que esta convulsiva inquietud (...) es principalmente producto de la excesiva rapidez de nuestro mundo.
Tal y como explica Antonio Risco4, en esta época, el racionalismo va perdiendo prestigio_y con él, en consecuencia, decae la confianza en la ciencia, en el progreso técnico, en el liberalismo económico y político (...) y, en general, en todos los puntales de la civilización que se había ido fabricando la burguesía. (...) El mal atormenta a los espíritus y entonces se proponen las más varias soluciones: revoluciones hacia el futuro o hacia el pasado, o sencillamente reparaciones.
Tal vez estas sean algunas de las causas por las que el problema del tiempo obsesiona a Azorín.
A principios del siglo XX aparece una nueva novela que atenta contra el tiempo anecdótico (detiene el tiempo argumental). Por lo tanto, si no hay acción, no hay tampoco tiempo: el tiempo se hace insensible, en palabras de Risco. Aparece así un claro pesimismo que se refleja en Azorín y que se basa en la apreciación de que el cambio no es útil y en la pérdida de confianza en la Historia como motor del progreso5. Hay un miedo a la Historia, al futuro incierto, que observamos en palabras del Tío Pablo en el capítulo L de Doña Inés, titulado Hacia una nueva civilización.
Europa entera marchaba hacia algo desconocido e inquietador. España estaba revuelta (...) Se extendía por el mundo entero un fermento de desorden político y de relajación moral (...) ¿Hacia dónde camina la Humanidad?
Por todo esto, Azorín rechaza lo contingente y busca la eternidad. La conciencia del tiempo le produce un sentimiento que muchos críticos han comparado con el sentimiento trágico de la vida de Unamuno y con la angustia existencial. También recuerda al Mal de Hoffmann que sufre el Tío Pablo en Doña Inés, que le hace ver en el presente el futuro (en la plenitud ve ya la decadencia y la extinción, de ahí su angustia por el paso del tiempo y su deseo de percibirlo poco a poco, minuto a minuto como las demás personas). Sin embargo, Don Pablo consigue atisbar la eternidad en sueños, cuando habla con el mismísimo Dios6. Y si el paso del tiempo le perjudica, en cierto modo también le beneficia, pues le devuelve la calma tras esos períodos de intranquilidad que sufre.
Esta angustia por el paso del tiempo la encontramos también en Doña Inés en el capítulo VII, El oro y el tiempo, cuando Inés observa su envejecimiento progresivo y frota las monedas de oro con rabia, pues se da cuenta de que el oro no puede nada contra el tiempo y de que la propia vida la aboca a la muerte. Hay en ella un sentimiento agónico del paso del tiempo. Aparece también en diferentes fragmentos de La voluntad, en el personaje del maestro Yuste.
El problema muestra otro paralelo: el problema de la inteligencia humana. En palabras de Yuste, ¡la inteligencia es el mal!... Comprender es entristecer; observar es sentirse vivir... Y sentirse vivir es sentir la muerte, es sentir la inexorable marcha de todo nuestro ser y de las cosas que nos rodean hacia el océano misterioso de la nada. La inteligencia en esta obra conduce a Antonio Azorín a la inacción, a la abulia, tal y como sucede en Doña Inés al Tío Pablo, que no puede trabajar más de una hora y media seguida y cae en períodos de profundo desaliento y de incapacidad para el trabajo. La inteligencia hace al ser humano percibir el tiempo en su totalidad y eso le provoca la angustia existencial.
Según Livingstone7, Azorín considera que el hombre no puede librarse del cautiverio del tiempo y el espacio por culpa de su inteligencia, que ha fabricado esos conceptos y que confinada por las sensaciones finitas, no puede penetrar el misterio de la creación. Esto lo vemos ejemplificado en Doña Inés en el sueño del Tío Pablo, en el que Dios le dice:
Vosotros no podéis imaginar un Universo que sea distinto de ese en que habitáis. Siempre que echáis a volar la imaginación, pretendiendo forjar cosa distinta, lo hacéis teniendo por base el Universo o alguno de sus atributos. Ni la imaginación de los más grandes creadores vuestros _un Homero, un Dante, un Shakespeare, un Cervantes_ podría imaginar un Universo sin los elementos y propiedades del vuestro; un Universo sin materia ni vacío, sin movimiento ni inercia, sin luz ni sombra, sin vida ni muerte, ni unidad ni diversidad. (Cap. XXXIV, La inteligencia)
Sin embargo, aunque Dios ofrece a Don Pablo restarle algo de inteligencia a cambio de mejorar su salud, él afirma que le responderá que ya se encuentra mucho mejor. Es decir, aunque por una parte la inteligencia es lo que impide al ser humano comprender el misterio de la creación porque lo encadena a conceptos como el tiempo y el espacio, Don Pablo no desea perderla, pues es lo que le permite percibir el futuro en el presente, o lo que es lo mismo, una cierta capacidad de vaticinio, una comprensión de los sucesos por encima de la de las demás personas.
Por todo lo expuesto encontramos en Azorín esa búsqueda constante de eternidad a través de la estructura de sus novelas y la psicología de sus personajes: esa es su manera de vencer al tiempo, al contrario que Dª Inés él sí encuentra una solución. Sin embargo, Risco nos advierte que años más tarde, en La isla sin aurora, Azorín plantea la paradoja del tiempo: abominamos del tiempo, pero ¿soportaríamos una vida sin él?8 Por lo tanto, parece que el problema aparece en Azorín una y otra vez a lo largo de su obra con conclusiones diferentes aunque no irreconciliables.
Lo cierto es que la sensibilidad es cada vez más un resorte de evasión hacia su eternidad interior, como explica A. Risco, una cualidad que le libera de la tiranía del tiempo. La última etapa de Azorín nos recuerda en cierto modo al “yo último” de Juan Ramón Jiménez, que también manifiesta su gozo por haberse liberado del peso del tiempo y, por lo tanto, manifiesta una conciencia de eternidad.
El miedo a la Historia del que ya hemos hablado hace que Azorín en Doña Inés no se centre en hechos históricos (a pesar de la apariencia de realidad que tiene el argumento, en Segovia no existió el linaje de los Silvas), sino en la intrahistoria, en los pequeños hechos cotidianos. Por eso nos describe la pensión de Eufemia y a sus huéspedes, las actividades matinales de Eufemia, el declive de la actividad de los tejedores en Segovia, las costumbres lúdicas de la Tía Pompilia, al pastor Matías y sus actividades junto con sus perros... es decir, no destaca a personajes importantes de la Historia sino a un pastor, la dueña de un hostal... y ni siquiera se basa en sus sentimientos o en las cosas más importantes que han hecho esos personajes, sino en sus acciones cotidianas, que no tienen nada que ver con el desarrollo de la trama principal de la novela. Es una manera de diluir la trama, de restarle importancia, que a veces roza la divagación. Es un modo de retratar lo eterno, lo más intemporal que logra hallar, que son las costumbres del pueblo. No obstante, este “costumbrismo” que hallamos en Azorín es parcial, es decir, no lo describe todo como los novelistas decimonónicos, sino que selecciona un espacio o un personaje más concreto para transmitir una impresión determinada al lector.
En Tema y forma en las novelas de Azorín9, Livingstone explica que, analizando a Baroja, Azorín hizo una diferenciación entre la Historia, que es la reconstrucción del pasado a base de datos acumulados, sobre todo los de sucesos monumentales_lo que él denomina “arqueología”_ y la “realidad histórica”, que sería la intuición del espíritu humano de una época, una interpretación socio-biográfica que depende de la captación de la sensibilidad de una era medida en los humildes detalles de la vida diaria10, considerando superior la segunda. Podemos identificar esta distinción con la distinción entre Historia e Intrahistoria. Para Azorín, la Intrahistoria es la materia del artista.
En Doña Inés también aparece la oposición entre Historia y ficción, en el capítulo XLI, llamado La historia y la leyenda. Hay un claro triunfo de la ficción. Un acontecimiento histórico, el desafío de Don Herminio Larrea al pueblo de Segovia en defensa del honor de Dª Inés, es ignorado por los propios contemporáneos de Don Herminio, y sus palabras son olvidadas, pero sin embargo todo el mundo recuerda la frase de una vieja, pregón de pescado, que en realidad fue inventada por un periodista satírico.
Según Livingstone11 la Historia no es válida para Azorín como interpretación de la vida humana porque divide el tiempo en categorías, en parcelas (presente, pasado, futuro), mientras que la realidad no lo divide. Así, la Historia se aísla falsamente de la realidad, que es constante presencia. Livingstone destaca como ejemplo de esto el consejo que da el obispo a Don Pablo en Doña Inés de no refugiarse en la Historia, porque nos hace olvidarnos de la realidad presente.12
Con estos ejemplos observamos claramente esa pérdida de confianza en la Historia como progreso que hay en el Azorín de 1925.
El tiempo para Azorín es una ilusión sensitiva, en palabras de A. Risco. En efecto, aparece la fugacidad de la sensación característica de los impresionistas. Cada instante es una sensación y cada sensación es un instante13. Por lo tanto, en Doña Inés tiempo y sensación van íntimamente unidos. De ahí la presencia constante a lo largo de la novela de amaneceres y crepúsculos, del escenario temporal en proceso de cambio del que tanto gustaban los pintores impresionistas. Hay también una mezcla de sensaciones en la descripción de los espacios (vista, tacto, olor, oído...). Por eso A. Risco y Jose Luis Bernal Muñoz14 señalan que Azorín es un impresionista. La sensibilidad unirá esta fugacidad de las sensaciones y la eternidad que Azorín trata de expresar.
