



Ya se ha dicho anteriormente que el equiparar la educación a un proceso implica necesariamente suponer la existencia de un proyecto. En términos del discurso educativo ese proyecto no es otra cosa que el currículo.
Las profesoras Isabel Goyes y Mireya Uscátegui hacen un recuento, no exhaustivo pero ilustrador, de los diferentes significados que los diversos tratadistas han dado al concepto de currículo6. Es evidente que cada autor citado está definiendo el concepto desde su propia visión de teoría educativa. Sin embargo, analizando esas definiciones desde la postura aquí expuesta, puede apreciarse que la concepción de proyecto del proceso educativo es la que caracteriza mejor el concepto de currículo.
El currículo se ha identificado en la mayoría de los casos como el contenido o el Plan de estudios de la escuela o de la institución educativa7. También, sin embargo, se ha definido de una manera demasiado amplia, como es el caso de la definición dada por la Ley General de Educación colombiana, a saber: ‘currículo es el conjunto de criterios, planes de estudio, programas, metodologías y procesos que contribuyen a la formación integral y a la construcción de la identidad cultural nacional, regional y local, incluyendo también los recursos humanos, académicos y físicos para poner en práctica las políticas y llevar a cabo el proyecto educativo institucional’8. Definido de esta manera, cualquier cosa es currículo.
Para empezar a delimitar conceptos, es preciso distinguir, al interior de cualquier institución educativa, dos escenarios en los que puede aplicarse apropiadamente el concepto de proyecto del que nos estamos valiendo para conceptualizar el currículo: uno es el escenario institucional y el otro es el escenario propiamente educativo. Aunque están relacionados, no son, como dicen los matemáticos, congruentes. Para ilustrar un poco lo que se quiere decir, se recurre a una distinción análoga en otro campo de la actividad humana : el proceso productivo tradicional. Entiéndase bien, sin embargo, - no sobra recalcarlo – que no es la intención de la analogía hacer similitud alguna entre ambos procesos. En una fábrica se puede distinguir fácilmente entre el escenario de la administración y el escenario de la producción, entre el ámbito de la empresa y lo que se denomina la planta. La planta es un subconjunto de la empresa, estrictamente dedicado al proceso productivo. La gerencia de la firma maneja el proyecto de la empresa, mientras la jefatura de planta maneja el proyecto del producto. Ambos proyectos, aunque son complementarios, no son congruentes. En el caso de la institución educativa, una cosa es el proyecto educativo institucional, que tiene por ámbito la institución en sí, y otra el currículo, que tiene por objeto directo el proceso educativo. Se podría decir que todas las actividades que realiza la institución en procura de su proyecto educativo hacen parte de su ‘currículum’, utilizado aquí en el mismo sentido en que se usa la expresión ‘currículum vitae’, mientras el currículo se refiere exclusivamente al proyecto educacional.
Tomando como base lo anteriormente dicho, se podría afirmar que al hablar de currículo se quiere aludir al conjunto organizado de actividades que, a partir de un plan de objetivos, estructuras, procedimientos y recursos establecido previamente, ejecutan los educandos, con asistencia de los educadores bajo la coordinación de la institución educativa, para llevar a cabo el proceso de asimilación cultural. Este concepto es lo suficientemente amplio para dar cabida a muchas formas o estilos curriculares, pero, a la vez, es lo suficientemente preciso para no incluir en él sino lo adecuadamente pertinente. Nótese cómo no se hace alusión directa ni a plan de estudios, ni a asignaturas, ni a áreas. Estas son formas tradicionales de implementar un currículo, pero no son esenciales a él ni tampoco únicas. Sin embargo, se hallan incluidas en la definición enunciada bajo los conceptos de actividades y de estructuras. De la misma manera se podría hacer alusión a otros componentes curriculares.
Es muy significativo el cambio conceptual que se da para el currículo desde esta óptica. En efecto, no se trata de una herramienta administrativa, como se supuso, al parecer, en el concepto inicial. Se trata del proyecto de hombre que se quiere proponer al educando como ideal de su formación. Es la concreción del hombre ‘cultural’ que se consideraría el prototipo de actor social.
En este punto vale la pena ilustrar el planteamiento mediante una analogía con otro aspecto de la vida corriente, mucho más concreto. Se trata del sentido que tiene el ‘modelo’ en la ejecución de la obra del artista. Es muy conocido el hecho de que los pintores y escultores recurren, prácticamente a diario, a personas que, por sus especiales dotes referidas a los propósitos del artista, le sirven de enriquecedora inspiración. La finalidad del autor al ubicar al modelo no es, en manera alguna, el hacer una copia exacta del mismo, tarea que sería propia del retratista o, mejor, hoy en día, del fotógrafo; lo que el artista busca es crear un entorno concreto que le permita, de alguna manera, ‘amarrar’ su inspiración, ‘centrarla’, por así decirlo, fijándole un espacio, un tiempo y una figura.
Guardadas las debidas distancias y reservas, el proceso educativo procede de manera similar al proceso del artista. Y el currículo cumple, para el educando, el papel del modelo. Es lo suficientemente concreto como el modelo, pero su función no es ser copiado, sino servir de entorno inspirador.
En la mayoría de los casos se habla hoy en día de manera despectiva del currículo. Sin embargo, el currículo es al proceso educativo lo que el conocimiento es a la acción en el actor inteligente. Tal como lo afirma el neurofisiólogo Llinás la predicción de eventos futuros – vital para moverse eficientemente – es, sin duda, la función cerebral fundamental y más común9. Esa predicción no es otra cosa que el proyecto o modelo: en términos educativos, el currículo. Desafortunadamente, por falta de claridad al usar el término, el concepto se ha vuelto tan gaseoso que por él puede entenderse cualquier cosa. Por ello, muchos autores prefieren no utilizarlo. Sin embargo, lo procedente parece ser devolverle su valor prístino que tiene que ver con el camino común que orienta y facilita ( carrera ) el desplazamiento de quien pretende llegar a una meta, pero que es suficientemente amplio para permitir rutas individuales diversas.
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