El problema económico y su incidencia educativa - El hombre
Al hombre no se lo puede entender sino dentro de la cultura. Para poder entender esta imbricación es necesario retroceder hacia un presupuesto anterior, la propia concepción del hombre.
El hombre es, fundamentalmente, un ser vital. Ser vital implica una organización especial del ser que le permite ser autónomo, en el sentido de “mantenerse a sí mismo organizado”1. Su quehacer básico es, entonces, la “supervivencia”. Pero en su supervivencia el hombre no es autosuficiente. El hombre requiere para subsistir de algo que no está en él. Necesita de algo que está en el “entorno”. El hombre es, pues, fundamentalmente acción, y acción sobre el entorno en busca de la supervivencia. El ser vital implica, entonces, el “tenérselas que haber” con el entorno.
Esto implica “conocer” de alguna forma el entorno. Esta implicación es la que lleva a Maturana a sostener que todo ser vital tiene conocimiento. No vamos a entrar, por ahora, a investigar qué es ese conocimiento y cómo se produce. Aceptemos, por ahora, que la supervivencia vital implica el conocer el entorno. El hombre conoce de una manera especial, estableciendo “relaciones” mentales entre él y el entorno y entre las cosas del entorno, en otras palabras, “razonando”. De ahí que se lo haya catalogado como un “ser racional”. A su vez, estableciendo relaciones entre esas relaciones construye “modelos” de las cosas. En cuanto establece modelos para conocer el entorno y poder actuar sobre él, el hombre es “inteligente”, es decir, “comprende” el entorno. Y de esta manera “justifica” o “explica” su acción sobre él.
La concepción básica del hombre es, pues, la de un “actor” y “actor inteligente”. Un actor inteligente requiere percibir el entorno, memorizar y sistematizar modelos y acciones anteriores – base de conocimientos, motor de inferencia -, y operar sobre el entorno para satisfacer sus necesidades de supervivencia. Es un actor vital inteligente. Como puede apreciarse, este es un proceso continuo y cíclico: el hombre actúa y de esta manera conoce; conociendo, actúa, se satisface y nuevamente conoce y actúa. El hombre, pues, no es estático: ni en su ser ni en su conocer. Es un ser esencialmente dinámico. Se trata de una de esas estructuras denominadas “estructuras disipativas”2. De esta manera el hombre es un ser “histórico”: no sólo por lo secuencial de sus acciones sino por cuanto éstas están basadas en modelos históricos, es decir, modelos que continuamente se van transformando de acuerdo con las experiencias vitales.
Para entender cabalmente al hombre hay que continuar. En efecto, al actuar sobre el entorno el hombre “encuentra” al “otro”. Y al encontrar al otro, se encuentra a sí mismo. Y al encontrarse a sí mismo con el otro, encuentra el “nosotros”, la sociedad. No seguiremos en detalle la forma en que esto ocurre. Lo interesante, por ahora, es que al encontrar al nosotros, el hombre encuentra, por supuesto dialécticamente, la “colisión” con el otro, pero también la “colaboración” mutua. Y esa colaboración implica la “comunicación”, por el lado mental, y la “técnica”, por el lado accional. Se tiene, pues, al hombre actuando inteligentemente en común, bajo modelos y formas de actuar compartidos. Es, en consecuencia, un “actor inteligente en red”, o sea, un “actor cultural”.
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