La cultura se construye en la sociedad a partir del compartir experiencias humanas. Ya hemos visto que esas experiencias consisten tanto en conocimientos como en acciones y técnicas en interacción con el entorno vital. Así, pues, ideas, modelos, palabras, actitudes, comportamientos, productos, normas, procedimientos, formas de interactuar con el entorno, etc. todas son elementos culturales, siempre y cuando sean compartidos. Este compartir no exige necesariamente un compartir por parte de toda la sociedad; puede ser de sólo una parte de la sociedad o del grupo. Lo importante es que crea o genera una dinámica social.
Así, pues, aunque no puede existir una sociedad sin cultura, no todo acto social es cultura. Un producto, una idea, un autor no llega a ser parte de la cultura hasta tanto no sea de alguna manera aceptado(a) por al menos una parte de la sociedad4. Claro está que puede ser con posterioridad a su existencia, como tantas veces ha pasado. La cultura se alimenta de actos o productos sociales nuevos pero compartidos. Y ahí está la dinámica cultural.
¿ Existe “una” o “varias” culturas ? Pues la respuesta es afirmativa para ambas, siempre y cuando exista aceptación. Inicialmente existen culturas. Pero si todas las culturas aceptan algo en común, ese común se convertirá en cultura general.
¿ Qué pasa con las relaciones entre culturas ? Entre ellas se pueden dar todas las variantes posibles. Entre otras, por ejemplo: a) una destruye a la otra; b) una aísla a la otra, sin destruirla; c) la una tolera a la otra, sin aislarla, pero tampoco sin compartirla; d) la una convoca a la otra, controlándola, en el sentido de dejarla participar y darle condiciones para su supervivencia y difusión; e) finalmente, las dos culturas se integran, dando como resultado una nueva cultura, distinta de ambas. ¿ Cuál de esas alternativas es mejor ? El camino que pueda o deba seguir una cultura no es una cuestión de norma o ley; se trata, también, de un acto cultural: la cultura tomará su propio rumbo, dependiendo de muchos factores y circunstancias históricas y culturales. Si se preguntara por un criterio “racional” habría que recurrir al criterio general, discutido antes, de organización social: el del máximo beneficio del hombre, en este caso de la cultura, dentro de la sociedad con el mínimo desgaste cultural del conglomerado en red. La sociedad como la cultura es una estructura fractal del hombre. De hecho, cualquier sociedad no puede entenderse como algo monolítico, sino como un conjunto de grupos o subsociedades u organizaciones, cada una de las cuales se define precisamente por su cultura de grupo u organizacional.
De todas maneras, parece deseable no perder las ventajas que parece llevar consigo el multiculturalismo. En efecto, la diversidad es una condición de posibilidad de la propia sociedad: no habría mayor razón de unirse si todos podemos hacer lo mismo. En ese supuesto, la mejor manera de proceder es desarrollar “interfaces” de interacción o “fronteras” que permitan algunas de las interacciones vistas antes pero que preserven el núcleo cultural intacto. Qué tan profunda o dilatada sea esa frontera es, nuevamente, un problema cultural.
Lo que sí no se puede sostener es el “aislacionismo” o el “museismo” cultural. En efecto, este es contrario al concepto de sociedad pues implica una ruptura de comunicación y, por tanto, de participación, que es condición básica de la sociedad.
Y aquí vale la pena hacer una digresión sobre el problema de la cultura latinoamericana o hispanoamericana o indoamericana5: si existen realmente manifestaciones culturales – arte, filosofía, etc. – que puedan conformar una cultura distinta a la europea. Desde el punto de vista que venimos sosteniendo es lógico pensar que desde que haya asentamiento y convivencia social existe cultura y cultura propia. Cosa diferente es indagar por las influencias culturales de otras culturas. Lo que sí es preocupante es la actitud, especialmente predominante en décadas pasadas pero aún existente en ciertos antropólogos, de sobreprotección, casi de conservación de museo, de las razas indígenas existentes, por ejemplo, en el Departamento del Cauca. No es este el momento para discutir esta cuestión pero sí para dejar planteada la posición de que no es la sobreprotección la mejor manera de mantener viva una cultura; la cultura que no evoluciona en interacción con la forma de vida es una cultura que se anquilosa y pierde vigencia: igual que los niños sobreprotegidos, pierden la autonomía y la identidad, efectos contrarios a los que se buscan.